¿Quién era Jaime Guzmán?

4 Julio, 2017
La solicitud de extradición de Raúl Escobar, que vive en Méjico desde hace años, merece una reflexión seria sobre el asunto, cuyos componentes son: Escobar, que ha sido formalmente sindicado por la justicia chilena como el presunto ejecutor del atentado que terminó con la vida del político derechista chileno Jaime Guzmán y primer colaborador y consejero de la dictadura de Augusto Pinochet; la  extradición la impetra la UDI, el partido político chileno fundado por Guzmán, y el gobierno de Chile, que la ha solicitado formalmente al gobierno mejicano. Analicemos este nuevo capítulo de nuestra historia política.

Empecemos con Shakespeare, el dramaturgo inglés, autor de la conocida tragedia Hamlet. Hamlet, príncipe heredero al trono de Dinamarca, descubre que su tío ha asesinado a su padre, seducido a su madre, la reina, y se ha hecho coronar rey. Hamlet advierte que en su país reina la corrupción y la injusticia y se da cuenta que Claudio, su tío, no será jamás juzgado; vale decir, sus delitos quedarán impunes. En su conciencia, el príncipe sabe que la justicia debe imponerse, de alguna manera, y como no hay quien la haga, decide actuar, cuestión que sólo puede concluir en matar al asesino de su padre y usurpador. Sin embargo, Hamlet es un hombre bueno y, por lo tanto, duda indefinidamente en llevar a cabo tal acción.

A  todo esto, Hamlet no sabe que Claudio, convencido que su sobrino es para él una amenaza,  ha empezado a tramar su muerte. Finalmente, Hamlet, que ha sido envenenado y sabe que va a morir, mata a Claudio. En conclusión, Hamlet decide, aunque tarde, hacer justicia, puesto que ésta no existe en su país, y puesto que había tomado la decisión de matar a su tío, debió actuar sin vacilaciones, lo que, precisamente, fue la causa de su propia muerte. En conclusión, el quid de la tragedia es que aquello que parecía venganza,  era, en el contexto de su tiempo –el medioevo-  un acto de justicia. Los tiempos, obviamente, han cambiado. Antiguamente, y hasta no hace mucho tiempo, la aplicación de la muerte como acto de justicia en casos criminales, incluyendo el matar, como obrada por individuos, era aceptable y normal.

Hoy no es así; de modo que, como detallaremos más adelante, el asesinato de Guzmán no tiene justificación, aunque es pertinente sacarlo a colación en el tema del atentado y muerte de Jaime Guzmán, porque éste, finalmente, se reduce a las dos interrogantes planteadas en Hamlet: primero, si en 1992, había justicia en Chile, sobre todo y de modo cabal en materia política y Derechos Humanos; y, segundo, si Guzmán era o no inocente de los crímenes que las víctimas de la dictadura de Pinochet le imputaban.

En fin, respondamos estas dos interrogantes:

La primera: Honestamente, nadie en su sano juicio  puede afirmar que había justicia de verdad en 1992, tanto en lo político como en cuanto a Derechos Humanos. Se vivía un pacto entre la derecha (que gobernó en dictadura) y la nueva y mayoritaria coalición que logró alejar al dictador del poder, la Concertación de Partidos por la Democracia. Cierto, era un pacto, pero eso es política, no justicia. Indiscutiblemente, la justicia por los crímenes de la dictadura no era la prioridad en ese pacto, aunque la coalición ganadora, la Concertación, lo había prometido al pueblo de Chile antes y después de su triunfo, el del NO.

El país, objetivamente, seguía regido por una constitución impuesta por la fuerza bruta de manera espuria e ilegítima; todavía estaba vigente la Ley de Amnistía de la dictadura de 1978, lo que simplemente significaba que los asesinos y criminales violadores de los Derechos Humanos de la dictadura no estaban siendo juzgados; ni siquiera acusados.

Sobre la segunda interrogante, si Guzmán fue o no fue inocente, es preciso recordar que desde el punto de vista del Derecho, quien encubre, ordena y/o impulsa a otros a matar, es un criminal. Por lo tanto, no cabe duda que Guzmán lo fue, y aquí vamos a probarlo.

