Las amenazas de Trump en América Latina son una oportunidad para China
por Ander Sierra (España)
1 año atrás 6 min lectura
16 de enero de 2025
Todo apunta a que la terapia de shock que quiere llevar a cabo Estados Unidos va a ser contra China, pero también contra aquellos países latinoamericanos que Washington considere que están demasiado alineados comercial o políticamente con Pekín.
La guerra arancelaria promete ser uno de los episodios más destacados de la competición entre Estados Unidos y China una vez Donald Trump vuelva a ocupar la Casa Blanca el próximo 20 de enero. Incluso antes de esa fecha, el líder republicano ya ha dado indicios sobre cómo será su segundo mandato para con la potencia asiática.
Durante la campaña electoral, Trump afirmó que su administración establecería un arancel general del 60% para los productos procedentes de China. Para dimensionar el impacto, esta medida gravaría más de 425.000 millones de dólares en bienes importados si tenemos en cuenta los datos anuales de 2023. Si bien este porcentaje probablemente sea menor, dado el shock que provocaría en la economía mundial, la amenaza refleja hasta dónde podría llegar el futuro presidente republicano para conseguir sus tres objetivos prioritarios: contener el poder de China, impulsar –aunque sea de manera forzada– la relocalización de la industria en territorio estadounidense y mantener la primacía global de Estados Unidos.
Para este menester, el líder republicano podría tener una herramienta coercitiva adicional. Mauricio Claver-Carone, el que será el nuevo enviado especial para América Latina de la administración Trump, propuso que Washington aplique aranceles del 60% a “cualquier producto que pase por [un] puerto de propiedad o control chino en la región” y que tenga como destino final Estados Unidos.
Este comentario no es baladí ni casual. Pocos días antes, el presidente de China, Xi Jinping, viajó a Lima para reunirse con Dina Boluarte y asistir a la ceremonia inaugural del puerto de aguas profundas de Chancay, una infraestructura valorada en 3.500 millones de dólares construida y operada parcialmente por la empresa estatal COSCO Shipping Ports. Bajo la perspectiva de Claver-Carone, cualquier mercancía que parta de este punto del Pacífico en dirección a Estados Unidos, sin importar el país de origen, debería ser gravada. Esta medida se aplicaría también a otros puertos de naturaleza similar en América Latina y el Caribe, como el de Lázaro Cárdenas en México, Balboa en Panamá o Paranaguá en Brasil.
“América para los americanos”
“Puedes llamarlo [a la estrategia estadounidense] como una Doctrina Monroe 2.0”, comentaba Mike Waltz, asesor de Seguridad Nacional elegido por Trump, durante una entrevista para la cadena televisiva Fox News. Una vez más, detrás de la grandilocuencia de las declaraciones de las figuras más destacadas de la administración republicana se esconde algo mucho más profundo.
Estados Unidos ha entrado en una especie de ansiedad hegemónica como consecuencia de la pérdida progresiva de su poder y busca atar en corto a todos los países a los que Washington considera que forman parte de su “patio trasero”; e incluso, en algunos casos, amenazar con controlar –por la vía militar si fuera necesario– varios puntos estratégicos como el Canal de Panamá o Groenlandia.
La potencia norteamericana ha gozado de un poder casi absoluto durante las últimas siete décadas, posición que le ha permitido consolidar una estrategia global injerencista en aras de proteger la narrativa del “orden basado en reglas” y sus intereses estratégicos. No obstante, este periodo ha finalizado; el mundo ha cambiado y, con él, todo el sistema internacional. Y una muestra que refleja esta tendencia es América Latina.
Antaño objetivo prioritario de la famosa Doctrina Monroe, esta región se ha acercado significativamente a China en los últimos años, en buena parte por la posición pasiva, condescendiente e indiferente que ha mantenido Estados Unidos. Trump, tanto en su primer mandato como presumiblemente en su segundo, ha tratado a la región como un mero foco de inmigración “no deseada” y un chivo expiatorio para la problemática de criminalidad que afronta Estados Unidos y a la que el trumpismo vincula con los flujos migratorios.
Es significativo que las primeras declaraciones más mediáticas vertidas sobre la región hayan ido en esta dirección. Sobre México, Trump aseguró que declararía a los cárteles como “organizaciones terroristas” y varios miembros de su equipo abogan por llevar a cabo una intervención militar. Respecto a Panamá, los republicanos no han escondido su ambición de volver a controlar el estratégico Canal de Panamá. Y la presidenta de Honduras, Xiomara Castro, advirtió que podría revocar la presencia militar estadounidense en la base de Comayagua por la “actitud hostil de deportaciones masivas” de miles de hondureños.
Esto no ha sido mucho mejor con el presidente demócrata Joe Biden, quien ha ignorado la región para centrar sus esfuerzos en la guerra de Ucrania y en Oriente Medio. Por ejemplo, la Alianza de las Américas para la Prosperidad Económica, establecida en 2022, no ha dado los frutos esperados y no ha conseguido uno de los objetivos que sí buscan los países latinoamericanos: “abordar la desigualdad económica y fomentar la integración económica regional”. Y eso ha acarreado consecuencias que China ha sabido aprovechar.
Un buen punto de partida para entender esta dinámica es analizar los vínculos comerciales: el comercio bilateral entre China y América Latina ha escalado de los 18.000 millones de dólares en 2002 hasta los 450.000 millones de dólares 20 años después. Además, según varias estimaciones, para 2035 esta cifra superará los 700.000 millones de dólares. La tendencia ascendente da lugar a un fortalecimiento de los lazos políticos, una situación que ha permitido a Pekín incrementar sus proyectos en la región. En la actualidad, 22 de los 26 países latinoamericanos forman parte de la Iniciativa de la Franja y la Ruta, la cual cuenta con numerosos proyectos de infraestructura, incluyendo decenas de puertos o terminales operados o construidos por empresas chinas –algo que supone una alarma en la Casa Blanca–.
En este contexto, todo apunta a que la terapia de shock que quiere llevar a cabo Estados Unidos va a ser contra China, pero también contra aquellos países latinoamericanos que Washington considere que están demasiado alineados comercial o políticamente con Pekín. En este sentido, la administración republicana amenazará abierta y coercitivamente –con aranceles, sanciones o presión diplomática– a estos países para forzarles a cambiar su regulación comercial y distanciarse de la potencia asiática. Además, esta política se enmarca en los objetivos que Trump quiere alcanzar: una economía más liberalizada en el interior, pero proteccionista hacia el exterior.
Como declaró Marcos Rubio, el nuevo secretario de Estado y uno de los mayores halcones de política exterior, Estados Unidos “no puede permitirse el lujo de que el Partido Comunista Chino expanda su influencia y absorba a América Latina y el Caribe en su bloque político-económico privado”. No obstante, la estrategia de Washington puede ser contraproducente, ya que los países latinoamericanos –a excepción, quizá, de Argentina, gobernada por el anarcocapitalista Javier Milei– podrían buscar una alternativa más amistosa a la política injerencista estadounidense. El mundo ha cambiado, Estados Unidos ya no domina el hemisferio occidental y al otro lado del Pacífico se ubica una potencia que continúa buscando hacer más negocios con la región.
–El autor, Ander Sierra, es periodista especializado en política internacional. Director de Descifrando la Guerra. Interesado en la República Popular China y en la región Asia-Pacífico. Maestría en Estudios Internacionales por la UPV/EHU y en Estudios de Asia Oriental por la UAM. Coautor del libro «La nueva era de China: la gran estrategia para el sueño de Xi Jinping».
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