En Chile las elecciones no tienen sentido hasta que no acabemos con la actual crisis de legitimidad del régimen. Es grave porque hoy nos encontramos ante la ruina del experimento neoliberal que nos llevó por un camino sembrado por las barbaries típicas de un mercado regido totalmente por los intereses del capital, caracterizado por la corrupción estructural- el caso Penta es un ejemplo paradigmático al respecto- y por ese individualismo que niega cualquier razón colectiva.
El caso Penta nos muestra que la crisis de la derecha duopólica y de su régimen se intensifica. Como nunca estos hechos expresan la falta de legitimidad de los partidos y de las organizaciones políticas que responden a la patronal. Ni la CUT logró salvarse. Ahí tenemos el caso de Lucía Vega que renuncia a través de una crítica a los dirigentes nacionales por la relación de complicidad que éstos mantienen con la “Nueva Mayoría”. Entonces, la lucha nos desafía a organizarnos para reivindicar la Asamblea Constituyente Autoconvocada. La consigna es: ¡Qué se vayan todos!
Nos urge desarrollar una fuerza política alternativa a los artilugios de la derecha binominal, un partido que se nutra de la identidad del trabajador, una alianza mayoritaria, democrática, transversal y decididamente popular: será una nueva fuerza que sin negar los valores de la igualdad se alimentará de las tradiciones que conforman el movimiento social que desde las calles batalla por nuestros derechos.
La izquierda que surge desde las bases es el eje central de la unidad de los trabajadores que no termina de nacer, que busca la alegría del reencuentro de la política con los sectores populares y que combate por mayores grado de libertad, de participación y transparencia. Además, este frente implica que vengas de la tradición política que vengas, siempre que aquella tradición sea representativa del pueblo, habrá un lugar para militar en favor del cambio: la transversalidad, las diversas organizaciones políticas y sociales que la componen, que le dan sustento político, son parte de esas alianzas que se nutren dialogando con nuestra experiencia de vida.
Es importante que ante un régimen político que no nos representa, que en realidad nos niega la posibilidad de decidir entre todos el país en que queremos vivir, entendamos que el sistema electoral y cualquier forma que implique el voto, no es una estrategia excluyente, válida por sí misma, sino que es una más de las tantas maneras que se expresan las luchas que debemos librar para imponer un sistema democrático que nos ayude a tomar conciencia de que el futuro se construye a través del combate, también de la reivindicación del gobierno soberano que necesita de todo nuestro apoyo, que en este sentido se caracteriza por el compromiso de las mayorías.
Lo interesante es que ese proceso de participación, que en un primer momento se produce por la necesidad del pueblo por organizarse para de ese modo satisfacer sus demandas más urgentes, es el germen para el posterior compromiso del trabajador con el cambio. Pasa que la toma de conciencia se fortalece en la medida en que nos organizamos. Es esa la forma en que se construye el poder desde la base: la olla popular surgida en las poblaciones durante la dictadura, que se convierte en el núcleo fundamental de oposición politica y social al genocida, o el actual combate de los estudiantes por una educación entendida como derecho humano, son ejemplos claros al respecto. La derecha duopólica lo sabe y por eso nos impone una democracia de muy baja intensidad que hoy pasa por una profunda crisis.
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