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Gabriela Mistral Pública y Secreta

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Redacción de piensaChile: En homenaje a Gabriela Mistral en el aniversario de su muerte: 10 de enero de 1957
I EL BUQUE DEL OLVIDO
MEXICO ATRAE a la Malquerida. No tanto por el águila y la  serpiente, sino porque, al parecer, allá hay gente que la quiere.
En 1922 José Vasconcelos, ministro de Educación, la invita a trabajar en su país, colaborando en la reforma de la enseñanza y en la fundación y organización de bibliotecas populares.
La llamada mexicana es irresistible. Vasconcelos le escribe que ninguna mujer en su patria es más querida que ella. La ensalza con retórica generosa: «resplandor vivo que descubre a las almas sus secretos y a los pueblos sus destinos». No la ve como gloria de cenáculo, sino como presencia de la otra punta de América que completa el sentido y la línea del horizonte en el continente.
El diputado Luis Emilio Recabarren, que hacía poco, en enero de ese año, había contribuido a fundar en Rancagua el Partido Comunista de Chile, formula una indicación en la Cámara para que se asigne a Gabriela Mistral una pequeña partida de dinero a fin de cubrir los gastos de viaje. La proposición es recibida en bancas de derecha con chirigotas y alusiones despectivas, que arrancan a Recabarren una réplica a lo cantaclaro. El país sólo tiene plata para los ricos. El gobierno y el Parlamento aprueban viáticos suculentos para los grandes señores, los generales que viajan a Europa o a Estados unidos con toda su familia, pero niegan el más mísero apoyo a una escritora y a una educadora salida del pueblo.
En sus Notas de un cuaderno de memorias, Laura Rodig ratifica el incidente.
Cuando el Gobierno de México, en 1922, la invitó a su país, el honorable don Luis Emilio Recabarren, informado de que ella no disponía en absoluto de dinero para sus gastos personales, y que México pagaría todo, hizo en la Cámara la indicación de que se le diera la suma de cinco mil pesos, idea que sólo obtuvo sonrisas e ironías […]. Sin embargo, en la misma sesión se aprobaron dos comisiones para militares a Europa y cada personaje llevaba su familia, servidumbre, etc., todo a cargo fiscal.» (130)
Los señores de las alturas olímpicas en verdad no la querían. «Cuando el ministro de Educación de México, don José de Vasconcelos [mientras Gabriela estaba en su país, él vino a Chile] visitó a un expresidente –agrega Laura Rodig-, éste le dijo: «¿Para qué invitaron ustedes a Gabriela, habiendo aquí tantas mujeres más inteligentes que ella?». Vasconcelos puso un cable que, entonces, allá no comprendieron y decía: «Más que nunca convencido que lo mejor de Chile ahora está en México»»
Luego, en una época dura suspendieron por seis años el pago de su jubilación de maestra, lo que la hacía contar: «Estoy obligada a escribir una barbaridad de artículos gacetilla para poder mantenerme … »
En julio de 1922 viaja en un vapor conocido, el Orcoma. En México la noticia antecedió a su partida. El diario Excelsior publicó el 1 9 de mayo de 1922 una nota sobre la «insigne escritora sudamericana que, si no estamos mal enterados, será la primera vez que abandone su patria. Aunque Gabriela Mistral no ha publicado aún sus poesías en ningún volumen -que sepamos-, su obra maravillosa es profunda y gloriosamente conocida en toda América y España. Es Gabriela quizás la primera gran poetisa americana -¿para qué recordar a Sor Juana?- que ha traspasado las fronteras de su patria en forma tan definitiva y absoluta, y logrando cimentar su nombre bajo tan sólidos prestigios».
Tiene tantas ganas de dejar Chile que entona un canto a la nave y hasta llega a perdonar momentáneamente al mar
Inspecciona con ojo de trabajador de astillero el casco verde que hiende las aguas. Le descubre otro color en la gama de la hermosura: una sostenida franja negra. Lo demás es blanco, como Los Andes en invierno, pero, para no desilusionar los ojos del poeta, los mástiles son de oro. La nave, así, adopta por debajo el color del mar; en lo alto asume el tono de la luz. Esta descripción refleja el estado de espíritu de la pasajera. Está contenta con ese océano y ese buque que la aleja de una tierra donde ha sufrido. Supone que en su vientre el barco es feo; pero ella no le ve las tripas, hechas de máquinas, ni la violencia de las hélices; lo siente deslizarse como una gaviota, a ras de espumas, tan sutilmente que por momentos reproduce la sensación de un vuelo. Habla de un vapor joven que el mar aún no ha herido. El oleaje no tuvo tiempo para cubrirlo de herrumbre. El barco es ajeno al dolor. Por instantes, olvida la crueldad del mar, que la persigue como una metáfora de cierta perversidad humana. Cuando se pierde el perfil de la costa, se regocija murmurando: «La tierra está tan lejos que se la olvida». Esa es su victoria: el olvido.
Abandona un país en el que se siente incomprendida, vejada, insultada. En verdad el escarnio venía de algunos; la indiferencia de los más. Y esta sensación de ser una inconformista a la cual se trata de acorralar no conseguía neutralizar la admiración de unos pocos, que con el tiempo se convertirían en muchos.
Parte, además, empujada por otros vientos de cola que la impulsan a alejarse lo más velozmente posible. Hay en su vida impenetrables secretos y enigmas a medias, que arrastran a esta buscadora del extrañamiento voluntario a poner distancia.
Huía de Chile por varios motivos. Sí, huía de Magallanes hombre, aunque él en ese momento estuviera en el extranjero. Huía con esa aversión oculta, con ese pavor ante el imperio de la carne. Tal vez la perseguiría siempre por el mundo.
Trece años después, en Lisboa, escribe un «Recado sobre Anthero de Quental, el Portugués». Lo denomina «Sin mujer». Vale por una autodefinición personal, siempre que ese título se cambie por «Sin hombre». Hablando del lusitano, Gabriela, por un empleo de analogías o diferencias que le vienen al magín consciente o inconscientemente, de algún modo, como de costumbre, hablará de sí misma. Anthero pertenece a una tierra que es finisterra de Europa, mientras que Chile es una finisterra del planeta. Lo siente próximo. Subraya en él el profetismo, los zapatones rústicos -dos características de Gabriela-, atuendo romántico que en él se compadecía con la pulcra limpieza, aquella que Eça de Queiroz denomina «de monja vieja», imagen que corresponde a su propio modo de verse. Como ella, escribe el verso óptimo y la prosa rica y limpia, «sirviendo a dos manos a los dioses que espolean y a los hombres que piden explicación del mundo en respuesta cantada y hablada».
¿Qué otro rasgo le llama la atención en el portugués?
Uno en el cual «los ahijados de Freud tienen allí donde hurgar dando buenos atisbos o berreando baladronadas». En algún sentido es también su caso, y quizás por eso lo subraya. Este hombre a quien llama «loco perdido de las ideas» se casó con ellas y esto desplazó al «himeneo natural con las de carne y hueso» y si «alguna mujer chamuscó su piel de pasada, ninguna le acostó en la parrilla de una pasión seria». Es algo que ella también celebra: la victoria del Eros metafísico sobre el Eros físico, que Gabriela -entre muchos precedentes- ejemplifica en Baruch Spinoza y en Buda. Abunda, ahonda sugestivamente en la calidad de esa misoginia, que en el caso de Quental no excluye el ansia de paternidad y en el de Gabriela el anhelo de maternidad. Pero tanto el uno como el otro quieren hijos adoptivos, no seres nacidos del apetito de su propia carne. Gabriela describe este sentimiento como «otra forma de la saudade infinita. Ver niño, tocar niño, tener niño en mesa y justificar la casa, un huerto y otras regalías con esas chiquitas». Tal fue igualmente su sueño personal, y por eso algún día se sintió madre de Yin Yin. Y si este lusitano termina también matándose (otro suicida), a pesar de vivir como un santo, «a causa de su naturaleza sublime», ella lo achacará a muchas cosas, al ambiente, a la soledad irremediable (le recuerda el fin de Ángel Ganivet), pero también aprovechará para echarle la culpa, al menos parcialmente, a un viejo enemigo: el mar, que, según afirmnaciones médicas -sostiene-, sería el gran enloquecedor de hombres. Como vemos, vuelve a un tema y a una obsesión personal. La montaña -su montaña- turba menos. Ella vive turbada a medias, porque no es de tierra llana, que inclina al sosiego y a la vida chata. Pero en el fondo ella admiró en el portugués que no se comportara en forma pagana sino estoicamente, porque este último es también su modo de vivir
La violación
Vuelve a rememorar. Lo quiso tanto que perdió el juicio, y llegó a decirle cosas que no debía revelar a nadie.
Pero él la asediaba tratando de saltar el muro.
¿Cuál era ese muro? ¿Cuál era ese punto, esa línea fronteriza que no podía traspasar? ¿Por qué le dijo que no a Manuel cuando él quiso ir más allá? ¿De dónde nace el horror al contacto carnal?
Ella lo ocultó como el secreto de sus secretos, bajo siete cerrojos, y la marcó para siempre. No obstante, en esa guerra de amor y miedo que fue su relación con Manuel, ante el reclamo, la presión y el atónito desconcierto del hombre que no entiende por qué se niega a consumar la relación amorosa, ella desliza una alusión que es como un orificio en el muro, para mirar al otro lado del secreto inconfesable.
El amante frustrado mira por ese pequeño agujero en el muro ciego. Insiste, inquiere, reclama, exige, quiere saber por qué. La acorrala a preguntas. Por fin ella, en pocas palabras, lo confiesa que arrastra desde su niñez cierto trauma producido por un hecho brutal. Un mocetón que iba a su casa la violó cuando ella tenía siete años.
Esto la desgarró para siempre. Se sintió profanada, rota, impura. Arrastró el hecho toda la vida. Nunca se pudo reponer a la humillación indescriptible. Si se pesquisa con ojo detectivesco en su poesía, persiguiendo las huellas de aquel crimen, un investigador acucioso las descubrirá escondidas entre metáforas patéticas.
II HORA DE MEXICO
CUANDO SE MARCHA, Pedro Prado la quiere presentar con un mensaje: «Al Pueblo de México». «¡La reconoceréis por la nobleza que despierta!…». Les pido discreción. «No hagáis ruido en torno a ella, porque anda en batalla de sencillez». La recomendación es hermosa, aunque prescindible. México la espera acogedor. Además hay allí, por lo menos, un hombre que la admira; la ha alabado. Así lo ha dicho. Es sabido que se trata del ministro de Educación José Vasconcelos.
¿Pero quién es y qué representa en aquel momento Vasconcelos?
Cierto autorizado compatriota suyo, Daniel Cosío Villegas, describe al hombre, su trabajo y sus preocupaciones cuando contrata los servicios de Gabriela Mistral. «José Vasconcelos personificaba en 1921 las aspiraciones educativas de la revolución como ningún hombre llegó a encarnar, digamos, la reforma agraria o el movimiento obrero …»
Le gustaban las conversaciones platónicas y acuñó un lema entusiasta: «Por mi raza hablará el espíritu». Creía en el indio y también en los intelectuales. Llamó en primer término a colaborar a los conferencistas del Ateneo, entre ellos Antonio Caso, Julio Torri y, en especial, a Pedro Henríquez Ureña.
Cuando Gabriela Mistral llega a México, los estudiantes saludaban a Vasconcelos como su abanderado. Encarnaba los ideales de reforma universitaria, místicos y nacionalistas a su vez, que habían tomado cuerpo en los años 1915 a 1917. Se lanzaron a la impresión de los clásicos griegos y latinos en grandes tiradas, que repartían gratuitamente en las escuelas del país. Los héroes del momento eran Homero, Platón, Eurípides, Esquilo, Dante. Les pareció que así, haciéndolos leer a niños y jóvenes, surgiría una nueva generación culta y revolucionaria.
Quehacer singular, porque el destinatario de todo ese esfuerzo debía ser el pueblo y sobre todo el indio. Nacía de la idea de forjar una nueva sociedad mexicana mucho más justa.
Reivindicaban lo precolombino, el pasado maya y azteca, la poesía zapoteca; pero también exaltaban al indio actual, los valores de su silencio, el sentido profundo de su recogimiento. Debía traducirse en un redescubrimiento de su sensibilidad creadora expresada en la artesanía, el sentido teatral, la música y las danzas.
Había un inconveniente previo para que el pobre y l indio pudieran recibir el mensaje redentor: su analfabetismo. Pues bien, los sábados y domingos los jóvenes de la causa salían a los barrios indigentes como profesores de primeras letras.
Carlos Pellicer figura entre la pléyade de alfabetizadores ilumina. dos. Gabriela lo conoce al llegar a México y lo saluda como «un poeta nuevo de América». Le agrada porque lo siente influido por los grandes ejemplos, como un hijo de Plutarco. Posee el pulmón limpio para el canto porque no fuma, tiene la boca firme para entonarlo porque no bebe y anda con la cara curtida por el sol azteca porque siente la pasión de la naturaleza patria. La encanta por su respeto a lo heroico. En verdad no es naturista, pues, conforme a su expresión, se alimenta de la carne del pasado y del presente. La seduce porque a los veinte años le dijo «padre» a Bolívar y ahora le ha aparecido en su propia tierra un padre mexicano, Vasconcelos. De vez en cuando este caminador de la historia «salta sobre el árbol grotesco del estridentismo a cortar sus manzanas geométricas, sus flores cuadradas…» Pellicer dedica a Vasconcelos un poema obviamente llamado «Sembrador»:
El sembrador sembró la aurora;
su brazo abarcaba el mar
En su mirada las montañas podrían entrar..
Sembrador silencioso:
el sol ha crecido por tus mágicas manos
El campo ha escogido otro tono
y el cielo ha volado más alto.(131)
Gabriela Mistral arribó procedente de Santiago; Henríquez Ureda vino de Minnesota, a fin de encabezar el Departamento de Intercambio y Extensión Universitaria. Todos ellos, y la chilena desde luego, como su compatriota Rubén Azócar, viajaron a diversos estados de México. Fueron a Michoacán, a Puebla, con el fin de entregar libros de los clásicos y ella en particular a fundar escuelas y bibliotecas. Daban conferencias. En verdad este elemento de extensión cultural heredaba el impulso de la Universidad Popular, que habla dejado de funcionar en 1920. Allí iban ateneístas, profesores, escritores, artistas a hablar a los obreros. Se contabilizaron 2.850 conferencias. El repertorio era misceláneo: temas patrióticos, matemáticos, gramaticales, geográficos, históricos, astronómicos, profilácticos. Esto a Gabriela le gustaba. Fue una gran hora de la vida mexicana que la empujó lejos del ambiente intrigante que había sufrido a menudo en Chile, Ofreció campo libre a su vocación de maestra creadora, Quería enseñar a leer y escribir al indio. Marchar al compás con Diego Rivera, José, Orozco, David Alfaro Siqueiros, que comenzaban a pintar sus murales para recrear la prehistoria, esa historia oculta. Y sobre todo deseaba fundar bibliotecas populares, Ella lo había soñado para Chile. Quiso hacerlo en Magallanes. Pero, ¿qué puede una mujer sola? Tal vez se necesite una revolución. Está visto que todas las revoluciones alfabetizan. Enseñar a leer y escribir al pueblo siempre figura entre sus primeras tareas.
La reciben en una apoteosis, lo que conforma exactamente el reverso de la hostilidad que sentía en Chile. Ahora está ya en medio de la campesinería india, viviendo en la escuela rural. Subió a su casa, se asomó a la azotea; desde allí vio el gran horizonte, el cielo que la abrazaba y escuchó todo el silencio del campo; entonces la invadió una sensación de infinita paz; y se dijo: «por fin, en dieciocho años, podré trabajar tranquila, sin el toque de la campanilla, sin angustias económicas». Dio las gracias a Dios y reconoció con cierto mohín crítico que éste le concedía el don en tierra extranjera.
