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«El árbol del pan» y la savia fermentada de la memoria* 

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El pasado viernes, día 17, tuvo lugar la presentación en el Centro
de Cultura Antiguo Instituto de Gijón de la novela de Félix Población El
árbol del pan, publicada por Zahorí Ediciones. Hizo la presentación del
libro la escritora y abogada Lidia Falcón, que resaltó las cualidades
literarias y testimoniales del mismo. El autor, que explicó los motivos
de su obra así como el valor de la memoria en la literatura, quiere
agradecer otra vez desde este DdA la presencia en el acto de cuantos se
han interesado por el libro.

La razón de este libro arranca de mi
traslado profesional al Centro Documental de la Memoria Histórica,
antes Archivo General de la Guerra Civil, ubicado en Salamanca. Mi
interés por la Historia Contemporánea encontró allí sobrados incentivos
para indagar en los ricos fondos bibliográficos y hemerográficos del
centro, resultado de la incautación que Franco perpetró durante la
contienda en las sedes de partidos políticos, logias masónicas,
periódicos, sindicatos, casas del pueblo y demás organizaciones
democráticas de la España republicana. El descubrimiento de ese material
supuso una auténtica inmersión en la cultura histórica que el
franquismo nos secuestró durante cuarenta años.

Lo primero que
hice en mi nuevo destino fue buscar dos nombres. El primero, el de mi
padre -junto a los de mi abuela y abuelo paternos-, estaba entre los
casi tres millones de fichas que sirvieron a la dictadura para ejercer
su tarea represora contra quienes defendieron la República del golpe de
Estado fascista. Sabía que mi progenitor había estado afiliado al
sindicato ferroviario de UGT. Desconocía, sin embargo, que había
pertenecido al Socorro Rojo Internacional e ingresado en el Partido
Comunista durante la guerra, algo que él llego incluso a negar cuando le
participé esa noticia, ya al final de su existencia. Su penúltimo viaje
en vida fue a Salamanca para tocar el significado de esas fichas: diez
años de destierro y una larga postergación profesional.
El segundo
nombre fue el de Rosario de Acuña, la escritora socialista pionera en la
lucha por la emancipación de la mujer. Encontré su expediente entre los
del Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo,
pues había pertenecido a una logia de Alicante, en donde figuró con el
nombre simbólico de Hipatia. Gracias a la consulta de Las Dominicales
del Libre Pensamiento (1883-1909), el magnífico periódico creado por la
masonería en el que Acuña colaboró asiduamente, pude leer muchos de sus
artículos, relatos y poemas.

Tanto para tener constancia
fehaciente de por qué mi padre fue castigado como para leer a fondo a
Rosario de Acuña, hube de esperar demasiado tiempo. Nunca supuse que uno
y otra me iban a deparar la oportunidad de hablar de ambos en la
presentación de una novela -sobre Gijón y en Gijón- que pretende ser un
homenaje a mis mayores, aquellos que en tiempos oscuros me han ayudado a
andar en la noche, según la cita de Ernesto Sábato que abre el libro.

Fue
a mediados los sesenta cuando supe de la identidad de Acuña, hasta
entonces sólo un nombre con el que se conocía el apartado paraje sobre
el mar donde tuvo su residencia gijonesa en las primeras décadas del
pasado siglo. Me enteré gracias a Amaro del Rosal Díaz, el dirigente
socialista asturiano exiliado en México, primo carnal de mi padre, que
se carteaba entonces con el cronista de esta villa, Luciano Castañón,
para rescatar la obra y memoria de Acuña. Si se tiene en cuenta que yo
era entonces un adolescente que ya había ensayado las primeras prosas y
algunos torpes sonetos de clara influencia becqueriana, se entenderá que
Rosario Acuña alcanzara de inmediato para mí toda la atrayente
prestancia de una figura literaria, próxima y a la vez desconocida y
heterodoxa, digna de inmediata investigación.

