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El fútbol, una mercancía globalEl fútbol, una mercancía global

El fútbol, una mercancía globalEl fútbol, una mercancía global
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16 de noviembre de 2022

Una entrevista con Pablo Alabarces

Si hay algo que prueba que el fútbol se convirtió en una enorme mercancía global es la elección de Qatar como sede de la Copa del Mundo. Pero el deporte puede —y debe— promover otros valores.

El domingo 20 de noviembre comenzará una nueva Copa Mundial de Fútbol masculino, el espectáculo más importante y más consumido del deporte en buena parte del globo. A la clásica exacerbación de nacionalismo, chovinismo y machismo a la que este tipo de competencias invita, este año también se agrega la polémica suscitada alrededor del país que oficiará como sede: el emirato de Qatar.

Con esta excusa, desde Revista Jacobin conversamos con Pablo Alabarces, investigador argentino especialista en estudios sobre el fútbol latinoamericano y la cultura popular. Hablamos de fútbol, deporte y política, de la FIFA, Joseph Blatter y Gianni Infantino, de Maradona y las contrafiguras de la cultura hegemónica del fútbol internacional, pero también sobre cuánto de cierto hay en la creencia de que este deporte ha devenido en una herramienta de dominación capitalista a nivel mundial y de qué experiencias existentes podemos servirnos para pelear por revertir esa situación.

Estamos a pocos días de que comience un mundial de fútbol atípico: cinco meses más tarde de lo habitual, en un país que carece de absolutamente cualquier tradición futbolística, gobernado por una dictadura absolutista, mediado por un escándalo de corrupción, además de estar impugnado por los principales colectivos de derechos humanos del mundo.

Creo que no me equivoco si digo que estamos frente a uno de los eventos deportivos de carácter internacional más criticados de las últimas décadas. ¿Cómo llegamos hasta acá y qué nos dice esto del estado del fútbol en tanto mercancía cultural global?

Con respecto a esa definición, sí. Es muy factible que la Copa Mundial de Qatar sea el hecho más escandaloso, más grotesco, desde que el fútbol se constituyó en una mercancía global. Antes de eso, tenemos al mundial de 1978 organizado en Argentina. Y eso ya lo dice todo. Los mundiales de fútbol masculino, dentro de todo, se habían mantenido relativamente indemnes a los vaivenes políticos hasta el mundial organizado en Argentina, que establece una complicidad grosera entre João Havelange —presidente de la FIFA desde 1974 hasta 1988— y la dictadura militar. Con hechos macabros como la cercanía entre el estadio de River Plate (donde se jugó la apertura y la final de la copa) con el principal centro clandestino de detención del país, la ESMA, y también con el escándalo que envuelve el partido de fase de grupos entre la Argentina y el Perú.

De ahí en adelante ya todos supimos que la FIFA es una institución corrupta y que el fútbol se estaba transformando en una gigantesca mercancía global que se podía vender en todo el mundo. En ese contexto, sí, que la copa del mundo se organice en Qatar es consecuente con la historia reciente del fútbol global. Cabe hacer una aclaración: el mundial anterior fue organizado en Rusia, que no era en ese momento —ni es ahora— una democracia occidental progresista respetuosa de los derechos de las minorías… la aprobación de la sede de Rusia estaba enlazada con la aprobación de la sede de Qatar, lo que colocó bajo sospecha a ambos mundiales.

Lo que ocurre es que la sede qatarí sí destapa a una serie de cosas. Por un lado, las incompatibilidades que describís en tu pregunta: una monarquía dictatorial completamente irrespetuosa de todos los derechos humanos básicos y especialmente de las nuevas generaciones de derechos, como los de género, a lo que debemos sumar la explotación según parece desvergonzada, salvaje y animal de una mano de obra casi esclava y la ausencia radical de una tradición futbolística mínima. El mundial organizado en Sudáfrica en el 2010, por ejemplo, significó el reconocimiento institucional de la existencia de una tradición futbolística continental en África, algo similar a la Copa del Mundo organizada en Corea del Sur y Japón en el 2002. Lo que ocurre en Medio Oriente, y en particular en la península arábica, es diferente, ya que es muy discutible de que allí exista algo similar a lo que podamos llamar una tradición futbolística.

