Chile: Cómo perder un gabinete en 50 días
por Daniel Matamala (Chile)
4 meses atrás 6 min lectura
08 de mayo de 2026
Ese es el plazo récord en que el gobierno de José Antonio Kast logró convertirse en lo que ningún oficialismo desea ser: un diseño desahuciado por los suyos.
No hablamos de la oposición, que no existe. Hablamos de los partidos que llevaron a Kast a La Moneda, de los parlamentarios que debieran ser su base de sustento, incluso de los ministros. Todos repitiendo lo mismo, primero en susurros, ahora en voz cada vez más alta: esto no da para más.
Bastan los titulares de la última semana. La presidenta del Senado contra el ministro de Vivienda, en un conflicto que terminó en vendetta política contra dos funcionarios del ministerio. El ministro de Vivienda contra el ministro de Hacienda, desafiando su poder omnímodo. El presidente del Partido Republicano contra el Segundo Piso. Evelyn Matthei contra Hacienda. Pablo Longueira contra todos. Renovación Nacional contra todos. Y todos contra la vocera, a la que se le pide explicar lo inexplicable.
Es la fotografía de un diseño en ruinas.
El problema, primero, es de arquitectura. Kast armó un gabinete de figuras sueltas, sin cohesión entre sí, sin lazos institucionales con los partidos que lo apoyaron en segunda vuelta. Cada ministro es una apuesta personal del presidente, quien sobreestimó su mandato, interpretó su 58% como un respaldo hacia una persona, y decidió reinventar la rueda para armar un gobierno personalista, sin equilibrios políticos ni cuotas partidarias.
Y a estos ministros, faltos de experiencia, desnudos de ropaje político, los dejó además a la intemperie al presentarlos públicamente como meros subordinados del único eje de poder real: Segundo Piso-Hacienda.
Ministros sin peso político, sin red propia, sin partido que los respalde, obligados a poner la cara ante recortes imposibles bajados como una orden desde Hacienda.
La rebelión comenzó primero con sordina (en los ministros políticos buscando su rol; en Seguridad y Salud resistiendo los cortes), y estalló con escándalo en voz del ministro Poduje, el más ambicioso del lote, quien dijo lo que todos pensaban: que la dictadura de Hacienda no es manera de conducir un gobierno.
Poduje olió sangre, y fue por todo. Su éxito demuestra cuántos agravios ha acumulado Quiroz en el oficialismo en apenas siete semanas.
Pocas veces hemos visto una demostración pública tan aleccionadora de los riesgos de la hubris. En apenas 50 días, Quiroz ha sumado una medida tan draconiana como innecesaria en los combustibles; la orden de recortes imposibles de sostener políticamente en temas como Seguridad y Salud; una declaración de principios sin precedentes (“la mejor política social, y ojalá la única, es el pleno empleo”), y los insólitos oficios que creía protegidos por la intimidad (“la carta de una pareja”).
Esta espiral llegó a su cenit cuando la prensa le preguntó a Quiroz por la rebelión de Vivienda: ante cuatro preguntas diferentes, recitó cuatro veces la misma respuesta, y luego se dio media vuelta y se fue. Un tono burlón que es una falta de respeto, no a la prensa, sino a la ciudadanía y al mismo gabinete del que él -más para mal que para bien- es el único vocero con poder real.
Hay un dato adicional. Cuando los ministros son apuestas personales del presidente, la responsabilidad política de cada error vuelve, sin escalas, al Presidente mismo. El gabinete deja de ser cortafuegos y empieza a ser combustible.
Lo hemos visto esta semana: día tras día, el propio Kast se ha puesto en la línea de fuego asumiendo la responsabilidad por los gazapos de su gente. Está quemando el capital presidencial en incendios que debieran apagarse varios escalones más abajo.
Es el presidente protegiendo a los ministros, y no los ministros protegiendo al presidente. Y eso es insostenible.
La pregunta, entonces, no es qué ministros deben salir. Eso es evidente, y ese cambio de gabinete ocurrirá apenas haya una oportunidad que permita hacerlo dignamente (capaz que la oposición, en su infinita torpeza, le regale esa ventana al gobierno con una acusación constitucional. Sería un regalo para La Moneda).
La pregunta es cuál es la nueva estructura que soportará a los ministros entrantes. Porque si el Segundo Piso va a seguir vaciando de poder a los ministros políticos; si Hacienda sigue entendiendo que es un cruzado con una misión que no debe cuentas a nadie; si el Ministerio de Seguridad sigue sin agenda; si la Segegob sigue siendo meramente una vocería sin poder; y si una larga lista de ministros sectoriales sigue sin tener más programa que agachar la cabeza ante los dictados de Teatinos 120, entonces todo cambiará para seguir igual.
El problema no son los ministros. El problema es el diseño. Y los diseños no se reparan cambiando piezas, sino rehaciendo los planos.
El segundo problema es aún más grave, porque apunta a la misma razón de ser de este gobierno. Y es que Kast fue electo gracias a dos promesas incumplibles.
La primera: resolver la seguridad y la migración por arte de magia, a golpe de autoridad. Bastaría su asunción para que 300 mil migrantes dejaran Chile (¿recuerdan esa fantasiosa cuenta regresiva que llegaba a cero el 11 de marzo?) y bastaría su rictus severo para que los delincuentes se dedicaran a otro rubro. Bastaba, en suma, la voluntad para cambiar la realidad.
La segunda: recortar seis mil millones de dólares mientras se ejecutaba una de las mayores rebajas tributarias de la historia y, al mismo tiempo, se equilibraban las finanzas públicas sin tocar un solo peso de beneficios sociales. Bastaba, en suma, la voluntad para cambiar las matemáticas.
Esos milagros pueden prometerse en campaña, pero son insostenibles en la realidad. En apenas 50 días, no solo la aprobación de Kast bajó 17 puntos y el rechazo creció en 23. Lo más crítico es que la ciudadanía ya no cree que sea capaz de cumplir sus promesas fundantes. En migración, los creyentes cayeron de 61% a 41%. En crecimiento, de 52% a 33%. En delincuencia, de 54% a 33%. En reducción de homicidios, de 45% a 25%. Es otro Chile, en apenas 50 días.
Y ahí está el mayor problema de todos. Kast no solo debe cambiar su gabinete; no solo debe arropar a los nuevos ministros con un diseño de gobierno funcional; además debe discurrir cómo reencantar a ese 58% que creyó en él. Para ello tendrá que hacer de tripas corazón y sincerar que esas promesas no se cumplirán por arte de magia, sino que se avanzará en ellas a tropezones, y que requerirán de sangre, sudor y lágrimas.
Ese es el desafío para los próximos 1.410 días.
Daniel Matamala
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