Trilogía de la cuarta dimensión

Mi propósito inicial fue escribir un poema-entreacto dentro de la serie de textos sobre una cuarta dimensión de naturaleza más bien especulativa que física o matemática, pero sucedió que por mayoría absoluta las musas se negaron a visitarme y no quise someter la prosa a la versificación para dar la apariencia de estar haciendo poesía. Uno no escribe poemas por decreto íntimo.

Ese poema atrapado en la nebulosa de mis intenciones habría comenzado, creo, preguntándose por la usurpación del lenguaje, y luego habría intentado exponer la idea de que el despojo no es una sumatoria de expoliaciones sino una experiencia compleja que, justamente, tiene al lenguaje en el centro.

Para dar cuenta de esa experiencia nos pena una lengua diferente, no este sucedáneo de idioma, así como el endeudamiento crónico es un sucedáneo del bienestar y la libertad de emprendimiento un sucedáneo de la libertad. Sigo en mi asiento esperando los frutos de esa libertad que promocionan a toda orquesta.

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Cuando sobrevino el estallido o revuelta popular que menciona el narrador de La casa vecina, escribí un breve texto llamado Nos deben una vida. Eran palabras rayadas con aerosol naranja en el muro exterior de una vivienda en los alrededores del Estadio Nacional. Estamos recuperando el lenguaje, me dije entonces, cuando parecía que por fin habíamos despertado de la anestesia. La frase reflejaba el núcleo de este sistema y la herida que inflige a diario, el daño irreparable sobre cada ser humano condenado al servicio de otra vida que se estima superior y lo transforma en un zombi que va por el mundo pidiendo permiso para vivir.

Más adelante en el texto, remecido por los hechos de entonces que animaron a los vecinos de Lorenzo a cantar “canciones comunistas” para permanecer inmunes a cualquier perspectiva de cambio real, decía que a los opresores la violencia polimorfa del neoliberalismo les había reventado en la cara.

La opresión, el ultraje cotidiano, se expresan en la metamorfosis del lenguaje de regimiento en esta jerga mercantil con retoques de liberalismo; no veo ninguna ruptura, sino continuidad y adecuación para satisfacer la voracidad del lucro. Si pudiera describir con una imagen de la tercera dimensión ese ultraje, sumergiría a un hombre hasta la barbilla en un tanque de agua. Al menor intento de resistirse a su situación levantará ondas y comenzará a asfixiarse. Una voz que parece provenir de su interior le advierte a cada momento: eres libre de respirar quieto o ahogarte en el resentimiento. En ésa y otras agresiones se sustenta el lenguaje que apremia y violenta; nos lo gritan en la cara y no reconocemos los insultos. A falta de una lengua que restituya nuestra experiencia, estamos identificados con lo que nos daña y somete. Mientras de tarde en tarde la deuda financiera se parea en el balance con una deuda vital.

Un cuento imposible
Si hay una zona donde el lenguaje encalla o se calcina, debe ser en la tortura y la muerte. No lo digo yo, sino las voces que han sido víctimas de los campos de tormento y exterminio y han sobrevivido para dar testimonio.

Aquello podría entenderse como una deuda que el lenguaje tuviera con nosotros (o nosotros con él), pero también, como lo han expresado quienes atravesaron por esas experiencias, con el hecho de haber sido rebajados a una condición infrahumana, inefable desde lo humano. Antes de arrebatarles la vida física, los han despojado de su condición.

Con la vista en esa zona sobre la cual no estoy facultado a decir nada, traté de narrar desde la distancia algunos episodios de la vida de Pablo, el hijo del profesor desaparecido, probando insertarlos en uno y otro texto de esta Trilogía de la cuarta dimensión sin poder encontrarles el lugar que se merecen. Cualquier coordenada donde alojara su vida me devolvía la arbitrariedad de la maniobra, su carácter forzado, voluntarioso. Antes me veía a mí que a Pablo y al profesor. Y debe ser, me digo, que no sólo su cuerpo y también el de su padre ya están pulverizados por el tiempo, sino que propiamente sus vidas, sus actos, sus pensamientos, sus emociones son un polvo fino que se filtra por los intersticios, que nos sacudimos al desperezarnos y al dormirnos, que nos limpiamos de los párpados como cenizas de un volcán. Es polvo de huesos. Imposible no recordar Todesfuge, el poema de Paul Celan:

Negra leche del alba te bebemos por la tarde…

*

Digo entonces que busqué un lugar entre los textos para insertar la vida de Pablo, y que no pude hallar ninguno, partiendo por la forma en que asesinaron a su padre, que Pablo leyó línea por línea en el expediente judicial.

