Tres objeciones a la tesis del magnicidio del presidente Allende

«En la ciencia, toda explicación se propone a título de ensayo y provisionalmente. Toda explicación propuesta se considera como una pura hipótesis, más o menos probable, sobre la base de los hechos disponibles o las pruebas del caso»

                                                                                                           Irving M. Copi (1)

En las páginas siguientes presentaremos algunas objeciones a la afirmación de que el Presidente Allende no se quitó la vida la tarde  del 11 de septiembre de 1973, sino que fue asesinado, cerca de las dos de la tarde, presumiblemente por uno de los soldados que habrían penetrado a la oficina presidencial, ubicada en el segundo piso de La Moneda.

Como se sabe, esta explicación de la muerte de Allende, fue postulada desde el primer momento incluso por uno de los sobrevivientes de la batalla de La Moneda: nos referimos al joven miembro del GAP Renato González, quien se encargó de difundirla Urbi et orbi, haciéndola llegar a oídos del propio Fidel Castro, quien se basó parcialmente en aquel relato para construir su famoso discurso del día 28 de septiembre  de 1973, en la Plaza de la Revolución, en la Habana. Posteriormente, dicha explicación fue recogida y argumentada por el periodista Robinson Rojas, en su controversial libro de 1974, titulado Estos mataron a Allende, que con el tiempo llegó a constituirse en el modelo y la defensa «standard» de la tesis del magnicidio de Allende.

A lo largo de los años esta interpretación ha sido postulada y argumentada de diferentes formas por diferentes personas, pero si hay algo que estas defensas de la teoría del magnicidio tienen en común es que en su mayoría se basan sobre declaraciones, o supuestos testimonios, carentes de la menor credibilidad, dado que sus autores son enteramente incapaces de formular, y aplicar, criterios críticos de evaluación de dichas presuntas evidencias, o de cotejar lo que alguien afirma con otras declaraciones, fuentes o evidencias. De allí que regularmente aquellos hagan uso de declaraciones salidas de la boca de miembros de las FF.AA., así como de otros testigos altamente sospechosos, o indignos de la menor confianza, como si poseyeran la más completa credibilidad, según lo mostraremos más abajo.

Objeción 1.

La cuestión de la fuerza «evidencial» de los estudios metapericiales.

Entre los defensores más serios de la teoría del magnicidio encontramos al doctor Luis Ravanal, quien ha construido su argumentación en torno a un detallado examen de los documentos forenses del caso Allende, lo que se denomina un «examen metapericial». En dicha palabra el prefijo «meta», de origen griego, que significa «más allá», nos indica que se trata de una investigación, como quien dice, «de segundo orden» que, en lo fundamental, debe limitarse al examen de los documentos forenses producidos por los médicos militares, y detectives de la Policía Técnica de Investigaciones, quienes, como se sabe, actuaron, el día del Golpe, cumpliendo órdenes expresas de Pinochet y de otros altos jefes militares golpistas. Nos referimos, entre otros, al informe de la autopsia de los restos de Allende, al acta del peritaje hecho por la Policía Técnica de Investigaciones en el Salón Independencia, ambos fechados el  día 11 de septiembre de 1973.

Por cierto, su origen y características no invalidan «a priori» aquellos documentos como posibles fuentes de conocimiento forense, pero deben ser trastadas con mucha cautela, dado que es muy difícil poder distinguir en el texto de cada uno de ellos lo que sería verdadero de lo que es falso, lo correcto de lo erróneo, lo genuino de lo falsificado. En su examen metapericial el doctor Ravanal ha hecho un gran trabajo de identificación de fallas de procedimiento, errores, omisiones y contradicciones que se encontrarían en dichos documentos, pero nadie podría asegurar, más allá de toda duda, que él haya sido capaz de detectar la totalidad de aquellas fallas o debilidades, y especialmente alteraciones del texto de los documentos forenses que evidenciarían una voluntad falsificadora de parte de sus redactores. Por cierto, para poder identificar cada una de aquellas alteraciones el forense tendría que poder contrastar la totalidad de los detalles de dichos documentos con los restos óseos de Allende y otras evidencias, a las que, en principio, estaría vedado el acceso directo. Es altamente significativo, en cuanto a esto, que el médico español Julián Aceitero, uno de los más competentes  especialistas en el examen de los documentos del caso Allende, haya podido detectar una importante adulteración del informe de la autopsia, que Ravanal ni siquiera ha intentado incorporar a su propia interpretación (2).