Sintió que no sólo era una creadora de poesía. También fundaba bibliotecas. Dato imprescindible de su biografía es la historia de una niña que consideró un tesoro «el deslizamiento hacia la fiesta pequeña y clandestina que sería mi lectura vesperal-nocturna, refugio que se me abría para no cerrarse más». No se olvida de Magallanes. Envía una colección de libros para el Liceo de Hombres. «Hasta Punta Arenas de Chile, es decir, el ápice del continente -comunica- se ha hecho llegar una dotación semejante». Era una devolución que soñó en su infancia. «Las bibliotecas que yo más quiero son las provinciales, porque fui niña de aldeas y en ellas me viví juntas a la hambruna y a la avidez de los libros».
Será también una alentadora de escuelas rurales. En México vio nacer algunas como las que, según su idea, hicieron surgir León Tolstoi en Rusia y Rabindranath Tagore en la India.
En Chile -recordó- el nombramiento en escuela rural se estima una ofensa. A esa escuela llegó también un día el señor Vasconcelos, que se sintió bien allí. Y como esto necesitaba propaganda, surgió el periódico El Niño Agricultor, quincenario en el cual.
tengo a mucha honra ser colaboradora y que los chicos vocean en las calles […]. Quise darles algún día indicaciones sobre periodismo infantil; pero vi que poco las necesitaban. Fuera de sus errores de ortografía, ellos saben muy bien lo que deben publicar […]. Oí una vez a un orador de doce años explicar a sus compañeros algunas reformas que le parecían necesarias. Visitábamos la escuela de los Maestros Misioneros [profesores de indígenas repartidos por todo el país]. (132)
Ella presidió el Congreso. «Nos detuvimos a escuchar-escribe-y es la verdad que se sacaba más provecho de aquel discurso que de muchos discursos pedagógicos». Trataba el orador de la biblioteca en formación.
En enero de 1923 es invitada a hablar en el Congreso Mexicano del Niño. Se dirigirá entonces a la madre de un pueblo en su «tremenda hora de peligro». Presiente en ella más potencia que en un ejército que pasa, porque mece al héroe de mañana. Para Gabriela la vida es deber y le recomienda cumplirlo a las mujeres, Parece anticuado. Tal vez tiene poco que ver con el movimiento feminista moderno ponderar como modelos a las madres hebreas y romanas. Nadie podrá impedir que las muchedumbres urbanas sigan naciendo de su seno como el fluir de los manantiales de la tierra. El empequeñecimiento de los hombres comienza con la corrupción femenina. No predica la quietud ni el conformismo. La madre ha de reclamar para su hijo todo lo que merecen los que «nacen sin que pidieran nacer». Cada una debe formular su exigencia y no esperar que parta de labios ajenos. No dejar de pedir para el niño la escuela con sol, el libro, las imágenes de los cuentos, ni cesar de decir «no» a todo lo que desfigure su alma y la violente. Luchará por terminar con la categoría absurda de hijo ilegítimo y por impedir que el pequeñuelo sea arrojado prematuramente a las chimeneas de las fábricas. Nótese que Gabriela no predica la inercia silenciosa. Prefiere la mujer osada, que discute con la maestra la formación de sus hijos. Les cita en su apoyo un verso de Walt Whitman: «Yo os digo que no hay nada más grande que la madre de los hombres»
Las mujeres formamos un hemisferio humano. Toda ley, todo movimiento de libertad o de cultura, nos ha dejado por largo tiempo en la sombra. Siempre hemos llegado al festín del progreso, no como el individuo reacio que tarda en acudir, sino como el camarada vergonzante al que se invita con atraso y al que luego se disimula en el banquete por necio rubor. Más sabia en su inconsciencia, la naturaleza pone su luz sobre los dos flancos del planeta. Y es ley infecunda toda ley encaminada a transformar pueblos y que no toma en cuenta a las mujeres. No se crea que estoy haciendo una profesión de fe feminista. Pienso que la mujer aprende para ser más mujer… (133)
La caída del iluminado
Vasconcelos quería oponerse al caudillo de la guerra asumiendo la responsabilidad del «caudillo moral». «Mi inteligencia de mi revólver», proclamaba.
Es de Oaxaca, como Benito Juárez y Porfirio Díaz. Al primero, Gabriela lo llama «hueso de la nacionalidad»; el segundo representa «el orden autoritario». El tercero, Vasconcelos, «la democracia inspirada y mesiánica». Es un poco extraño: un conductor mesiánico que ella describe con exactitud como enteramente desprovisto de los atributos que hacen a un Mesías: «Mal orador, hombre de estudio honesto y opaco, lo menos tropical de este mundo en la conversación …» Pero ardía en él un sentido de misión. Alfonso Reyes rememora que en la generación de su bachillerato ya el estudiante Vasconcelos trabajaba en un proyecto para ensamblar nuestros pueblos, con pasión hispanoamericana aguzada por el hecho de ser hombre de un país tan amagado por la invasión guerrera o pacífica de su vecino norteño. Como Madero, al cual acompaña en su campaña que da comienzo a la revolución en México, era moralista y creía a medias en Buda.
Vasconcelos vivió su aventura y terminó mal. Cuando sale del país, en 1925, Gabriela Mistral ya no está en esa tierra turbulenta. Al saberlo escribe una carta melancólica:
Me llegan noticias de México, que no me alcanzan a trazar el panorama de hoy. Que Vasconcelos, el hombre mayor de ustedes, se ha ido. Verdaderamente es una orfandad, mi amigo, y una desgracia, en cualquier aspecto que se le mire…
Gabriela vaticinó, al estilo de las viejas sibilas: Vasconcelos volvería. Retornó el año 1929. Recorrió el país como candidato a la Presidencia de la República. Vasconcelos había leído en Renan que una nación es «un plebiscito cotidiano», y lo tomó en serio
Alfonso Reyes, en julio de 1959, cuando pronunció la oración fúnebre ante la tumba de José Vasconcelos, lo tuteó como si hablara consigo mismo y con los mexicanos: «…a ti que nos dejaste una cicatriz en fuego en la conciencia»
Los unía cierta semejanza. Reyes, ese mexicano tallador de retratos «a cincel profundo», también captó el perfil interior de la chilena desasida: «En ella se da la ira profética contra los horrores amontonados por la historia, se dan la fe, la esperanza y la caridad, la promesa de una tierra mejor para el logro de la raza humana; la mano que traza en el aire los pases mágicos, a cuyo prestigio relampaguea la visión de un mundo más justo».
Desolación, ¿rayo negro o celeste?
Mientras tanto, la estrella de Gabriela se ha encendido en el ciclo de Nueva York. No la ha prendido un norteamericano sino un español, Federico de Onis, quien hace clases en la Universidad de Columbia, Da una conferencia en el Instituto de las Españas; habla de una desconocida; sus palabras suenan tal vez excesivas, con tonalidades de fanfarria. Ese tipo de auditorio ha oído muchas veces alabanzas desorbitadas. El público, formado sobre todo por profesores yanquis. de español, escucha con cierto oído escéptico. ¡Pruebas, pruebas de aquel pretendido descubrimiento.
Federico de Onís comienza a leer poemas. Es una poesía violenta. Su palabra quiebra piedras, escalofría corazones
– ¿Quién es ella? – exclaman los más atónitos
– ¿Dónde está?
¡Que se presente! Y si no puede venir, siga, por favor, leyendo poemas suyos, señor profesor Onís, porque esa poesía nos deja pasmados, nos quita la tranquilidad, nos traspasa por dentro, como si nos metieran entre pecho y espalda un volcán. Y el maldito está en erupción, vomita fuego y lava. Y, como si fuera poco, el desgraciado nos hace sufrir, y encima de gritar y estremecer es hermoso, es ferozmente bello y nos dan ganas de llorar y tenemos la sensación de un gran misterio, del misterio del ser y del morir. Por favor, que vengan al menos sus libros, para tenerlos en casa y leerlos de noche y perder el sueño y sufrir pesadillas
-No. No hay libros suyos. No se ha editado ninguno-. Responde el profesor
-Entonces compilemos esos poemas nosotros. Editémoslos sin falta
Así apareció publicado en Nueva York su primer libro, Desolación, en 1922
A los chilenos quizás les dio un poco de vergüenza. Y salió pronto en Santiago una segunda edición. La precedió un prólogo de Pedro Prado, aquél dirigido a los poetas mexicanos.
Años más tarde ella dirá algo sobre su descubridor en Estado Unidos:
Un español dirige moralmente el cuerpo de profesores de castellano en Estados Unidos; un español rezagado de la época grande, un extraordinario nombre que, como el de Lope que enseña, se balancea entre los siglos XVI y XVII. El podría decir que tiene el pie derecho en el primero, por su amor del genio folklórico de España, y podría añadir que endereza el otro hacia el Renacimiento, a causa de su temperamento de hombre de misión en América del Norte …(134)
Su amigo, embajador mexicano en Chile, el poeta González Martínez, cuyo trato recomendaba Gabriela a Manuel, proponía doblarle «el cuello al cisne de hermoso plumaje» del modernismo.
¿Es Desolación la obra de una última modernista o de una primera postmodernista? ¿Pero qué significado tiene encorsetarla en escuelas cuando ella no las profesó? Fue una autodidacta que aprendió más o menos sola en la vida y ésta le dictó su poesía, que no admite clasificaciones rígidas.
Julio Saavedra, en su prólogo a las obras completas de Gabriela Mistral, publicadas por la Colección Aguilar, sostiene que Desolación no es, pues, un libro de versos como hay tantos, sin materia dramática. Al revés, su lirismo hunde las raíces en una tragedia vivida y en los sentimientos derivados. No es producto de la imaginación servida por una sensibilidad feliz; es la sensibilidad misma de una neurosis, exteriorizada casi sin imaginación: es poesía y no es arte de artífice.»(135)
Desolación es libro capital de la poesía latinoamericana del siglo XX y uno de los más singularmente trágicos.
Con fines pedagógicos la autora lo divide en secciones: Vida, La Escuela, Infantiles, Dolor, Naturaleza, Canciones de Cuna, luego Prosa. Y dentro de la Prosa Escolar, Cuentos. Dicho índice nos da una idea del incendio que calcina sus versos, sin terminar de consumirlos jamás.
Ese libro colmó textos escolares de nuestra época, editados por Manuel Guzmán Maturana. Aprendimos de memoria unos cuantos. Todavía nos siguen conmoviendo el «Credo» (Manuel Magallanes es el destinatario incógnito de los más desgarrados), «Desvelada»:
Como soy reina y fui mendiga, ahora
vivo en puro temblor de que me dejes
y te pregunto, pálida, a cada hora:
«¿Estás conmigo aún? ¡Ay, note alejes!» (136)
O «Vergüenza»:
Si tú me miras, yo me vuelvo hermosa
como la hierba a que bajó el rocío,
y desconocerán mi faz gloriosa
las altas cañas cuando baje al río.(137)
También «Tribulación», especialmente «Nocturno» y «Los sonetos de la muerte», junto a «Interrogaciones». En «Ceras eternas» delata su obsesión:
¡Ah! Nunca más conocerá tu boca
la vergüenza del beso que chorreaba
concupiscencia, como espesa lava..
Y en «El ruego»:
Señor, tú sabes cómo, con encendido brío,
por los seres extraños mi palabra te invoca
Vengo ahora a pedirte por uno que era mío,
mi vaso de frescura, el panal de mi boca (139)
Neruda visualiza que ella abrió la puerta a una emoción poética sin paralelo en el continente. En 1954 escribe:
Es tal la fuerza torrencial de «Los sonetos de la muerte», que fueron rebasando su propia historia, dejaron atrás el núcleo desgarrador de la intimidad y quedaron abiertos y desgranados, como nuevos acontecimientos en nuestra historia poética americana. Tienen un sonido de aguas y piedras andinas. Sus estrofas iniciatorias avanzan como lava volcánica. Contenemos el aliento, va a pasar algo, y entonces se despeñan los tercetos.(140)
Tal vez pocas veces fue más verídico aquel decir de Walt Whitrnan: «No leo un libro. Toco a un hombre». En este caso tocamos hasta las entrañas del alma a una mujer, que parece en sus páginas condensar buena parte del dolor. Ella estaba consciente que en Desolación pesa la desdicha como una montaña que oprime el pecho. Quería respirar en adelante aires más benévolos. Por eso para ella este libro quiere ser catarsis y adiós a un pasado terrible. En el futuro se propone escribir con menos «pathos». Lo dice, como colofón, en la página final de Desolación:
Dios me perdone este libro amargo y los hombres que sienten la vida como dulzura me lo perdonen también. En estos cien poemas queda sangrando un pasado doloroso en el cual la canción se ensangrentó para aliviarme. Lo dejo tras de mí como a la hondonada sombría y por laderas más clementes subo hacia las mesetas espirituales donde una ancha luz caerá sobre mis días. Yo cantaré desde ellas las palabras de la esperanza, cantaré, como lo quiso un misericordioso, para consolar a los hombres. A los treinta años, cuando escribí el Decálogo del artista, dije este voto.
Dios y la vida me dejen cumplirlo. G.M.(141)
Cumplió… en parte.  Hay gente que lo lamenta
La poesía que escribió después salía del mismo espíritu, brotaba de la misma mano, pero era diferente. Muchos lectores lo sintieron porque creen que nunca volvió a escribir un libro de poesía tan estremecido como el primero.
Un aguijón bajo las tocas
Naturalmente México le hablará por sus poetas, empezando por una mujer ya entrevista, Sor Juana Inés de la Cruz. Así como Gabriela nace entre cerros, la mexicana nace entre volcanes. Sin duda, la chilena siente suyo el mensaje de un alma a pedazos gemela, a trozos muy distinta. Cuando describe su vida, subrayará sugestivamente la delicadeza de su nariz y su «sin sensualidad». Flota una verdadera complacencia en la pintura del cuerpo y el rostro de su antigua colega. El óvalo del rostro es como la almendra desnuda; el cuello delgado le recuerda el largo jazmín, tiene los hombros finos y la mano prodigiosa. Así es su verso. Ella imagina que debió ser una alegría verla caminar. Como era alta, evoca el verso de Marquina: «La luz descansa largamente en ella». Además, se reconoce en la mexicana porque estaba sedienta de conocer, pero ella fue lo que nunca Lucila fue en su infancia: una niña prodigio. Como Cristo conversando precozmente con los doctores del templo, ella es el monito sabio de los letrados invitados al salón del virrey Mancera. Luego, desdeñado el amor terrenal del hombre -y en esto también se le asemeja- se hace monja y se recluye en un convento de mujeres. Pero ella será una religiosa singular, rodeada de libros y de globos terrestres. Le asombra en la mexicana la justeza de su musa. La juzga diferente de ella porque no acepta el exceso de la pasión. Caminará hacia Dios por la senda de la sabiduría.
Sintió, sin embargo, «un aguijón bajo las tocas». Tuvo otra cosa que ella no tuvo: el sentido de la ironía. En esto Juana se parece a Santa Teresa. Y esto está claro cuando pregunta a los hombres por qué se quejan de las mujeres cuando, al fin de cuentas, ellos las han hecho como son.
Hay otro ángulo de su biografía que ella subraya seguramente porque lo siente cercano: el ademán de apartamiento, que en Sor Juana Inés de la Cruz se traduce en su retiro al claustro y en Gabriela en su extrañamiento de Chile.
Dicen algunos que la mexicana entró al convento por desengaño de amor. Estos también los tuvo Gabriela, y sin duda, ese amor por Manuel Magallanes Moure fue una causa de su autodestierro. Otros opinan que la mexicana se hizo monja «por resguardar su juventud maravillosa». Gabriela, en cambio, como se ha visto, siempre se creyó fea. No obstante, encontrará en ese desapego y en la renuncia, en el alejamiento, un móvil que también fue suyo. La chilena no partió porque tuviera que «resguardar una juventud maravillosa». Ella conjetura que éste tampoco fue en la mexicana el móvil principal de su desasimiento del ambiente secular, «sino un gesto, el de quien desecha una masa viscosa, el mundo, por denso y brutal…». Vale por una confesión mistraliana. A su entender, la mexicana no quería tampoco que la alcanzaran «los brazos con apetito». Su sensibilidad lo rechazaba. En este orden estima que su actitud más que mística es estática. No tiene ella el ardor ni la confusión del místico, no viaja a horcajadas en la nube ardiente. No se embarca en la nave de la locura. Sor Juana no se ciega. Los ojos deben determinar exactamente el contorno y la naturaleza de las cosas. Estudia el cielo como un astrónomo. Mira las constelaciones al modo de alguien que quiere descubrir el misterio sideral. Bucea en la biología porque quiere saber más de la vida. Incluso su teología se vincula con el racionalismo.
