Paraguay, el milagro silencioso y desigual
por Carlos E. Cué (España)
8 años atrás 7 min lectura
El hijo del secretario de Stroessner, favorito en las elecciones de un país que lleva 15 años creciendo sin freno gracias a la soja y las maquilas, pero aún tiene un tercio de pobres

Ningún diputado paraguayo podrá decir que él no ve la pobreza. En el corazón del centro histórico de Asunción, a menos de 10 metros del Parlamento, separados solo por una calle, resiste firme la Chacarita, el barrio más humilde del centro, con algunas calles de barro y casas de chapa que se inundan constantemente. Es el Paraguay que muchos tienen en la retina: el país más pobre de Sudamérica, destrozado por la dictadura de 35 años de Alfredo Stroessner, una tierra de exilio y emigración. Pero a pocos metros de allí, en los barrios modernos de la capital, hay otro Paraguay, el de una clase media pujante –desde 2003 la pobreza pasó del 50% al 28%- que crece ininterrumpidamente al 4,5% desde hace 15 años, y el de los negocios fabulosos de la soja, las maquilas para fabricar los productos que consume Brasil y el del paraíso financiero, refugio de capitales para inversiones de argentinos y brasileños que quieren colocar su dinero en uno de los países más estables de América, sin altibajos de inflación, con impuestos bajísimos y trabajadores baratos sin conflictos.
Paraguay, el país más conservador de la zona, donde no solo no hay aborto sino que obligan a niñas de 10 años a dar a luz incluso aunque sean violadas, como sucedió en un caso muy conocido, vota este domingo un nuevo presidente y todas las encuestas señalan que apostará, como casi siempre, por el Partido Colorado, el de Stroessner y el del presidente actual, Horacio Cartes. Por si había dudas de ese continuismo, el candidato colorado, Marito Abdo, es hijo del secretario privado del dictador, y disfruta de una fortuna que se hizo en esa época. Abdo, un político joven y respetado que tiene el mérito de haber ganado unas internas contra el candidato del presidente Cartes, recibe a EL PAÍS en su impresionante mansión con muebles coloniales en Asunción y evita repudiar los años de la dictadura y dice que se hicieron obras importantes, como la presa de Itaipú. Pero pide que le juzguen por su presente y no por el pasado. «Yo tenía 15, 16 años en el final de Stroessner, no hacía política ni militancia en ese tiempo. Yo rescato las políticas que generaron un impacto positivo, y eso no significa reivindicar a la persona», señala.
Abdo, que representa el ala más conservadora de su partido, también promete reformas radicales de la justicia para reducir la corrupción, un mal endémico del país. Pero su propuesta en materia económica parece continuista. De hecho en Paraguay nadie espera saltos enormes gane quien gane. El otro gran candidato, Efraín Alegre, líder del Partido Liberal, que ha logrado unir a buena parte de la izquierda y el Frente Guasú del obispo Lugo –que no podía por ley presentarse a la reelección-, promete lograr un Paraguay más inclusivo pero no apunta reformas radicales. Ni siquiera Lugo las hizo, mantuvo la ortodoxia económica que lleva marcando la pauta del país desde el hundimiento de 2003. «Hay un crecimiento económico pero que no es inclusivo. Paraguay tiene enorme recursos naturales pero dos millones de pobres sobre seis millones de habitantes», explica Alegre desde su casa de clase media, completamente diferente a la de Abdo. Alegre admite la gran dificultad de ganarle al Partido Colorado. «Llevan gobernando desde los 40. Hay unos 300.000 funcionarios públicos, el 95% son del Partido Colorado. El clientelismo es muy fuerte». Pero él confía en dar la sorpresa.
Al margen de quien gane, todos coinciden en que hay dos países. Ese 27% que se queda fuera, muchos de ellos campesinos expulsados por la robotización de las nuevas plantaciones sojeras, que apenas necesitan mano de obra, o la deforestación que provoca la soja, y el resto que está creando un país muy diferente al Paraguay que la mayoría de los extranjeros tienen en la cabeza.