Partamos por conocer bien a Guzmán, a quien conocí en 1967. La vida política de Guzmán empezó en la universidad, a mediados de los años 60. Entonces, quien escribe estas líneas era profesor de la Universidad de Chile, en su sede de Iquique. Ese año, en el mundo entero había estallado una rebelión de la juventud, sobre todo estudiantil, contra del autoritarismo político y cultural existente. Una de las reivindicaciones de aquella juventud  -en el mundo entero- fue la reforma de las universidades, en el sentido que los estudiantes tuvieran participación en su gestión; explícitamente, en la elección de sus autoridades,  la planificación académica y una definición sobre el rol social de la universidad.

Ese anhelo se cumplió en todo el mundo democrático, y Chile era un país democrático. En 1968, luego de discutirse en el Parlamento y al interior de las universidades, se declaró el co-gobierno universitario, con mayor ponderación para los profesores en la gestión de  todas las universidades de Chile, sin excepción. Este revolucionario cambio tuvo el apoyo del Presidente de la República (Eduardo Frei Montalva), el voto de la mayoría de los parlamentarios y, sobre todo, tuvo consenso al interior de todas las universidades,  de profesores, estudiantes y también de sus trabajadores. Pues bien, un grupo minoritario de profesores y estudiantes, principalmente  proveniente de la Universidad Católica (UC), se opuso a la reforma.

El líder de ese grupo era un estudiante de Derecho de la UC, Jaime Guzmán. Errázuriz, quien para impedir la avalancha democrática que venía encima en Chile y en todo el mundo, organizó sus huestes ultra-conservadoras y se tomó la sede de la UC, pero sólo unos días después los reformistas de la misma universidad la recuperaron, expulsaron de ella a los revoltosos y organizaron un foro debate que tuvo lugar en la Escuela de Derecho de la UC. La Universidad de Chile- sede Iquique fue invitada a ese evento, y tuve el honor de representarla. Allí habló Guzmán, dándose a conocer como el más genuino y radical militante del más irreductible conservadurismo político y religioso de esa época en Chile.

Recuerdo partes de su discurso. En medio de las pifias que se ganó con su intervención (la mayor parte provenientes de estudiantes de la UC), calificó la reforma, entre otras denostaciones, como “un atentado al principio de autoridad” y, finalmente, ”una maniobra del comunismo internacional aliado a la Democracia Cristiana.” Poco antes del golpe, Guzmán ya era el líder indiscutido de la contra-reforma universitaria.  Lo que más recuerdo de aquel discurso suyo de 1968, fue algo que sólo puede definirse como una amenaza: “Chile necesita  una contra-reforma universitaria, y esa contra-reforma la vamos a hacer un día.”

Unos años después, Guzmán la cumpliría él mismo, en un 100%, cuando se transformó en el primer consejero de la dictadura. Consiguió rápidamente el bando militar que acabó con el co-gobierno universitario, y en su lugar impuso el que tenemos hoy; universidades pagadas, autoritarias, antidemocráticas y, como resultado de ello, de mala o dudosa calidad. En suma, hasta hoy sigue vigente esa contra-reforma, impuesta en dictadura, la misma que terminó con la reforma acordada en democracia.

Sigamos conociendo a Guzmán. Nuestro personaje era miembro de un pequeño grupo ultra- conservador juvenil muy activo en sus tiempos de estudiante universitario, “Fiducia”, cuyo ídolo era el dictador español Francisco Franco. También era miembro del Opus Dei, el sistema ideológico católico fundado por Escribá de Balaguer, que plantea, en caso extremo, el exterminio físico de lo que  llama “los enemigos de la fe,” que no son otros que los militantes de la izquierda y sus derivaciones. Llamado por la dictadura a integrar su consejo ideológico, muy pronto consiguió ser su principal miembro. Además, algo muy importante, apenas consiguió ser consejero político de la Junta Militar, consiguió la anuencia del dictador para hacer clases y dictar conferencias en la Escuela Militar; obviamente para aleccionar a los futuros oficiales de Ejército (hoy, sus generales y oficiales mayores) en su cuadro ideológico.  Aquí cabe preguntarse si tenemos una democracia segura y fuerte con una oficialidad militar  aleccionada ideológicamente por un fanático de ultra-derecha como fue Guzmán.