Las consideraciones precedentes nos conducen a una pregunta crucial de cuya respuesta dependería, en última instancia, la credibilidad del argumento pro magnicidio de Allende construido por el doctor Ravanal, y es la siguiente: ¿cuál sería el la fuerza probatoria de los estudios metapericiales comparados con las declaraciones de testigos presenciales independientes que coincidieron en sus observaciones de los momentos finales del Presidente? Nos referimos, por cierto, al hecho de que existen a lo menos dos testigos directos, los doctores Patricio Guijón y José Quiroga, quienes presenciaron, desde ángulos diferentes, el momento en el que el cuerpo del Presidente se eleva violentamente por sobre un sofá, por efecto de lo que no pudieron haber sino uno o dos disparos. Pero lo que refuerza aquellas declaraciones es el importante hecho, casi siempre olvidado, que ni dichos testigos presenciales, ni ninguno de los detectives y otros defensores de la Moneda que se encontraban en el pasillo que daba frente a la puerta del Salón Independencia, reportaron haber visto a nadie, civil o militar, ingresar o salir de aquel lugar, ni antes ni después de dicho  momento. Como lo consignan unas declaraciones del doctor Guijón: «Frente a la puerta del Salón Independencia, había un grupo de cuatro personas: las últimas. Se encontraban allí el Intendente de Palacio, Enrique Huerta, el detective David Garrido y otros dos policías» (3).

 

2 y 3. Dos objeciones epistemológicas (4):

A pesar de los prolongados y persistentes esfuerzos de los partidarios chilenos del magnicidio, éstos no han conseguido probar que Allende fuera muerto por alguno de los soldados que asaltaron La Moneda aquella tarde. Es más, nadie ha conseguido demostrar hasta hora que alguien haya ingresado al Salón Independencia antes de  que lo hiciera el doctor Patricio Guijón, pasadas las dos de la tarde. En casi 42 años nadie ha conseguido cuestionar, impugnar, o desmentir las declaraciones de dos testigos cruciales, los doctores Guijón y Quiroga, a pesar de que la mayoría de los que han escrito en defensa de la tesis del magnicidio han intentado descalificarlas, mediante el uso de diversos argumentos «ad hominem». De allí que las más importantes observaciones y conclusiones  de los estudios metapericiales del doctor Ravanal, obtenidas, extraídas o deducidas de documentos forenses producidos por médicos y detectives actuando por orden de los golpistas, y no del estudio directo de los restos mortales del Presidente, que supuestamente demostrarían que Allende fue asesinado, no parecen tener la fuerza lógica, ni «evidencial» (si se nos perdona el neologismo) suficiente como para poder desalojar, o refutar, las declaraciones de los referidos médicos de La Moneda. Y la razón de esto se encontraría en lo que afirma acerca de las hipótesis científicas el profesor Irving Copi, en su conocido libro Introducción a la lógica: «… si una hipótesis es incompatible con algún hecho de observación bien comprobado, la hipótesis es falsa y debe ser rechazada» (5). En este caso la hipótesis es el asesinato de Allende, y los hechos de observación bien comprobados son dos: 1. Dos testigos presenciaron el violento alzamiento del cuerpo del Presidente por sobre un sofá varios minutos antes de que los golpistas hubieran ingresado al segundo piso de La Moneda. 2. No existe evidencia alguna de que alguien, civil o militar, haya ingresado al interior del Salón Independencia antes de que lo hiciera el doctor Guijón.

