Boric y el retorno del fascismo a La Moneda
por Oleg Yasynsky
3 semanas atrás 3 min lectura
«El 11 de marzo, la democracia chilena parirá una pesadilla: José Antonio Kast, hijo de un nazi y admirador de Pinochet, asume la presidencia. No es una anomalía, sino la consecuencia lógica de cuatro años de traición de Gabriel Boric, el falso izquierdista que entregó el país a la ultraderecha.»
Se acerca un día vergonzoso y trágico en la historia de Chile. El 11 de marzo de este año, una reencarnación recién elegida de Pinochet regresa democráticamente al palacio presidencial de La Moneda. El político ultraderechista chileno José Antonio Kast, admirador del fallecido general e hijo de Michael Martin Kast Schindele —un exsoldado de la Wehrmacht y miembro del partido nazi que huyó a Chile—, obtuvo el 58 % de los votos en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales del 14 de diciembre del año pasado (su competidora, la comunista Jeannette Jara, obtuvo el 42 %).
Chile, al igual que la mayoría de los países de América Latina, retrocede décadas en su historia. Para la cuna de Salvador Allende, Pablo Neruda y Víctor Jara, esto no solo representa una derrota política, sino también un duro golpe a la cultura y un insulto a la memoria de miles de víctimas de la reciente dictadura fascista.
«Sin eximir de responsabilidad a los votantes comunes, es inevitable señalar el papel clave del actual presidente chileno, el pseudoizquierdista Gabriel Boric, y su gobierno, en el retorno del pinochetismo al poder.
Boric, aquel ‘estudiante revolucionario’ que llegó ilusionando a los más ingenuos, terminó defraudando todas las expectativas. Durante sus cuatro años de mandato se consolidó como un aliado estratégico de Estados Unidos, un ferviente defensor de Zelenski y un autoproclamado ‘luchador por la democracia’ en Cuba, Venezuela y Nicaragua. Decepcionó a quienes creyeron en él, profundizó la división interna y terminó por marginar a los sectores que aún representaban la izquierda auténtica en Chile.
Consciente o inconscientemente —hoy eso ya no importa— cumplió e incluso superó el trabajo que la oligarquía local y las corporaciones transnacionales esperaban de él. Su gestión confirmó, una vez más, que el actual modelo de ‘democracia’ occidental conduce inexorablemente al fascismo.»
Kast ya ha tenido tiempo de adular a su ídolo Trump, intercambiar juramentos de amor y lealtad con su hermano de ideas, el argentino Javier Milei, y está lleno de entusiasmo por continuar las tareas inconclusas de Pinochet.
En los próximos años, debemos esperar muchas malas noticias desde Chile, y su liberación de la pesadilla que se avecina costará bastante tiempo, enorme esfuerzo y mucha sangre.
Pasé la mayor parte de mi vida adulta en Chile, un país que nunca dejaré de querer, así tenga mil Kast en el poder. Todo mi amor y mi dolor personal no me impiden ver que el futuro de Chile, América Latina y el mundo se decide hoy en los campos de una gran guerra contra un enemigo común, desde las estepas ucranianas hasta los desiertos de Oriente Medio. Trump, Pinochet, Bandera o Hitler son solo máscaras diferentes de una misma máquina del tiempo y de la muerte, que se alimenta de carne humana viva.»
*Fuente: PrensaOPAL
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