Esta, que la precedió por nacimiento en más de dos siglos, Juana Inés de Asbaje y Ramírez Santillana, a los tres años quiere que la maestra le enseñe a leer. Muchos años después la evoca: «Aún vive la que me enseñó, Dios la guarde, y puede testificarlo». Nada tiene que ver esta gratitud con el rencor de Gabriela Mistral al referirse a la maestra que provocó cuando pequeña la lapidación por parte de sus compañeras
Gabriela admira también a su colega colonial mexicana porque, si la siente muy próxima en muchos capítulos, la sabe, sin embargo, tan distinta en otros tantos aspectos, empezando por su belleza. Ella misma decía sin soberbia: «No acertaba a amar alguno/ viéndome amada de tantos». (González Vera afirma, a propósito, que también Gabriela en Santiago era pretendida por muchos hombres). Hay en la mexicana una pasión que la subyuga: la búsqueda de la verdad. Anhela conquistar el saber. Lo que quiere es «poner bellezas en mi entendimiento/ y no mi entendimiento en las bellezas». Hay otro principio que las avecina: la total negación al matrimonio. Vivió veintidós años como religiosa. Lo que quería en el convento era leer, <<teniendo sólo por maestro un libro mudo, por condiscípulo un tintero insensible; y en vez de explicación, muchos estorbos…».
Otro hecho las hermana, tomando en cuenta la distancia de los tiempos: ambas fueron sobre todo poetas, pero resultaron también prosistas soberanas. Lo prueba en la mexicana la «Carta atenagórica» y la «Respuesta a Sor Filotea de la Cruz».
Como sucede con la Mistral, la poesía más rica en Sor Juana Inés de la Cruz es la dedicada al amor profano, cosa extravagante en una monja. Si poesía es sinceridad, quiere decir que la religiosa ocultaba en el convento una sicología secreta. Menéndez y Pelayo estima que no pueden ser insinceros esos poemas, «los más suaves y delicados salidos de pluma de mujer». Otro biógrafo, el padre Calleja, sostiene lo contrario. Estima que se trata de «amores que ella escribe sin amores». Tal vez el sacerdote se equivoca. Como en el caso de la Mistral, por ejemplo, respecto a la motivación que dio origen a «Los sonetos de la muerte», hay hechos desencadenantes que no necesitan reflejar exactamente lo sucedido para cristalizar en una creación literaria. Ella da la sensación de un sentimiento hondo, deja escuchar los gritos de la carne, que, sin duda, sufre lacerada, aunque esos alaridos tomen la forma que le confiere el espíritu.
Gabriela escribió poesía popular o coral que se sigue entonando en muchas escuelas, como sus rondas infantiles. Sor Juana Inés de la Cruz compuso villancicos por encargo para las fiestas del año litúrgico, a fin de ser cantados por el pueblo.
Según sabemos, la Mistral no escribió piezas dramáticas, al revés de su colega mexicana, autora de tres autos, 18 loas, dos comedias: Los pequeños de la casa y Amor es más laberinto, además de dos sainetes, dos letras y un sarao. Ella ha leído a Garcilaso, a Fray Luis de León, a San Juan de la Cruz y a muchos más; pero esos tres pasan por su circulación interior, además de Góngora. Estilísticamente ecléctica, es un poeta de hoy. La musa mexicana maneja estratégicamente el contraste y la paradoja:
Yo no puedo tenerte ni dejarte,
no sé por qué al dejarte o al tenerte
se encuentra un no sé qué para quererte
y muchos sí sé qué para olvidarte.
Ciabriela se inclina a la lectura de su poesía porque la alucina su inteligencia, su «arrepentimiento del amor indigno», y su sentido de la muerte como vida, contenido en el soneto elegíaco «Para el Duque de Veragua»:
aunque el mármol su muerte sobrescriba
en las piedras verás el aquí yace;
mas en los corazones, aquí vive
Los laberintos
La asombra la penetración de la inteligencia con que Sor Juana conoce por dentro el dédalo del sentir. Y lee con particular arrobo esa redondilla «en que describe racionalmente los efectos irracionales del amor»,
que empieza como deseoy para en melancolía.
Y si alguna vez sin susto
consigo tal posesión,
cualquiera leve ocasión
me malogra todo el gusto..
Esto de mi pena dura
es algo del dolor fiero
y mucho más no refiero
porque pasa de locura
Si acaso me contradigo
en este confuso error
aquél que tuviere amor
entenderá lo que digo.
Lógicamente lee y relee su poema más conocido, el que «arguye de inconsecuente el gusto de los hombres»
Hombres necios que acusáis
a la mujer sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis;
si con ansia sin igual
solicitáis su desdén,
¿por qué queréis que obren bien
si las incitáis al mal?
Combatís su resistencia
y luego con gravedad
decís que fue liviandad
lo que hizo la diligencia..
¿Pues para qué os espantáis
de la culpa que tenéis?
Queredlas cual las hacéis
o hacedlas cual las buscáis
Sor Juana Inés de la Cruz tenía quizás más gracia terrena que gracia divina. Léanse sus redondillas y sus cantos al son de bailes regionales, sea el llamado «San Juan de Lima» o «El cardador» o sus romances. La Mistral encontrará a veces en esa poesía a una compañera suya más clara y precisa que ella misma. O en las «Endechas»:
¡Ay, qué dura ley de ausencia!
¿quién podrá derogarle,
si a donde yo no quiero
me llevas, sin llevarme,
con alma muerta, vivo cadáver?
Pero tal vez descubra una afinidad particular en sus Liras, porque están llenas de las preguntas doloridas que abundan también en la poesía de la chilena. No olvida los sufrimientos en su amor por Manuel.
¡Quién en ajenos
brazos viera a su dueño, y con dolor rabioso
se arrancara a pedazos
del pecho ardiente el corazón celoso!
Pues fuera menor mal que mis desvelos,
el infierno insufrible de los celos
Gabriela parece sacar lecciones retrospectivas de la lectura de esa monja tan conocedora de los recovecos del amor, al cual desafía, aunque la punta del arpón penetre el corazón duro.
¿Qué importa el tiro violento
si a pesar del vencimiento
queda viva la razón?
Allí residía la fuerza de la enclaustrada. Si Anteo derivaba su vigor del contacto con la Tierra, esta religiosa desafiante se defiende con el arma racional. De esa conducta Gabriela extraerá lecciones, aunque, como escribe la mexicana, tenga en el alma una guerra civil encendida, en que morirán ambas contrarias, y, por lo tanto, no vencerá ninguna.
Gabriela –en su último período- ve a Sor Juana como monja de veras. Da las espaldas al mundo de la ciencia y se dedica, siguiendo el consejo del obispo de Puebla, a leer más «en el libro de Jesucristo». Se desprenderá de las obras profanas, de su biblioteca que excede los cuatro mil volúmenes, así como de sus «preciosos y exquisitos instrumentos matemáticos y musicales… y lo redujo todo a dinero para los pobres».
Sostiene que esa «es la hora más hermosa de Sor Juana». Cuando pocos años después la epidemia azota a Nueva España y hace numerosas víctimas en el Convento de San Jerónimo, atendiendo a sus hermanas «pestíferas», enfermó de caritativa y recibió el viático el 17 de abril de 1695, a los cuarenticuatro años. Así volvió a la Fuente de la Poesía. Según Gabriela, la monja santa completó el círculo del conocimiento. La muerte no vino a ella -puntualiza nuestra poeta- «en la época de los sonetos ondulantes, cuando su boca estaba llena de las frases perfectas».
Gabriela seguirá buscando en Sor Juana Inés de la Cruz la creatura de sus analogías. Evoca que jugó de niña en las huertas de Neplanta, como ella en los viñedos elquinos. No tuvo su éxito en la corte. Fue una maestra en la negación de la vanidad intelectual, incluso al precio de la vida. «…Y sobre la cara de los pestosos recoge el soplo de la muerte y muere vuelta a su Cristo como a la suma belleza y a la apaciguadora verdad».
A su entender ella se adelantó a su época, «con anticipación tan enorme que da estupor». La quiso y la dejó atónita justamente porque era una hermana más bella y más lógica que la precedió, con la cual tuvo largas citas durante su permanencia en México. La llevaría de la mano en el viaje que todavía le restaba por hacer a través del mundo.
Tuteo con Dios
Chile era la cruz; México un transitorio domingo de gloria, como para marearse. Bautizaron una escuela con su nombre y allí pusieron su estatua. Después otra más. Todo en el campo. Escribe a ruego un «Himno de la Escuela Gabriela Mistral»
¡Oh Creador, bajo tu luz cantamos,
porque otra vez nos vuelves la esperanza!
¡Como los surcos de la tierra alzamos
la exhalación de nuestras alabanzas! (142)
No era profeta en su tierra del extremo sur, pero lo fue en el Valle de Anahuac. Camina hacia el septentrión, bordeando la frontera de América Latina. Ella se sintió bien en un país donde aún no se habían apagado del todo las fusilarías de una revolución que reivindicaba al pobrerío, al campesino que allí, más que nada, es indio. Y ella se proclamaba orgullosamente indígena
Tenía en ese tiempo treintitrés años, edad peligrosa para una cristiana sin iglesia
¡Éxtasis! No ve a Dios, pero conversa con él y lo tutea. Dramatizando.
Unos pocos ejemplos: «Retóñalos, desde las entrañas, Cristo. Si ya es imposible, si Tú bien lo has visto, / si son paja de eras… desciende a aventar …»
«Cuerpo de mi Cristo, / te miro pendiente, / aún crucificado. / Yo cantaré cuando / te hayan desclavado…»
«Padre, nada le pido, porque miro tu frente, / y eres inmenso, inmenso; pero te hallas herido …»
«¡Ahora Cristo, bájame los párpados…!»
En esta hora, amarga como un sorbo de mares, / Tú, sosténme, Señor…»
«Padre Nuestro que estás en los Cielos, / por qué te has olvidado de mí!…»
En su obra hay muchísimas invocaciones y tuteos con la divinidad. Dios es miembro de la familia
No encierra una simulación. Es una creación. Responde a un estado de conciencia, a características de la sensibilidad, del sistema nervioso central y periférico. Le conversa -más bien le escribe- en estado de vigilia. Le pide que haga sus deseos, que no se desmemorie con ella, que castigue al que la ofendió. ¿Reacciones de la corteza cerebral, frecuencia cardíaca anormal? No podemos hablar de un cuadro clínico. No siempre es necesario que el corazón lata veloz. Más que al éxtasis oriental corresponde -digamos- cuando hay ansia, al sentimiento exuberante, a la excitación física. No produce en Gabriela sensación de lejanía, nunca indiferencia, raramente calma, sin que ello represente por fuerza una manifestación histérica.
Si la Iglesia Católica distingue entre sueños divinos, humanos y diabólicos, ese espacio interior continúa siendo inaccesible desde el exterior. ¿Trance? Era un territorio habitual de su mente. Algo Mística, nada de santona. Convencida de que está viviendo una experiencia real, dialoga consigo misma, con el mundo. No era asceta flagelándose en el desierto, sino habitante estable de la creación literaria. Su búsqueda de Dios es también un elemento artístico, intenso, plausible y eficaz.
Cuando fue designada ante la Unión Panamericana, en 1924, para definirse en un discurso juntó dos perfiles de su individualidad:
yo no soy una artista, lo que soy es una mujer en la que existe, viva, el ansia de fundir en mi raza, como se ha fundido dentro de mí, la religiosidad con un anhelo lacerante de justicia social.»‘
Más de una vez describió la trayectoria de su evolución espiritual y religiosa, que es muy personal y bastante sincrética:
Yo fui un tiempo no corto miembro de la Sociedad Teosófica. La abandoné cuando observé que había entre los teósofos algo muy infantil, y además mucho confusionismo. Pero algo quedó en mí de ese período -bastante largo-: quedó la idea de la reencarnación, la cual hasta hoy no puedo -o no sé- eliminar. Yo he tenido una vida muy dura […], tal vez ella alimentó en mí la creencia de que esta vida de soledad absoluta -yo no tuve sino la Escuela Primaria- que ha sido mi juventud, viene de otra encarnación, en la cual fui una criatura que obró mal en materias muy graves […]. Del Budismo me quedó, repito, una pequeña Escuela de Meditación. Aludo al hábito -tan difícil de alcanzar- que es el de la Oración Mental, Le confieso humildemente que, a causa de todo lo contado, no sé rezar de otra manera. Debo confesarle más: no puedo con el Santo Rosario. Una amiga mexicana, católica absoluta, me ayudó mucho a pasar de aquel semibudismo –nunca fue total, nunca perdí a mi Señor Jesucristo- a mi estado de hoy […]; lo que influyó más en mí, bajo este budismo nunca absoluto, fue la meditación de tipo oriental, mejor dicho, la escuela que ella me dio para llegar a una verdadera Concentración. Nunca le recé a Buda; sólo medité con seriedad […]. Después de esto vienen, vinieron las frecuentaciones de las Místicas Occidentales. La selección de oraciones con las cuales rezo mucho el Antiguo Testamento; pero el Nuevo me lo sé creo que bastante bien. Mi devoción más frecuente, después de nuestro Señor Jesucristo, es la de los Ángeles …»
En un texto diferente vuelve a relatar que
Entre los veintitrés y los treintaicinco años, yo me releí la Biblia, muchas veces, pero bastante mediatizada con textos religiosos orientales, opuestos a ella por un espíritu místico que rebana lo terrestre. Devoraba yo el budismo a grandes sorbos; lo aspiraba con la misma avidez que el viento en mi montaña andina de esos años. Eso era para mí el budismo; un aire de filo helado que a la vez me excitaba y me enfriaba la vida interna; pero al regresar, después de semanas de dicta budista, a mi vieja Biblia de, tapas resobadas, yo teñía que reconocer que en ella estaba, no más, el suelo seguro de mis pies de mujer.(145)
La hija pródiga recaló de nuevo en Puerto Padre. Confiesa: «Yo que he anclado en el catolicismo, después de años de duda»
Vuelve al leit rnotiv: la fe debe contribuir a la salvación de los pueblos:
Soy cristiana, de democracia cabal. Creo que el cristianismo con profundo sentido social puede salvar a los pueblos. He escrito como quien habla en la soledad. Porque he vivido muy sola en todas partes. Mis maestros en el arte para regir la vida: la Biblia, el Dante, Tagore y los rusos. El pesimismo en mí es una actitud de descontento creador, activo y ardiente, no pasivo..
III IDA Y VUELTA DE LOS FANTASMAS
CUATRO MIL NIÑOS entonan sus rondas en el parque Chapultepec, frente al Castillo. Salvo el Zócalo, no hay lugar más conspicuo en Ciudad de México para despedirla en gloria y majestad. Más bien es un «Hasta luego», pues volverá cada vez que pueda al país del reconocimiento. Pero su destino no es Chile. Parte por primera vez a Europa, entonces máximo prestigio de un viajero.
Devuelve la mano a don Alonso de Ercilla y Zúñiga: la chilena descubre España. La cautiva su pueblo campesino por la dignidad sobria. Hará de la naturaleza peninsular, sobre todo de Castilla, un elogio superlativo, muy expresivo de su sentir: «Su paisaje es perfectamente severo. No, no he encontrado en este panorama una sola línea sensual». En sus labios no cabe celebración mayor.
Se enamora de Italia, razón de más para formarse mala impresión del fascismo.
En aquel viaje inicial por Europa, el hombre que más la impresiona es Romain Rolland, a quien visita en Suiza.
Me ha dicho sobre América cosas importantes. Rolland es una figura que, sin hipérbole, puede llamarse augusta. El y Vasconcelos son las amistades más personales que he tenido.
¿Más personales o más personajes? ¿Ha olvidado a Magallanes?
Pero ella retomará todavía varias veces a Europa y la irá viviendo, ahondando, escribiendo sobre ella centenares de recados.