Ahora, fijémonos que además la elección de Qatar como sede dispara todo el «recambio cosmético» de la FIFA. A partir de Qatar cae toda la cúpula directiva latinoamericana de la FIFA, algo que para mí no es un hecho de tristeza, más bien todo lo contrario. Lo único que sí lamento es que [Julio] Grondona se haya salvado, solamente gracias a que murió antes de poder ser encarcelado. Como señaló Ezequiel Fernández Moores —en mi opinión, el mejor periodista deportivo de Argentina— es bueno recordar que la cúpula latinoamericana de la FIFA se derrumba producto de una conspiración contra la conspiración, en la que la dirigencia latinoamericana cayó por una contraconspiración generada por el FBI sencillamente para conseguir otra candidatura mundialista.

Por otro lado, que se haya desplazado a Joseph Blatter para entronizar a Gianni Infantino y que, a su vez, Infantino haya entronizado a Mauricio Macri como presidente de la Fundación FIFA, no habla precisamente muy bien de la transparencia de la actual administración del fútbol mundial. Pero este, más bien, es un fenómeno extenso. Hoy el fútbol no es solo dirigencias corruptas; más bien el fútbol —Havelange mediante— se transformó de una mercancía trasnacional exitosísima para convertirse en una mercancía global. Ahí, toda la literatura coincide en que fue con la Copa Mundial de 1990 organizada en Italia cuando el futbol adquirió una dimensión verdaderamente global. En esa Copa del Mundo aparecen de forma más directa los grandes capitales televisivos, con tres figuras clave: Silvio Berlusconi, Rupert Murdoch y Bernard Tapie, y es cuando se presenta la metodología de televisación de los partidos mediante el sistema Pay Per View (PPV).

La novedad de este siglo es una catarata de capitales que vienen de todos lados. Primero fueron los rusos y ahora son principalmente los capitales árabes —entre los que se cuentan los qataríes— los que están fluyendo hacia el fútbol europeo y que, con metodologías de circulación non santas y por lo general ilegales, transforman el mapa del fútbol global. Creo que todo esto es lo que se está poniendo en escena en esta Copa del Mundo: corrupción, transformación en los flujos de capital y el peso creciente de la televisión. Al menos desde inicios del siglo veintiuno, este proceso ocurre a una velocidad muy aguda y en aceleración constante. Dentro de todo este escenario, que la Copa del Mundo sea en Qatar, es lo de menos.  Qatar agrava un panorama que ya es grave de por sí.

 

 

En tus textos sobre fútbol sueles señalar que la clase política en América Latina está absolutamente convencida de que existe una relación causal entre el éxito deportivo y las victorias políticas, a pesar de que no hay ninguna evidencia que nos permita llegar a esa conclusión. Si esto es tan evidente, ¿por qué crees que esa idea persiste tanto entre las clases dominantes como entre la opinión pública?

No solo no hay evidencias a favor, sino que hay evidencias contrarias a esa tesis. Las clases dominantes son siempre más inteligentes que las clases dominadas, y en base a eso y a su poder basado en la acumulación de capital es que consolidan su dominio, pero eso no las convierte en las clases más inteligentes. Vamos a poner un ejemplo local que además persevera en el error, por decirlo de alguna manera, que es el caso de Mauricio Macri. En su último libro Macri insiste en plantear la asociación entre éxito deportivo y victoria deportiva en tanto relación de causa-efecto, sin ningún tipo de matiz: «Soy lo que soy porque fui presidente de Boca Juniors». Eso no ha sido fehacientemente demostrado en ningún momento. No hay flujos electorales que puedan ser distribuidos en base a los éxitos deportivos.

Hay, por el contrario, una cosa que sí sucede: Macri transforma sus «éxitos deportivos» (remarco las comillas) en éxitos de gestión, a pesar de que cualquier análisis más o menos desapasionado encuentra la coincidencia de que Boca Juniors no fue una empresa exitosa durante la presidencia de Macri, lo que lo convierte en un gestor de capacidades al menos dudosas. Por no hablar de algo que nadie recuerda —salvo yo, y me jacto de eso— y es que Macri presidió Boca Juniors y durante sus doce años de gestión al frente del club negó sistemáticamente la existencia de una «barra brava». A Macri le podemos reconocer un enorme éxito argumental, considerando que la ciudadanía argentina decidió confiar en ese enunciado y lo coronó presidente de la Argentina porque había dejado a Boca sin «barra brava», un milagro increíble.

