Dónde está la verdadera crisis de la Iglesia
por Leonardo Boff (Brasil)
16 años atrás 4 min lectura
La crisis de la pedofilia en la Iglesia romano-católica no es nada en
comparación con la verdadera crisis, esta sí, estructural, crisis que
concierne a su institucionalidad histórico-social. No me refiero a la
Iglesia como comunidad de fieles. Ésta sigue viva a pesar de la crisis,
organizándose de forma comunitaria, y no piramidal como la Iglesia de la
Tradición. La cuestión es: ¿que tipo de institución representa a esta
comunidad de fe? ¿Cómo se organiza? Actualmente, ella aparece como
desfasada de la cultura contemporánea y en fuerte contradicción con el
sueño de Jesús, percibido por las comunidades que se acostumbraron a
leer los evangelios en grupos y hacer así sus análisis.
Dicho de forma breve pero sin caricatura: la institución-Iglesia se
sustenta sobre dos formas de poder: uno secular, organizativo, jurídico y
jerárquico, heredado del Imperio Romano y otro espiritual, asentado
sobre la teología política de San Agustín acerca de la Ciudad de Dios
que él identifica con la institución-Iglesia. En su montaje concreto no
cuenta tanto el Evangelio o la fe cristiana, sino estos poderes que
reivindican para sí el único «poder sagrado» (potestas sacra), incluso
en su forma absolutista de plenitud (plenitudo potestatis), en el estilo
imperial romano de la monarquía absolutista. César detentaba todo el
poder: político, militar, jurídico y religioso. El Papa, de manera
semejante, detenta igual poder: «ordinario, supremo, pleno, inmediato y
universal» (canon 331), atributos que solo caben a Dios. El Papa
institucionalmente es un Cesar bautizado.
Ese poder que estructura la institución-Iglesia se fue constituyendo a
partir del año 325 con el emperador Constantino y fue oficialmente
instaurado en 392 cuando Teodosio, el Grande (+395) impuso el
cristianismo como la única religión del Estado. La institución-Iglesia
asumió ese poder con todos los títulos, honores y hábitos palaciegos que
perduran hasta el día de hoy en el estilo de vida de los obispos,
cardenales y papas.
Este poder adquirió, con el tiempo, formas cada vez más totalitarias y
hasta tiránicas, especialmente a partir del Papa Gregorio VII que en
1075 se autoproclamó señor absoluto de la Iglesia y del mundo.
Radicalizando su posición, Inocencio III (+1216) se presentó no sólo
como sucesor de Pedro sino como representante de Cristo. Su sucesor,
Inocencio IV (+1254), dio el último paso y se anunció como representante
de Dios y por eso señor universal de la Tierra, y podía distribuir
porciones de ella a quien quisiera, como se hizo después a los reyes de
España y Portugal en el siglo XVI. Sólo faltaba proclamar infalible al
Papa, lo que ocurrió bajo Pio IX en 1870. Se cerró el círculo.
Ahora bien, este tipo de institución se encuentra hoy en un profundo
proceso de erosión. Después de más de 40 años de continuado estudio y
meditación sobre la Iglesia (mi campo de especialización) sospecho que
ha llegado el momento crucial para ella: o cambia valientemente,
encuentra así su lugar en el mundo moderno y metaboliza el proceso
acelerado de globalización, y ahí tendrá mucho que decir, o se condena a
ser una secta occidental, cada vez más irrelevante y vaciada de fieles.
El proyecto actual de Benedicto XVI de «reconquista» de la visibilidad
de la Iglesia contra el mundo secular está destinado al fracaso si no
procede a un cambio institucional. Las personas de hoy ya no aceptan una
Iglesia autoritaria y triste, como si fuesen a su proprio entierro.
Pero están abiertas a la saga de Jesús, a su sueño y a los valores
evangélicos.
Este crescendo en la voluntad de poder, imaginando ilusoriamente que
viene directamente de Cristo, impide cualquier reforma de la
institución-Iglesia pues todo en ella sería divino e intocable. Se
realiza plenamente la lógica del poder, descrita por Hobbes en su
Leviatán: «el poder quiere siempre más poder, porque el poder sólo se
puede asegurar buscando más y más poder». Una institución-Iglesia que
busca así un poder absoluto cierra las puertas al amor y se distancia de
los sin-poder, de los pobres. La institución pierde el rostro humano y
se hace insensible a los problemas existenciales, como los de la familia
y la sexualidad.
El Concilio Vaticano II (1965) trató de curar este desvío por medio de
los conceptos de Pueblo de Dios, de comunión y de gobierno colegial.
Pero el intento fue abortado por Juan Pablo II y Benedicto XVI, que
volvieron a insistir en el centralismo romano, agravando la crisis.
Lo que un día fue construido, puede ser deconstruido otro día. La fe
cristiana posee fuerza intrínseca para, en esta fase planetaria,
encontrar una forma institucional más adecuada al sueño de su Fundador y
más en consonancia con nuestro tiempo.
2010-07-23
*Fuente: Koinonia
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