«Paraguay tiene una historia muy linda que contar. En el año 2003 entramos en default selectivo, la pobreza llegó al 50%, quebró el segundo banco del país. Tuvimos 35 años de dictadura, hasta 1989, era una mochila muy pesada. Como país dijimos «acá tenemos que hacer algo». Desde entonces llevamos 15 años de crecimiento y ahora tenemos la clase media más pujante de toda la región. Venimos atrasados porque venimos de abajo pero el crecimiento es muy fuerte, la clase media se duplicó», señala Lea Giménez, la joven ministra de Hacienda, la primera de la historia, en un despacho rodeado de las fotos de sus antecesores con enormes bigotes y trajes militares.
En Asunción es muy sencillo ver esos dos países. Los barrios modernos de los hoteles de lujo y los shoppings, con edificios recién terminados o en construcción, no se diferencian mucho de cualquier otra capital latinoamericana o incluso de EEUU. Pero en pocos metros cambia de nuevo hacia arrabales con cables colgados por todas partes y carros tirados por animales. En los barrios caros, el negocio inmobiliario de esa clase media pujante hace que los capitales argentinos y brasileños se instalen en la capital, llena de arquitectos, ingenieros y especialistas en finanzas de estos dos grandes países y de España, el otro gran inversor.
«Paraguay cambió por completo. En la época de la dictadura la economía se basaba en falsificación de productos, contrabando, narcotráfico, tráficos de armas. Ahora es completamente diferente», explica Carlos Fernández, gobernador del Banco Central. «Hace unos años fuimos muchas personas a Brasil y les dijimos «están en crisis, ¿qué hacemos? Tienen dos posibilidades: sigan importando de China o les ofrecemos Paraguay para que empresas brasileñas se vayan y produzcan en Paraguay con un costo similar o menor que en China. Tienen un impuesto del 1% las maquilas. Y todo a pocos kilómetros de San Pablo. Es el modelo mexicano. Brasil es para América Latina lo que es Estados Unidos para el mundo. Ya hay más de 13.000 empleos en las maquilas y están creciendo al 50% anual»,
Alegre, el candidato opositor, no es tan optimista y acusa directamente al presidente, Horacio Cartes, un multimillonario, terrateniente, que viene de la industria tabacalera y que tiene un conglomerado de 25 empresas que van desde la banca a la industria embotelladora y de medios de comunicación y además tiene hoteles. El contrabando es el cáncer del Paraguay. Tenemos un presidente que es su negocio, pero ese cáncer afecta al pequeño productor», sentencia. Tanto que él cree que las elecciones son sobre todo una decisión «entre república y mafia». Abdo es más suave pero sí admite que la justicia es un problema grave. «Es muy fácil comprar un juez en Paraguay», sentencia.
Lo más sorprendente de este cambio económico de Paraguay es que el país siguió creciendo mientras los gigantes Brasil y Argentina se hundían. Pasó algo parecido en Uruguay, históricamente más rico. Paraguay ya es el sexto productor mundial de soja, y sigue creciendo. José Berea, presidente de la Cámara de Exportadores de Cereales, argumenta que supieron aprovecharse de las peleas de los grandes y les ganan con impuestos y sueldos bajos. «Mientras argentina le ponía trabas a la industria fluvial, acá Paraguay le brindo impuestos bajos, salarios acordes a mercado y hoy es la tercer flota mundial de barcazas. Paraguay supo leer bien lo que pasaba en Argentina». Otros, como el pai Oliva, un jesuita mítico entre los pobres, miran el otro lado de la historia. «Hay dos Paraguay: el de los poderosos económicamente hablando con sus empleados políticos y doctores, 1,5 millones de personas, y después el resto, campesinos y clase media baja, y cada vez más baja que está cayendo en la pobreza e indígenas. Hay 100.000 indígenas totalmente abandonados, no hay políticas públicas para ellos ni nada», clama. La pobreza está lejos de desaparecer, pero Paraguay ya no es solo eso. El domingo elige entre dos modelos que plantean medidas diferentes para sacar al país de un atraso que empieza poco a poco a quedar atrás.
*Fuente: El País
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