Presentar a Guzmán como un hombre de paz, buen católico, y demócrata es una falsedad.  Para empezar, fue el más conspicuo ideólogo y consejero político de una dictadura que fue declarada en su tiempo como violadora sistemática de los Derechos Humanos por todos los organismos internacionales que se ocupaban entonces de esa materia. Así las cosas, es, por lógica, co-responsable de sus atroces crímenes. No sólo eso, Guzmán bloqueó siempre toda iniciativa que abriera la posibilidad de conducir a Chile a la democracia, se aclarara la suerte que corrieron los desparecidos, se terminaran las torturas, se revisaran los “juicios de guerra” tras los cuales miles de  compatriotas fueron fusilados y encarcelados. De esto que señalo sobran los ejemplos. Veamos:

Cuando después del golpe de 1973, por primera vez en Chile, se inició la discusión sobre temas tan clandestinos como democracia y libertad, Guzmán fue el más fuerte opositor a cualquier tipo de atenuación de la represión existente; más aún, de restaurar la democracia. Se opuso al “Acuerdo Nacional para la Transición a la Plena Democracia” de 1985, que no fue convocado por la izquierda ni los demócrata- cristianos, sino por el Cardenal Arzobispo de Santiago, Monseñor Juan Francisco Fresno,  iniciativa de la Iglesia Católica que tenía por único fin buscar una salida pacífica para Chile, cuando arreciaban las protestas en las calles de Santiago y en muchas ciudades del país, con presos, muertos, heridos, manifestantes quemados luego de ser rociados con bencina, etc.

En este principio de acuerdo participaron, además de representantes de la Iglesia, políticos de todos los partidos, como Ricardo Lagos,  Gabriel Valdés, y Andrés Allamand. Guzmán declaró abiertamente su oposición a este  esfuerzo y terminó por boicotearlo. Repetía en esos mismos días, por enésima vez, la frase que lo hizo famoso inmediatamente después del golpe y asumir la cabeza de la dirección política de la dictadura: Transformar nuestra dictadura en ‘dicta-blanda’ sería un error de consecuencias imprevisibles

Esto lo dijo corrigiendo al propio dictador, quien, para calmar al país, decía que su gobierno no era una dictadura, sino una “dicta-blanda”. En otras palabras, Guzmán era mucho más radical que el propio dictador.

Sigo, en la noche del plebiscito del 5 de octubre de 1988, cuando el gobierno se negaba a reconocer la derrota de la dictadura, el SÍ, Guzmán fue el primero en guardar silencio, para luego solicitar a Pinochet una reunión con el Alto Mando de las FF AA,  para allí, obviamente, sugerir una acción militar. Esto fue revelado por militares activos en esa época. Guzmán, se mantuvo en esa postura, hasta que Sergio Onofre Jarpa, el ex – Ministro del Interior de la dictadura, reconociera públicamente el triunfo del NO en un foro en Canal 13, en el que participó Patricio Aylwin en calidad de portavoz oficial del NO.

Guzmán también se opuso a la débil reforma constitucional de 1989, acordada entre la derrotada dictadura y la Concertación. No se trataba siquiera de cambiar la Constitución de la dictadura de 1980, sino de introducirle algunas reformas. Con ellas, se debilitaban algunos enclaves autoritarios, y para esperanza del pueblo de Chile, esto era el comienzo de lo que se suponía que sería posteriormente la verdadera constitución política de Chile, legal y gestada en democracia. En verdad, si no hubiera habido esa reforma, los militares habrían  tenido mayor poder en democracia, porque los nueve senadores designados se enfrentarían sólo a 26 elegidos (y no a 38, como lo establecía la reforma); y, además, las Fuerzas Armadas (en las que Guzmán basaba finalmente toda su fuerza) habrían tenido mayoría en el Consejo de Seguridad Nacional, y no en  paridad cívico-militar, con el voto dirimente del Presidente de ese consejo.

Como refiero más arriba, a la interrogante si se justifica el asesinato de Guzmán, la respuesta es un rotundo no. Esto, porque a pesar de lo expuesto a la naturaleza culpable de Guzmán en el caso de los crímenes de la dictadura, el asesinato político es a estas alturas del desarrollo de la civilización, completamente inaceptable para toda persona de conciencia democrática, a menos que se trate del único expediente posible para terminar con el gobierno de un tirano (según señala Santo Tomás de Aquino en su “La Ley”).

