
Estamos inmersos en un mundo dominado por la tecnología. El reciente tsunami de innovación y cambio tecnológico ha dado origen a un animado debate sobre el futuro del trabajo. Muchos de los actuales avances científicos estuvieron durante muchos años adscriptos al ámbito de lo imposible, pero el paso de un modo de producción a otro representa la negación dialéctica de una vieja calidad por otra nueva.
Ésto nos lleva a pensar que la libertad futura puede nacer de la servidumbre actual con la condición de que en el seno de éstas logren no solo permanecer vivos y activos, sino crecer y expandirse, factores de controversia y de cambio capaces de contraponer otra imagen del hombre a la que se concibe y difunde acatando la realidad constituía.
De lo contrario, aunque se concretara el sueño del reinado de la abundancia y del juego basado en la robotización, y que se logre para la inteligencia humana lo que la máquina de vapor hizo por la fuerza muscular, sólo quedarían autómatas para poblar este reino y enviar sus mensajes al cosmos.
La actualidad ha sincronizado su hora de desajuste político económico y social en todo el planeta. Frente a esta realidad algunas voces se elevan para recorrer los caminos de las soluciones, pero algunas de estas propuestas se confunden en las mismas huellas de futuros inciertos.
En las sutilezas de un lenguaje refinado, se miden las consecuencias de las orientaciones y decisiones políticas que nos enseñan una lógica de sociedad del futuro, que va más allá de los puros matices. Desde hace algún tiempo en diferentes ámbitos internacionales, un debate de científicos, de expertos y de tecnócratas -apenas visible para el común de los mortales- surge en torno a la inteligencia artificial.
Es obvio que no hay respuestas fáciles. Una investigación reciente de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), pretende arrojar algo de luz sobre el proceso del cambio tecnológico, la innovación y la dinámica de creación y la destrucción de empleos.
Esta investigación “reconoce que el cambio tecnológico es un proceso complejo, incierto y no linear que llega en oleadas, produciendo por lo tanto fases de destrucción de empleos y de creación de empleos”. Este proceso no ocurre de manera automática, sino que es impulsado por diversas fuerzas a nivel económico, político y de la sociedad.
Algunos consideran que la innovación tecnológica destruirá puestos de trabajo a gran escala, pronosticando un futuro sin empleos. Otros, confían en que serán movilizadas fuerzas que crearán nuevos empleos y hasta una época dorada de creación de empleos de calidad. Este optimismo pretende ser sustentado por la experiencia histórica que muestra que a las fases iniciales de la destrucción de empleos a la larga siguió una fuerte creación de empleos.
No hace falta ser un avezado estudioso de las ciencias sociales para saber que un gobierno de técnicos que se orienta a lo largo y ancho del planeta constituye hoy más que ayer la tenaz aspiración de cuantos ocultan todo su desprecio por la lucha social y política y que su único deseo es el de reforzar el orden económico y social existente.
Aparentemente ya no es necesario explicar el funcionamiento de la sociedad a la se pertenece y en la que se actúa cotidianamente. Ya no se asume el compromiso político y ético que propone los cambios sociales para modificar el estado existente, en un proyecto alternativo que permita eliminar las contradicciones del orden de dominio capitalista .
El gran ausente
El capitalismo desde su surgimiento, sufre constantemente cambios muy considerables e incluso cualitativos, pero las cualidades esenciales que lo definen se conservan a lo largo de todo este período: el capitalismo sigue siendo un régimen social explotador, basado en la propiedad privada. Con la desesperación de un condenado a muerte que se aferra a la vida, recurre y se apropia de todos los medios disponibles.
El tiempo ha pasado y hoy la idea de progreso resulta ser más atractiva como mito político y hasta más útil a la hora de justificar la “religión ” positivista y tecnocrática de los nuevos apóstoles de las tecnologías de la creación de la “inteligencia artificial”.
La aparición de realidades virtuales conducidas por jinetes internautas en los viajes del ciberespacio de Internet ha encandilado la visión de futuro que se ha transformado en un mayor grado de explotación y colonialismo global. A pesar que la automatización y la fragmentación de los procesos de producción han destruido puestos de trabajo – y seguirán haciéndolo – algunas veces a gran escala.
Sin embargo, la OIT sostiene que “por lo general han emergido nuevos empleos gracias a la expansión de los mercados y, sobre todo, a la innovación de los productos, después de la fase destructiva”. Obviamente, las fuerzas del mercado son un importante motor de creación de empleo. Mientras que la automatización y la fragmentación de los procesos de producción mejoran la productividad economizando mano de obra, los mercados tienden a buscar maneras de compensar está pérdida de empleos.
La distribución del aumento de la productividad desempeña un papel esencial, porque ejerce influencia sobre el nivel y la estructura tanto de la demanda como de la oferta. Se genera nueva demanda si el aumento de la productividad es distribuido bajo la forma de salarios más altos, precios más bajos, u horarios de trabajo reducidos.
Además, una productividad más alta puede incrementar las ganancias, las inversiones y el rendimiento. Como resultado, los mercados se expanden, las empresas se diversifican y, con el tiempo, nuevos empleos pueden ser creados.
No hay que olvidar las palabras de Ernesto Che Guevara: “El capitalismo es el genocida más respetado del mundo”
La importante enseñanza que aporta la historia es que los procesos de creación de empleo se activan por las consecuencias tanto intencionales como involuntarias de las innovaciones dirigidas a economizar mano de obra. Según la OIT “este proceso endógeno puede explicar por qué el cambio tecnológico llega en oleadas, y por qué las fases iniciales de la destrucción de empleos cada vez fueron seguidas por un incremento de la creación de empleos”.
Ahora bien, la pregunta que nos hacemos es la saber de qué empleos se trata para aquellos que quedan fuera del circuito, remplazados por los robots. Resulta paradójico pensar que el capitalismo, siendo un orden social y político fundado en relaciones de explotación, se imponga límites éticos a sí mismo en su proceso de acumulación de capital y creación de plusvalor, ¿o acaso ha cambiado algo desde las ultimas crisis?
–El autor, Eduardo Camí, es periodista uruguayo, miembro de la Asociación de Corresponsales de prensa de la ONU, jefe de Redacción Internacional del Hebdolatino de Ginebra, analista asociado al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, www.estrategia.la)
*Fuente: SurySur
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