Por ahora, tras tres años de ausencia, volverá a Chile. ¿Regresa? No. No volará al sur como las golondrinas para capear el invierno del hemisferio norte. En el fondo nunca regresará.  En lo que le quede de vida siempre será ave de paso. Retorna por unos pocos días a su nido para saludar a sus escasos familiares, proyectar una mirada cuidadosa al contorno y reanudar el eterno viaje por el mundo.
No le desagradaría hacer esta travesía en barco cruzando el Estrecho. No desea recepciones tumultuosas. Le gustaría pasar inadvertida y echar un vistazo a un liceo vacío, aquél de Magallanes, donde ella trabajó para olvidar, libró tantas batallas, hizo sus clases nocturnas y ocultó por unos días en el entretecho a un prófugo político, huido del presidio argentino de Ushuaia.
Escoge un barco inglés, el Oropesa que, con su protocolar puntualidad, atracara en el puerto de Punta Arenas un domingo por la mañana, sin clases en el liceo, garantía de que no habrá alboroto alrededor suyo. Vuelve acompañada por Laura Rodig.
Aprovechan las escalas. Todo parece desarrollarse como ella quisiera. En Montevideo se tropieza, sin embargo, con un inconveniente. Desde cubierta escucha el alarido de las sirenas, ve multitud de niños uniformados, estandartes, carteles. ¿Recibían a un equipo de fútbol uruguayo, campeón mundial? Porque el fútbol es mucho más importante que la poesía.
Cuando sabe que la gente está esperándola a ella comprende que ha chocado con su fama. Se encierra en el camarote y le echa llave por dentro. Todavía ignora y nunca aprenderá que la celebridad impone normas de conducta. Mientras el barco permanezca atracado en el puerto no recibirá a nadie. Pero allí aparece Berta Singerman, la recitadora argentina que entonces enloquecía a los auditores latinoamericanos declamando en forma arrebatadora muchos poemas de Gabriela Mistral. No puede cerrarle la puerta en las narices. Le explica: ella es un ídolo de los maestros latinoamericanos. Todos los niños cantan sus rondas. No puede defraudarlos. Tiene que acceder a recibir en el salón del Oropesa a representantes de esa muchedumbre espesa y delirante que está en la dársena. Le han traído un jardín de flores y comienzan los discursos admirativos.  Todos quieren abrazarla y muchos lo hacen. Ella está sobre ascuas. Seguramente sin quererlo comete errores que mucha gente considera muestra de mala educación o desprecio debido a un engreimiento satánico. «Además es fea y mal vestida», comenta una elegante despechada. En verdad era una mujer anticonvencional, con indumentaria desaliñada y no había estudiado el código de las buenas maneras. En el fondo tenía miedo de este tipo de recepciones y no se acostumbraría jamás a ellas.
Cuando alguien allí la invita a reposar unos días en Uruguay, contesta: «Debo marchar a mi patria, en este mismo barco. Hace tres años, tres interminables años que falto allá». La respuesta contiene algo de disculpa, pues entre sus planes, como se sabe, no figura fijar su domicilio en Chile. Entonces piensa jubilar e irse a vivir en una de las islas del Mediterráneo, tal vez en las Baleares.
El barco llegó con flema y precisión británicas ala hora anunciada, ese domingo de febrero de 1925.  Allí estaba, impasible y friolenta, la ciudad del Estrecho. No fue fácil a las dos mujeres llegar hasta ella. El mar picado hacía ondular el remolcador, poniendo a prueba a las viajeras con el desafío de acertar, pisando bien en las gradas de la escalerilla que conducía hasta el muelle.
Ya en tierra firme el viento fuerte las traspasó. Ambas mujeres lucían fachas extravagantes. Como si el abrigo grueso de Gabriela fuese delgado, ella se echó encima una capa, que le alcanzaba casi a los talones, como la que se ponía Balzac por las noches para escribir. Laurita evocaba a un personaje de La Bohéme, con esa boina de pintora caída sobre un ojo, con la cual la conocimos siempre. También Gabriela, asustada por el clima glacial, andaba tocada con un sombrero que el vendaval huracanado cambiaba de forma o amenazaba con hacer volar a cada instante.
Aferradas a sus peculiares nostalgias y aversiones, en realidad no tenían otro deseo que visitar el liceo. Se encaminaron de inmediato hacia allá, a través de las calles desiertas, barridas por el ventarrón. Golpearon a la puerta; mucho después salió a abrir el portero, un joven chilote, que puso cara de asombro al verlas, como si fueran un par de fantasmas. Evidentemente no las reconoció o no las había visto nunca. Las contemplaba semipetrificado; en su vida vio mujeres tan raras. A juzgar por su expresión, estaba sorprendido. Gabriela callaba. Fue Laurita quien explicó que querían ver el liceo y le solicitó que lo comunicara a algún inspector de turno. El hombre partió, caminando de espaldas, observando siempre con estupefacción a Gabriela.
Pasó un rato y no volvía. La mañana estaba cada vez más helada. Laurita advirtió en la cara de su amiga el anuncio de la contrariedad. Unos minutos más y tal vez reventaría la tormenta. Laurita decidió entrar por su cuenta; golpeó con las manos hasta que apareció un inspector, sorprendido por esas visitas tan intempestivas. La reacción del hombre al verlas fue reírse. Estalló en carcajadas estrepitosas, que lo obligaron a sentarse. Gabriela no sólo estaba ofendida sino desconcertada ante esa risa incontenible del inspector. Cuando consiguió calmar su hilaridad, éste explicó el origen de sus risotadas: el portero, que no podía despegar la vista de ese sombrero y esa capa tan curiosa que llevaba Gabriela -convertidos en materia plástica a la cual el viento imprimía las formas más cambiantes y estrambóticas-, le había dicho que en la puerta estaba esperando Jorge Washington.
El Vesubio saca revólver
En 1925,cuando Gabriela vuelve a Chile por primera vez, aparece un día, como ciclón meridional, Santiago Aste. Echa fuego por ojos y boca, convertido en un Vesubio. Ella no sabe bien si el hombre es calabrés o siciliano. Y ha llenado un cajón con sus cartas. Perentorio, exige matrimonio en el acto. Sus intenciones son honorables y no acepta que una mujer se burle de él. No admite demoras; ahora o nunca; matrimonio por las dos leyes o muerte. Si ella lo rechaza él Se sentirá deshonrado para siempre. Se matará, pero antes la matará a ella. Hace ademán de sacar un revólver. Gabriela está aterrada ante tanto melodrama y desde luego la espanta el arma de fuego. Tal vez se repita con ella el drama de su admirada colega uruguaya asesinada, Delmira Agustini, con la cual siente una familiaridad casi trágica.
Con argucias y promesas consigue escapar del cuarto. No sólo huye de la casa; aterrorizada abandona la ciudad.  Se embarca rumbo a La Serena.
Hablando franco, en el fondo había vuelto a Chile por un momento para saber algo de Manuel Magallanes. Opinará sobre él con una cortesía que quiere ser distanciamiento y resignada filosofía sobre una persona respecto de la cual podría ahora hablar con la tranquilidad de la muerte. En apariencia lo estudia con el ojo al microscopio de un citólogo que analiza la célula o del entomólogo que disecciona un insecto digno de examen.
¿Cuál es el resultado de su investigación?
En líneas bien pensadas pone una dosis de prudente reserva y un sí es no de ironía. Sus palabras tienen, al menos, el mérito de dar la noticia que habían intercambiado centenares de cartas. Sobre su contenido, apenas insinuaciones levísimas, tan tenues que pueden confundirse con un llamado a silencio y un compromiso de definitivo secreto. El le pedía «la prueba de fuego». Ella sólo ahora cuenta que queda inculcarle «un poco de fe en lo sobrenatural y de búsqueda de experiencia interior».
¿Es para ella un animal de museo? ¿Está embalsamado?
Quiere jubilar como maestra y disponerse una pensión para vivir fuera. Por fin la consigue. Sabe que su exiguo monto no le alcanzará para subsistir en el extranjero. Tendrá que buscar suplemento a sus entradas. Escribirá recados. Le editarán algunos volúmenes con lo que ha escrito. El año anterior -1924- apareció en Madrid un tomo de sus poesías para niños, con el título Ternura.
Tal vez pueda encontrar trabajo en organismos internacionales que comienzan a surgir y a multiplicarse. Su sueño sería obtener un puesto consular chileno. Quizás le ayude su nombradía literaria, que continúa extendiéndose.
Los meses que vive en Chile en 1925, aparte del susto padre por el pretendiente desorbitado, los dedica sobre todo a realizar trámites para jubilar como profesora. Teme quedarse sin arrimo material.
Vuelve pronto, más calmada, a Europa, con un cargo en la Secretaría del Instituto de Cooperación Intelectual de la Sociedad de las Naciones. Viaja entre Ginebra y París. Allí se desempeña junto a la mexicana Palma Guillén, quien sería después su secretaria y amiga íntima. Palma no considera a Gabriela una mujer que ya no tenga nada que aprender. «En Europa -sostiene- la prosa de Gabriela mejoró al calor de sus amistades francesas: Valery, Miomandre, Duhamel.
Había comenzado escribiendo prosas en El Universal …» ¿Valery contribuyó a mejorar su prosa? Tal idea se contradice con lo que acaeció entre ambos a raíz del episodio subterráneo vinculado al premio Nobel.
En 1926 participa en la Asamblea de la Liga de las Naciones en Ginebra, como representante chilena.
Viaja a Argentina y Uruguay, donde da conferencias.
Durante 1927 y 1928 su actividad internacional se intensifica. Concurre al Congreso Educacional en Locamo, asiste a reuniones de las Federaciones Universitarias en Madrid y del Instituto Cinematográfico de Roma.
Siente que tiene un pie firme. El otro todavía está en el aire. Necesita un salario más regular. No pide un dineral, pero sí una entrada estable, compatible con su vida casi espartana.
Patiloca o la teoría de los viajes
Patiloca. Así se definió Gabriela, vagabunda como su padre. Sólo que llegó más lejos. El viejo poeta bohemio no alcanzó a ser trotamundos, su hija sí. Tanto, que le dará para hilvanar su filosofía sobre el vicio y la virtud de moverse por el globo. El vicio, según ella, se lo impusieron a Europa los ingleses. Tal vez al mundo, más tarde, los norteamericanos, inventores del turismo masivo, industria en la cual los japoneses figuran hoy como la clientela más visible. A los franceses los considera sedentarios. Ella, por su parte, en esto se siente más fenicia que egipcia, porque los del Nilo generalmente no hacían más navegación que la del río o el viaje a las pirámides. Gabriela alcanzó a conocer el cambio en la concepción del viaje. En el siglo pasado un viaje bastaba para justificar una vida. La dividía en dos períodos. En las largas vísperas que podían durar años, se preparaba el descubrimiento de Europa, que para los devotos culminaba en una peregrinación a Roma o en una visita a Tierra Santa. De regreso se vivía para contarlo, recontarlo y fabularlo. Hoy día el viaje se convierte para algunos en algo tan vulgar como el baño diario. «Un lunes -dice Gabriela- se desayunará en Copenhague y el miércoles estará mirando ese magnífico perfil de afiche de Estatua de la Libertad en Nueva York». Esto lo escribió Gabriela en junio de 1927. Hoy pueden hacerse ambas cosas en un solo día. Se acabó el heroísmo de las travesías. La aventura de Marco Polo, de Godofredo de Bouillon o de Cristóbal Colón ha sido reemplazada por el American Express. ¿Nada queda a la ventura? ¿Se acabaron los Magallanes o los Vasco de Balboa? En verdad la aventura puede surgir en cualquier parte, tal vez con otro signo. Probablemente el gran riesgo del viaje se, ha trasladado a partir de Gagarin al espacio exterior, a la cosmonáutica.
Gabriela imagina que «en el 2000 se señalará como a un albino aquél que no lleve en el cuerpo el olor de sus cuatro continentes…». La mujer de alma nómade no acertó en toda su predicción, porque sigue habiendo seres sedentarios. Mostró, en cambio, anteojos de larga vista cuando predijo que a la vuelta del siglo habrá gente que ya tenga agotada la bolsa de los viajes por la tierra y querrá, por ejemplo, asistir a funciones de «los vientos de la luna».
Pero hay alguien -asevera- que no tiene para qué viajar: el desatento, los que viajan como maletas.
Propone una legislación de viaje para el año 2000. Primero, prohibiciones: no deben viajar los viejos reclamadores contra los hoteles; los bebedores y los asiduos del cabaret, porque la borrachera es la misma en todas partes. Tampoco las mujeres que viajan por amor a las vitrinas.
En cambio propicia la travesía de samoyedos y patagones, a fin de que sientan una vez el Ecuador y conozcan el calor. Que viajen los que nunca viajaron. Y sus antiguos colegas, los maestros de escuela, «los que han enseñado el complemento directo en una tarima hasta que el aburrimiento se hacía horizonte…».
Como la errante tiene inclinación metafísica, se pregunta si existe un místico del viaje, aquél que contempla el cielo a toda hora como si no lo hubiera visto nunca. Aunque bien mirado, místico de viaje es quien ha trasladado el cielo a la tierra, donde se disfrutan y distinguen las clases de aire, se saborea lo liso de la llanura y sabe mirar con ojo diferenciador la montaña y la colina. Pero viajero sobre todo es aquel que descubre un goce mayor palpando la diferencia en la cara de los hombres y en la expresión de las mujeres que va divisando por esos diversos paralelos y meridianos de la tierra.
Para Gabriela son mejores las ciudades pequeñas y medianas que las grandes. Considera el viaje «escuela de humildades». Ella prefiere desembarcar sin abrazos, ser en el hotel una cifra, no tener privilegios; porque lo que le hace falta es el paisaje y no la comodidad.
El viaje da otra cosa que a ella le importa mucho: proporciona, como una victoria, el olvido, la costumbre del olvido. Ella necesitaba Poner viaje atravesado cuando salió de Chile, que cubriera el dolor que sentía. «Como un alga suavemente, sin tragedia. Viajar es profesión del olvido».
Resultan autobiográficas estas reflexiones sobre el viaje.
Sus primeros desplazamientos son por la casa chica, los valles transversales, luego por la casa larga de Chile. Como los empleados de correos y los militares, los profesores a menudo tienen que cambiar de guarnición. Así fue recorriendo no sólo el mapa sino también su terruño longitudinal. Se convirtió en sustancia de su obra, en materia de su poesía y de sus Recados.
México es, junto con Cuba, el descubrimiento de América, la morada mayor. El continente al sur de Estados Unidos será un tema recurrente. El viaje bautismal en avión lo hace para llegar a San Juan, en ese Puerto Rico que se empecina en hablar español no obstante la garra yanqui. Tiene admiración por lo que ella llama «el aeroplano de mi primer vuelo». Lo mira como un pájaro posado en el campo, pero ella sabe que, pese a sus alas en alto y los pies de rueda, no es un ave voladora. Además, los pájaros no tienen tres motores. Como tantas almas campesinas, ella no quería subir a un avión. Postergó ese viaje muchas veces; miedo. Cuando por fin, haciendo de tripas corazón y al segundo pitazo se trepa a la máquina, ve con cierto temor que los pasajeros son sólo cuatro. Mientras mira la tierra desde el cielo le viene a la mente la descripción de un vuelo escrita por Leonidas Andreiev. Saca la cuenta que después de dos mil viajes en tren hace uno por el aire. El día es quieto.
Más tarde quiere ver al líder independentista portorriqueño Pedro Albizu Campos, recluido en un presidio norteamericano. Le dice a Mauñcio Magdaleno:
Fui expresamente a Atlanta para ver a nuestro Albizu. La cárcel me contestó por teléfono que no se recibían otras visitas que las de miembros de la familia del prisionero. ¡Y me quedé sin verlo…
Llega a Puerto Rico, que
conoce la terrible experiencia de ver batida su sangre española con espátula norteamericana, porque el batidor, en el ensayo, está mirando con un ojo en la Isla y con el otro en el Continente…
Murmura su adiós a la isla de Puerto Rico, que en un mes ella atravesó tres veces. Desde arriba todo parece un panorama de kindergarten, el mundo en la escala de Lilliput. Prefiere recorrería a pie, a caballo, hasta en automóvil. Para las artes de la contemplación el avión representa una sola ventaja: permite la mirada de conjunto y percibir mejor el relieve de las colinas. Pero el viaje en avión no tiene olor, Se han acabado los perfumes de la tierra, cosa más lamentable porque vuelan sobre un mar con nombre de indio salvaje, el Caribe. Esto sucedía en agosto de 1931.