Era el testimonio de un torturador, uno de los últimos en verlo con vida antes de su desaparición, que como otros relatos de esta calaña estaba narrado desde la perspectiva de un actor pasivo, poco menos que una víctima de las circunstancias. Según aquel testimonio al profesor lo habrían bajado al sótano de un centro de tortura con una venda en los ojos, desnudo y ‘ablandado’ por los tormentos aplicados en sesiones sucesivas. Lo tiraron sobre un catre metálico atándolo con alambres por las extremidades. Le pusieron corriente en el ano y los genitales hasta hacerlo perder la conciencia. Cuando volvió en sí, otro torturador al que llamaban ‘el podólogo’ fue arrancando sus uñas una por una con un alicate. Hastiado de la inutilidad de los suplicios, ese mismo agente habría dicho “me cabreó este huevón”, inyectándole una sustancia que le causó espasmos inmediatos y lo puso a botar espumarajos. Un minuto habrá sido, tal vez menos, y luego el profesor no se movió más.

*

Digo que nuestra lengua es precaria, manca, desgraciada. Hace unos veinte años, amodorrado en el escritorio de la oficina, me vino a la memoria el asesinato de Guerrero, Parada y Nattino, conocido como el ‘caso Degollados’, y al pensar en la forma en que los habían matado me dije en voz alta “no puede ser”, pegando un salto en la silla.

Pero había sido.

Escribí un texto desde mi perspectiva como alumno del colegio desde donde los agentes de la dictadura habían secuestrado a Parada y Guerrero, que no me dejó conforme. Debieron pasar otros quince años para probar con un nuevo texto que se aproximara a esa experiencia desde el lugar en que me tocó vivirla. Se llamó Un cuento imposible. Hay que conceder a la dictadura, a sus asesinos, cómplices, encubridores y partidarios el mérito de producir historias imposibles.

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Esta otra historia imposible debería considerar la visita de Eliana y Pablo al Estadio Nacional, donde estuvo detenido el profesor antes de su traslado al campo de concentración de Ritoque. La madre sube al niño sobre sus hombros para hacerlo ganar altura y mirar hacia el interior por encima de las rejas y la muralla de conscriptos con caras de perro hacia las madejas de prisioneros que se mueven allá al fondo, bajo las graderías del estadio de fútbol. Están apiñados entre muchos familiares de presos, todos pujando por divisar a sus seres queridos. Parece un intento imposible, al menos para Pablo. Su madre lo apremia: ¡Saluda al papá! ¿Ella lo está viendo? ¿O le miente como quien divisa al viejo pascuero en el cielo? Nunca lo sabrá. Pablo levanta un brazo y agita la mano hacia los prisioneros tratando de distinguir una cara familiar, vano intento que lo llena de culpa.

Meses después, sin embargo, el profesor aparece por la casa de sus suegros, donde ahora viven Pablo y Eliana. Él toma su desayuno en la cocina cuando descubre en el umbral a un fantasma de la mano de su madre, que vuelve a repetirle: Saluda al papá… Su voz sofocada por la emoción ya no suena imperativa. Pablo se arroja hacia el hombre, esconde la cara en su vientre hundido y otra vez lo inunda la vergüenza, pues no reconoce a su padre en esta visita ajada, consumida, cuya imagen no se corresponde con el papá de las fotos que su madre le enseña siempre antes de dormir.

Por la noche Pablo se levanta y se asoma por el vano de la puerta hacia la cama donde duermen sus padres. Sólo ella duerme, abrazada del profesor como si temiera su fuga. Él está tendido de espaldas con la vista en el cielorraso, ausente, y no baja la mirada hacia el niño.

A la mañana siguiente su padre ya no está. Pablo no supo si entró a su cuarto para besarlo en la frente mientras dormía, ni recuerda las preguntas que habrá hecho a su madre, ni lo que ella había contestado. Las respuestas y explicaciones se asentaron con el tiempo. Su padre partió a la clandestinidad, por segunda vez. Si lo hizo por la convicción de seguir luchando o por estar seguro de que vendrían de nuevo por él, nunca quedó establecido.

*

En este no-lugar de su historia, podría uno decir que Pablo fue de esos niños y de esos jóvenes para quienes nombres como el Comité Pro Paz, la Vicaría de la Solidaridad, los Tribunales de Justicia, los abogados de Derechos Humanos y también ciertos organismos internacionales acompañaron la vida cotidiana con un halo protector o abominable. Creció entre los miembros de la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos.

Con un mínimo de curiosidad, con un poco de atención por aquello que sigue siendo un desvelo del pasado, durante años fue posible identificarlo junto a su madre sosteniendo una pancarta con la fotografía en blanco y negro del profesor, mejor dicho una fotocopia amplificada de esa cara anterior a cualquier recuerdo del hijo, entre familiares de detenidos desaparecidos, mujeres la mayoría, cada cual con su pancarta y la imagen de un rostro en blanco y negro.

A cuarenta y cinco años de la desaparición forzada del profesor los familiares de la agrupación todavía se congregan en las esquinas del centro de Santiago, ya sin Pablo, es cierto, pero uno igual se pregunta, aunque su historia sea un cuento imposible, qué pensará Sabrina al verlos desplegar un lienzo del otro lado de la calle gritando consignas que exigen verdad y justicia. Pues es un hecho que sucede aún.