En la historia de la cultura humana, en todas las civilizaciones, matar es un acto deleznable que debe castigarse. Por ejemplo, recuérdese en la tradición religiosa judeo-cristiana las palabras de Jesús, ”el que mata por la espada, por la espada morirá.” Esto supone algo muy lógico: que matar implica también el riesgo para quien mata de ser matado. Matar o impulsar y azuzar a otros a matar es lo mismo y, por lo tanto, ese fue, muy específicamente, el riesgo que Jaime Guzmán, conscientemente, decidió correr. Ergo, su muerte es un resultado totalmente natural y lógico de sus propias actuaciones.

Cabe agregar que si los asesinos de Guzmán fuesen personas de izquierda, su muerte fue totalmente contraproducente para sus autores, porque si Guzmán estuviese hoy vivo, sería hoy un Longueira, un Larraín o un Chadwick más, políticos que apoyaron y colaboraron con la dictadura, pero que hoy, para mantenerse vigentes, declaran que “no sabían” de sus crímenes. Además, quien mató a Guzmán regaló a la UDI un símbolo muy importante, un mártir. Era lo que necesitaba. Así aparecía su fundador e inspirador político como víctima del “marxismo,” del “comunismo internacional,” etc.

Finalmente, desde el punto de vista psicológico, también fue un error, porque esto ocurrió cuando la dictadura, como tal, ya no existía. Para el chileno común, incluso por muchos compatriotas que se opusieron y hasta lucharon contra la dictadura, Guzmán aparecía ahora como víctima, y así la derecha más integrista del país conseguía el empate en materia de violencia política. Además, apenas terminó la dictadura, Guzmán se preocupó de lavar su imagen. Eligió a Longueira, Moreira, y otros cabecillas de la UDI, el partido político que acababa de fundar, para que constantemente declararan en la prensa y en la televisión que él había abogado ante la ex – DINA en favor de muchos presos políticos.

La verdad es que esto nunca lo dijo Pinochet ni ningún funcionario de la DINA; por supuesto, porque es una falsedad. Esta mentira fue aclarada muchas veces por el propio Manuel Contreras, el jefe mayor de los aparatos de seguridad de la dictadura. También lo negó el general Gustavo Leigh. En la actualidad, la hermana de Guzmán, también quiere lo imposible: limpiar la imagen política de su hermano, asegurando que Guzmán fue asesinado por orden de la DINA; o sea, por Contreras, y posiblemente, hasta por el propio Pinochet, lo que, obviamente, sugiere que Guzmán, por su bondad, pudo ser víctima de aquel régimen, cuyo signo represivo y violento ya nadie discute. Pero, ¡cómo va a ser posible este cuento si, sólo por dar un ejemplo,  fue Guzmán quien concibió y redactó la “Ley General de Amnistía” de 1978, y toda su gestión como consejero de la dictadura tuvo por doctrina que no había que hacer de la dictadura una “dicta-blanda”!

Vale la pena detenerse en esta ley, que fue íntegramente concebida, propuesta a la dictadura y finalmente redactada por el propio Guzmán. La “Ley General de Amnistía” de 1978 no fue sino un artilugio para librar de procesamiento a los agentes de la DINA (el aparato secreto de represión de la dictadura), entonces públicamente conocidos como autores de miles de delitos de lesa humanidad que desde 1973 hasta 1978, se cometieron en dictadura. Recuérdese que Guzmán se lanzó en picada contra algunos jueces honestos, y contra la propia Iglesia Católica, que pedían la libertad de los presos políticos y que se investigaran muchos y bien definidos crímenes cometidos bajo aquel régimen.