A bordo comprueba que ella es un animal terrestre. Durante varios años enseñó a los chicos geografía. Estuvo un día, treinta años, en los bolsones cordilleranos e imaginó que más allá quedaba el infinito. El avión achica todo: los grandes ríos son apenas un garabato; los vastos sembrados se convierten en rombos dibujados por niños, y ella no quiere que la tierra sea una jugarreta infantil. Por eso en ese momento hace una promesa que ciertamente no cumple: no volará de nuevo. Su romanticismo de la naturaleza la induce a concebirla ilimitadamente graciosa y grandiosa. Insiste: no aprenderá la ciencia del vuelo, aunque le vendan el avión perfecto, porque quiere que la tierra de allá abajo no la desilusione. Es por amor a ella, no por la pasión del aire y del mar, porque ésa no la siente. A su juicio el aire y el mar son dos salvajes inhumanos. El mar está poblado de barcos. Ahora comienzan a poblar de aviones el aire. Serán dos caminos con mucho tráfico. También la tierra está surcada por millones de automóviles. Sin embargo es el elemento firme, a pesar que ella nació en suelo sísmico.
Aquí, no obstante, el mar parece despedazar la tierra. El Caribe está lleno con los puntos suspensivos del archipiélago.  Las islas están cerca. Y de un país a otro es como pasar al banco vecino y de alguna manera de un cuarto a otro de la casa.  Al fin y al cabo en esos países se saludan con el mismo buenos días.
La diosa de la Tierra
La antigua maestra, a los veinte años, leyó largamente a Reclus.  Se interesa por «el hombre y la tierra».  Le gusta la expresión «geografía humana».  Es ecologista avant la lettre.
La musa de Lagar es Gea, diosa de la Tierra.  Allí ella firma el pacto con la montaña, ésa que parece una manada de elefantes subiendo al cielo.  Gea está presente cuando habla de la historia.  Al invocar sus escenas infernales, las visiones más terribles, como «Caída de Europa» (poema dedicado a Roger Caillois), quiere, por piedad y por amor a lo suyo, librar a su tierra de la catástrofe.
Solamente la Gea Americana
vive con olor de trébol,
tomillo y mejorana y escuchando
el rumor de castores y de marta
y la carrera azul de la chinchilla.(147)
Como todo se interactúa, ella es autora de poesía forjada de agua, de aire, de naturaleza, concebidas como organismos vivos y sufrientes.  Su ojo, al igual que en Neruda, da vía libre a su concepción unitaria, dependiente del mundo físico, incluido su fervor místico.  En este orden profesa, por decirlo de algún modo, una filosofía panteísta. Es ecóloga, climática, planetaria.  Su poesía está inmersa en una atmósfera total e inscrita dentro de un sistema único; es ser compenetrado; pero ungida por una conciencia más aguda que lo común.  Dicha virulencia de percepción daría su estabilidad.  La sujeta a rupturas; la expone a cataclismos personales.  Se traducirá en su boca en respuestas poéticas o en recados donde siempre tratará de explicar su visión dramática del mundo, su autorregulación dentro del universo problemático intentando el reajuste -a veces muy dificultoso- de sus relaciones con la vida.
Su libro Lagar está pleno de esta noción naturaleza-hombre, de su pertenencia trágica a la Casa Grande del Hombre, la pulpa dolorida de la persona y el mundo.
Otra vez sobre la Tierra
llevo desnudo el costado,
y el pobre palmo de carne
donde morir es más rápido
y la sangre está asomada
como a los bordes del vaso. (148)
Ella es el primer cuerpo, el átomo ínfimo del universo.  La naturaleza es
este segundo cuerpo
de yodo y sal devorado,
que va de Gea hasta Dios.(149)
Así Gabriela habla del amor por las islas. « Las islas son nuestro encantamiento».  Se pone a contemplarlas, antojadizas de formas; alargadas como pez, como arco delgado, macizas como bloques y también como el gran lagarto verde.  Ella se siente isleña porque Chile tiene los pies de país insular, tan despedazados que se disuelven en el Polo Sur.  A veces nace una isla nueva porque un volcán que no estaba registrado en el mapa las hizo asomarse a flor de agua.  Otras aparecieron como para mirar la tierra y al cabo de días o de horas volvieron a sumergirse.
Más que las islas inmensas, Australia, Groenlandia, Islandia o Madagascar, ella prefiere las minúsculas, sin olvidar la Isla de Pascua, extraño misterio en medio del gran océano.
Los hombres suelen tratar de afear esas islas dándoles mal destino: Más Afuera o Pascua han sido lugares de deportación.  Y la última lazareto de leprosos.  Madagascar y la Isla de Reunión han servido de cárceles. En Italia, la Isla de Lipari fue prisión política en tiempos de Mussolini.  Y qué decir de la Isla del Diablo o de la Salud en la Guayana Francesa.  Casi todos los países de América Latina, durante los períodos de dictadura militar, han tenido sus islas-presidio.
Pero también ellas están en los libros de la Odisea, o en El Conde de Montecristo, con su castillo de If, en el islote próximo a Marsella, y un caso que ha seducido a millones de lectores, tema no sólo de Gabriela, sino de Neruda y también de una aventurera de radio continental, que en su juventud escribió hermosos libros, la uruguaya Blanca Luz Brum, quien dedicó años de su agitada vida al progreso de la Isla de Juan Fernández, allí donde fue abandonado un marinero inglés, Alejandro Selkirk, que luego Defoe convirtiera en Robinson Crusoe.
Gabriela es mujer de islas. Las busca y viaja hacia ellas. Capri, Sicilia, Corfú, Mallorca o las Bermudas.
Está casi siempre invocando al terruño. Y todo la lleva a la autorreferencia. Habla de su tono, de su «dejo rural en el que he vivido y en el que me voy a morir».  En ella todo se le personaliza, adquiere un rostro, responde a un nombre.  Las naciones se le convierten en individuos; la naturaleza se le vuelve antropocéntrica.  Dicho rasgo se aprecia de modo diáfano en su correspondencia.
Por otra parte, la persona nacional con quien se vivió (las personas son siempre para mí los países), a cada rato se pone delante del destinatario y a trechos lo desplaza. Un paisaje de huertos o de caña o de cafetal, tapa de golpe la cara del amigo al que sonreíamos; un cerro suele cubrir la casa que estábamos mirando y por cuya puerta la carta va a entrar llevando su manojo de noticias.(150)
IV SU MAESTRO JOSÉ MARTI
GABRIELA MISTRAL ES uno de los intelectuales latinoamericanos más sensibles a la difícil relación con Estados Unidos.
Habló con frecuencia del abismo entre el Norte y el Sur del continente y registró el choque en diversos campos.  No es el suyo un antiyanquismo primitivo.  Confió en que de alguna manera se pudieran encontrar coincidencias que no fueran las del atropello y de la dominación.
No es socióloga, pero no puede dejar de lamentar esa historia iberoamericana que quiere «construir a base del encomendero una democracia» y «reemplazar el caciquismo con la civilidad».
Mira a América Latina con un sentimiento de madre por el hijo atolondrado, aunque no ha perdido la esperanza de enmienda. Hablará de su masa continental, semejante al Asia y África, con un gran vacío en el interior del continente. Para ella América del Sur tiene sobre todo destino tropical. Es, por excelencia, tierra caliente. El pedestal templado de la América del Sur constituye una base secundaria. El corazón arde en el Amazonas, en los ríos gigantes. Llega a la conclusión que en América Latina todos somos tropicales, sea de trópico ardiente o de trópico frío.
Como escritora irremediable, se vuelve a la materia primera de su oficio, a la meditación de las palabras y a la defensa de alguna que a su juicio hemos manchado, como la palabra tropicalismo, sinónimo de verbo excesivo.
Ella discrepa y se pregunta: ¿dónde están esos prosistas y poetas tropicales? En México encuentra que los prosistas y poetas son ceñidos, mesurados. Y también confirma el mismo carácter en la literatura centroamericana y en el norte de América del Sur.
¿Qué es, entonces, el tropicalismo? No es una manera de hablar o de escribir propia de las regiones tórridas. Sería, mejor dicho, una forma de expresión de literatura de gestación. Es una manera de referirse mal al escritor aún inmaduro o a la persona de mente desordenada; pero no es culpa del sol quemante. Anota que Italia no está tan lejos del trópico y sus grandes escritores son rigurosos.  En cambio Castilla, color de armadura, y la España lluviosa del norte han sido pródigas en poetas intolerables y en oradores floripondiosos.
Si se quiere hablar de tropicalismo, esto no debe referirse a la geografía próxima a las regiones ecuatoriales, sino al alma caótica de los espíritus vehementes, a los balbuceantes, a los hinchados de palabra.  Ella encuentra más trópico en España que en Sudamérica. Además, no hay que confundir el calor del alma con la retórica.  La primera puede generar la obra de arte estremecida; la segunda, en el mejor de los casos, es «un gran papagayo tornasolado».  No hay que igualar las palabras exceso e intenso.  Es intensa la piedra preciosa.  Ella encuentra que muchos poetas delos trópicos son breves y densos, ,como la gota de resina».  Por eso la Mistral sale espada en mano en defensa de esta palabra tropicalismo, «… manchada como la palabra democracia».
Para ella Martí es un auténtico y magnífico tropical. ¿Cómo se manifiesta dicho tropicalismo?
En primer lugar, una calidez gobernada o suelta corre por su prosa en un clima de efusión; marca sus arengas, los discursos académicos, los artículos de periódicos y las simples cartas.  Yo digo calidez y no digo fiebre.  Tengo por ahí pespunteada una vaga teoría de los temperamentos de nuestros hombres; los que se quedan en el fuego puro y se secan y se resquebrajan, y los que viven del fuego y del agua, es decir, de un calor húmedo, y se libran del resecamiento y la muerte.  Martí fue de éstos.(151)
Consideró su maestro mayor a José Martí, el máximo revolucionario e intelectual latinoamericano de la segunda mitad del siglo XIX.  Proyectó un libro sobre él y prometió entregarlo a Editorial Losada.  Ella vivía a la sazón en Petrópolis, Brasil, donde se desempeñaba como cónsul.  Como testimonia Guillermo de Torre, encargado de la Colección El Pensamiento Vivo, que debía publicar la obra, Gabriela estaba entonces dedicada a ayudar hasta el límite de sus fuerzas a los republicanos españoles exiliados.  No pudo rematar el libro soñado sobre Martí, pero alcanzó a enviar un capítulo, cuya base fue una conferencia que ella ofreció sobre el tema en La Habana, en 1934.
Martí y la Mistral fueron personalidades sobradamente distintas en cien aspectos.  Sin embargo, Gabriela se encuentra en el cubano por su entrega al mundo, por su amor a América y también por la potencia originalísima de la expresión.
La chilena se pregunta: ¿en qué consiste la originalidad de Martí? ¿En su vitalidad tropical? ¿En su robustez? ¿En su comercio con los clásicos? ¿En su conocimiento de los griegos y los latinos? ¿En su lectura de los setenta tomos de la Colección Rivadeneira?  Todo es agua para mover ese molino.  Incluso su lealtad a la lengua de España, pero hablada por un antillano, que ha leído a los escritores modernos de Francia y de Inglaterra, «cosa muy natural en hombre que tenía su presente y vivía registrándolo día a día».  Queda fascinada: «La lengua vieja, las ideas nuevas».  Él lee todos los autores que trascienden.  Pero a sabiendas que tiene «encargos que cumplir, trabajos que hacer en la carne de su tiempo», trata sus propios asuntos y lo hace con tono, vocabulario y sintaxis que resultan de la originalidad más pronunciada. ¿Procede ella puramente del estilo novedoso?  No. Nace del acento, del tono personal.  Para la Mistral, Calderón tiene un estilo, pero Santa Teresa un tono.  Y el tono criollo, de cuerpo entero, es el que celebra en el padre de los Versos sencillos.
Hace tiempo que rueda el lugar común sosteniendo que el trópico es tierra de elocuencia.  Otros la ven, despectivos, como espuma, facundia, garrulería vana.  Pero -oigámoslo bien- Martí es el orador por antonomasia de este continente.  Cuando se lee su prosa se le siente la voz.  No hay, sin duda, en América española un hombre que haya dicho sentencias más medulares, más nobles y más bellas, tan henchidas de sentido entrañable, de tanto amor por el hombre y el destino de nuestros países que aquel que confiaba el7dejulio de 1894 a su amigo José Dolores Poyo toda una filosofía de desprendimiento y una moral de la responsabilidad:
La única gloria verdadera del hombre -si un poco de fama fuera cosa alguna en la composición de obra tan vasta como el mundo- estaría en la suma de servicios que hubiese, por sobre su propia persona, prestado a los demás.  Lo que ciega a los hombres y los hace llegar tarde, o demasiado pronto, es la preocupación de sí.  Yo ya sé cómo voy a morir.  Lo que quiero es prestar el servicio que puedo prestar ahora
Hacer el elogio del orador latinoamericano resulta empresa equívoca, signo de mal gusto. «La oratoria carga con una cadena de fatalidades» certifica la Mistral, quien se ríe del recitador de espectáculos, regodeándose deleitado ante su timbre, que a ratos se echa a gritar y halaga al auditorio, que pasa de la voz tonante, de los gestos violentos y los secretos públicos a las calamidades de la gesticulación y el desprecio por el vocabulario. Ella como que se alegra de no tener amigos oradores y desdeña ese «lirismo impotente que no llegó al poema».
Un día alguien debería estudiar el tono y el estilo en la mistral.  Encontrará más de una afinidad con el de Martí, no por obra imitativa sino porque estuvieron animados por el ángel de la elocuencia poética.
Nuestro latinoamericanismo
Más de algún investigador ha buceado ya en el asunto. «Estirpe martiana de la prosa de Gabriela Mistral» es el título de un estudio de Juan Loveluck:
Sale Gabriela Mistral de Chile y va a México, donde empieza a codearse con el influjo más poderoso que estilo alguno ejerció sobre su escritura: el de José Martí.  Este pone en su mano doble don: el nuestro americanismo, la devoción por lo propio, el infatigable indagar en la condición mestiza; y una concepción de la escritura-prosa en que la búsqueda sin fatiga de la originalidad expresiva la hace tan creadora como el ejercicio del verso.  Si Chocano, Nervo y Vargas Vila la extraviaron un día, será la obra martiana -poesía y prosa- la que la devuelva al camino Por 1925 el culto a Martí se alía a su madurez primera y la llevará años después a reconocer en el autor de Nuestra América su maestro americano por excelencia. (152)
Hablará del orador Martí.  El género tiene mala fama, confirmada por tanto vozarrón vacío y los gesticuladores de feria.  Para ella Martí es el «orador honrado dentro de un gremio fraudulento».  En las antípodas del demagogo, su ardor brota verdadero.  No hace arenga sino argumentación encendida; y la prueba suprema de sus quilates la da la comprobación áurea, la más difícil: la lectura de sus discursos no deja en frío.  El hielo se funde tras la primera frase.  Su majestad expresiva no emana de una catarata retumbante sino que nace de la fuerza viva de la verdad, de la razón revolucionaria, o sea, aquella que quiere cambiar un estado de cosas injusto.  Hay una sintaxis perfecta entre la verdad y la fuerza, entre la claridad, la belleza, el acto y la trascendencia del concepto.  Aunque ambos despiden semejanzas proféticas, nunca se desgañitan ni se pierden en el trance.  Al fin y al cabo él está hablando del drama real de un pueblo, del suyo y los de América Latina entera.  Ella, a su vez, en su poesía está hablando de su tragedia y no lo hace como comediante o bufón.  Hay en ambos una aleación preciosa de clásico y romántico.  En el discurso de Martí se cruzan rayos y fulguran relámpagos; tiene adjetivación rica, girando siempre en tomo a un núcleo central de ideas, que no se empequeñece en relación con la profundidad del deber libertador.  Ella se adentra en Su odisea personal.  Sustenta en lo social un, puñado de ideas que a retazos podrían calificarse de martianas.
