La utopía fascista de los libertarios Alt-right
por Felipe Schwember Augier (Chile)
8 años atrás 9 min lectura
28 febrero, 2018
Marx decía que los grandes hechos y personajes de la historia se repiten dos veces, primero como tragedia y luego como farsa. El libertarismo Alt-right, la nueva extrema derecha norteamericana, está haciendo todos los esfuerzos imaginables para convertirse en la repetición farsesca del fascismo del siglo pasado. Farsesca, no sólo por sus pretensiones mesiánicas (“salvar a Occidente”) y por la mezcolanza ridícula con que compone su narrativa (supremacismo cultural, anarquismo, ultraconservadurismo, fe ciega en el capitalismo, etc.), sino también por la creencia de que el capitalismo —ojo, el capitalismo, no las libertades individuales— necesita de héroes y cruzados que corran a salvarlo, como si de la frágil doncella de los cuentos de hadas se tratara. ¿Salvarlo de qué? Pues de todos los fenómenos que lo ponen en peligro y en los que el capitalismo no ha tenido aparentemente nada que ver: la globalización, las migraciones, el mestizaje, el multiculturalismo, la destrucción de la familia, la diversidad sexual, etc.
Todo esto es desopilante, desde luego, salvo porque, desde la victoria de Trump, la derecha Alt-Right ha ido cobrando notoriedad. ¿Recuerda el lector, por ejemplo, a aquellos “liberales” que apoyaron el bus naranja en contra de las minorías sexuales? ¿O aquellos otros que dan la voz de alerta por la inmigración haitiana? Pues esos eran, muy probablemente, Alt-Right o simpatizantes de la derecha Alt-Right.
Pese a declararse “libertarios”, no encontramos en esta versión bastarda del liberalismo nada, literalmente, del liberalismo clásico. Ni la agudeza de la filosofía social de Adam Smith, ni la defensa de la diversidad y de la tolerancia emprendida por Wilhelm von Humboldt o John Stuart Mill. Nada del cosmopolitismo y la hospitalidad universal de que habla Kant. Y nada tampoco del liberalismo contemporáneo. Ni rastros de la sociedad abierta de que habla Karl Popper o de la filosofía no coercitiva de Robert Nozick (de Rawls ni hablar, pues lo tienen por “marxista cultural”).
Muy por el contrario, los libertarios Alt-right han sabido prescindir de todo eso y han reemplazado la utopía de la no coacción de Nozick, por otra que acepta la violencia y el canibalismo simbólico más romo. Para comprobarlo, no hace falta más que repasar algunos pasajes, tomados del libro Monarquía, democracia y orden natural del profeta del libertarismo Alt-Right, Hans-Hermann Hoppe:
“Los libertarios deben distinguirse de los demás practicando y defendiendo la formas más radicales de intolerancia y discriminación contra los igualitaristas, demócratas, socialistas, comunistas, multiculturalistas y ecologistas, contra las costumbres pervertidas, los comportamientos antisociales, la incompetencia, la indecencia, la vulgaridad y la obscenidad”.
Para que el lector no crea que descontextualizo a Hoppe, aquí reproduzco otro pasaje igualmente edificante, en el que se refiere al tratamiento de los “indeseables” (que casualmente coinciden bastante con los Untermenschen de los nazis):
“Será necesario apartarlos físicamente de los demás y extrañarlos. Del mismo modo, en un pacto instituido con la finalidad de proteger a la familia, no puede tolerarse a quienes promueven formas de vida alternativas, no basadas en la familia ni en el parentesco, incompatibles con aquella meta. También estas formas de vida alternativa —hedonismo individualista, parasitismo social, culto al medio ambiente, homosexualidad o comunismo—tendrán que ser erradicadas de la sociedad si se quiere mantener un orden libertario”.
Todo esto es desopilante, desde luego, salvo porque, desde la victoria de Trump, la derecha Alt-Right ha ido cobrando notoriedad. ¿Recuerda el lector, por ejemplo, a aquellos “liberales” que apoyaron el bus naranja en contra de las minorías sexuales? ¿O aquellos otros que dan la voz de alerta por la inmigración haitiana? Pues esos eran, muy probablemente, Alt-Right o simpatizantes de la derecha Alt-Right.
¿Y por qué toda esa gente —más los negros, a quienes Hoppe incluye en otro escrito posterior— son los parias de la utopía Alt-Right, se preguntará desconcertado el lector? Porque esa gente está, supuestamente, predispuesta al despilfarro, a la holgazanería, a vivir a expensas de los demás, al robo y a llevar estilos de vida indecentes que minan la cultura del trabajo y del esfuerzo que ha hecho prosperar a Occidente. Dicho de otro modo, serían como la cigarra de la fábula, mientras que los anarcocapitalistas y libertarios Alt-right serían —¡qué contrariedad!— como la hormiga. (Pregunta para los hoppeanos que lean esto: la afirmación de que las personas pertenecientes a esos grupos tiene una tasa de preferencia temporal menor ¿es a priori o es a posteriori? Lo segundo ¿sería importante para la praexología de Hoppe?).
En virtud de consideraciones como las precedentes, y si se hace sana vista gorda de las aproximaciones sistémicas típicas de la economía y de la sociología, de los datos empíricos y de la historia (la desfachatez metodológica es otra de las ventajas del razonamiento hoppeano), se está ahora en situación de poder abordar a partir de estos pocos principios cualquier problema político y social por difícil que parezca.
