Ella no era
por Daniel Matamala (Chile)
2 años atrás 5 min lectura
03 de noviembre de 2024
En un par de días, cerca de la mitad de los ciudadanos estadounidenses votará por Donald Trump. No sabemos si ganará o perderá -eso depende de unos miles de electores en Pensilvania o Georgia-, pero sí sabemos que decenas de millones de votantes optarán por un líder autocrático, que ha hecho de la violencia verbal su marca registrada.
En Argentina, Javier Milei replica ese lenguaje e imita sus instintos dictatoriales, declarando una guerra en que él representa a las “fuerzas del cielo” contra sus enemigos, que van desde los políticos peronistas hasta los estudiantes, científicos y jubilados que se oponen a sus medidas.
Esta semana anunció una auditoría contra el “personal de carrera de la Cancillería, con el objetivo de identificar impulsores de agendas enemigas de la libertad”. Una purga para asegurar la pureza ideológica de los diplomáticos de carrera, los mismos que, precisamente, tienen el trabajo de mantener la continuidad de las políticas de Estado, sin deber pleitesía al gobierno de turno.
En otra época, Trump y Milei tendrían que mantener sus instintos autoritarios en secreto. Ahora, en cambio, los enarbolan en público, como arma para profundizar la brecha entre amigos y enemigos, entre el bien y el mal.
También en Chile, el discurso de Trump y Milei es grito y plata. En redes sociales y programas de YouTube, políticos usan el griterío destemplado contra los “enemigos” como sustituto de la falta de ideas. ¿Para qué razonar, si es tanto más fácil presentar cualquier debate como una guerra a muerte entre “ellos” y “nosotros”?
Esta dinámica prevaleció en ambos procesos constitucionales y cristalizó en el tsunami republicano en las elecciones de consejeros de 2023.
Tras esos comicios, en la derecha tradicional de Chile Vamos cundió el pánico a ser barridos por los republicanos. Para no ser calificados de “derechita cobarde”, había que mimetizarse con ellos y adoptar su lenguaje. El camino al poder estaría salpicado de una retórica de agresión, confrontación y prepotencia, resumido en esas campañas que oponían a los “verdaderos chilenos” con el “¡que se jodan!” para el resto.
Este pánico puso en primer plano a una de las promotoras del “¡que se jodan!”, Marcela Cubillos. Usando ese discurso de confrontación permanente, Cubillos “se impuso a como diera lugar”, en palabras del diputado RN Frank Sauerbaum, para ser la candidata única de republicanos y Chile Vamos. El plan era ser primera mayoría nacional en el cómodo feudo de Las Condes y lanzar su candidatura presidencial.
“La izquierda te quiere engañar”, fue su lema de campaña a propósito de la presencia de otra candidata con su mismo nombre. “A mí me pareció muy violento”, dijo la concejala de derecha Catalina San Martín. “Me parece una falta de respeto que el inicio de su campaña sea cancelar a una persona. Eso habla mucho de cómo vas a actuar como alcalde, cómo vas a enfrentar a quien piensa distinto a ti”.
Cuando emergieron las revelaciones acerca de su sobresueldo en la Universidad San Sebastián, no hubo autocrítica ni reflexión. En cambio, aplicó de nuevo el libreto autoritario: dividir al país en dos bandos. “Este es un atentado de la izquierda contra la libertad” y “un debate entre octubrismo y libertad”, acusó, en una andanada de descalificaciones en que cualquiera que la criticara, incluyendo a intelectuales y políticos de derecha, era “izquierdista” y “octubrista”.
“Ella es”, decía el logo que Cubillos hizo imprimir en el voto junto a su nombre. Pero los ciudadanos dijeron lo contrario: ella no era lo que querían para la política chilena.
El manual de Cubillos fracasó, y esa es una de las grandes noticias de estas elecciones.
El electorado de Las Condes prefirió confiar en una concejala de derecha que hizo su pega, fiscalizando las irregularidades en el municipio, aunque la alcaldía fuera de su mismo sector político.
Catalina San Martín describió su triunfo como “la venganza de los nerds”. Lejos de las frases altisonantes, ella se dedicó a trabajar. Y al final los ciudadanos rechazaron la distinción maniquea de “octubrismo versus libertad”, para premiar otros atributos: probidad, transparencia, consecuencia, trabajo honesto.
El discurso agresivo tampoco rindió frutos en Viña del Mar, donde la derecha sacó mayoría en concejales, pero su altisonante candidato Iván Poduje fue derrotado con contundencia. Ni en La Pintana, donde el candidato serial Pablo Maltés cosechó un nuevo fracaso. Ni en la Gobernación Metropolitana, donde Macarena Santelices hizo campaña como “la facha” y sacó menos del 10% de los votos. Ni en Valparaíso, donde la candidata del alcalde Sharp terminó tercera.
En cambio, hubo cuentas alegres, en izquierda y derecha, para liderazgos moderados, centrados en la buena gestión y la construcción de consensos. En el oficialismo brillaron Tomás Vodanovic (70% en Maipú) y Claudio Castro (76% en Renca).
En la oposición, el concejal Agustín Iglesias recuperó Independencia para Chile Vamos, y atribuyó su triunfo a “no ser un proyecto de extremo y no caer en la lógica de buenos y malos”.
Chile Vamos fue el gran triunfador: ganó 122 alcaldías, contra ocho de republicanos. Y en concejales los duplicaron, 28,1% contra 13,8%. Los números hablan por sí solos: el camino a La Moneda pasa por la moderación, no por pelearse por quién es más extremo y vociferante.
El mensaje de los ciudadanos es nítido. En vez de copiar la violencia verbal de Trump o Milei, los políticos chilenos deben escuchar a los votantes de Maipú, Las Condes, Viña del Mar, Independencia y Renca.
En vez de complacer a las barras bravas de las redes sociales, deben empatizar con el chileno de a pie, que está harto de las cachetadas de payasos entre políticos y demanda que trabajen en serio.
El mandato es claro. Pactar una tregua, dejar de lado la estridencia y ponerse a trabajar. No sólo es lo mejor para Chile; también es lo que les conviene a los mismos políticos si quieren replicar el éxito de San Martín, Vodanovic, Castro o Iglesias, los ganadores de estas elecciones.
*Fuente: LaTercera
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