El léxico copioso es inherente a un hombre hecho para el pensamiento y la acción mediante un uso vivificante del término.  Martí habla y escribe como un castizo del idioma tanto español como cubano.  Gabriela, una castiza española chilena, lo siente suyo, andando por su camino.  Precediendo a Rubén Darío, quien le reconoce el derecho a la primogenitura, Martí es también el adelantado de Gabriela.  Se dedicó entre otras cosas de más bulto a cubrir los déficits lingüísticos.  Realiza estos depósitos inéditos en el diccionario sacándolos de la cuenta corriente del pueblo, de la vida cuotidiana, pero conforme a la lógica y la filosofía de la lengua castellana.  Sus neologismos no serán mera destreza o acrobacia verbal sino necesidad de una expresión más exacta, trátese de sustantivo, adjetivo, verbo o adverbio funcionales.
Gabriela es asimismo una aportadora a la lengua, colmada de voces tradicionales y nuevas, de plebeyismos y americanismos que traspasan la acepción peyorativa gracias al rasero de la poesía.
Algo quiero deciros de los americanismos.  Tuve que hablar una vez en la Sorbona, e hice una confesión desnuda de mi criollismo verbal.  Comencé declarando sin vergüenza alguna que no soy una purista, ni una pura, sino una persona impurísima en cuanto al idioma.  De haber sido purista, jamás entendiese en Chile ni en doce países criollos la conversación de un peón de riego, de un vendedor, de un marinero y de cien oficios más.  Con lengua tosca, verrugosa, callosa, con lengua manchada de aceites industriales, de barro limpio y barro pútrido, habla el treinta por ciento a lo menos de cada pueblo hispanoamericano y de cualquiera del mundo.  Eso es la lengua más viva que se oye, sea del lado provenzal, sea del siciliano, sea del tarahumara, sea del chilote, sea del indioamazónico. (Además, ustedes no van a quedarse sin el Martín Fierro y sin los folklores español y criollo).(153)
Cada cual en su ámbito y todos en el español de España y de América.
Gabriela estima que una de las pérdidas que tuvo en su vida fue no haber escuchado su voz.  Cuando Martí murió ella tenía diez años.  Era una niña perdida en el Valle del Elqui.  Seguramente no había oído nunca mentarlo, pero con el tiempo algunos amigos de Martí le hablaron de su voz, que desgraciadamente no fue fijada, según su conocimiento, en ningún disco.  No había llegado aún el tiempo de las grabaciones, pero le supone gracia de voz.  Ella confiesa que le gusta, como a Emerson, la voz grata.  No le agradan las que acarrean piedras.  Lamenta no haber percibido su acento y su mímica, pero da gracias Dios porque quedó la letra de sus discursos, que deja constancia «de la noble anatomía […] de su oración cívica o militante».
Martí, a menudo, es orador de períodos extensos, medida que exige un control mucho más difícil que el de la frase corta.  Pero en el cubano la oración brevísima o largamente compuesta se caracteriza porque está viva de cabeza a pies.
Gabriela tiene prisa por llegar al fondo de la cuestión y éste se refiere a la trascendencia del mensaje, que en cuanto a su forma parece estar libre de declamación.  Ella desconfía del enfático y del patético, del arrebatado y del que cae en éxtasis o en trance como orador.  Prefiere más bien la buena conversación doméstica.  No recomienda a nadie que emulo a Cicerón.  Y además hay que saber mudar de tono y turnar las palabras solemnes con «un adjetivo de lindo sabor popular».  Su adorada Biblia pasa de un profeta a un evangelista.  No se puede estar echando siempre por la boca fuego y hierro derretido.
Esas dos dimensiones de Martí, la política y la literaria, se complementaron mutuamente.  El tono natural, de tanta fuerza y originalidad, se afirma y se toma más convincente por la soltura del vocabulario, ajuicio de Gabriela, uno de los más intensos y extensos de la literatura y ¿por qué no? -sin duda- de la política latinoamericana.  Es un poseedor absoluto del castellano.  A diferencia de Montalvo, aquí en ella le sospecha el comercio diario con el diccionario, Martí es la expresión más radiante y fluida del castellano universal y del castellano cubano.
Comparándolo con Darío, la Mistral prefiere a Martí, porque lo encuentra más libre de galicismos, rechaza mejor el cosmopolitismo y el prurito de fineza.  Pero que nadie se mueva a engaño: si la lengua de Martí no es nunca «extravagante, pirotécnica», él sí es un inventor del idioma, autor de adjetivos, verbos.  Y la chilena piensa que «Nadie entre nosotros llevó más lejos la ceñidura del apelativo de la cosa».
En su elogio del buen trópico, Gabriela compara a Martí con Bolívar:
Cuando me encuentro a un hombre semejante a Martí o a Bolívar, que en su Trópico, de treinta años, no se descoyunta y se mueve en él lo mismo que el esquimal en la nieve, trabajando sin agobio y rindiendo la misma cantidad de energía que el hombre de climas medios, vuelvo a pensar en que lo elefantiásico y monstruoso del Ecuador no existe.  José Martí cayó en el Trópico como en molde cabal: él no rezongó nunca contra la latitud, porque no se habla mal del guante que viene a la mano. (154)
Gabriela subraya una segunda manifestación del trópico, que vale tanto para Martí como para Fidel Castro, ambos cubanos hijos de Españoles: la abundancia. «El Trópico-sostiene- es abundante por esencia y no por recargos de bandullos y perifollos;… la abundancia es natural por venir de adentro, de los ríos de su savia interna».  Concluye que «lo hicieron en grande».
Manifestación específica de su personalidad es la lengua metafórica.  La imagen no sabe a lujo ni complemento ornamental; se desprende con verdad de la naturaleza tropical; presta servicio y deslumbra a la vez.  Así es la naturaleza de Martí.  Sembrador de ideas, profesor de pueblos, conductor de hazañas libertadoras, simultáneamente se alza como maestro total de la forma, artista del «canto absoluto».  Así es su poesía, así es su prosa.  La Mistral tiene la impresión de que Martí pensaba mucho en imágenes.  Pero no se trata de la alegoría asiática, provista sobre todo por la fantasía.  La metáfora martiana sale precisa, guardando la relación que en el cuerpo humano tienen el hueso y la carne.
O sea, es verdadera.  Gabriela decía:
Confesarles a ustedes mi fe en este Martí sobrenatural viene a ser solamente decirles que yo juro a puños cerrados por la veracidad de su poesía.  Y es que ella, entre su cadena de virtudes, tiene la de un tacto particular, que raramente entrega el poeta, el tacto de lo veraz, de una verdad de ver y tocar, aunque se trate de lo inefable.(155)
Otro rasgo que anota en Martí es su don de entrega, lo que llama la generosidad del hombre.  Trabaja por una buena causa, que siente también suya
Estamos llenos de injusticias sociales, pero ellas derivan mas de una organización torpe que de una sordidez congenital; andamos buscando un abastecimiento racional de nuestros pueblos, y cuando lo hayamos encontrado, los sistemas económicos de la América serán mucho más humanos que los europeos.
Naturalmente la lengua es el hombre, y por allí Gabriela se acerca a la persona. Rechaza el desmembramiento entre individuo, obra y palabra.  Gran parte de Martí que dada amputada si se desvinculara su acción política de su escritura.  Gabriela intenta el rastreo de sus orígenes.  Atribuye su fuerza viril a la sangre catalana y la ternura al ambiente antillano.  Habla de «José Martí el Bueno», pero además del joven maduro, del sujeto cenital, porque encarna por su conjunción de cualidades positivas un punto mágico en que se unen «las dos mitades del cielo».  Este hombre sabe el negocio complicado <<de vivir, de padecer, de caer y levantarse»
Gabriela le reserva unos párrafos para «alabar también al luchador sin odio»:
Empujado a la cueva de las fieras, constreñido a buscar fusil ya echarse al campo, sin que se le pongan sanguinosos los lagrimales […].Todo es agradecimiento en mi amor de Martí: gratitud hacia el escritor que es el maestro americano más ostensible de mi obra, y también agradecimiento del guía de hombres que la América produjo en una especie de Mea culpa por la hebra de guías bajísimos que hemos sufrido, que sufrimos y sufriremos todavía.  Angustia siento yo, americana ausente, cuando me empino desde la tierra extraña hacia nuestros pueblos, a mi gente atollada todavía en las viscosidades acuáticas de las componendas y en las malquerencias fronterizas que tijerean el continente de todos lados.
Cuando los ausentes hacemos estas asomadas penosas al hecho americano, necesitamos acarrear de lejos a Bolívar para que nos apuntale la fe, y de menor distancia a Martí para que nos lave con su lejía las roñas de la criollidad […]. Hemisferios de agradecimiento son para mí la literatura y la vida de José Martí.(157)
V LA ORIGINALIDAD DEL CONTINENTE
GABRIELA PREFIERE VIVIR en el campo o en ciudades provinciales.
Le place enormemente Italia; por ello tiene un alegrón cuando el 26 de setiembre de 1928 el Consejo de la Liga de las Naciones le asigna un puesto en el Consejo Administrativo del Instituto Cinematográfico Educativo, en Roma.  A la salida de la oficina se sumerge en los milenios, peregrina por los siglos.  Va durante las tardes a los Foros Imperiales y vagabundea por las callejuelas junto al Panteón.
Vuelve una noche de 1929 a casa y un golpe lo suprime el arraigo a la vida; recibe una noticia que la encierra por días desconsolada en su habitación: su madre ya no está en este mundo. Llora. Más tarde escribe, evocándola, invocándola, tratando de resucitarla con su desesperación, sus rezos y sus palabras.
Su reacción es telúrica, la de un tallo que con su muerte se queda
… como las plantas de agua cuando se les corta el pobre péndulo y van y vienen; y me siento desposeída de esta dignidad que da un arrimo de este tamaño, especie de vagabunda que no tiene más que el aire y la luz en este pobre mundo.(158)
Con el tiempo, asomándose por encima del nivel de las lágrimas, dice cosas duras sobre la dictadura militar aposentada en el poder.  El coronel Ibáñez le suspende la jubilación.  De nuevo el fantasma: no tener con qué vivir. ¡Dios Santo!.
No se pondrá de hinojos.  Echa una maldición. ¡Que caiga!  Es como una imploración al Altísimo.
El 26 de julio de 1931 el coronel Ibáñez tiene que escapar a Argentina y Gabriela respira aliviada.
Es elegido Presidente de la República un hombre de «orden», pacato abogado del Banco de Chile, Juan Esteban Montero.  Gabriela recibe una comunicación oficial del Ministerio de Educación.
«Vuelta la patria a su normalidad institucional, y en el conocimiento de que su amor al terruño ha de pesar por sobre todas las consideraciones, las autoridades educacionales y el Gobierno piden a usted que ponga al servicio de la patria su espiritualidad y sus conocimientos excepcionales de maestra, aceptando la Dirección de Educación Primaria, puesto en el cuál usted contribuirá en forma decisiva a la formación del alma de los niños y con ellos a la futura grandeza de esta tierra».  Contestó con un No rotundo, que no excluyó cavilaciones y perplejidades.
El rechazo no le valió la indignación ni la represalia.  Dos meses antes que ese Gobierno fuera derribado y reemplazado por la fugaz «República Socialista», recibe otra comunicación.
Nº 327, Santiago, 15 de abril de 1932: decreto:
Nómbrase Cónsul particular de Chile a la señorita Lucila Godoy y destínasele para que preste sus servicios en Nápoles (Italia).  Montero, Carlos Balmaceda.
Ahora dice que sí.  Adiós penurias, tribulaciones económicas.  Además vuelve a Italia, país predilecto.
El gobierno de Mussolini frunció el ceño.  El fascismo machista no aceptaba mujeres cónsules.  Eran funciones viriles.  Pero la razón más fuerte que se escondía tras el disenso fue el informe policial sobre peligrosas opiniones de esa cónsul que, además, escribía en los diarios cosas que sonaban desagradables a los oídos del régimen del Duce.
Poco antes, en julio de 1930, desde Santa Margarita Ligure da cuenta de un gran duelo que le ha caído encima al continente: el deceso de José Carlos Mariátegui.  Lo honra como un «noble maestro de la juventud peruana».  Y habla de su interés por el indio.  Es su propia causa.  Reclama a nuestros países que se han dado en la tarea una pausa larga. (Ella dice de cien años.  En verdad son quinientos).  A los que así piensan ella les llama «indiófilos que exageran por generosidad».  Tiene razón cuando sostiene que el indígena no desapareció en el período colonial «como si se lo comiera la tierra», aunque fuera diezmado por millones.  Ella lo ha visto caminando por las afueras de las capitales del Perú, Ecuador, Colombia, cabalgando por la sierra.  Ahora los indios están también en muchas de esas capitales formando numerosas espinas en la corona del calvario que rodea las urbes macrocefálicas.
El medio milenio del arribo de Colón a América reenciende la polémica sobre el significado del descubrimiento y de la conquista, la «llegada al Extremo Oriente», que resultó ser la punta del Occidente. Ella no es discípula de la leyenda negra.  Admira al buen misionero y le parece bien el conquistador español que, cohabitando con la mujer india, aunque sea por la fuerza y mezclándose con la sangre indígena, lava sus muchos pecados.
Se siente mestiza como Rubén Darío
Pero la entristece «la vergüenza del mestizo», que está convencido de la verdad de tres mentiras: la falsedad, la pereza y la perversidad del indio.  Y todo parte de un concepto inculcado sobre la belleza, la civilización y la historia que es bien unilateral y egoístamente condicionado.  Al niño se le educa teniendo por arquetipo el tipo caucásico.  No se dan cuenta que así se fabrican categorías de inferioridad que incluso terminarán por deteriorar su propia imagen.  Así es fea una Venus maya o un Apolo tolteca.
Ella encuentra que la hermosura anda en todas las razas; sólo que su belleza es diferente, no sólo en los rostros blancos, negros, amarillos o cobrizos sino también en los espíritus.  Y en las distintas profesiones o quehaceres.  Dice que tal vez el único oficio del cual «haya sentido envidia o saudade, deseo o tristeza de que ya no existe más» sea el que llama «lindo oficio del hombre».  Le hubiera gustado ser Amauta, deseo que, desde luego, Mariátegui celebraría de corazón.  Veía una civilización muy alta en esa que tenía un funcionado que recogiera la crónica de las ciudades para perpetuar la historia y enseñar civilización quechua, los principios revelables y propagandísticos del Incanato y de su teología, porque había una zona iniciática, que debían conocer sólo los elegidos.  Para mayor fascinación de la Mistral, el Amauta solía ser poeta y, en algunos casos, filósofo de la tierra y el cielo.
Algún día esta mujer autodidacta recibió doctorado Honoris Causa de universidades.  Se reía de sí misma y subrayaba que no había hecho méritos para ello, pero se estimaba perteneciente a un continente de viejas culturas.  Ante el título discernido por la Universidad de Guatemala, recordó que se la tenía por enemiga de la educación superior a fuerza de ser demasiado amiga de la educación popular.  Llevaba sobre su frente, más que una estrella, el estigma de Sarmiento y de Vasconcelos.  Una apasionada de la escuela primaria no tiene por qué odiar la universidad.  Al fin y al cabo, una y otra son parte de la misma pirámide.  La educación la concibe como la dimensión moral de un territorio, que debe darlo al país la posibilidad de la formación de hombres que le aseguren el profesional en todos los órdenes: el científico, el investigador; pero también el humanista y el artista, aunque estos últimos no se toman en los claustros sino que, nutriéndose de ellos, expresan su propia potencia interior.
Su tribu de huesos sueltos
Le recomienda especialmente a la Universidad de Guatemala estudiar a fondo la raza aborigen, y pide que le den un cronista enamorado del asunto de los mayas.
