Pensando el Perú, mirando Chile
por Daniel Parodi Revoredo (Perú)
5 años atrás 8 min lectura
Similitudes y diferencias entre Elisa Loncón y Pedro Castillo
Elisa Loncón, mujer indígena y mapuche, acaba de resultar electa Presidenta de la Convención Constitucional de Chile. Antes de que broten comentarios racistas, explícitos o implícitos, la Dra. Loncón tiene dos doctorados en Europa, uno de ellos en Holanda, es profesora universitaria de lingüística, pero su nominación no se justifica por eso, sino por la voluntad de la asamblea, que es la voluntad del pueblo porque, como en el Perú, basta ser ciudadano o ciudadana, para resultar elegida representante.
De hecho, en 1978, los peruanos elegimos presidente de la Asamblea Constituyente a un hombre que no tenía título universitario, ese hombre se llamó Víctor Raúl Haya de la Torre, a quien décadas de cárcel, clandestinidad y destierro le impidieron concluir estudios académicos. Aquella vez, hace cuarenta y tres años, Haya habló de derechos humanos, de derechos civiles, de derechos sociales y de los derechos de la mujer. Ayer, en Chile, Elisa Loncón propuso para su país una sociedad plural y plurinacional, que integre a sus diferentes naciones indígenas y contrario al proyecto nacional homogenizador vigente, que se ampara en un férreo discurso del mestizaje y que oculta, tras la categoría general del «roto», enormes brechas y abismos, desigualdades y sectores desatendidos. Loncón ha hablado también de los derechos de la mujer, de las minorías sexuales y en contra del patriarcalismo en una sociedad que, como la nuestra, se caracteriza por ser patriarcal, y ha hablado, finalmente, de integrar todo Chile, desde sus partes, desde sus diferencias, desde sus periferias y no desde una narrativa centralizadora y autoritaria.
Perú y Chile son parecidos, no iguales. Pero no es casualidad que hayamos elegido un campesino, rondero y maestro de escuela rural, como Presidente de la República y que esta semana, finalmente, debería ser proclamado, se llama Pedro Castillo. Parte de nuestra derecha, sin ser tan articulada como la chilena, ha emprendido una potente campaña de descrédito contra un líder que coyunturalmente representa la parte del país que busca a gritos ser escuchada por una oficialidad secularmente sorda y reacia a ocuparse del Perú provinciano y rural, especialmente el serrano. Además, la campaña de demolición en contra de su elección ha intentado presentarlo como perpetrador de un fraude electoral que han rechazado de manera tajante la OEA, la Unión Europea, el Departamento de Estado de los Estados Unidos de América, y las democracia más maduras del planeta.

La gran diferencia que encuentro entre las coyunturas chilena y peruana es que la chilena parte de la derrota y el sometimiento del país oficial, el que se ve conminado a convocar a la Asamblea Constituyente ante la constatación de que el contrato social lo han quebrado las multitudes en las calles. Entonces la Asamblea repondrá el pacto roto, en buena parte impuesto por la dictadura saliente en 1989, la que dividió al país en dos partes. Chile entonces buscará y encontrará otro pacto, uno que emane del pueblo, como lo dijera Jean Jacques Rousseau en el siglo XVIII.
En el Perú, la victoria de la postura reformista de Pedro Castillo apenas se sostiene, no proviene de la derrota de los poderes fácticos en la calle, se produce antes de dicha derrota. Por poderes fácticos no quiero englobar a toda nuestra derecha, pero sí a un sector de la política, del gran empresariado y de la prensa que el día que Castillo se coloque la banda presidencial, apenas comenzará una nueva batalla para derribarlo, buscando para ello los consensos necesarios y la coyuntura adecuada para vacarlo, ahora que un resquicio constitucional ha convertido esta prerrogativa en la oportunidad de los advenedizos e irresponsables, la misma que ya nos ha costado cinco años de absoluta inestabilidad.
La no aceptación del resultado por la candidata Keiko Fujimori y los poderes fácticos que la rodean nos presentan un panorama desolador. No contenta con legarnos cinco años de crispación política, Fujimori está muy dispuesta a prolongar el caos cinco años más, o el tiempo que fuese necesario para sabotear un proyecto reformista, al que hemos llegado casi insólitamente es verdad, pero que no por eso deja de merecer la oportunidad de ejecutarse. Porque es evidente que existe en nuestro país una “Hamaca de poder” que buscará hasta lo indecible que las cosas no cambien, que la corrupción no sea combatida, que los contratos, todos o casi todos los contratos, mantengan una coima del 10% para la autoridad que lo asigna, lo licita u otorga la buena pro.