Esta «menor fuerza», o valor testimonial, de los estudios metapericiales al ser comparados con las declaraciones de los referidos testigos presenciales, se explicaría, a su vez, por el hecho de que en un caso se trata de un tipo de conocimiento que podemos denominar como de carácter observacional directo, y en  el otro se trataría de uno de carácter deductivo indirecto, obtenido por medio del examen e interpretación de una variedad de documentos de carácter forense, y otros. Esto determinaría  que las observaciones y conclusiones de un estudio metapericial como el hecho por el doctor Ravanal, deban ser consideradas como un conocimiento sospechoso y mediatizado, por dos grandes razones: 1. Por haber sido deducidas de documentos redactados por funcionarios directa o indirectamente involucrados en el Golpe y en los hechos periciados  y 2. Por las dificultades, confusiones y peligros que entraña la lectura e interpretación de todo texto.

  1. El segundo problema epistemológico que enfrenta la tesis del magnicidio de Allende, en la forma que la postula y argumenta el doctor Ravanal, se vincula con lo que se conoce como el principio de economía de las hipótesis, o «navaja de Occam» (por el apellido del filósofo William of Occam), que establece que en una explicación «las entidades no deben ser multiplicadas más allá de lo necesario». Como lo señala el profesor y epistemólogo norteamericano S.F. Baker:

«Cuando nos enfrentamos con un caso concreto en el que los fenómenos observados pueden ser explicados por varias hipótesis, unas más simples y otras más complejas, deberíamos inclinarnos a invocar la noción de simplicidad. Siendo iguales los factores restantes, es la hipótesis más simple la que debería ser vista como la mejor confirmada» (6).

Es manifiesto que la hipótesis más simple, en el caso que examinamos, es la del suicidio del Presidente, basada en los testimonios coincidentes entregados por los doctores Guijón y Quiroga, refrendados por las declaraciones de varios detectives y partidarios de Allende que se encontraban frente a la puerta de su oficina minutos antes de las 2 de la tarde del 11 de septiembre de 1973.  Mientras que la hipótesis de su asesinato es claramente mucho más compleja, y por tanto cognitivamente menos «poderosa» que la anterior; porque se apoya en una gran variedad de observaciones, interpretaciones y deducciones, extraídas o deducidas, de los referidos documentos forenses. Pero, además, la hipótesis del magnicidio exige que creamos al mismo tiempo en hechos de los que no existe la menor evidencia, ni confirmación, estos son: que alguien, que nadie vio, ni reportó haber visto, tendría que haber ingresado a la oficina privada de Allende, asesinarlo sin hacer el menor ruido, y luego abandonar al recinto sin ser visto, tampoco, por nadie. Y como si esto no fuera suficiente, ni el nombre ni la identidad de este (o estos) misteriosos asesinos, han podido ser satisfactoriamente establecidos hasta hoy, y nos parece dudoso que pudieran serlo en el futuro.

Aplicando, entonces, el criterio o principio de simplicidad de las hipótesis descrito más arriba, no cabe duda que la hipótesis del suicidio se nos presentaría como mejor confirmada por los hechos conocidos acerca de la muerte del Presidente, que la de su asesinato o magnicidio .

Observaciones finales:

Desde el comienzo los partidarios del magnicidio debieron confrontar la siguiente insuperable dificultad: si Allende no murió por su propia mano sino que fue muerto por mano ajena, ¿quién lo habría asesinado? A lo largo del tiempo se han señalado, sin ningún fundamento serio, un buen número de supuestos asesinos, cual más inverosímil que el otro, cuyos nombres no legitimaremos aquí nombrándolos, pues ninguno de ellos es remotamente creíble.