Ella tiene una clara noción de que los continentes están desnivelados.  Su obsesión la llama América Latina y el hombre de estas tierras es distinto del de otras, del norteamericano de Estados Unidos y del europeo.  En noviembre de 1926 toca el tema en París y lo hace a partir de la reflexión de un intelectual, un ultrarrefinado del Viejo Mundo que, casi veinte años más tarde, escribirá un prólogo para la edición de una obra de Gabriela Mistral en francés, como preparación artillera en la batalla para conseguir el Premio Nobel.  Ella rechazó esa introducción, si no ditirámbico, al menos elogiosa, porque se sentía llevada por la mano de un espíritu que no era el suyo, sino a su juicio incompatible, Paul Valéry.  Pontífice mayor de la Poesía Pura, ha definido así, más o menos, al hombre europeo: «Es el ser capaz de desarrollar el maximum de actividad, el maximum de conciencia, el maximum de esfuerzo, el maximum de pensamiento, el maximum de trabajo, el maximum de riqueza, el maximum de creación …». Tantos maximums la abruman.
El contratipo que señala Valéry es el asiático.  Ella considera semiasiático en sus orígenes no tan remotos a la mayor parte del pueblo latinoamericano.  En consecuencia, siente que le viene el sayo y rechaza la definición, aunque le resulta dolorosamente aceptable en lo tocante al sentido del tiempo y su traducción en labor útil, que entre nosotros es más discontinuo.  El feudalismo, el señor que hace del ocio un negocio, en medio de una economía invertebrada, sumergida en el atraso, imprime su marca de hierro sobre la irregularidad en el uso del horario y en la responsabilidad del trabajo.  Somos –agregatodavía una buena parte del continente donde se llega tarde y el esfuerzo debe codearse con largos intermedios.
Deslizará un párrafo sobre una tribu de huesos sueltos, que no ha reconocido aún su columna vertebral, poseída por sueños, desventuras, suicidios, vanidades locas, individualismos desatados.  Son los doblemente suyos, en este caso, los escritores.
… vivimos sin núcleo que nos afirme y nos sustente; desconocidos por las patrias materiales que aceptan como suyos cerros y ríos, pero no sus realidades espirituales, a las que declaran montón aéreo de palabras.
Habla igualmente por pintores, escultores, por los músicos.  Y ruega que le disculpen esa especie de lamento
Se refiere a la falta de espíritu y disciplina de trabajo de muchos de nuestros escritores.  Calcula que en Europa el autor se concentra por lo menos cinco veces más que en América Latina.  Tiene más sentido del oficio y en ello influye, desde luego, el hecho que escribir constituye su profesión, mientras entre nosotros en la mayoría de los casos es un hobby de fin de semana o un robo al tiempo que consume el puesto alimentarlo.
Naturalmente hay unos cuantos latinoamericanos fecundos y organizados. Por principio, escribir debería ser un producto pertinaz.  Gabriela cita a Barbusse: «Yo trabajo todo el tiempo.  Ensayo sacar de mí todo el rendimiento posible».  Otro exclama: «Tengo horror al literato que no escribe».
Desde hora temprana Gabriela Mistral se sintió deudora de Rubén Darío. Según ella «la tentó y la empujó a escribir».  Es verdad.  Eugenio Florit anotaba: «…precisamente se ha publicado hace poco una carta conservada en el archivo de Rubén Darío en España, y firmada por «Lucila Godoy, Profesora de Castellano del Liceo de Niñas, Los Andes, 1912», dirigida a «nuestro grande y nobilísimo poeta», enviándole «un cuento original muy mío y unos versos, propios en absoluto», y en la que agrega: «Yo, Rubén, soy una desconocida; y no publico sino desde dos meses en nuestro Sucesos; yo maestra, nunca pensé antes en hacer estas cosas que usted, el mago de la Niña-Rosa [sic] me ha tentado y empujado a que haga…». En el año siguiente, siempre con el franqueo de Los Andes, llega otra carta: «Lucila Godoy (Gabriela Mistral) saluda muy afectuosa y respetuosamente al grande i caro Rubén y le agradece la publicación en Elegancia de su cuento i sus versos…… La aparición del seudónimo data, como se ve, de 1913 …» ¿O de 1912?
Cuando ella ganó la Flor Natural al autor de Cantos de vida y esperanza le quedaban sólo dos años de vida.  Gabriela lo había leído íntegro y con pasión.  Aprendió una universidad en su poesía.
Por naturaleza fueron personas muy diversas.  Más allá de lo literario, Martín Taylor puntualiza convergencias y divergencias entre ambos referentes a una esfera singularísima: una común fascinación por «lo oculto».  A partir de su estancia bonaerense y parisina, el hombre de «Azul» se dejó seducir por tendencias en boga dentro de determinados círculos: telepatía, astrología, hipnotismo, onofrismo, espiritismo, pitagorismo, culto de la palabra como expresión mitológica. Gabriela -dentro de un área no del todo distinta-, sin dejarse dominar por «las ciencias ocultas», se inclina parcialmente por formas de religiosidad esotéricas, influida durante un período por lecturas particulares de Rabindranath Tagore y Amado Nervo, a quien tanto admiró cuando joven.  No hace misterio de dichas atracciones en una época pasajera de su vida, que la volvieron por un tiempo practicante de la meditación trascendental, del naturismo, el yoga, los baños de sol, la vida natural.  Registra en su obra su conocimiento y relación con Annie Besant.  Se acercó a teósofos en Santiago y Antofagasta (Logia Destellos), pero nunca abjuró de su culto sin Iglesia por un Cristo personal, el primitivo.  Dado, en cambio, cuando lo sobrecogió la visión de la muerte que se le acercaba, retomó con desesperación al catolicismo, como última esperanza.
La mujer que abrevó en la fuente del modernismo y le dice en un recodo de su camino adiós, desenvaina espada de letras para defender al poeta señalado como su jefe no tanto en lo literario -que para ella es de valor indiscutible y soberano-, sino en el campo minado de su vida bohemia y respecto a la versión muy difundida de su alcoholismo y sus delirium tremens.  A Gabriela este problema le recuerda el destino de su padre.  No. Para ella es inconcebible que un individuo de «botella cotidiana» deje tras de sí 35 volúmenes.
Gabriela predica contra los estragos de la bebida casi como un soldado del Ejército de Salvación. (Vuelve tal vez a atormentaría la imagen del progenitor resbaladizo por los pícaros grados del pisco y del pajarete).  Darío no tuvo nada de abstemio.  A su juicio, su embriaguez es la típica del hombre de nuestras latitudes.  En su alegato apologético, la Mistral compara el tamaño de su obra con la de dos ilustres dipsómanos de la literatura mundial: Edgar Allan Poe y Paul Verlaine.  Estos dejaron mucho menos producción; en cambio, el poeta nicaragüense escribió, se informó con ritmo ininterrumpido. «Leyó lo clásico sustancial y leyó todo lo moderno; tanto leyó que no hemos tenido cabeza más puesta al día que la que nos prueban Los raros y los libros numerosos de crítica literaria».
En febrero de 1932 anota en su haber otra virtud, que pone de relieve su calidad moral: Darío no enturbió con pequeñeces la vida literaria.  No practicó dos envidias clásicas que hacen nata espesa en tanta gente de nuestra habla: la envidia española y la envidia latinoamericana, que Gabriela compara al paludismo, por sus tercianas recurrentes, que exigirían para tratarla muchas toneladas de quinina diaria.
Ella respeta a Darío por un motivo más. Porque siendo poeta de «capacidad verdadera, cabeza confesada de vasta escuela literaria…», no despreció a ninguno de sus discípulos declarados o crípticos, «a ninguno quiso aplastar con su nombre de vieja madre literaria».  Si tuvo en esto un desliz, tal vez sería -según ella- el espaldarazo que solía repartir a escritores que no valían tanto como para intentar consagrarlos.  Pero incluso en este rasgo, Gabriela simpatiza con su excesiva bondad literaria.  En el autor de «Lo fatal» palpa al hombre de «una prodigalidad de niño cariñoso».
El del «pequeño ejército loco»
Rubén Darío, cuando preguntaba en su retadora oda «A Roosevelt»: «¿Tantos millones de hombres hablaremos en inglés?», señalaba una inquietud que angustió a su compatriota Sandino y afligió a Gabriela Mistral.
La escritora chilena lanzó un día, precisamente el 17 de abril de 1922, «El grito»:
¿Odio al yanqui?, ¿por qué le odiaríamos?  Que odiemos lo que en nosotros nos hace vulnerables a su clavo de acero y oro, a su voluntad y a su opulencia.(159)
La epopeya de Sandino le completó el cuadro.  El mal venía no sólo de adentro sino también de afuera. «Hombre heroico, héroe legítimo, como tal vez no me toque ver otro».  Cuando el Presidente Hoover lo llama bandido y The New York Times lo califica de «insignificante jefe desequilibrado», Gabriela responde: «Para mí Sandino es todo un héroe».  Ella fue quien bautizó su tropa montañesa con un apelativo que hizo fortuna y hoy está en muchas bocas: «Pequeño ejército loco de voluntad de sacrificio».  Fue coronación de un llamado a la solidaridad.
Los hispanizantes políticos que ayudan a Nicaragua desde su escritorio o desde un club de estudiantes, harían cosa más honesta yendo a ayudar al hombre heroico, héroe legítimo, como tal vez no les toque ver otro, haciéndose sus soldados rasos […], para dar testimonio visible de que les importa la suerte de ese pequeño ejército loco de voluntad de sacrificio.(160)
Le indigna el entreguismo criollo de los serviles que odian al nacional digno
Los desgraciados políticos nicaragüenses, cuando pidieron contra Sandino el auxilio norteamericano, tal vez no supieron imaginar lo que hacían, y tal vez se asusten hoy de la cadena de derechos que han creado al extraño y del despeñadero de concesiones por el cual echaron a rodar su país .(161)
La encoleriza la calumnia orquestada de la prensa: «Sandino carga las dos o tres pistolas que le dan las fotografías malignas delos semanarios neoyorquinos»
Quiere que la palabra ayude a los hechos, que la simpatía se torne solidaridad concreta.  Solicita al continente contribuir con dinero a la lucha sandinista.
Nunca los dólares, los sucres o los bolívares sudamericanos, que se gastan fluvialmente en sensualidades capitalinas, estarán mejor donados.
Sandino -según parece- no ha visto llegar hasta hoy los mozos argentinos, chilenos, ecuatorianos, que son su misma carne y que le deben una lealtad temeraria y perfecta que sólo la juventud puede dar. ¿Dónde está la naturalísima, la lógica Legión Hispanoamericana de Nicaragua?(162)
Para ella, la solidaridad debe llegar hasta el fin, entregando incluso la vida.  Pide que centenares de jóvenes dejen familias y universidades «para ofrecerle a Sandino lo mejor que puede cederse».
El jefe guerrillero distingue a Gabriela con el título de «abanderada intelectual del sandinismo, benemérita del ejército».
Siente como un escalofrío el peligro que ronda al hombre de las Segovias, presintiendo: «Tal vez caiga ahora esa cabeza sin peinar que trae locas las cabezas acepilladas de los marinos ocupantes».
Para ella, el nicaragüense desborda fronteras geográficas «porque este héroe no es local, aunque se mueva a un kilómetro de suelo rural, sino rigurosamente racial».  Sandino para ella no sólo trasciende el espacio patrio, sino que encarna los héroes del tiempo pasado y futuro. «El guerrillero es en un solo cuerpo, nuestro Páez, nuestro Morelos, nuestro Carrera y nuestro Artigas.  La faena es igual, el trance es el mismo».
Cuando Tacho Somoza lo hace matar, Gabriela Mistral no se ahorra la maldición pública: «Mala mirada vamos a echarles y un voto diremos bajito o fuerte, que no hemos dicho nunca hasta ahora: ¡Malaventurados sean!».
«El general Sandino -añadió poco más tarde- carga sobre sus hombros vigorosos de hombre rústico, sobre su espalda viril de herrero y forjador, con la honra de todos nosotros».
Franca hasta la desgarradura, detestaba la hipocresía ambiente. Le repugnaban los chovinistas y los pateros, que abundaban no sólo en su país, vendiéndose por un puesto o haciendo zalemas y reverencias al de arriba.  Nada de eso iba con ella.
Todavía gusta mucho allá dentro el patriotismo de aleluyas y de crasa adulación.  Cree nuestro criollaje que ayudar a vivir consiste en pagar sueldos o escribir un parrafillo de elogios descontrolados… (163)
Abomina de los envidiosos, de los que se mueren de despecho Por la obra de otros y se lo pasan desparramando sus complejos de inferioridad, escupidos por lenguas viperinas.
Hay que cuidarse de los temibles criollos amargados, que suelen ser los mismos que escriben anónimos; viven en los subsuelos del mero existir, asistidos cotidianamente de malos humores, repletos de aquellas bilis amargo-acres que conoció también vuestro Virgilio.
Soy modesta hasta la humildad y altiva hasta el orgullo.(164)
Modesta, pero no mucho, y orgullosa para responder a algunas damas chic que quisieron tocar su cabeza con una clocha a la última moda: Señoras, a la Cordillera de los Andes no se le pone sombrero.
Se sentía la Cordillera de los Andes.  No está mal.  Sabía quién era.
La Cordillera de los Andes tiene sus volcanes y echa sus fumarolas y regocija con sus remansos, bien escasos es cierto.  Como Gabriela Mistral.
Su amiga Doris Dana recuerda que en una mesa redonda académica, de gran estilo, celebrada en Roma, un participante italiano le dijo con la exuberancia del admirador rendido:
-¡Qué tesoros literarios guardará usted en su cartapacio!
-Es por eso que lo cuido tanto –contestó-, y no lo suelto
El cartapacio contenía una sola hoja de papel; pero estaba lleno de cigarrillos.  Como Los Andes, ella arrojaba sus humaredas, los quince años, todo el día y a veces por la noche.  En los últimos tiempos encendía un cigarrillo en la colilla del otro, mientras solía acariciaran su falda a Jonás, el «perro de moledera», según lo recuerda Gastófi Von Dem Bussche.
El cuerpo a cuerpo con las palabras
Lee en Montevideo un «Cómo escribo» revelador.  No se pone para ello la chaqueta de terciopelo de Maquiavelo. Simplemente escribe en ropa de casa.  Es autora doméstica. ¿Y a qué hora lo hace?,<< Escribo -explica- de mañana o de noche, y la tarde no me ha dado nunca imaginación, sin que yo entienda la razón de su esterilidad o su mala gana para mí».
¿Cuál es su tema?
Mientras fui criatura estable de mi raza y mi país, escribí lo que veía tenía muy inmediato, sobre la carne caliente del asunto.  Desde que  soy criatura vagabunda, desterrada voluntaria, parece que no escribo sino en medio de un vaho de fantasmas.
¿Perfeccionista? ¿Mucha guerra con el idioma? ¿Vive el cuerpo a cuerpo en la brega con las palabras? ¿Sostiene a través de ellas un combate físico con el alma?  Ella lo siente así.
En el tiempo en que yo me peleaba con la lengua exigiéndole intensidad, me solía oír, mientras escribía, un crujido de dientes bastante colérico, el rechinar de la lija sobre el filo romo del idioma.
VI LA CARTA DE LA SANGRE
INGRESA AL SERVICIO consular chileno, aunque en categoría ad honorem.  Sólo -en 1951 el Congreso aprobó la ley que le concedía consulado vitalicio.  Es un primer paso, económicamente parco, pero pone al menos un pie dentro del Ministerio de Relaciones.  Será cónsul en ciudades de Italia, después de vencer el rechazo inicial del régimen de Mussolini que, informado de sus antipatías respecto al fascismo, no da el beneplácito a su designación como cónsul en Nápoles, pretextando su condición de mujer.
A raíz de la crisis económica, el cónsul Neruda tuvo que volver a Chile en 1932 y Gabriela Mistral -designada ese mismo año en Italia como cónsul de elección-, no percibió sueldo.  El cónsul chileno en Génova, Carlos Errázuiz, le ofreció su casa mientras duraba la emergencia.