No se trata y no debe tratarse de socialismo, ni de chavismo o venezolanismo. No es por eso que el Perú ha elegido a la izquierda, por 44.000 votos, pero la ha elegido. Es por reformas dentro del modelo, que apunten en primero lugar a neutralizar esa “Hamaca de poder” -que vemos balancearse cómodamente en cuanto programa político difunden los canales de señal abierta- para lograr sacar a los grupos económicos más poderosos del Perú de su vieja zona de confort, en la que el gran negocio somos todos nosotros, pagando intereses leoninos por los créditos bancarios, medicamentos sobrevaluados por la concertación de precios, debido a la cual atesoramos menos por contratos entreguistas a las compañías extractivas, o que en todo caso podrían mejorarse sustancialmente. De lo que se trata ahora, es de desplazarnos hacia un esquema que nos permita pensar seriamente el desarrollo del país con proyectos de largo plazo, que pasan por modernizar y dignificar la infraestructura y los servicios del Estado, ampliar la base tributaria e impedir que las empresas constructoras cobren el doble o triple por cada puente que se construye en el país, para no hablar de las obras gigantescas que se llevan cinco mil millones de dólares anuales en corrupción. Y todo esto se puede lograr sin socialismo, el socialismo no forma parte de la ecuación.
Finalmente, requerimos un proyecto reformista que, en lo cultural, consiga que nunca más un sector de los peruanos se sienta mejor, superior o más autorizado que el otro, por motivos socioculturales, cuando no étnicos, como para arrobarse la atribución de impugnar, con absoluto desenfado, al primer presidente en doscientos años de república que, pareciera, gobernará pensando más en los que sobran, en los que «no pronuncian bien el español», en los cobrizos o marrones como se les llama ahora, sin que ello implique el despojo de los demás. De lo que se trata es de buscar una patria más horizontal e inclusiva, en la que la igualdad ante la ley, que en la praxis no se cumple, no sea solo ante la ley, sino entre los ciudadanos, sin importar su origen, ni oficio. En suma, hacer del Perú el país que debimos ser desde un principio y que tras un Bicentenario no hemos logrado construir.
Estas líneas no son la apología de Pedro Castillo. Son complejas las razones que lo han colocado en la posición en la que está, él es un político de tiempo, es hábil, de lo contrario no estaría a punto de sentarse en el sillón de Pizarro, y posee una buena lectura de la coyuntura, a juzgar por las señales que le ha enviado al país, en medio del ensordecedor ataque de “la Hamaca de poder”, que parece amainar tras su estrepitoso fiasco neoyorquino (también en Washington). Será que preparan la estrategia para después del 28 de julio: Keiko Fujimori y el fujimorismo no son democráticos nobel Vargas Llosa. El fujimorismo es sencillamente lo que siempre fue y por fujimorismo no me refiero al movimiento político y su militancia sino a todo ese poder fáctico que se autosatisface solo, dejando de lado el desarrollo del país, desde los tiempos el guano, el MUC de 1985 y los grandes negociados al lado de Odebrecht.
La calle tendrá que apoyar a Castillo, si Castillo se deja apoyar, presentando un programa coherente, lejos de los radicalismos de Vladimir Cerrón. Pero, con o sin radicalismos, Keiko Fujimori decidió, una vez más, no darle tregua al país. Peor que en 2016, aunque con menos congresistas. No tendrá la candidata perdedora, durante los próximos cinco años, otra meta más que tumbarse el proyecto reformista, salvo que el poder judicial haga lo suyo, y así y todo, alguno otro surgirá con las mismas intenciones. Es el precio de no tener clase política, de haberla perdido en los noventa, y contar, como su reemplazo, con todos aquellos que no pudieron hacer riqueza a través de su oficio, con honrosas excepciones como la del presidente Francisco Sagasti; estoy seguro de que él pasará a la historia como lo hizo Valentín Paniagua, encarnando a la decencia en el fango de tantos hermanitos, primos, sobrinos y compadres.
Ante este panorama desolador, no está demás mirar a Chile otra vez, el que cuenta, al parecer, con la suficiente cultura cívica y democrática para cambiar su contrato social en el marco de la ley y de la Constitución, y con la derecha, aunque renuente, participando, al fin y al cabo, del proceso. Con o sin asamblea constituyente, el desafío que nos plantea la historia no es otro sino ese.
-El autor, Daniel Parodi Revoredo, es historiador, docente en PUCP y UARM. Además es Máster en Humanidades por la Universidad Carlos III de Madrid, Historiador Docente en U. de Lima y PUCP.
*Fuente: Daupare.Lamula
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