Por ejemplo, si uno es libertario Alt-Right, pero no tiene reparos en abogar por decisiones centralizadas, se podrá decir que, a priori, la política de inmigración más eficaz y conveniente consiste en favorecer la inmigración de hombres y mujeres heterosexuales blancos, cisgéneros, que no sean demócratas ni socialistas ni ecologistas. Esa inmigración no será, por definición, nunca masiva. Por el contrario, cualquier otra siempre lo será. Cien haitianos, incluso diez, son mucho (además, en el cálculo hay que tener en cuenta el peligro del mestizaje que propicie alguna blanca incauta). Por eso, ningún recaudo es suficiente, y cualquier otra opinión, es irresponsable, permisiva y equivalente a una suerte de anarquía migratoria (que es en la única anarquía en la que los libertarios Alt-Right no creen, por lo visto).
Pero ¿cómo sería esta la ciudad ideal de Hoppe, que ha sabido prescindir tan decididamente, no ya del ideario liberal de la coexistencia de libertades, sino también del imperativo categórico de Kant o cualquier otro principio moral imparcial imaginable?
Uno puede suponer, en primer lugar, que poco poblada. Inhóspita incluso. Como en ella, además de todos los grupos ya mencionados, no se aceptaría gente “indecente”, “vulgar” y “obscena”, habría que expulsar, presumiblemente, a los que escupen en la calle, a los aficionados a la música moderna, a los que se saltan las filas, a los que llevan tatuajes o usan piercing, a los que se besan en la calle, a los que se visten mal o provocativamente, a los que en las plazas se echan en el pasto, etcétera, etcétera, etcétera. Pero no importa. Un Alt-Right se podría consolar: “de lo bueno poco”.
¿Qué queda, entonces? Algunos acartonados habitantes, reviviendo algo así como los últimos días del Imperio Austrohúngaro (sin Mahler, sin Freud, sin Popper y sin Wittgenstein, claro). Se podría tal vez haber recreado parcialmente esta utopía a partir de la autobiografía de Stephan Zweig, El mundo de ayer, de no haber sido, otra vez, porque su autor tuvo el mal gusto de ser judío (ya se sabe que los libertarios Alt-Right no se permiten a este respecto otra excepción que la de von Mises). Además, haría falta añadir en la descripción esa disciplina calvinista y puritana, tan cara a Hoppe, que podría hacer rebosar de alegría a cualquier sociedad imaginable. Para abreviar, quizás podríamos decir que la atmósfera que reina en la utopía Alt-Right es tan festiva como la de la casa del pastor Edvard Vergérus en la película de Bergman, Fanny y Alexander.
Habría, con todo, que sortear ciertas dificultades. Además del aparato de vigilancia y castigo para asegurar el cumplimiento de todas las normas de la utopía Alt-Right, habría que decidir (¿centralizadamente?) el tratamiento que se le da a aquellos que insisten en contratar con los “indeseables” que viven (presumiblemente) fuera de la ciudad. Otra dificultad: alguien tendría que asumir la ímproba tarea de explicarle a los dueños de las trasnacionales que reemplazaran a las autoridades políticas de los Estado actuales (neofeudalismo), que su verdadero interés no está en producir los artículos que demandan los parias y demás “desviados” (que seguramente vivirían ya en otros feudos, más parecidos a San Francisco o Nueva York), pues su venta en el mercado abierto contribuye a su normalización y, con ello, a la destrucción del capitalismo en el largo plazo. Habría que explicarles, por ejemplo, a los dueños de Levi’s o Calvin Klein que es un gravísimo error estratégico hacer campañas publicitarias y sacar productos para la comunidad gay o tener modelos afroamericanos. H&M, Zara, etc., deberá optar por seguir una línea inequívocamente masculina de ropa y renunciar a la tentación de la androginia (una línea inspirada en los uniformes militares de la época de Napoleón III, por ejemplo, estaría bien). Y lo mismo debería suceder en la industria musical, del entretenimiento, turística, etcétera.
Pese a lo que podría pensar un observador incauto, el desarrollo de ciertos mercados es perjudicial para el capitalismo. En estos los “Alt-Right” son muy perspicaces. A veces hay que renunciar a las suculentas ganancias en favor de la preservación de la fe ultraconservadora, por mucho que esta última sea atea. De hecho, esa preservación podría llevar —por qué no— al ateo capitalista ultraconservador a creer en Dios con el único propósito de salvar al dios inmanente llamado capitalismo. Eso pondría a los Alt-Right, no ya por encima de los mejores teólogos medievales, sino más allá también de todo fariseísmo: “creo porque soy fariseo”. Por tanto, ya no se trataría, por ejemplo, tan solo de adoptar, sin mucha convicción, un credo por la oportunidad de medrar económicamente. Se trataría de postular a Dios como condición de posibilidad de los negocios en general. Si el capitalismo no puede subsistir sin Dios, y la utopía Alt-Right es el estado de cosas más racional concebible, entonces el homo capitalisticus no puede hacer otra cosa que postular la existencia de Dios. Esta es una pirueta trascendental, que hubiera puesto envidioso al mismo Kant y que tapa la boca a Nietzsche (“sí, Dios se había muerto [i.e., descontinuado], pero el capitalismo lo ha resucitado ([i.e., relanzado en versión 2.0”]). También una retorcida confirmación ulterior de la famosa frase atribuida a Jameson y a Žižek: es más fácil pensar el fin del mundo que la desaparición del capitalismo (es decir, de dios).
En resumen, en su defensa de Occidente, la utopía Alt-Right ha esbozado y promovido una sociedad que es una mezcla de Arabia Saudita, Singapur y el Tercer Reich. No es de extrañar que esta impostura —que es a la filosofía política lo que la cienciología a la religión— haya culminado en tamaño sinsentido. Con todo, aún se le podrá reconocer el mérito de haber escrito, sin querer, un nuevo capítulo en la historia de las distopías.
*Fuente: El Mostrador
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