Quiero decir, Macri cree en esa asociación entre éxito deportivo y victoria política. Y se erige, se presenta a sí mismo, como prueba de esa asociación. Frente a esto, la respuesta lógica de la clase política debería ser contestar ese argumento explicando que no es así, que esa asociación no puede ser demostrada y que, por lo tanto, es falsa. Y cuando digo que no puede ser demostrada digo que, veamos, por ejemplo, las últimas copas mundiales en relación a la política argentina. En 1986, la selección nacional ganó la Copa del Mundo, pero Raúl Alfonsín, presidente en aquel momento, perdió las elecciones de medio término menos de un años después. En 1990 la selección argentina perdió la final de la copa del mundo, Carlos Menem se asoció a esa selección derrotada y eso no produjo absolutamente nada en términos políticos. Nadie podría explicar el Plan de Convertibilidad en base al desempeño deportivo de la selección argentina en Italia.

En 1994 la selección argentina quedó eliminada en el primer partido de la segunda ronda, pero lo que genera eso es un fenómeno absolutamente autónomo cuando aparece la figura de Diego Maradona politizándose. La figura de Maradona aparece como una contrafigura, una figura de resistencia, en el contexto de la Marcha Federal de 1995 contra el menemismo. En el año 2002, que es el caso más gracioso, se dice que el entonces gobernador de la Provincia de Santa Fe Carlos Reutemann le dijo al entonces presidente Eduardo Duhalde que había que solucionar la cuestión del «corralito» antes de la Copa del Mundo, ya que si además la selección quedaba eliminada en primera ronda el país explotaba por los aires. Había, además, una «contra-hipótesis», según la cual si Argentina ganaba el mundial de Corea-Japón se solucionaban todos los problemas. La derrota impidió comprobarla, aunque sí permitió comprobar la falsedad de la hipótesis original: no hubo ninguna alteración del clima social y político con respecto a la situación previa a la eliminación de la selección argentina.

Creo que ese ejemplo, el de la Copa del Mundo del 2002, es el mejor para pensar en la situación actual: el mundial ocurre muy lejos, con horarios insólitos y el país sumergido en una enorme crisis (a pesar de que la situación en 2001 y 2002 era en mi opinión incomparablemente peor que la situación actual). Pero postular que hay algún tipo de relación entre lo que ocurra con la selección argentina y la situación social y política significa desconocer la propia historia argentina en relación al fútbol. Esa relación sencillamente no es posible.

Yo agregaría a esa «ignorancia sociológica», por llamarla de alguna manera, otra tensión: la del mito de la cortina de humo, una teoría en la que la clase dirigente también cree, que dice básicamente que la copa mundial de fútbol genera un efecto de distracción en la gente, gracias al que se puede hacer políticamente casi cualquier cosa porque nadie se va a dar cuenta. Esa tesis no es compartida solo por las clases dirigentes, sino que también es compartida por una enorme cantidad de individuos de a pie que sostienen que a un montón de otra gente (pero nunca a ellos mismos, ya que nunca nadie va a sentenciar la eficacia de la cortina de humo desde su propia experiencia) es embaucada durante el mundial por la dirigencia política, gracias al modo en que el evento opaca la conciencia de la población. Esta tesis, por supuesto, también es insostenible.

Y quiero ser claro: no es insostenible en términos argumentales. Es insostenible en términos empíricos, y ese es el punto: es empíricamente insostenible. El caso más claro es, de nuevo, el de la Copa del Mundo de 1978, donde no cabe absolutamente ninguna duda de que la dictadura intentó usar al mundial de fútbol para generar consenso social, eso sí está probado. Ahora bien, lo que no está probado es que lo haya obtenido. Es más, muy poco después de la victoria argentina en el mundial, en 1979, ocurre el primer paro general contra la dictadura. Entonces, ¿cuál es la idea de un consenso social cívico, militar y ciudadano que termina produciendo un paro nacional y que supone un nuevo impulso de la resistencia contra la dictadura? Por eso, digo, todo lo que estoy argumentando no es una opinión, no es una hipótesis, es una cuestión empírica.

En Fútbol y patria queda claro que las selecciones nacionales no representan a un país ni a todos sus habitantes. Podríamos pensar que las selecciones nacionales representan, al menos, al fútbol de esos países, pero esa propuesta choca con la paradoja de que no hay ninguna gran figura del fútbol latinoamericano que, producto de la globalización del fútbol, no haya migrado hacia Europa desde muy joven. Recuerdo el ejemplo que pones de un relator argentino en el Mundial de 2002 describiendo a la selección argentina como «un seleccionado del Primer Mundo representante de un país del Tercer Mundo». Pero si las selecciones nacionales no representan ni a los países ni ya tampoco al fútbol de los países, ¿a quién representan?

