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Creo que si miramos a la historia podemos hacer un esquema
básico sobre los cambios referidos a la lectoescritura.

I) Era oral (Paleolítico y Mesolítico). Una etapa donde el
soporte principal era la comunicación oral y los hábitos intelectuales, aparte
del desarrollo de las habilidades practicas, era la mitología, el presente
perpetuo y la percepción del tiempo circular.

II) Era de la escritura. Aquí podríamos dividirlo en: (a)
una etapa donde surge la escritura (Mesolítico tardío) en sus diversos soportes
y alcanza su madurez primero con los textos religiosos de Oriente Medio (la
aparición del pasado concreto y percepción del tiempo lineal y fatal) y más
tarde con los filósofos de la
Grecia clásica; (b) la popularización a partir del siglo XV
de la lectura en libros y diarios hasta fines del siglo XX.

III) Era digital. La popularización de la escritura en
detrimento de la lectura. La cultura de la urgencia, la inmediatez y la
fragmentación.

Esta última etapa (III), que en cierto aspecto significa el
renacimiento de la palabra escrita (II), es, en el fondo, el renacimiento de la
primera etapa (I), desde el momento en que la escritura se confunde con los
hábitos de la oralidad y el presente resurge sobre el prestigio del pasado como
fuente de conocimiento y valoración.

Básicamente, la escritura no ha cambiado con el pasaje de
una maquina de escribir Underwood a un ordenador. Se ha vuelto más simple. Es
más fácil corregir, ya no es necesario reescribir páginas enteras por causa de
un simple error. Ya no estamos tentados a dejar un error de estilo impune por
simple pereza o cansancio. Es más fácil abusar de lo que Eduardo Galeano llama
"la inflación de las palabras".

En mi experiencia personal, debo reconocer que escribir para
medios impresos es más difícil y más didáctico que hacerlo para un medio
digital que no impone límites de palabras. Desde hace más de diez años mi lucha
no es con la hoja en blanco sino con el recorte. Debido a las limitaciones de
espacio, sea porque el soporte en papel impone un límite o porque los diarios
impresos son los únicos que se cuidan de no abusar del lector, normalmente debo
consumir una o dos horas de mi tiempo libre para llevar a mil palabras lo que
en media hora me llevó el primer borrador de dos o tres mil palabras. Este
ejercicio molesto enseña, si no a escribir al menos a respetar la literatura de
ensayo periodístico o de ensayo breve, de ensayo no académico. Tal vez los
nuevos medios digitales debieran conservar el simple habito, ya que no la
necesidad, de imponer límites en la cantidad, así como algunos peer review
(publicaciones arbitradas) ponen límites en la calidad.

En el mundo digital los tsunamis de palabras opacan la
brillante tarea de aquellos trabajadores de las palabras y las ideas que tratan
de tomarse algo en serio. Así he visto surgir y hundirse en el cansancio y el
desestímulo excelentes proyectos. Unos pocos resisten, reman como pueden,
muchas veces con el único aliento de sus creadores. Lo que persiste es la
contradictoria marea de las palabras sin límites o de la hiperfragmentación. A
la larga, las dos cabezas del mismo monstruo inflacionario y banal.

Para los escritores de vocación, básicamente la escritura no
ha cambiado en la era digital. Sospecho que en su gran mayoría todavía escriben
sus primeras ideas con un bolígrafo.

Los cambios más dramáticos están en la lectura. Incluso los
cambios más importantes en los hábitos y en las habilidades de escritura
proceden de los cambios en los hábitos y en las habilidades de lectura.

En el mundo digital la lectura de "largo aliento" es rara o
por lo menos mucho más rara de lo que era en la cultura del libro impreso. A
veces es una lectura menos obediente y otras veces es una lectura esclava de
falsas urgencias de negación a través de la respuesta propia que, estimulada o
protegida por el anonimato, la brevedad y la fragmentación, solo sirve como
recurso catártico de lo peor que se encuentra depositado en el alma humana.

Una reciente investigación de la Universidad Normal
de Pekín sugiere que los hablantes de distintos idiomas usan partes diferentes
del cerebro. De manera semejante podemos entender que distintos hábitos de
lectura y de escritura utilizan distintas partes del cerebro. Voy a repetirme:
existe un peligro latente en ciertas particularidades de la cultura digital,
como lo es la supersticiosa sustitución de la cultura de la lectura de largo
aliento por la cultura de la hiperfragmentación.

La crítica contra la "cultura del libro tradicional", como
si se tratase de una critica al uso de la maquina a vapor, no solo es infundada
sino que es sospechosamente autocomplaciente. Si la maquina a vapor pudiese
recorrer mil kilómetros sin reabastecerse y sin contaminar y los modernos
trenes fuesen incapaces de la mitad, hoy seguiríamos usando maquinas a vapor.

El punto es que hoy en día los lectores amateurs de largo
aliento son una rareza. Al menos que sean lectores de Harry Potter. Lo cual no
ayuda mucho, porque con "largo aliento" no me refiero a plantarse en un sillón
a leer por dos horas lo mismo (algo totalmente legítimo) sino a tomar el
desafío de enfrentarse a una complejidad intelectual que nos exige no sólo
atención, no solo conocimiento, sino, sobre todo, entrenamiento intelectual.
¿Qué podemos esperar de un atleta olímpico que se la pasa todo el día jugando
al ajedrez o leyendo a Howard Zinn? Como atleta sería un fracaso evidente.

El cerebro también es (como) un músculo que si no se usa se
atrofia. Con la ventaja de que con un cerebro entrenado se puede competir en
las grandes ligas aún siendo un anciano y con la desventaja de que cuando está
atrofiado, por el desuso o por el mal uso, el fracaso no es tan evidente. Sobre
todo para el implicado. Razón por la cual cualquiera se considera apto y
facultado por el mero recurso de la negación, la obviedad y el insulto que
nunca exigen método ni condición pero que siempre dan la confortable ilusión de
ser más sabios y más inteligentes que Darwin y Jesucristo juntos.

Los ancianos con una saludable práctica intelectual sufren
menos decadencia que aquellos que no la han tenido. ¿Qué podemos esperar cuando
las estadísticas nos dicen que los estudiantes de hoy dedican la mitad del
tiempo a estudiar que aquellos de los años sesenta? Están demasiado ocupados
(absorbidos, chupados) en escribir banalidades en Facebook. El divorcio que
existe en la elite de intelectuales de las universidades norteamericanas, islas
de premios Nobel, y el resto de la población se está expandiendo al resto del
mundo gracias a una cultura y a unos instrumentos que prometían lo contrario.

La twiterización de las habilidades intelectuales, la
facebooquización de las emociones puede ser un día un proceso irreversible o
puede provocar un efecto inverso al previsto: la democratización de la
información y de la in-formación por estos medios y debido a estos hábitos
corre el riesgo de llevarnos a una aristocratización aun mayor de la formación
intelectual y, por ende, de los órdenes sociales.

– El autor es académico uruguayo en la Jacksonville University,
EE.UU.

Su web: www.majfud.org

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