Con esa ley, Guzmán pretendía librar de castigo a los peores asesinos del régimen, porque todavía regía, en apariencia desde luego, la Constitución de 1925. Estos criminales así tuvieron un respiro, porque, insisto, de acuerdo a las leyes chilenas que todavía regían en 1978, muchos de esos asesinos debían ser arrestados y juzgados. Sin embargo, digo “un  respiro” porque aquella ley de amnistía, por cierto, no tenía ninguna aplicabilidad, cuestión que Guzmán, como abogado, sabía muy bien. Se trataba de delitos cometidos por el Estado, lo que los califica de “delitos de lesa humanidad”; por lo tanto, incondonables,  inamnistiables e imprescriptibles, en virtud de los tratados internacionales que Chile había  suscrito hasta esa fecha, y que la dictadura, por pura demagogia y para limpiar su imagen ante el mundo, nunca revocó, incluso mientras esos crímenes se cometían.

Tenía que volver la democracia, aunque no íntegramente como quisiéramos, y que pasaran 40 años, para que esa ley fuese lanzada al tacho de la basura. Jaime Guzmán, como digo, en tanto abogado y académico, no podía desconocer la nula legalidad de su burdo invento; sin embargo, consiguió que, aun ante el escándalo internacional, los asesinos quedaran libres de polvo y paja y pudieran continuar actuando como tales.

Jaime Guzmán, como nadie ignora, es también, junto a otros seis viejos y ya fallecidos políticos de derecha, el autor de Constitución de 1980. Fue él quien, personalmente,  aconsejó al dictador “plebiscitarla,” con la clara intención de ejecutar un fraude, como efectivamente sucedió, en aquellos aciagos tiempos en que todas las libertades públicas estaban suspendidas. Guzmán declaró varias veces y sin ambages, que “su” constitución debía redactarse de tal modo que fuese imposible cambiarla sustancialmente. Ergo, hasta cuando esté vigente este engendro, nunca tendremos una verdadera y legal Constitución Política en Chile.

Cada vez que los dirigentes de la UDI se refieren a su fundador, lo hacen con el título de “senador.” Esto llama a otra reflexión.

Apropósito de la constitución de 1980, esto de la senaturía de Guzmán, es un chiste macabro, y una paradoja grotesca. Guzmán copió literalmente de la Polonia comunista el sistema binominal para la elección del Poder Legislativo. Este sistema fue, en efecto, un invento de los comunistas polacos luego del fin del socialismo real en Europa del Este. Se trataba de empatar con la oposición contra el gobierno, cuyo jefe, puesto allí por los soviéticos antes del fin de la URSS y del glasnot socialista, era el general Wojciech Jaruselsky.  Jaruselsky aplicó su sistema sabiendo lo que hacía. Los comunistas  eran minoría, procuró con este Deus ex machina evitar que el paso de la dictadura a la democracia no fuese una paliza electoral demasiado fuerte.

En todo caso, pocos años después, el sistema binominal polaco fue definitivamente remplazado por uno proporcional.  Guzmán, por el contrario, luego de copiarlo lo aplicó con el  objetivo único de establecer en Chile, en calidad de permanente, el empate político, y así impedir que la derecha fuese derrotada electoralmente; vale decir, eternizarla en el poder.

Chile es el único país en el mundo en que hay un sistema binominal de elecciones; y tanto la derecha y la Nueva Mayoría, con Bachelet, los comunistas y todo, mienten cuando dicen que ha sido radicalmente remplazado por uno proporcional. El acuerdo entre la derecha y la Concertación fue muy simple: maquillaron el sistema binominal de Guzmán, con nuevos distritajes y más parlamentarios (harto costosos, por lo demás), y así, han hecho creer que ahora tenemos un sistema proporcional de elecciones, como en cualquier democracia del mundo. Todavía la elección del Parlamento se basa en votos por listas, y no por candidatos, y por cierto, en ninguna parte del mundo, donde hay que elegir dos senadores, gana el que sale tercero.

Esto es lo que hoy todavía tenemos, y es muy específicamente el caso de la senaturía Guzmán. En resumen, Guzmán hizo “su” constitución  para sí mismo, porque él ya tenía planeado no solamente un sistema que favoreciera a la minoritaria derecha, sino a la vez, su propia participación en elecciones parlamentarias. Por supuesto, él sabía que cuando se acabara la dictadura, en una elección parlamentaria él no sería primero, sino tercero, y con suerte. Así de simple.

Para, por fin, recabar este retrato de Jaime Guzmán, es preciso detenerse en actuaciones concretas suyas que lo muestran como un individuo de naturaleza no sólo políticamente autoritaria, sino desde el punto de vista psicológico y humano, derechamente cruel y criminal.