Las selecciones nacionales representan a las asociaciones de fútbol de esos países. Está muy bien el planteo, porque como nunca me había sucedido antes —y ahora opino como futbolero y como espectador de mundiales desde 1970, no como sociólogo— debo decir que esta es la primera vez que no puedo decir de qué club viene cada jugador argentino, porque no lo sé. Sé con seguridad, en cambio, que Lionel Messi no viene de ninguno. Ese es el caso más claro en el que no solo no se produce el debut del jugador en la primera división argentina, sino que ni siquiera hizo las divisiones inferiores en el país. En caso del arquero argentino —Emiliano «Dibu» Martínez— es también llamativo: es la primera vez en la que el arquero de la selección no jugó ni un solo partido en la primera división del país. Esta tendencia viene de más atrás, pero antes, al menos, podíamos trazar las trayectorias futbolísticas de los jugadores de la selección dentro del fútbol local. Ahora, yo por lo menos, no puedo hacer eso.

Hay aquí un fenómeno doble. Por un lado, un fenómeno de representación. ¿Qué representan estos jugadores? Una asociación. Esto es muy habitual en el fútbol global. La relación entre nacionalidad y selección nacional es cada vez más compleja, porque toda Europa está reorganizada por la sentencia Bosman. El caso inglés es muy notorio. En 1999 yo estaba haciendo mi doctorado en Inglaterra y recuerdo una nota de tapa de The Guardian que señalaba en la previa del clásico londinense entre el Arsenal y el Chelsea que solo tres de los veintidós jugadores titulares eran jugadores ingleses, y de esto hace veinticinco años. Quiero decir que estas transformaciones son muy viejas y no atañen solo a la Argentina ni al fútbol de selecciones. El caso de Brasil, por ejemplo, es bastante similar.

Entonces, ¿qué representan? Sin duda, a sus asociaciones nacionales. Ahora bien, en tanto mercancía, sí se sigue vendiendo que lo que se pone en juego, lo que representan, son otros juegos de tradiciones, sentires y pesares. Eso se ve de forma muy clara ahora, en la época de la publicidad mundialista —que para mí es directamente una pesadilla— donde se ve un desborde patriotero más duro y agudo que nos muestra cómo se nos intenta vender como mercancía una ficción según la cual se naturaliza la relación entre la nación y la selección de fútbol: son «los nuestros», somos «nosotros»… y digo nosotros acentuando la letra «o», porque se sigue tratando exclusivamente de varones; a pesar del crecimiento del fútbol femenino, todavía cuesta la declinación inclusiva, por decirlo de alguna manera. Porque, claro, este fútbol es de varones: son once varones y se recurre a tradiciones masculinas, a relatos masculinos y a momentos masculinos, lo que objetivamente pone todavía más en crisis a esa representación. No solo son jugadores que no juegan en nuestro fútbol; son, además, varones que no representan a una sociedad mucho más compleja y plural.

Y déjame hacer un comentario adicional. Anoche miré la miniserie de Netflix sobre la victoria de la selección argentina en la Copa América del año pasado, y la verdad es que es de una mediocridad pavorosa, pero lo interesante es observar el hecho de que estos jugadores ya no pertenecen a las clases populares argentinas. Ya no son ni lúmpenes, ni desclasados, ni siquiera hijos de familias obreras; claramente son todos hijos de las clases medias, que hablan con todas las limitaciones intelectuales, culturales y enciclopédicas de las clases medias. Son hablados por el lenguaje del periodismo deportivo y no salen de ahí.

En un momento del documental se lo ve a Messi diciendo algo así como que a pesar de que la gente dice que ellos tienen mucha plata y que viven en otro mundo, a ellos les pasa lo mismo que a todo el mundo. Vos mirás eso y decís «yo lo mato». Messi tiene el dinero para que vivan sin trabajar ni un día hasta sus tataranietos, y nos dice que le pasan las mismas cosas que a nosotros… y, sin embargo, ahí está la ficción de la representación, que es una ficción trabajada y pensada en los términos mismos de la ficción, porque en eso se deposita el éxito de la mercancía. Porque si la mercancía no vende adecuadamente esa ficción, ese producto, fracasa, no existe más. Entonces hace falta que estos jugadores sean presentados como gente común, es decir, como nosotros si supiéramos jugar al fútbol. Fuera de eso, de que Dios no nos bendijo con ese talento futbolístico, ellos son exactamente iguales a nosotros. Inclusive porque dicen las mismas tonterías que decimos nosotros cuando hablamos de fútbol. Eso es parte de esa ficción representacional.

