El imperio nunca acepta el veredicto de la historia: 1979, triunfo de la revolución sandinista
por Enrique Villanueva M. (Chile)
2 horas atrás 8 min lectura
23 de julio de 2026
Voy a iniciar estas reflexiones alegando que en la izquierda debemos y necesitamos recordar nuestros triunfos y éxitos, releer los textos que sustentan nuestra ideología y, sí, también aprender de nuestros errores, esto en un contexto histórico y político en el cual la prepotencia imperialista, como lo hizo en el siglo pasado, ha vuelto a reclamar como propios todos aquellos territorios poseedores de riquezas o ubicados en lugares geográficos potencialmente estratégicos y afines a sus intereses. Situaciones y hechos concretos que demuestran que Lenin tenía razón cuando escribió en 1916 “El imperialismo, fase superior del capitalismo»: que la guerra y la intervención militar no son excesos sino mecanismos estructurales de esa fase del capitalismo, no accidentes de políticos individuales. El capitalismo monopolista, al agotar sus mercados internos, necesita exportar capital y controlar territorios, recursos y rutas”.
Para alcanzar sus objetivos reeditan la funesta Doctrina Monroe, «América para los americanos», cuya aplicación reciente y concreta es la captura militar de Maduro, lo que más allá de las razones esgrimidas por la administración Trump no es un episodio aislado de «seguridad nacional», sino la resolución violenta de una crisis estructural: control de reservas petroleras venezolanas (las mayores del mundo), disputa geopolítica con China y Rusia por influencia en la región, y un freno a alternativas de integración regional autónoma (como en su momento fue el ALBA, del cual Nicaragua fue fundador junto a Venezuela y Cuba). En este mismo camino, Groenlandia, Cuba, México y Nicaragua están en la mira como objetivos norteamericanos, argumentando por una parte presencia rusa y china en el Ártico, y por otra, endureciendo el cerco económico y energético sobre Cuba, llevándolo al extremo, provocando cuantiosos daños materiales y amenazando la vida de millones de cubanos y cubanas.
Con esto, a diferencia del siglo XX, cuando EE. UU. legitimaba sus intervenciones apelando a «valores universales» como la libertad o la democracia, ahora Trump retoma la vieja orientación imperial sin apelar a ningún gran valor universal: el imperialismo se despoja de su ropaje ideológico y se muestra desnudo. Con esto, la Doctrina Monroe (1823), el Corolario Roosevelt (1904) y ahora la «Doctrina Donroe» (2026) serían, en esta lectura, momentos distintos de una misma lógica: una relación asimétrica bajo distintos pretextos —la civilización, la seguridad nacional, la lucha contra el comunismo o el combate al narcotráfico— que transforma a la región en un espacio estratégico subordinado.
Lo decepcionante del momento histórico en el que vivimos es que, a pesar del avasallador avance del imperialismo norteamericano, la comunidad internacional se subordina a sus intereses asumiendo un rol de espectador, permitiendo no solo los ataques a la soberanía de nuestros países latinoamericanos, sino que también se muestra cómplice ante la intencionada desestabilización del Medio Oriente y el genocidio del pueblo palestino provocado por Israel y Estados Unidos. Hoy no es Hitler, sino Netanyahu, quien se mofa de las víctimas de sus horrendos crímenes; en su momento Adolf Hitler declaró públicamente que las democracias occidentales eran hipócritas, mofándose de que «nadie quería a los judíos» y confirmando su teoría de que el mundo toleraría su expulsión violenta. Es lo mismo que hace hoy Netanyahu, facultando o pavimentando el aislamiento total que hoy sufren miles de palestinos y palestinas ante la puesta en marcha de una «Solución Final» tal cual la hicieron los nazis en su tiempo.
Hoy, ochenta y ocho años después de la Conferencia de Évian (celebrada del 6 al 15 de julio de 1938), convocada por el presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt para abordar la crisis de los refugiados judíos que intentaban huir de la persecución del régimen nazi tras la anexión de Austria por parte de Alemania, recordamos un encuentro que, a pesar de las expectativas iniciales, se convirtió en uno de los mayores ejemplos de apatía internacional de la historia moderna, concluyendo con una absoluta inacción colectiva que facilitó la política de exterminio nazi contra los judíos.
Estos hechos históricos son los que no se pueden olvidar porque están presentes en la repetición de las políticas agresivas imperialistas que tanto daño han hecho y hacen en nuestro continente, políticas que no solo se implementan mediante la coerción del Estado, sino a través de la propagación de una cultura antidemocrática. Como el discurso irracional del anticomunismo, construido en la sociedad civil —escuela, medios, religión, cultura popular— con la finalidad de aislar al oponente político ideológico y luego neutralizarlo con el apoyo de la población, hoy en día es necesario salir al paso de esta suerte de hegemonía cultural que propone la ultraderecha en el mundo, valorando entre otros los grandes esfuerzos que se han hecho a lo largo de la historia para impedir que estas intervenciones y violaciones a nuestra soberanía continúen repitiéndose y sean encubiertas por la impunidad.