Estoy hablando de la prometida de Klaus, el alférez con intenciones serias (sí, ya se han puesto las ‘ilusiones’). Ella, que incursiona como ejecutiva bancaria y tras una mañana que apenas le dio tiempo para levantarse al baño, luego de un almuerzo liviano sale a fumar a las puertas del edificio con sus amigas de oficina y se largan a difamar a las compañeras ausentes. Quién sabe si mañana es turno de Sabrina, pues su novio la invitará a almorzar.

Para ella debe ser complejo recortar del paisaje cotidiano a este grupo de lamentadoras con sus pancartas alzadas. Si por alguna casualidad las distingue, no pensará como sus padres que ‘algo habrán hecho’ esas personas de las fotografías sino que se dirá con la lengua vigente: ‘Triste, pero es el precio del progreso’. Pues a esta joven del primer relato le han repetido hasta el cansancio que no puedes oponerte al progreso, a la modernidad; a todas luces estamos progresando y Sabrina se ha propuesto progresar en el banco y en su vida personal, y hasta me atrevo a decir que si una noche Klaus la invita a cenar en una fábrica de zapatos acondicionada como restaurante —lugar de la próxima historia—, podría contemplar allí un grabado alusivo a los detenidos desaparecidos entre sombreros colgados de las perchas.

¿Qué hora es?
Pero bueno. El resto de su historia surge del amor por las obras de Brecht exoneradas de la hoguera. Pues aunque no dice nada en su relato, Lorenzo conoció a Pablo en un taller clandestino, en los años en que también el teatro debía practicarse en secreto.

Para no despertar sospechas los participantes del taller bajaban de uno en uno con diez minutos de diferencia al sótano de un edificio viejo que mira al cerro Santa Lucía. Era un acto sagrado, así lo vivían Pablo y Lorenzo. Abajo los esperaba Santiago Salgado, el maestro, que además será protagonista de la historia siguiente: Retrato de un náufrago, ahora sí.

Quien se uniera al taller estaba obligado a prestar juramento no sólo de discreción sino también de fidelidad absoluta al teatro. Bajabas al sótano para consagrarle tu vida. Santiago Salgado siempre fue un hombre exagerado, un tremebundo, pero a unos adolescentes como ellos su solemne intensidad los conmovía y fascinaba. Con su pelo al rape, sus camisas blancas y holgadas de cuello estilo ‘Mao’, su delgadez nervuda y ascética, se proponía inocularles el ‘método Stanislavski’, esa reputada técnica que en su taller era la vía exclusiva para convertirse en actor.

Los hizo leer y releer al ruso Konstantin Stanislavski en fotocopias manoseadas; ni siquiera él podía conseguir los libros. Debía saber un poco más de actuación que sus alumnos, lo mínimo alzado ante lo nulo; ese diferencial de altura era suficiente para visitarlo cada semana en el sótano donde fue alejando a Pablo de su admiración por Brecht y su visión del distanciamiento teatral, que se proponía centrar la obra en las ideas y decisiones de los personajes para evitar que el público se sumiera en un mundo irreal.

Los maltrataba con su pasión por ‘el método’, que había reducido a la fórmula de evocar emociones, recuerdos vinculados a ciertas emociones, para representarlas y dar con el tono de la escena y el personaje. “No te creo. No me convences”, les decía, repitiendo las palabras de Stanislavski.

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La última visita de Pablo al taller coincide con su desaparición, pero no necesariamente la explica. Es el final de una historia y podría ser el inicio de otra que tampoco tiene lugar. Y yo diría que parte así: Una tarde, Santiago Salgado recita a Pablo las siete preguntas que Konstantin Stanislavski ideó para que los aspirantes a actores pudieran comprender mejor a sus personajes: ¿Quién soy? ¿Dónde estoy? ¿Qué hora es? ¿Qué quiero? ¿Por qué lo quiero? ¿Cómo obtendré lo que quiero? ¿Qué debo superar para obtener lo que quiero?

Lo deja ante las preguntas para proponerle enseguida dos ejercicios. Debe optar en silencio por uno de ellos, él lo acompañará en su improvisación. El primer ejercicio es una escena entre un torturador y su víctima; el segundo, una entre un maestro de actuación y su alumno enamorado.

Nunca había propuesto un ejercicio semejante, así que los alumnos retienen el aliento por ver qué resulta. Sentado en el piso frente a Santiago, Pablo agacha la cabeza y su melena oscura, que ya recuerda a la de su padre, comienza a oscilar como si estuviera cayendo en trance. Al cabo de un rato está temblando entero. El maestro lo observa sin intervenir, los alumnos se preguntan cuál ejercicio habrá elegido. Pero los temblores se vuelven espasmos y esto parece un ataque de epilepsia. Saltan sobre Pablo para asistirlo y se dan cuenta de que los mira, consciente y convulso. Se aprieta el estómago y va hacia una esquina para vomitar. Las arcadas no cesan aunque ya no expulsan materia. Se tumba en el piso, exhausto y jadeante, y no se levanta más. Santiago gira la vista hacia su cuerpo exangüe, todos lo oyen: “No te creo, no me convences”.

*Fuente: Politika

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