Imagen promocional de Sean eternos, documental de Netflix.
Imagen promocional de Sean eternos, documental de Netflix.

 

El exfutbolista de la selección francesa Liliam Thuram escribió que la victoria de la selección francesa en el Mundial de 1998 ayudó de alguna manera a consolidar el imaginario de una Francia inexorablemente multirracial (a pesar de que sigue habiendo mucha gente, inclusive periodistas deportivos, que se esfuerzan por remarcar el origen migrante de varios jugadores de la selección francesa). ¿Piensas que puede ser cierto? ¿O es más una expresión de deseo?

Es mentira, una gran mentira. Inclusive, una mentira que explotó por los aires apenas seis años más tarde en toda Francia con la sublevación de les banlieues. Ahí quedó cabalmente demostrado que la supuesta integración multirracial francesa rápidamente podía transformarse en un espiral de violencia racial y represión estatal.

Hace algunos años tuve el gusto de conocer a Christian Karembeu, jugador de la selección francesa campeona de la Copa del Mundo de 1998. Le pregunté como trabajaron en el vestuario esta contradicción entre la expectativa nacional y su propia posición política, ya que Karembeu era, además de un gran futbolista, un militante por la independencia de las colonias francesas en la Polinesia y contra las pruebas atómicas (recordemos que Francia usaba a sus colonias en la Polinesia para implosionar bombas atómicas y ver qué pasaba), y él me respondió de forma muy clara. Me dijo que todos los jugadores de esa selección sabían que ganar la Copa del Mundo inmediatamente multiplicaba el valor de cada uno de ellos en el mercado, y que los llevaba directamente a ser contratados por los mejores equipos del mundo, como el Real Madrid o el Manchester United. Esto quiere decir que no jugaban por la patria, sino por ellos mismos. Este presunto valor unificador de la sociedad francesa a través del fútbol fue, nuevamente, falseado por la evidencia empírica.

A comienzos de 1999 yo estaba en Inglaterra, y estuve en la presentación de un libro en el que colegas sociólogos vendían exactamente el mismo argumento sobre la nueva Francia multicultural y multirracial evidenciada en el éxito futbolístico de la Copa del Mundo de 1998. Seis años después, Francia se encontró frente a una insurrección racial y con un Nicolas Sarkozy que como Ministro del Interior que decretó el estado de urgencia y llamó a «limpiar las calles de la inmundicia». ¿De qué Francia multicultural y multirracial estamos hablando? Era falso. Una ilusión.

Hagamos un ejercicio de ficción. Supongamos que la selección argentina gana la Copa del Mundo. Todo el mundo sale a la calle —cosa que yo también haría— y vamos todos al Obelisco. Algunos irán a la Plaza de Mayo, y si algunos van a la Plaza de Mayo no tengas dudas de que Alberto y Cristina van a estar a los codazos para ver quién sale primero al balcón de la Casa Rosada. Ahora bien, los que vayan a la Plaza de Mayo van a ser los menos, ya que saben que se van a encontrar, justamente, con Alberto y Cristina, así que nosotros vamos para el Obelisco. Ahí encontramos a dos millones de personas festejando. De forma inmediata todas las tapas de los diarios, de los portales de noticias, todos los sitios web van a decir que esa es la «unidad nacional».

Pero seamos claros: un mundial de fútbol masculino no va a reconciliar a una sociedad que está partida por múltiples líneas de fuerza económicas, políticas, sociales y raciales que son muy duras. Estas fracturas son cada vez más radicales, diría hasta más fascistas inclusive. ¿Alguien puede creer que un título mundial de fútbol puede reconciliar a las terribles fracturas que permitieron, entre otras cosas, el reverdecer de un racismo decimonónico en Argentina? ¿El fútbol va a hacer eso? No lo creo.

Cuando analizas la figura de Messi, notas que los héroes futbolísticos actuales pueden ser héroes, pero que no pueden ser nacionales. En un sentido antitético a lo que representaba Diego Maradona, parecen ser ídolos o bien despolitizados o bien que impiden la politización de sus figuras. En ese sentido, ¿te sorprendió el apoyo de buena parte de la selección de Brasil a Jair Bolsonaro?