Por problemas de espacio, bastará referirse sólo a un caso, el de la  ciudadana inglesa Sheila Cassidy. Poco se sabe de este espantoso capítulo en nuestra historia política, puesto que en Chile en 1975, simplemente, no había libertad.

Ese año, vivía en Chile esta mujer, de profesión médico, graduada en 1963 nada menos que en Oxford, una de las universidades más importantes del mundo. Cuando visitaba Chile, en calidad de activista católica en causas de Derechos Humanos, prestó auxilio profesional a un perseguido político herido a bala. El herido, de nombre Nelson Gutiérrez, era un dirigente del MIR que había pedido auxilio en una casa parroquial católica. Algunas de las monjas que habitaban esa casa eran inglesas, y conocían a su compatriota Sheila Cassidy. La llamaron en su calidad de médico para extraer dos balas a un herido, a un ser humano como cualquier otro.

Las balas las tenía en sus piernas, y las heridas ya se estaban grangrenando. Gutiérrez, no del todo curado, alcanzó a salir de esa casa antes que los esbirros de la dictadura llegaran. Entraron a la casa disparando y mataron a la sirvienta y cocinera chilena que allí trabajaba, y luego arrestaron a Sheila Cassidy.  La embajada inglesa y el Cardenal Raúl Silva Henríquez pidieron al gobierno su liberación, puesto que además de extranjera y católica, la mujer había curado a un hombre herido por razones nada más que humanitarias. Pinochet dudó qué hacer, pero aquí aparece Guzmán, que siempre invocaba públicamente su condición de católico observante, de rezos, comunión y misa casi diaria.

Guzmán se lanzó, sin pensarlo dos veces, contra la persona del Cardenal, a la vez pidiendo al gobierno “investigar a fondo” a Sheila Cassidy, sabiendo perfectamente que ella ya estaba en las mazmorras de la DINA, y, por lo tanto, también sabiendo lo que le estaba sucediendo. El dictador, finalmente, oyó a su asesor, no al Cardenal ni a la embajada de Inglaterra y la infortunada mujer, durante tres meses, fue sometida a las torturas más salvajes concebibles a una mujer, las mismas que sufrieron muchas de nuestras mujeres chilenas. Liberada en enero de 1976, merced a la presión económica que ejerció el gobierno inglés, Sheila Cassidy, en Europa, relató al mundo su horrenda experiencia en Chile, que luego las escribió en su libro “Audacity to Believe” (La audacia de creer).

Después de su horrenda  experiencia en nuestro país, la médico decidió hacerse monja, lo que es hasta hoy. El libro fue traducido del inglés a todos los idiomas europeos y fue ampliamente difundido en Europa y Estados Unidos. En ese libro, que los udistas debieran leer, ha quedado consignada para siempre la infame y canallesca  actuación de Guzmán, quien aun siendo el primer consejero del dictador, no hizo absolutamente nada por la liberación de aquella médico inglesa. Nótese que hasta procuró que su confinamiento en los centros de tortura de la DINA fuese más largo. Allí, desde luego, pudo perfectamente haber sido asesinada, como muchos extranjeros y extranjeras que, efectivamente, lo fueron.

Este episodio refleja muy claramente la profunda contradicción existente entre Jaime Guzmán y el pensamiento de la Iglesia Católica. En primer lugar, es indiscutible que  Guzmán justificó la política represiva de la dictadura, como asimismo todas las limitaciones que ésta impuso a las libertades públicas y a los Derechos Humanos. He aquí el punto clave:

Guzmán sostuvo de manera pública y explícita que los Derechos Humanos están subordinados a los intereses superiores del Estado. Esta visión contradice el fondo ideológico no sólo de toda democracia, sino la doctrina social de la Iglesia Católica, que considera que los Derechos Humanos están por encima del Estado; es decir, son superiores a él. Guzmán, con anterioridad, ya había criticado frecuente y públicamente a la Iglesia y al Cardenal Silva Henríquez, por ejemplo, por haber creado la Vicaría de la Solidaridad, instrumento fundado por la Iglesia  para defender a los perseguidos, a los presos políticos,  y atender económicamente a sus esposas e hijos, como asimismo a las viudas y huérfanos.