El último intento de identificar a un asesino del Presidente fue hecho por el periodista Francisco Marín en un artículo publicado en agosto de año pasado, y reciclado más recientemente (7). Allí se afirma que el general Javier Palacios, el jefe golpista al mando de las tropas que asaltaron La Moneda el 11 de septiembre, habría rematado al Presidente en su oficina. Marín sostiene enteramente su afirmación en los dudosos testimonios de Dagoberto Palacios, sobrino del general golpista, y de su padre. Lo esencial de la historia relatada por Marín es que el 18 de febrero de 1977, en un restaurante del barrio Avenida Matta, de Santiago, suponemos que bajo los efectos del alcohol, el general Palacios le confesó a su sobrino que él habría rematado en La Moneda al Presidente ya herido, la tarde el 11 de septiembre de 1973. Es altamente sospechoso que la descripción de los últimos momentos de Allende, según el general Palacios, que nos entrega Marín, esté compuesta en su totalidad con partes tomadas del desprestigiado relato del Renato González de la muerte del Presidente, así como de la no menos inverosímil «teoría del montaje» del asesinato de Allende de Robinson Rojas, que he examinado y criticado in extenso en mi libro titulado: Las muertes de Salvador Allende. En ambos relatos Marín afirma que Allende recibió heridas corporales, las que hasta donde sabemos no han sido nunca constatadas, ni aparecen en ninguna de las fotografías forenses conocidas.

Pero lo que muestra mejor el fracaso del intento de Marín, es el que el general Palacios efectivamente estuvo en el salón Independencia, pero de acuerdo con la totalidad de los testimonios conocidos solo ingresó a aquel lugar pasadas las dos de la tarde del día 11, cuando Allende ya había muerto, luego de ser inútilmente asistido por el doctor Guijón. De manera que le habría sido materialmente imposible darle el «tiro de gracia» al Presidente.

Finalmente, digamos que Marín se engaña al creer que nos estaría suministrando una gran demostración de la participación del general Palacios en la muerte de Allende, al sostener que sus supuestas «revelaciones» serían concordantes con los resultados del examen químico-forense de mayo del 2011, que habría sido ocultados en la investigación judicial a cargo del Juez Mario Carroza, y que demostraría que Allende recibió un disparo a corta distancia con arma de bajo calibre. Pero él no considera, ni por un momento, que este hecho es explicable no solo por medio la «teoría del suicidio asistido», de Camilo Taufic, sino también por mi propia hipótesis del 2007, de acuerdo con la cual Allende se habría suicidado con un arma corta.

 

Notas:

  1. Véase: Irving M. Copi, Introducción a la lógica, Bs. As., Editorial Universitaria de Buenos Aires, 1968, pág. 374.
  2. Recomendamos la lectura de los siguientes tres artículos del doctor Julián Aceitero, todos publicados en piensaChile: «La falsificación del informe de la autopsia de Allende», 9 de diciembre de 2013; «La Corte Suprema ante la falsificación del informa de la autopsia de Allende», febrero 1 de 2014, y »La falsificación de los documentos legales de la muerte de Allende publicados en el libro La Conjura», del 9 de febrero de 2014.
  3. Véase: Hermes H. Benítez, Las muertes de Salvador Allende, Santiago, Ril editores, 2007, pág. 94
  4. Se entiende aquí por epistemología el estudio filosófico, o la teoría, del conocimiento científico.
  5. Irving M. Copi, Op. Cit., pág. 382.
  6. F. Barker, Induction and Hypothesis. A Study of the Logic of Confirmation, Ithaca, New York, Cornell University Press, 1967, pág. 161.
  7. Marín es coautor, junto con el doctor Ravanal, del libro titulado: Allende: «Yo no me rendiré». La investigación histórica y forense que descarta el suicidio, Santiago, Ceibo Ediciones, 2013. Los artículos de Francisco Marín a los que nos referimos aquí son: «Allende fue acribillado y rematado», El Mostrador, 3 de abril del 2014, y «Dagoberto Palacios: «Mi tío el General Palacios nos contó que él le dio el tiro de gracia a Salvador Allende», El Ciudadano, 18 de agosto de 2014. Puede verse mi respuesta algo más extensa a Marín en el periódico piensachile, 22 de agosto de 2014, bajo el título de: «Francisco Marín nos pide que creamos en el cuento del tío Javier».

 

 

 

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