No, la verdad es que no me sorprendió. Creo que hay un dato previo que tenemos que tomar en cuenta, y es el evangelismo. El peso del evangelismo en el fútbol brasileño es descomunal, y creo que es lo que acá funciona como mediador entre los futbolistas y sus posiciones políticas. No les digo esto a mis amigos brasileños porque son progresistas, pero creo que les hace mal el fantasma de la Democracia Corinthiana. Siguen pensando que Sócrates, lector de Gramsci, que organizó al equipo en 1982 en una lucha contra la dictadura, sigue siendo el faro de referencia. Ahora en Brasil el faro de referencia de los futbolistas es la organización neopentecostal Atletas de Cristo, que tiene más de treinta años y que hizo una tarea descomunal de evangelización en el fútbol brasileño. Creo que este es un mediador mucho más eficaz que explica el apoyo de los futbolistas de la selección de Brasil a Jair Bolsonaro.

En Argentina, en cambio, me animaba a decir hasta hace un tiempo que lo que primaba dentro del fútbol era la frase de «nunca me metí en política, siempre fui peronista». Últimamente eso ha cambiado, justamente porque el peso de Mauricio Macri y de mucha gente que lo rodea en el mundo del fútbol provocó bastante fisuras al respecto. Recordemos que Carlos McAllister, exfutbolista de la selección argentina, fue funcionario del gobierno de Macri, lo que me hace dudar mucho de que su hijo Alexis, actual jugador de la selección argentina, se proclame kirchnerista. Messi, por otro lado, ha evitado minuciosamente cualquier tipo de afirmación política local, regional, latinoamericana o mundial. No sabemos, por ejemplo, si apoya o no la invasión rusa a Ucrania, mirá lo que te digo.

En referencia a esto último, los deportistas de élite que tuvieron manifestaciones políticas de izquierda enfrentaron importantes consecuencias. Fuera del fútbol, el caso de Colin Kaepernick, jugador de la NFL que en 2016 se arrodilló para protestar contra la violencia racial y luego fue vetado y obligado a terminar su carrera como deportista, parece ser significativo. ¿Puede un deportista de élite posicionarse abiertamente como simpatizante de la izquierda?

Existe esa posibilidad. Y creo que se puede ver mejor del lado de las mujeres, con figuras como Megan Rapinoe, una feminista radical, progresista y antirracista que lidera la selección de fútbol femenino multicampeona de los Estados Unidos. No conozco el tema con tanta minucia, pero el fútbol femenino se declaró feminista y militante, lo que le valió mucho éxito, pero también muchas críticas. Pienso en la figura de Macarena Sánchez en Argentina, que se desempeñó como Secretaria Nacional de Juventudes y ahora funge como Subsecretaria Nacional de Fortalecimiento Deportivo.

Es verdad que a los deportistas varones les cuesta más, pero también es justo decir que se enfrentan a una represión mucho más dura. Un deportista de élite politizado no es necesariamente una buena mercancía; es más bien, en principio, una mala mercancía, ya que las mercancías globales necesitan buscar a la mayor cantidad de consumidores posibles, y las posiciones políticas recortan esos consumidores, por decirlo de alguna manera.

Esto lo dije varias veces en relación al caso de Diego Maradona. El apoyo a su figura no siempre fue unánime. Siempre cortó a la sociedad en términos políticos y, más recientemente, lo hizo en términos de género. Los posicionamientos políticos no son buenos para un régimen mercantil, y menos para el régimen mercantil que organiza la sociedad espectacular del deporte. Ahora bien, excepciones siempre hay, y son excepciones quizás porque se vuelven ruidosas por ese carácter excepcional. Pienso en los casos de Rapinoe y Kaepernick, pero también en los de Eric Cantona o del mismo Karembeu. Esas excepciones existen, pero también hay que señalar que tanto la FIFA como las demás asociaciones de fútbol prohíben y penalizan ese tipo de manifestaciones. Hay varios casos en los que la policía o algún comisario deportivo impiden a los hinchas de un club exhibir banderas que se solidaricen con alguna causa social o política, lo que habla del carácter complemente antidemocrático de esos aparatos institucionales que no respetan ni siquiera una libertad tan básica como la de expresión.

Entonces hay que ser una figura con mucha potencia como para poder plantarse y decirle a las asociaciones que todas sus prohibiciones importan un cuerno, y jugársela por los derechos de las minorías, por ejemplo. En el fútbol argentino, organizado a través de la homofobia, veo muy difícil que sus principales figuras salgan a reivindicar los derechos a las minorías sexuales. Me sorprendería mucho y muy gratamente, y estoy dispuesto a dejarme sorprender, pero no soy optimista.