Ese mismo mecanismo que ayer etiquetaba de «comunista» a quien defendía la soberanía de su pueblo, hoy se disfraza con nuevos nombres: «narcoterrorista», «extremista», «amenaza a la seguridad hemisférica». El caso de Maduro es elocuente: acusado primero de liderar un cartel de narcotráfico, categoría que la propia justicia estadounidense reformuló después de su captura, mostrando que la etiqueta importa menos por su precisión jurídica que por su utilidad política, pues sirve para aislar, deslegitimar y, llegado el caso, justificar la intervención sin necesidad de debate. Es el mismo guion que hoy persigue a dirigentes y militantes que lucharon en contra de la dictadura, que criminaliza a periodistas, a defensores de derechos humanos y a dirigentes sociales que se atreven a señalar el intervencionismo norteamericano en nuestro continente: no se les rebate con argumentos, se les señala como enemigos internos y se les persigue con el peso del aparato judicial y mediático.
Por eso es por lo que se hace imprescindible recordar y valorar en su justa dimensión hechos como el triunfo de la revolución sandinista (julio de 1979) en un país como Nicaragua, que conoció y vivió las consecuencias de una política de exterminio cuyo alto costo fue en vidas de hombres y mujeres: 50 mil muertos durante la lucha antidictatorial y una cifra aproximada de 25 mil víctimas en los años 80 en la guerra con los «Contras», creada y financiada por Estados Unidos. Consecuencias de la acción de una potencia imperialista que entre 1912 y 1933 ocupó militarmente a Nicaragua y organizó la Guardia Nacional que luego usaría Anastasio Somoza García para asesinar a Sandino y fundar una dinastía de 43 años. Lo que es necesario recordar es que Somoza fue un dictador protegido y sostenido por el imperio mientras este le garantizara alineamiento y estabilidad para sus intereses y que, cuando el pueblo nicaragüense finalmente lo derrotó en 1979, el imperio no aceptó el veredicto de la historia, por lo que organizó, armó, entrenó y financió un ejército de mercenarios, «la Contra», desatando una guerra que asfixió la economía y al gobierno sandinista. Cabe señalar, una vez más, que el imperio norteamericano asfixió económicamente a Nicaragua y así prolongó el conflicto hasta que el desgaste hiciera su trabajo político, que fue su incidencia en la derrota electoral del gobierno sandinista a manos de Violeta Barrios de Chamorro en 1990.
Recordar julio de 1979, por lo tanto, no es un ejercicio de nostalgia militante: es recordar que un pueblo pequeño y empobrecido fue capaz de derrotar a un régimen sostenido por la potencia más poderosa del planeta, y que ese triunfo tuvo un precio que no debemos permitir que la historia oficial diluya ni olvide. Nicaragua pagó ese triunfo con cerca de un millón de nicaragüenses desplazados de sus hogares —uno de cada diez— y con una generación entera marcada por la guerra financiada desde Washington para revertir lo que las urnas y las armas del pueblo ya habían decidido. Si hoy exigimos que el mundo no repita la apatía de Évian frente a Gaza, tenemos la obligación de exigirnos a nosotros mismos no repetir el olvido frente a Nicaragua: recordar no como un acto de nostalgia, sino como un acto de resistencia frente a un imperio que, como entonces, sigue reclamando como propio lo que no le pertenece.
Los esfuerzos desplegados durante la guerra de liberación nacional y los logros que se alcanzaron para reconstruir el país no se olvidan, permanecen en el corazón y en el recuerdo de los y las nicaragüenses, también entre quienes llegaron y llegamos allí a entregar el aporte internacionalista, siendo testigos de cómo hombres y mujeres consecuentes habían plantado con su ejemplo las semillas de esperanza en el corazón de su pueblo. Una gran parte de ellos y ellas murieron asesinados, antes del día del triunfo revolucionario, dejando escrito con sangre que cuando el pueblo se organiza, se convence de que la lucha es justa y ve en sus dirigentes, hombres y mujeres, un compromiso real con su futuro y su felicidad sí es posible alcanzar los nobles y comunes objetivos buscados.
Finalmente, y remitiéndome a Chile, que la crítica interesada no ensombrezca la historia, menos aún si esta proviene de actores políticos que no son ejemplo de nadie, que hacen de la política un acto de élites, completamente alejado de las soluciones a los problemas de los chilenos y chilenas. Particularmente la izquierda, que en los últimos años, décadas, focaliza sus discursos y sus acciones en reivindicaciones mínimas y que no se atreve a superar lo que las alianzas con la derecha, eternos articuladores de la herencia pinochetista, proponen e imponen, repitiendo caminos que nos han llevado repetidamente al fracaso.
Quienes respetamos y queremos al pueblo de Sandino y de Fonseca, a sus hombres y mujeres, solo nos resta seguir acompañando una decisión que compartimos en los campos de batalla y en la reconstrucción nacional: que la revolución lograda es tal cuando es capaz de hacer realidad los derechos de su pueblo, entregándole la libertad, eliminando la explotación y aumentando su felicidad.
Enrique Villanueva M
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