Mar del Plata: No es novedad, es continuidad
por Jorge Gómez B. (Altercom)
21 años atrás 4 min lectura
El repudio a los presidentes norteamericanos en América Latina no es noticia. La novedad es la escala continental del rechazo y la madurez de las motivaciones que lo impulsan.
La historia de estos desplantes, no está ligada sólo a la antipatía hacía los mandatarios norteamericanos, sino a la profundización de la conciencia política y el crecimiento de la participación de las masas latinoamericanas en el acontecer político.
Si bien hasta principios del siglo XX los viajes y giras presidenciales eran escasos, sobre todo por el tiempo que era preciso invertir en ellos, la situación se modificó sustancialmente con el desarrollo de la aviación comercial que permitió a los mandatarios prescindir del correo y de los embajadores y realizar ellos mismo las más importantes tareas de la política exterior.
Un ejemplo de esa posibilidad fue Franklin D. Roosevelt que en medio de la II Guerra Mundial, a pesar de estar paralítico viajó, entre otros sitios a Buenos Aires, Terranova, Teherán y Yalta en gestiones relacionada con la conducción del conflicto y la búsqueda de la paz.
Anterior a esa época son contadas las ocasiones en que los presidentes norteamericanos se aproximaban físicamente a los países latinoamericanos y cuando lo hacían, establecían contactos exclusivamente con las oligarquías, completamente al margen de las masas que sin protagonismo alguno presenciaban desde las gradas las actitudes serviles de los gobernantes nativos.
Esa situación se modificó con la profundización de los procesos políticos en la región.
El viraje lo marcó la masiva y peligrosamente violenta recepción de que en mayo de 1958 fue objeto en Caracas el entonces vicepresidente Richard Nixon cuyo vehículo fue incluso apedreado, situación que en alguna medida se repitió en Lima.
En Venezuela la movilización popular acababa de derrocar a la feroz dictadura de Marcos Pérez Jiménez que se mantuvo en el poder gracias al apoyo norteamericano que la utilizó para profundizar el control imperial de la vida política y apoderarse de los recursos naturales de Venezuela.
Como resultado de aquel proceso político, se estableció en el gobierno una Junta Provisional encabezada por Wolfang Larrazábal, cuya radicalización era temida por la burguesía nativa y el imperialismo que envió a Caracas a Nixon, en medio de amenazas, incluso de invasión por parte de los Estados Unidos.
La arrogancia imperial que caracterizaba a Nixon que no era precisamente un tipo simpático y su misión francamente intervencionista, incluso el respaldo norteamericano a la dictadura de Batista y las simpatías de los venezolanos hacía la lucha que guerrillera liderada por Fidel Castro, libraba provocaron lo que algunos comentaristas de la época denominaron un Pearl Harbor diplomático.
Desde entonces, quizás con la única excepción de Kennedy que reconoció la legitimidad de la actitud rebelde de las masas latinoamericanas y propuso un nuevo trato basado en lo que llamó Alianza para el Progreso, ningún otro presidente norteamericano ha podido realizar nunca más una visita sosegada a ningún país del mundo.
Los tiempos cuando los presidentes yanquis eran recibidos con genuflexiones en las capitales latinoamericanas y nuestros gobernantes les hablaban en inglés, son historia antigua.
La radicalización de la conciencia y de la lucha antiimperialista ligada a la Revolución cubana, la guerra en Vietnam, el auge del movimiento de liberación nacional y más recientemente la Revolución Bolivariana y los procesos políticos en varios países de la región, han producido cambios cualitativos irreversibles.
Lo que acabamos de presenciar en Mar del Plata es una versión actualizada y ampliada de una realidad vigente hace muchos años.
Lo que ahora ha ocurrido ha sido una respuesta calibrada. A una maniobra de recolonización a escala continental y a un relanzamiento de las viejas política imperiales se ha presentado un frente continental y una alianza de fuerzas nuevas.
Como Caracas en 1958, Mar del Plata no es un destino, sino un camino.
El autor es historiador y periodista cubano, columnista de Altercom
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