Megan Rapinoe se arrodilla durante el himno nacional de EE.UU. para mostrar su solidaridad con Colin Kaepernick. (Foto: Kevin C. Cox vía Getty Images)

En Historia mínima del fútbol en América Latina remarcas que pensar en una historia común del fútbol latinoamericano implica la decisión intelectual de construir algo que no existe, ¿a qué te refieres?

Existe un fútbol en América Latina, pero hablar de fútbol latinoamericano ya es bastante más complicado. Hay límites geográficos y también institucionales. Por ejemplo, hay dos organizaciones de fútbol en el continente —la CONMEBOL y la CONCACAF— en la que una de ellas incluye al norte anglosajón del hemisferio. Un fútbol latinoamericano debería ser uno en el que la Copa América se disputara entre todos los países de América Latina, desde México hasta Chile y Argentina. Pero la relación entre el fútbol mexicano y el fútbol sudamericano fue siempre compleja y difícil, por no decir lejana. Recién a partir de la década de 1970 comienza un flujo de futbolistas sudamericanos hacia México, que incluye a los directores técnicos. El fútbol mexicano y los mexicanos admiran al fútbol de Argentina y Brasil, pero les queda demasiado lejos, lo que impide que se construyan relatos de identificación más profundos.

Si uno aislara a Sudamérica podríamos llegar a encontrar una integración más fuerte, porque los flujos son más antiguos, tiene un siglo de historia compartida. Argentina y Uruguay jugaron el primer partido oficial en 1902, hace 120 años, es mucho. La Copa América se jugó por primera vez en 1916, más tiempo del que tiene funcionando la UEFA. Entonces sin dudas hay relaciones, pero en última instancia el futbol de cada país funciona de manera aislada. Uno puede producir unidad, un relato relativamente unificado y coincidente, y sería relativamente fácil hacer una historia conjunta del fútbol rioplatense, pero con eso no decimos argentino y uruguayo, ya que ambos casos fueron profundamente metropolitanos. Y así encontramos una serie cada vez más grande de diferencias.

El hecho de que el fútbol de Brasil se organice a partir del doble eje entre Rio de Janeiro y San Pablo lo revela de una forma muy distinta al de Buenos Aires y Montevideo. En el caso chileno, Valparaíso y Santiago aparecen como la evidencia de una disputa más amplia entre le puerto y la capital, y muestra cómo no paran de emerger diferencias. Por eso cuesta mucho encontrar coincidencias; nos enfrentamos con la necesidad de inventarlas como la última posibilidad de generar un relato unificado.

Para colmo, a las tradiciones de oposición clásicas entre Argentina y Uruguay, Uruguay y Brasil, Brasil y Argentina, se le van adosando otras, como entre Colombia y Argentina, Chile y Perú, Perú y Ecuador, generando nuevos puntos de disidencia. Ahí es que Maradona, primero, con muchas críticas y resistencias, fue llorado en todo el continente y se establece como punto de unificación. La admiración por Messi, por otro lado, es directamente continental. Yo mismo he visto a una ciudad de Cali completamente paralizada por un partido de Champions League del Barcelona, una cosa verdaderamente insólita… pero son excepciones. La otra gran excepción es justamente el caso fantástico y excepcional en el que el mejor equipo de Europa —y seguramente del mundo— estuvo protagonizado por una delantera integralmente latinoamericana: Messi, Suárez y Neymar. Duró apenas dos años y no se volvió a repetir. Es un caso único.

Hay un breve texto de Terry Eagleton escrito en la previa del Mundial de Sudáfrica en 2010 donde sostiene que el fútbol se ha convertido en una herramienta para la dominación capitalista y que nadie que quiera un cambio radical puede eludir la necesidad de abolirlo, aunque la paradoja reside en que esto es políticamente imposible. ¿Es el fútbol un aliado de las clases dominantes?

No necesariamente. En buena parte, mi trabajo sobre los hinchas y las hinchadas de fútbol me ha llevado a pensar que hay que desempolvar la categoría de alienación. En ese sentido, diría que Eagleton tiene razón, pero en otro sentido también diría que exagera. Para contrarrestar esa cita te diría que Raymond Williams dijo que la televisión se había inventado solamente para transmitir fútbol, y que solo por eso ya valía la pena.