Criticó también la presencia de curas de la Vicaría en las cárceles y campos de concentración, que promovían iniciativas de trabajo para las presas y presos políticos. Incluso, hasta consiguió el arresto de varios de ellos, como Luis Gajardo, un cura que fue salvajemente torturado, encarcelado y expulsado del país, siendo chileno. Ese fanatismo de Guzmán, propio solamente de un criminal político, fue lo que lo llevó a enfrentarse contra la primera autoridad de la Iglesia Católica, lo que culminó en el caso Cassidy.

En efecto, Guzmán estuvo a punto de ser excomulgado, por desacato con escándalo a la primera autoridad eclesiástica. Eran tantos y tan frecuentes los ataques de Guzmán a la Iglesia y al Cardenal, que hasta Mónica Madariaga, la Ministra de Justicia y de Educación de la dictadura, públicamente lo llamó a no seguir en esa práctica y que, como católico debía “guardar respeto al Pastor.” No sirvió de nada. Empero, fue el caso de Sheila Cassidy lo que terminó con la paciencia del Cardenal, quien ordenó a Guzmán, en su calidad de católico observante, a retractarse de sus ataques al Cardenal y a la Iglesia, so pena de ex – comunión. Silva Henríquez dio a Guzmán un plazo de 24 horas para realizar su retractación. Algo así, sépase, nunca había sucedido en toda la historia de Chile, ni colonial ni republicana. Guzmán debió retractarse públicamente, lo que hizo en una brevísima nota aparecida en una perdida página del diario La Tercera.

Volviendo al tema del pedido de extradición de Raúl Escobar, presunto asesino de Guzmán, llama la atención que nadie del gobierno hable quién era Guzmán. Esa es la razón fundamental por la cual he sentido de justicia hacerlo. Saber quién realmente era Guzmán es clave en la comprensión de su muerte. Por otra parte, no se entiende el lacayuno apuro de la Cancillería chilena para atender la exigencia de la UDI, en cuanto extraditar a Escobar, cuyos corifeos, en buena parte colaboradores directos de una dictadura terrorista, no tienen derecho moral para levantar ahora la voz y hablar de justicia. Subrayo también que la cancillería no ha atendido otras peticiones de extradición, hechas desde hace décadas por abogados de las causas de Derechos Humanos.

La cancillería (léase, el gobierno de Michelle Bachelet), para contentar a la UDI, le aseguró “el compromiso de trabajar juntos para una extradición acelerada,” del que, por lo demás, es sólo autor presunto de la muerte de Guzmán. En realidad, nunca ha habido compromiso, ni acción ni nada por conseguir con el gobierno de EEUU o de Australia la extradición de Fernández Larios, de Pedro Barrientos o  Adriana Rivas, por ejemplo, que son algunos de los más feroces asesinos y torturadores de la dictadura, que viven felices en la impunidad en el exterior.

Resumo el espíritu de este artículo así: Guzmán fue víctima natural de la política de terror y muerte que impuso en Chile un régimen dictatorial de terror, en el que él,  personalmente y a conciencia, participó activamente desde su comienzo hasta su fin como principal consejero ideológico y político.

El autor, Haroldo Quinteros Bugueño, es Profesor universitario, Doctor en Educación

*Fuente: Edición Cero



 

 

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  • Ed Ramirez

    Discrepo del autor, Guzmán era dead man walking y el que a hierro mata a hierro muere, hasta el día de hoy siento que se hizo justicia.

  • casandra

    Cómo que discrepas, si eso es lo que dice el autor del artículo.
    ” Resumo el espíritu de este artículo así:
    Guzmán fue víctima natural de la política de terror y muerte que impuso en Chile un régimen dictatorial de terror, en el que él, personalmente y a conciencia, participó activamente desde su comienzo hasta su fin como principal consejero ideológico y político.”
    Es decir fue víctima de su propia ideología y actos. Cómo juzgue la Justicia establecida ese hecho, es harina de otro costal.

  • Carlos Méndez

    Muy rebuscado. No me imagino a la cúpula del FPMR (que conocí a algunos de ellos) recitando el “to be or not to be”.