Aquí yace el neoliberalismo, que nació y murió en Chile
por Jorge Fábrega (Chile)
6 años atrás 6 min lectura
02.11.2019
El neoliberalismo ha muerto y el autor nos advierte que, si la elite trata de mantener las rutinas de la política previas al 18/O, “la situación sí se tornará insostenible”. Pero esa no es la única amenaza en el horizonte. Igualmente grave es que fracasemos como sociedad en acordar “un rito electoral que relegitime alguna forma de poder”. Si se suceden “conflictos irresolubles, revueltas y las mutuas agresiones”, algunos de los que han asistido a este funeral “tomarán la palabra para exigir seguridad y orden”, advierte el autor.

Las personas marcamos el paso de nuestras vidas recurriendo a símbolos. Por ejemplo, cada primero de noviembre, las personas van a visitar a sus difuntos. Al traerlos a su memoria, recuerdan también que ellos siguen vivos. Así, la muerte adquiere doble significado como término de un ciclo e inicio de uno nuevo.
Eso que sucede a nivel de las personas y sus vínculos cercanos, también acontece a nivel de las sociedades y sus historias políticas. Los actos simbólicos en política son esenciales para transmitir las creencias, canalizar las emociones y, por sobre todo, para renovar la legitimidad que las personas le asignan al poder que unos ejercen sobre otros (para profundizar en el rol de los símbolos en política véase aquí). Y, a través de todo lo anterior, dar normalidad a la vida política, proveerle de rutinas y un modo legitimado de vida en común que se renueve periódicamente.
El estallido social iniciado el 18 de octubre del 2019, que alcanza su ápice siete días después, arrasó con la normalidad de Chile porque, aunque las rutinas vuelvan y los modos de vida no cambien en el corto o mediano plazo, ya no es posible continuar con las mismas creencias en torno a la legitimidad del poder asumidas antes del estallido.
Si ningún acto simbólico llegara a encapsular los acontecimientos y la actividad política siguiera como si nada hubiese pasado, si retornáramos a las rutinas de la política como antes, pero ahora vacías de sus significados previos, entonces la situación sí se tornará insostenible. Por eso, nos guste o no, como la falta de significados hace que los humanos nos sintamos miserables, la sociedad chilena va a terminar creando nuevos significados. Pero para ello, primero debe enterrar a sus muertos.
Por eso, será claro y palpable más pronto que tarde, que Chile ha iniciado ya un cortejo fúnebre y en el epitafio del occiso se está tallando la siguiente frase: aquí yace el neoliberalismo que nació y murió en Chile.
“Si retornáramos a las rutinas de la política como antes, pero ahora vacías de sus significados previos, entonces la situación sí se tornará insostenible”
A decir verdad, el occiso venía tambaleando desde hace un tiempo en el mundo. Al menos desde el 2008 cuando en plena crisis subprime Alan Greenspan admitió que había cometido un error al confiar ciegamente en la capacidad autorreguladora de los mercados financieros internacionales (véase el video aquí y para una explicación de sus implicancias aquí).
Desde entonces y hasta ahora, el neoliberalismo empezó a ser entendido como el origen de todo lo malo, indeseable, negativo y pernicioso que puede acontecer. Ello, claramente, es exagerado. Sin ir más lejos, el estallido social de octubre del 2019 surgió luego de un alza de precios fijada por un mecanismo legal sobre una empresa estatal y no por las reglas del mercado con las que el neoliberalismo es íntimamente vinculado.
Pero a pocos les interesarán los detalles sobre qué es y qué no es el neoliberalismo y cuáles son sus verdaderas culpas. A nadie le importará ese debate. Para el conjunto de la sociedad, la muerte del neoliberalismo será un rito sacrificial, una ofrenda mediante la cual Chile querrá expiar sus múltiples culpas e iniciar un período nuevo.
Uno a uno, los asistentes al funeral tomarán la palabra. Los primeros que se apresurarán a tomar el micrófono (de hecho ya empezaron) son los que culpan del malestar reinante a la combinación de lógicas de mercados con reglas políticas que impedirían modificarlas. Ellos dirán que el neoliberalismo nació de una dictadura y ha sido sostenida por los grupos económicos que se favorecieron por ella y los políticos que fueron comprados en el camino y querrán arrancar de cuajo todo vestigio de su existencia. Ellos preferirán la cremación.
“Si nos acostumbramos a ver conflictos irresolubles, si se suceden las revueltas y las mutuas agresiones (….) aquellos que caminaban acompañando el cortejo pero sin inmiscuirse tanto, tomarán la palabra para exigir seguridad y orden”.
Luego hablará un grupo variopinto. Algunos por convicción y otros por pragmatismo dirán que si bien aprecian los mecanismos de incentivos que proveen los mercados, condenan los abusos que se han cometido haciendo uso de esos mecanismos. Si bien, la sobrevivencia política obligará a varios a reconocer sus propias culpas en la enfermedad que provocó la muerte del occiso, dirigirán el dedo acusador a los Greenspan locales diciendo que el neoliberalismo es una idea que sostiene que se puede confiar plenamente en la autorregulación de los mercados. Y como ha fallado, propondrán mejorar las regulaciones y –quizás– reducir las lógicas del mercado en la provisión de algunos derechos básicos. Ellos querrán darle digna sepultura.
Luego se subirá al estrado y tomará la palabra un grupo que debe levantar mucho la voz para no pasar desapercibido. Tras persignarse, reclamarán la exacerbación del individualismo y la total indiferencia hacia los otros camuflada de cosmopolitismo que caracterizó al difunto neoliberal. Para ellos, el occiso pecó al reducir a la persona humana a individuos desvinculados de su entorno, y por ende, rescatará la necesidad de la solidaridad local y la descentralización del poder para que las comunidades sean constructoras de sus propias realidades. Ellos preferirán una cripta estoica.
Finalmente, a regañadientes, subirán a hablar quienes culpen al neoliberalismo por no haber hecho lo suficiente y haber permitido que se eternizaran mercados oligopólicos. Ellos sostendrán que hace falta más y no menos mercado. Pero es probable que sus argumentos se pierdan entre el ruido de las pifias. Ellos apoyarán hacer un mausoleo.
El cortejo fúnebre ya ha iniciado su marcha y ésta es la parte más delicada tras el estallido social. La fase donde pondremos sobre la balanza nuestras reales capacidades de construir un proyecto compartido (sobre este punto ver aquí). Si los distintos hablantes logran escucharse, quizás la marcha termine en un rito electoral que relegitime alguna forma de poder. Pero si los codazos y empujones se acumulan, si nos acostumbramos a ver conflictos irresolubles durante el cortejo, y si se suceden las revueltas y las mutuas agresiones, entonces una debacle acontecerá. Y entonces aquellos que caminaban acompañando el cortejo pero sin inmiscuirse tanto, tomarán la palabra para exigir seguridad y orden.
*Fuente: CiperChile
Este artículo es parte del proyecto CIPER/Académico, una iniciativa de CIPER que busca ser un puente entre la academia y el debate público, cumpliendo con uno de los objetivos fundacionales que inspiran a nuestro medio.
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