¿Qué tiene esta nueva tecnología de las comunicaciones que cautivó de una manera tan masiva a tanta población? ¿Por qué no para de crecer su auge?
Pocas cosas ha habido desde el surgimiento del capitalismo generadas por la industria moderna que se impusieran con tanta fuerza como los teléfonos celulares. Quizá el automóvil tuvo durante la primera mitad del siglo XX similar impacto; otros bienes industriales, si bien muy valorados por la población y ampliamente consumidos (los electrodomésticos, la televisión, la computadora personal) no alcanzan el sitial preferencial de esta telefonía.
Desde su aparición masiva en el mercado en el año 1984 a la fecha, en apenas dos décadas no dejaron nunca de ser una sensación. Año a año cambian sus modelos, sus características técnicas, las posibilidades que ofrecen, manteniéndose siempre el mismo nivel de fascinación por parte del público usuario. Desde los primeros aparatos que pesaban cerca de un kilo a los actuales, más compactos y con mayores prestaciones de servicio, ultralivianos y con diseños crecientemente atractivos, ha habido cambios notorios. El desarrollo de baterías más pequeñas y de mayor duración, pantallas más nítidas y de colores, la incorporación de programas más amigables, van haciendo del teléfono celular un elemento cada vez más apreciado en la vida contemporánea. Hoy día, ya como cosa que no sorprende, estos aparatos incorporan funciones que no hace mucho parecían de película de ciencia ficción, como despertador, juegos, reproducción de música MP3, correo electrónico, navegación en Internet, mensajes de texto, agenda electrónica PDA, fotografía digital, televisión digital, herramienta para realización de pagos, localizador e identificador de personas. Las posibilidades parecieran infinitas.
Lo importante a remarcar es que, desde su surgimiento como mercadería masiva, tocaron las fibras más íntimas de la población. Años atrás, en el momento de su aparición, eran comparativamente mucho más caros que en la actualidad; hoy día se masificaron de una manera monumental. Y si bien hay para todos los precios, nunca, en ninguna de su variadísima gama, dejaron de tener un atractivo singular.
No hay dudas que estos productos llegaron para quedarse. Algo elocuente es que, distintamente a otros ingenios industriales generados por el capitalismo, si bien se ofrece en distintos precios, es un bien que llega a toda la población sin distinción: ricos y pobres, jóvenes y adultos, varones y mujeres, población urbana y rural. Pocas cosas hay tan masivas como estos aparatos. Sin temor a exagerar podría decir que es el ícono del consumismo de los últimos años del pasado siglo y de los primeros del presente.
Si bien hace unos pocos años lo novedoso de estos aparatos inalámbricos era poder comunicarse con la libertad que no podía conferir una línea fija, en el año 2001 su tecnología dio un giro profundo comenzándose a fabricar los primeros celulares a color. Se abandonaron los modelos monocromáticos remplazándoselos por los que poseían una pantalla LCD a colores (al principio de 256 colores llegando luego a los 262.000 y 16.000.000), lo cual impactó fuertemente en los usuarios, haciendo que -mercadeo mediante- muchas personas no dudaran en adquirir uno sin importar el precio.
No es ninguna novedad que la imagen tiene un poderosísimo atractivo fascinante en todo el reino animal; una larga tradición de psicología de la percepción y de rigurosas investigaciones en etología lo confirma: así como los insectos caen en la luz que los subyuga, así los humanos también sucumbimos a los destellos luminosos. Las “espejitos de colores” con los que los conquistadores europeos fascinaron a los pueblos amerindios lo confirma; de hecho la misma expresión “espejitos de colores” pasó a ser sinónimo de engaño, de venta de irrealidades, de artimañas. ¿Y qué es la fascinación sino un dejarse llevar por una fantasía, por algo de algún modo ficticio? La imagen va de la mano de un cierto nivel de ilusión/artimaña: es la seducción personificada. La moderna cultura de las pantallas vendedoras de sueños (cine, televisión, internet, videojuegos) lo muestra de modo contundente. En esa perspectiva se encaja el crecimiento exponencial de los teléfonos celulares de última generación donde pareciera que lo más importante no es tanto la comunicación oral sino lo que muestra la pantalla.
Hoy día, luego de numerosos estudios serios, es sabido que la tecnología celular, dada la enorme cantidad de campos electromagnéticos que genera, es dañina para la salud humana: es cancerígena, pues estimula el desarrollo de tumores cerebrales, además de aumentar la presión sanguínea, provocar estrés y pérdida de memoria. Como asimismo, hablando de otro tipo de “cáncer”, son las empresas de telefonía móvil unas de las más desleales en su trato con los clientes. En general puede decirse que todas y en todas partes del mundo sobrevenden servicios sin tener asegurado el tráfico combinado satélite-tierra, con lo que no es infrecuente la imposibilidad de comunicación por saturación de usuarios, siendo el caso que todas las llamadas hechas o mensajes de texto enviados, aunque no lleguen a destino, se cobran. Y pese a estos dos enormes problemas probados y comunes -atentado a la salud y al bolsillo- nadie hoy día osaría criticar el “avance” de esta nueva deidad.
La solución a todo obviamente no consiste en no usar más el teléfono celular. Esa no es solución; es, en todo caso, reacción visceral, principismo de dudoso impacto real. Bienvenida esta tecnología, que sin dudas abre nuevas perspectivas en el campo de las comunicaciones. Pero no podemos dejar de abrir una lectura crítica sobre todo este complejo fenómeno: ¿por qué caemos tan fácilmente en el campo de atracción de los “espejitos de colores”?
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