A dos años del 18 de octubre
por Víctor Herrero A. (Chile)
5 años atrás 5 min lectura
07.10.2021
A dos años de la revuelta ciudadana que se inició aquel viernes 18 de octubre de 2019, bien vale la pena plantearse algunas preguntas que nos puedan orientar dónde nos encontramos y hacia dónde vamos como país. Por ejemplo: ¿Cuándo terminó el estallido social? ¿Ha terminado el estallido social?

Todo indica que el estallido chileno es un proceso histórico, que se venía incubando durante años y que aún se está desplegando. En ese sentido la palabra “estallido” -que se impuso en la prensa, también en Interferencia, y entre la mayoría de los ciudadanos- probablemente no sea la adecuada. Un estallido recuerda a algo concreto en el tiempo y el espacio, a la explosión de un petardo, al grito de gol en el estadio, al enojo pasajero: es algo efímero.
A todas luces lo que está ocurriendo en el país no es algo efímero. Ahí está la Convención Constituyente sesionando todos los días para recordarnos de aquello.
Entonces, ¿fue el 18 de octubre el punto que marca el inicio de un profundo proceso de cambios -nuestro asalto a la Bastilla, una revolución- o un simple “arrebato” social -un estallido- por las inequidades del modelo chileno, un clamor por hacerle correcciones? Lo segundo, por cierto, es la interpretación que predomina en la elite transversal.
Eso sólo lo sabremos con el tiempo.
Todos presenciamos y participamos del estallido social -de una manera u otra-, y cada uno de nosotros alberga la memoria de lo vivido. Sin embargo, esa historia vivida se puede esfumar, los recuerdos se tuercen, la memoria falla y, más veces que no, la historia se relata después como una “verdad oficial”, contada desde la perspectiva sesgada de quienes se han declarado ganadores de los procesos históricos.
Así, casi sin darnos cuenta, se ha ido tejiendo un relato casi oficial de lo sucedido.
En la prensa tradicional, en los dichos de la clase política, en la actitud de los grandes empresarios, pero también entre muchos ciudadanos, comenzó a instalarse una idea poderosa (que como todo relato potente tiene aspectos verdaderos): en un momento histórico, en concreto el 15 de noviembre de 2019, la clase política escuchó el clamor de las calles y en un gran acuerdo transversal dio origen a un proceso constituyente. A partir de ahí, puntos más, puntos menos, los ánimos se calmaron y las cosas entraron a un nuevo cauce.
Un viejo dicho sostiene que la historia la escriben los vencedores. Basta con recordar intentos similares en los últimos 50 años. A partir de septiembre de 1973, la dictadura instaló con éxito -apoyado en fusiles y en una maquinaria de propaganda- la idea de que Chile clamaba por derrocar el gobierno de Allende. A las generaciones nuevas les tomó años descubrir que ese relato oficial era la historia de los vencedores. La reciente emisión en La Red abierta del documental ‘La Batalla de Chile’ (que nunca antes se había exhibido en la TV abierta) produjo un profundo impacto en decenas de miles de espectadores que, tal vez por primera vez, vieron el lado de la historia que había sido borrado por completo.
Otro relato oficial más reciente de nuestra historia, o mito si uno quiere, es que Chile recuperó la democracia con un lápiz y papel. Insisto, como toda verdad oficial, se ancla en aspectos reales, en este caso en el plebiscito de 1988. Pero el relato fundacional de la transición y de los gobiernos de la Concertación en los años 90 omitía por completo dos cosas fundamentales. La primera, las inmensas movilizaciones sociales de los años 80 que forzaron a la dictadura cívico-militar a abrirse a una transición. La segunda, que ese plebiscito marcó el triunfo institucional y constitucional del régimen autoritario, ya que se aceptarían sus reglas del juego. Bueno, de hecho, aún vivimos bajo varias de ellas.
Con la canonización del acuerdo del 15 de noviembre, hoy se vuelve a repetir el libreto de instalar una verdad a medias, pero funcional a las clases dirigentes.
Recordemos brevemente el contexto más inmediato de ese acuerdo. En cientos de barrios a lo largo del país decenas de miles de personas se habían autoconvocados en cabildos ciudadanos. La Asociación de Municipalidades había anunciado plebiscitos comunales para preguntarle a la gente por una nueva Constitución y varias demandas sociales.
Con una participación potencial de 15 millones de personas, las consultas estaban planificadas para diciembre. Algunos, pocos, dirigentes políticos hicieron un llamado a elecciones anticipadas. La Moneda había perdido el control de las calles y Carabineros incluso le hizo al gobierno la llamada “vuelta larga”, una suerte de huelga de brazos caídos, que llevó a masivos desmanes y saqueos el martes 12 de noviembre.
Cuatro organizaciones internacionales de derechos humanos habían llegado al país para monitorear la brutal represión a las manifestaciones. Los relatos e imágenes de jóvenes con ojos reventados por balines y perdigones indignaron a la población y llegaron a un clímax el lunes 11 de noviembre cuando se supo que el estudiante Gustavo Gatica quedaría ciego. A eso hay que sumarle que hace tiempo, pero especialmente en los últimos días, las encuestas mostraban que el Ejecutivo y el Congreso eran -junto a los partidos políticos- las instituciones en las que la población menos confiaba.
En retrospectiva, entonces, no sería aventurado agregar al ‘relato oficial’ un elemento clave: esa madrugada del 15 de noviembre la clase política entró en pánico y el acuerdo también estuvo motivado por la necesidad de salvar su propio pellejo y de paso el del Presidente Piñera, cuya renuncia se pedía a gritos en las calles.
Ese salvataje de ellos y ellas mismas nos ha llevado hoy a una situación extraña en la que ambos mundos -el que comienza a terminar y el que comienza a nacer el 18 de octubre- conviven y se batallan mutuamente. Es cosa de ver la enorme campaña de desprestigio en contra de a Convención Constituyente, principalmente de parte de instituciones y actores del ancien regime.

Así, hoy nos encontramos en la cueva de Platón tratando de interpretar las sombras, tanto de los muertos como de los vivos.
–El autor, Víctor Herrero, es periodista y Magíster en Asuntos Públicos Internacionales U. de Columbia (Nueva York). Es Fundador & Director de Interferencia
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