No creo que el fútbol sea una herramienta de dominación, porque si lo creyera estaría diciendo que creo en la teoría del fútbol como cortina de humo. Sí creo que hay que pasar el plumero a la categoría de alienación y volver a ponerla en juego, pero no como una estructura social totalizante. No es que el fútbol opaca la comprensión de las relaciones sociales estructurales o que impide la comprensión del carácter de las relaciones materiales, sino que el fútbol como práctica hinchística aliena la compresión de tu propia práctica. El hecho de que vos puedas desear la muerte del otro en un estadio de fútbol quiere decir que ahí tenemos un problema.

Pero, por otro lado, también tenemos el fenómeno del surgimiento de las hinchadas antifascistas, principalmente en América Latina. Ha surgido una militancia de izquierda, progresista, que a pesar de todos los problemas de definición que tienen las izquierdas en el siglo XXI, se definen así mismas como antifascistas. La semana pasada, hinchas del Atlético Mineiro salieron a la calle a disolver los cortes de ruta organizados por los sectores más radicalizados de la ultraderecha bolsonarista. En Colombia, las hinchadas antifascistas estuvieron en la primera línea durante el Paro Nacional en 2021. En Chile las hinchadas antifascistas estuvieron presentes en el estallido social. Hay algo nuevo en esta participación de las hinchadas en movilizaciones políticas contestatarias y rebeldes.

Lo que ocurre es que, a diferencia de lo que pasa en Europa, y en particular en Europa del este, donde los grupos de hinchas organizados están dominados por el neonazismo, el antisemitismo y el racismo, en América Latina eso no ocurrió nunca. No hay casos de hinchadas fascistas; por el contrario, ha surgido —con todas sus dificultades y contradicciones— un fenómeno inverso. Insisto: una pelea entre hinchas es impensable si no usas una categoría como la de alienación, pero que surjan estos movimientos militantes antifascistas nos dicen que no todo está perdido, por decirlo de alguna manera.

«Ama al América, odia el fascismo», bandera de la hinchada del América de Cali.

Para terminar, déjame sacarte del fútbol. En tu libro Pospopulares cuentas una anécdota muy divertida sobre un debate en la década del 80 sobre el cambio curricular en la carrera de Letras de la Universidad de Buenos Aires: una crítica lapidaria de Jorge Luis Borges al programa de reforma que mostró los problemas de pensar las culturas populares desde la academia. ¿Es posible conocer lo popular desde la academia o lo que prima es el desencuentro entre ambos ámbitos?

La academia latinoamericana ha tenido históricamente unos problemas descomunales con el mundo popular: de rechazo, de distancia, de incomprensión… en algunos casos, se vio obturada incluso por cierto pánico antipopulista. Para mí eso fue muy claro desde que comencé a estudiar estos temas. Creo que esto implica, fundamentalmente, un problema político. La cuestión central es que no se puede construir una política popular y democrática en América Latina sin conocer el mundo popular. Esto nos lo enseñó Gramsci en las observaciones sobre el folclore. Si uno no conoce el sentido común popular, la filosofía popular, si uno no entiende que ahí hay concepciones del mundo y de la vida complejas, fragmentarias, distintas e incluso opuestas a las dominantes… que son asistemáticas, precarias y cambiantes, pero que existen, si uno no conoce ese mundo popular no hay modo de construir una política transformadora o una política revolucionaria.

Por supuesto, existe un riesgo populista y es que una vez que conoces a ese mundo, lo festejas y se acabó. Eso no está bien. Quiero decir, se festeja, pero también debemos apuntar a transformarlo, y en ese sentido soy ortodoxamente gramsciano. Pero lo primero siempre es conocer ese mundo popular que es, por lo general, o bien despreciado o bien proyectado en el propio deseo del observador, en cómo nos gustaría que fuera el mundo popular. Uno debe conocer el mundo popular tal cual es a los efectos de poder transformarlo en otra cosa; en una conciencia de sí y en una construcción contrahegemónica.

-El autor, Leonardo Frieiro, es politólogo por la Universidad de Buenos Aires, magíster en Estudios Internacionales y becario doctoral del CONICET en el área de la teoría política. Fundador de Espartaco Revista y colaborador de Revista Jacobin.

*Fuente: Jacobin

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1 Comentario

  1. César

    A dejar la Liga comercial…!
    Fundar una Liga DEPORTIVA y que la loba que alimenta a la dirigencia de la FIFA se vaya al carajo…!

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