Esa curiosidad se
vio torpemente defraudada cuando el funcionario de la biblioteca
pública, ubicada por esos años en este mismo centro, me negó la lectura
de la colección del diario El Noroeste, el periódico donde Acuña publicó
sus artículos. Fue aquella mi primera y prematura percepción
intelectual, consciente, casi existencial y radicalmente crítica de lo
que significaba una dictadura. La niebla del Cantábrico que ocultaba a
menudo la solitaria y vieja casa de la escritora, fallecida cuarenta
años atrás, se cernió también sobre su obra periodística para dejarla
oculta e inalcanzable a mis expectativas de conocimiento. En esa
prohibición encontré quizá el estímulo añadido que necesitaba para
interesarme mucho más por la literatura y el periodismo.

Cuando
el Ayuntamiento de Gijón y otras instituciones hicieron posible hace
menos de un año una cuidada edición de José Bolado con las Obras
Reunidas de Rosario Acuña, lo celebré con un artículo que apareció en el
diario Público bajo el título Memoria del olvido. El artículo me puso
en contacto con Macrino Fernández Riera, autor de una excelente y
documentada obra sobre Acuña que me regaló Begoña Díaz Quirós, sobrina
de Amaro. Fue así como llegó a Macrino y a Ediciones Zahorí El árbol del
pan, que por fin se ha hecho fruto impreso, bastantes años después de
haber encontrado razón y tiempo para escribirlo.

Agradezco mucho a
Lidia Falcón la presentación de esta novela: por ella, por su valiosa
amistad y por el respeto y admiración que me inspira su compromiso
intelectual y profesional. También, por Rosario de Acuña, pues la abuela
de Lidia, Regina Lamo, otra de esas mujeres notables y olvidadas
-escritora, pianista, sindicalista y predecesora también en defender la
emancipación de las mujeres-, fue amiga fraternal de la escritora del
Cervigón. Tanto Regina como Amaro del Rosal conocieron en vida a Acuña y
pretendieron rescatarla de la niebla en que la sumieron dos dictaduras,
la de Primo de Rivera y la del general Franco. Sobre su abuela y las
mujeres de su familia, las escritoras Carlota y Enriqueta O`Neill,
escribió Lidia un libro muy intenso, Los hijos de los vencidos, de cuya
savia -los valores, la dignidad y humanidad de los vencidos- también se
nutre El árbol del pan.

Si en mi adolescencia becqueriana quise
despejar la bruma cantábrica que apagaba en los húmedos inviernos la
imagen de la vieja casa de Acuña con la lectura de sus artículos, con
este libro he pretendido despejar la niebla del olvido que se puede
abatir sobre la memoria que nos habita si no se intenta alumbrar su
rastro. Con este objeto he tratado de encauzar el relato a base de
convenciones de la memoria, que es como dice Borges que está hecha la
imaginación. Si no tuviéramos memoria -señala el autor argentino- no
tendríamos capacidad de imaginar. Pienso que la literatura es en buena
medida una fermentación de la memoria. El tiempo y la distancia, unidos a
la reflexión, actúan en El árbol del pan como aliados al servicio de
una fabulación en la que el formato de crónica familiar creo que aporta
al conjunto de la historia, donde realidad y ficción se amalgaman, el
temple vívido y emocional que requiere, pues la literatura ha de
perseguir sobre todo la reflexión y el sentimiento como claves máximas
de comunicación.

Somos nuestra memoria -afirma también Jorge Luis
Borges-, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón
de espejos rotos. En El árbol del pan he tratado de restaurar esos
espejos, susceptibles de ser empañados por el brumoso acecho del
silencio, e intentar a través de la escritura -pintura de la voz, según
Voltaire- que lo relatado sea una expedición a la verdad, máximo
objetivo de la literatura para Kafka. Los libros deben respirar verdad.
La verdad nos hace libres y ésta es la condición sine qua non para que
la cultura aflore, arraigue y crezca frente a los procelosos turbiones
de niebla del oscurantismo y la intolerancia.

*Alocución del
autor en el acto de presentación de la novela, celebrado en el Centro
Cultural Antiguo Instituto de Gijón, 17-IX-10.

*Fuente: Diario del Aire

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