Disparen contra el profesor
por Rafael Lis Gumucio Rivas (Chile)
20 años atrás 2 min lectura
Los tecnócratas del Ministerio de Educación, como buenos funcionarios del despotismo ilustrado de la Concertación, están convencidos de que con aplicar una reforma educacional, copiada de la española, se producirá el milagro de acortar la brecha monstruosa entre la educación para ricos y para pobres. Este marasmo educativo, viene desde 1910 cuando el profesor Alejandro Venegas –seudónimo doctor Julio Valdés Canje, en“Sinceridad Chile 1910” -, conociendo directamente el trabajo de aula, constataba que los abogados hacían clase de historia, los médicos, de biología y los carniceros operaban.
Francisco Antonio Encina en “Nuestra inferioridad económica” insistía en dejar de lado la educación enciclopedista y libresca por una enseñanza económica. Cuenta Joaquin Edwards Bello que en el liceo memorizaban las diversas fases de la reproducción del cangrejo. A pesar de las reformas realizadas durante los gobiernos de Carlos Ibáñez del Campo, (1927), las del profesor Pedro Aguirre Cerda, (1938), Eduardo Frei Montalva, (1965) y Eduardito Lázaro Frei Ruiz-Tagle, sólo podemos constatar un aumento en la cobertura educacional y lógicas evoluciones técnicas, propias del cambio de época.
En lo que respecta a la calidad, no estamos mucho mejor que en el Centenario: todos los SIMCE prueban una enorme diferencia entre los colegios particulares y los municipalizados; en la educación básica ya comienza a verse los distintos destinos entre ricos y pobres. La reciente evaluación de 10.000 docentes, de la cual se restaron 5.000 enseñantes, es demostrativa del desastre de la famosa reforma educativa: el 37% de los profesores demostraron sólo capacidades básicas, es decir, aplican un método conductista, no tienen idea del constructivismo, creen que las pruebas sólo se aplican para premiar o castigar, sin considerar que la evaluación debe ser siempre formativa, lo que equivale a afirmar las capacidades de los alumnos y corregir sus deficiencias. Las universidades no ayudan a formar verdaderos educadores, sino que se limitan a entregar contenidos repetitivos; además, los profesores continúan con bajas remuneraciones, incluso, hay municipios que ni siquiera les pagan las cotizaciones provisionales y no se valoran las competencias docentes. Los cursillos de capacitación, pasantías y viajes al extranjero son una broma.
Es fácil encontrar un chivo expiatorio: el profesor quien es, a su vez, víctima de una educación que es sólo un negocio para sostenedores y tecnócratas. Bajo el concepto neoliberal darwiniano, en que sólo se salvan los más capacitadas –económicamente – es imposible llevar a cabo una revolución educativa, que comience buscando la igualdad desde la pre-básica, como sueña la bien intencionada Abeja Reina, Michelle Bachelet. Mucho me temo que el Bicentenario que se aproxima nos encontremos en el mismo desastre educativo que en 1910.
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