Años más tarde, Olaya Errázuiz -hija del anfitrión- se casó con un brillante político de la nueva generación que, en 1970, sería candidato ala Presidencia: Radomiro Tomic.  En el ambiente familiar intimaron Gabriela y el joven demócratacristiano (falangista chileno de ese tiempo).  Su cuarto hijo hombre se llama, por ella, Gabriel y es su ahijado.  Para él escribe un «Recado sobre los ángeles».
Ella envió a Radomiro muchas cartas a lápiz.  El grafito -decía- no le daña los ojos como la tinta.
Italia es a su entender el país de los pequeños reinos.  La historia es tan fuerte que funde civilización antigua, condado medieval y vida moderna, atemperada por ese andar natural y el paso quedo de los siglos.  Sin violentarse, circulan del campo a la ciudad.  Esta se alimenta de la ubre rural, aunque está vertiginosamente cruzada por millones de pequeños Fiats.  Para ella es un país clásico, parecido a su provincia por el enclave de comarcas bien señaladas, pese a que en el caso de Italia éstas no reconocen los deslindes de los montes sino más bien la acumulación de civilizaciones superpuestas.  Se siente encantada palpando la amalgama, los legados confundidos y a la vez diferenciados, coexistentes en las edades sucesivas.  El Imperio Romano, lo que llama la latinidad virgiliano, se agita junto a antecesores etruscos, en el fondo del légamo original.  Concentra y compendia toda la historia de Occidente en la pequeñez de diámetro de cien ciudades provinciales.  Llevan impreso el sello de la crónica regional grande y menuda.  Se transita de pueblo en pueblo, de un dialecto a otro dialecto.  Advierte un corazón de músculo y sangre, un hombre con vísceras, capaz de todas las pasiones y de vivir la vida conforme a la ley del cuerpo.
A ella, casi ascética, le gusta Italia porque -al revés de los taciturnos cazapecadores- celebra en los italianos que le hayan pintado al cristianismo «el festón de oro de la alegría.»
Le hechiza su habilidad de manos, esa perfección de artesanía fina corro tallista o labrador, como tejedor o forjador de exquisiteces.  Allí se aposenta el museo de todos los oficios.
Pero nada la extasía más que verlos en la vendimia, trenzando las gavillas o recogiendo los frutos.  Lamenta que esta Italia tan poblada de presencias admirables, por problemas de hambre tuviera que exportar a tantos hijos a tierras lejanas.  A su juicio, el italiano expatriado, sin su paisaje, pierde.  Su sangre se le adelgaza un poco.
Adora sus pueblecitos.  Y ella habla de uno suyo, que no tiene más de sesenta casas, tres iglesias, salidas de una lonja de Los Alpes, espigadas y blanquísimas, «como las muchachas a los dieciséis años».  La bautiza «iglesia de los empeñosos».  Ella lo sabe bien porque en un mes ha hecho treinta «mandas» de subir que no cumplió.
Cavi se llama su pueblecito.  Se extiende junto al Mar Ligúrico.  Los bañistas vienen por los dos meses de verano y se van, pero todos los días del año los pescadores recogen las redes.  Y si el pez de la zona es bueno, el pan sabe todavía mejor.  Poca miga y mucha cáscara.  El agua puede ser sabrosa o pésima.  Es detestable a orillas del mar; se saborea espléndida y deleitosa en la altura.  La sociabilidad dela gente le trae a las mientes su Valle de Elqui.  En Francia se olvidó de los buenos días, pero la boca italiana de esas aldeas lo dice como si fuera una alabanza hacia la vida y las dos palabras se impregnan de ternura.
Se siente a gusto en Cavi, entre la playa y los olivares; vagabundea por Liguria; es mujer de la tierra.  La convence la filosofía de los habitantes de Zoagli, que tratan de morirse lo más tarde que pueden; van sorbiendo con voluptuosidad los jugos de la naturaleza, que hacen buen matrimonio con el clima y predisponen a los humores contentos.  Son longevos.  Pero su cementerio, a juicio de la cónsul de Chile, es lindo porque tiene una dimensión de patio, alameda de cipreses, unas lápidas agachadas y se hace una cama en el fondo de las colinas.  Lo mira desde la altura y le parece que han lanzado los muertos en un aluvión y que alguien se ha cuidado de ordenarlos con mucho esmero y sentido de la simetría, a fin de producir la impresión de que están sencillamente durmiendo la siesta.
Alguna vez hemos hecho en automóvil el viaje de Génova a Sestria.  Es un hilo continuo de balnearios surgidos de antiguos pueblos de mar, que se suceden tan prestamente como para dar la sensación de una ciudad junto al agua que congrega barrios diminutos.  Dos son los de más nombre y Gabriela vivió en ellos: Rapallo y Santa Margarita.
Así está compuesto Sestris, que a su vez, según su ojo exacto y abarcador, está dividido en tres planos.  Uno es el más feo.  Está echado a orillas del mar y es la parte «donde los burgueses toman su legítima cara de hongos lamentables».
Otro Sestris es el que se dispersa sobre el lomo redondeado de las colinas.  Si las de Florencia son famosas, éstas las superan, acota ella. ¿Hay en alguna parte tantas colinas?  Se trata de una interrogación autorizada, porque antes se preguntaba si existen en alguna parte más cerros que en torno a su pueblo natal.  No termina de contarlas.
Y el tercer Sestris es un jardín municipal, donde a ella le gusta leer más que en su cuarto.
Allí los lomajes son siempre miradores al mar.  Se siente pastora. Le danzan, porque los olivares movidos por el viento le dan una ilusión movediza.  Es un experimento que ella hizo en Magallanes, donde se entregaba al vicio de fijar los ojos «en las cascadas de la cordillera para ver danzar los cerros».  Y lamenta, con largo remordimiento,
… no haber caminado Chile zancada a zancada, de poseer en mis sentidos unos rumbos de mi tierra y unos cuantos colores organizados en mi recuerdo, y unos pedazos de carreteras. (165)
Porque con todo, la echa de menos
En muchas tierras yo he querido clavarme a vivir, a esta edad de cuarenta años; pero en algunas donde los cerros o la extravagancia de la costa son una mesa puesta para la fábula en que la mentira coma a su gusto, lo que yo quiero, lo que yo pido es echar atrás treinta y cinco y quedarme ahí con el tamañito de la vara de San José.(166)
De la aldea pasará repetidamente a una célebre ronda de colinas.  A su juicio, Anatole France acierta al decir que éstas han sido hechas a mano una por una, como sintiendo el tacto de la palma, en un juego alegre. ¡Qué diferentes de los picos agudos, del roquerío infranqueable y los abismos temibles de la Cordillera de los Andes, con aire de fortalezas trágicas, murallas de piedra, más largas y más altas que las de China!  Los Andes son macizos, con el espesor de un planeta hecho de dólmenes y cavernas.  En cambio, las colinas toscanas son tan redondas como seno de mujer, de una altura esbelta y se trasmutan pronto en el reino de los cipreses.  Si las montañas son diferentes, los ríos también han de ser diversos.  Aquí pierden la locura de cascada; no son ese despeñadero de agua que se precipita desde la cumbre de la montaña erguida y trata de llegar al mar en un minuto.  El Amo camina reposadamente.  Es como un esposo de Florencia, que goza quedándose en el lecho muelle.  Por allí anda Gabriela atravesando el Puente Viejo, el de los Plateros, de la Trinidad y de la Gracia.  En uno de esos puentes evoca el encuentro de Dante con Beatriz.  Cuando se produjo tal vez a nadie le llamó la atención; la vida continuó en apariencia igual, pero apenas se separaron, Alighieri escribió el soneto en que quería vaciar su júbilo y escribió una Divina Comedia, que cambió la historia de la literatura e hizo del toscano la lengua de Italia.
Un día la chilena va a Ravena.  Allí quedaron las cenizas del desterrado perpetuo.  Como ella, el poeta del exilio no era perdonador: negó a su Florencia natal el honor de guardar sus huesos.  Gabriela bautiza a Dante Alighieri «el magnífico rencoroso».  Tal vez burila la frase con tanta precisión y vivacidad porque le descubre un rasgo autobiográfico común.  Ella también condenará hasta el fin los agravios reales y las ofensas imaginarias sufridas en su patria.  Agrega respecto al deportado toscano una expresión que también le vendría como anillo a su dedo del corazón: «Es de aquellos que se señalan mejor por la ausencia».
El fluir florentino le saca chispas a su imaginación: la capilla de los Médicis, la Sala de Donatello, el Campanille del Giotto, el Convento del Beato Angélico, la Plaza de la Señoría, el Baptisterio, la Galería Pitti y de los Oficios y la Colina de San Mineato.  Se detiene largamente ante La noche, de Miguel Ángel, recordando un verso: «La mayor misericordia concedida por Dios a los hombres es el sueño>>.
La Divina Comedia le desordena el pulso.  Para calmarse debe leer unos versos de Petrarca o contemplarlas vírgenes de Juan de Fiésole, anunciaciones, calvarios, éxtasis, retablos, pintura de ángeles.  Siente la fascinación de los colores puros.  No le atrae el rostro del santo sino del ángel que redime del dolor.
La Plaza de la Señoría será para la viajera del sur antártico una silla de descanso.  Confiesa que, como antigua maestra de Historia, se aburrió de la guerra de los grandes, de las peleas entre los Strozzi, Médicis y Orsini.  A su entender se ha partido de una anomalía: cocebir la guerra como una actividad natural de los hombres.  Prefiere la bondad, sobre todo cuando ésta es recia.  Ella domina el rectángulo con el estatuario David y el Perseo, de Cellini.  Verdad que éste no resulta muy tranquilizador: sostiene en la mano una cabeza Cortada.
Es muy particular en el mundo esta galería a la intemperie.  El museo al aire libre señala la atmósfera única de la plaza. Pero el transeúnte que se ha parado durante siglos junto a la acera es ese David de Miguel Ángel, que a Gabriela le produce una sensación de amanecer.  Allí se queda largo rato y vuelve a contemplarlo una y Otra vez; se sienta en las mesitas del frente a sorber un helado, en esa plaza sin vegetación, de piedra desnuda, donde se ha aposentado como un ser que camina por la calle el Renacimiento.  En agosto de 1927 recomienda que cuando el viajero llegue a Florencia lea el terceto de Dante sobre el agua del Arno.
Al año siguiente retornará a la que llama la ciudad perfecta, entre otras cosas porque no es viciosamente grande.  Regresa como a un patio familiar, donde conviven, después de su muerte, en una segunda vida perenne, el Beato Angélico y Savonarola, San Antonio con Aretino, y pide a Dios que la deje volver todavía algunas veces más.  Enumera los deleites que quiere repetir.  Regresará para saborearla paciencia microscópica del orfebre que trabaja amatistas, esmeraldas y platería en el Puente Viejo.  Alaba la cerámica, la cultura del barro, de las gredas esmaltadas, ese coloren blanco y azul que ensayó Della Robbia.  Un argentino le dice que el Arno es gredoso y plebeyo como cualquier Mapocho.  Y ella, que le estaba celebrando ese color de terracota, insiste: le encuentro algo de joya.  Su agua no se ve transparente porque es mundana y suntuosa.
Santiago no es Florencia
Si Fiodor Dostoievski llama a Petersburgo «la ciudad más premeditada y abstraída del mundo», Gabriela Mistral considera a Santiago alevoso y maledicente, una ciénaga, no tanto por los barriales y avenidas de agua que la lluvia forma en muchas calles, sino por la sobreproducción de chismosos que llueven noche y día cuentos malignos sobre el prójimo.  Crecen como callampas venenosas en el bosque asfaltado de la capital.  Si el pueblo chico es infierno grande, la urbe criolla tendrá que multiplicar los infiernos.  En círculos literatos y sociales se da rienda suelta a las lenguas vitrólicas.
Cuando Gabriela por las noches siente dolores que no la dejan dormir, sospecha que en Santiago la están «pelando, sacándole el cuero a tirones».  Por eso quizás se siente tan extenuada Y adolorida.
Constantemente se está introspeccionando.  Es una forma de autovigilancia.  Que nadie la tome por una trepadora.  En un momento se promete no hacer nada dirigido a personas de otra clase.  No se cansará en decir soy y en usar la palabra tengo. En su primera madurez sostiene: «soy una maestra sin nada de arribista».  Luego, siempre recurriendo a la autorreferencia, se describe socialmente:
… tengo una actitud de perfecta indiferencia para las personas que aunque en un círculo de esplendor se agiten; no me interesan, porque no viven para las cosas que yo vivo.(167)
Tiene menos de cuarenta años cuando escribe cartas a Eugenio Labarca.  En verdad fue aquel un pequeño epistolario, que le sirvió para retratar su espíritu y su credo artístico
Yo no admiraré nunca una obra literaria en que no haya esa amistad honda y ardiente con las ideas.  La mejor camarada de la belleza puede ser la verdad y el verso que está rico de parábolas es santidad, temblor de alma en temblor de carne .(168)
Cuanto más conoce a los hombres, más se acerca a la naturaleza. «Para vivir dichosamente, yo necesito cielos y árboles, muchos cielos y muchos árboles.  Sólo los ricos tienen en ésa estas cosas».  La opulencia permite tener muchos árboles y vivir más cerca del ciclo.  El actual Santiago lo prueba con sobrada añadidura.
Ya se sabe que ella no quiere a Santiago.  A su juicio envenena la vida de la gente. En este caso la gente son los literatos.  Pide reserva a su corresponsal pero también le exige que la justifique. «Cómo se muerde y se hace toda clase de daño esa «casta divina».»
La «casta divina» le ha hecho mal.  El contacto comenzó aquella malhadada noche de los Juegos Florales, cuando fue ungida con el aceite de la asquerosa palabra poetisa.  Tuvo relaciones con
… luminosos cerebrales que tienen el corazón podrido y que no conocen la lealtad; me pusieron entre ellos y cada vez que estoy entre ellos, quisiera no haber sido otra cosa que Lucila Godoy.
El corazón le está sangrando y gotea sobre el papel de esa carta que dirige a Eugenio Labarca a causa de un luminoso cerebral: Manuel Magallanes.
Sabe que su vida será siempre angustia y camino accidentado.  Para ella está desbordando lodo y la salpicará, porque tal es el precio de su peregrinaje a campo traviesa. La impureza nos llega fatalmente.  Quien vive no podrá evitarla, salvo que renuncie a vivir’ aunque siga deambulando.  Es preferible a vegetar en la calma del indiferente; lo dice hablando de la supuesta paz del escritor chileno Pedro Prado:
La abstención de la vida por voluntad de pureza total no me convence.  Cada vez que me paro a mirar los albañiles en Petrópolis ciudad donde se construye mucho- los veo, cual más cual menos, embarcados y hasta caricaturescos.  Prefiero esas trazas a la de los intelectuales tan comme il faut.  La vida como la tierra es cosa que altera y descompone y afea, y yo quisiese ser un albañil hasta los últimos días.  El aroma de mi infancia me acompaña hasta ahora.(169)
Tres años hacía que salió de Chile.  Venía de México cuando se fue a Europa. Posiblemente no haya países más dispares que Italia y México, pero ambos son cunas de civilizaciones antiguas.  En ellos la historia es un rascacielos de muchos pisos.  La parte de los cimientos asoma a cada rato tanto en uno como en otro.  Encierra un elemento común que sobrecoge a la autodesterrada.  En México irá a muchos villorrios indígenas, en Italia recorrerá cien aldeas ilustres.  Pero Asís la conmueve sobremanera, porque aquel santo tiene algún parecido con ella, no por olor de santidad, sino por el amor al pequeño y su acercamiento no sólo a la bestia mansa sino también al lobo.  Por allí anda contrastándola con una ciudad belicosa, soberbia, colmada de palacios, con un aire fastuoso que el tiempo no ha descaecido.
Cuando Gabriela deambula por Siena tiene la sensación de internarse en la Edad Media, de la cual es expulsada con violencia al advertir que casi todos los palacios regios se han convertido en oficinas públicas ordinarias.
Como es porfiada, visitará castillos medievales.  Caza de altanería, cielos de halcones, son la imagen de la dureza.  A Siena la ablanda, a su juicio, el hecho de que en ella nació Santa Catalina y que en una iglesia suya va a encontrar el Juan Bautista de Donatello, que admiraba desde pequeña contemplándolo en una reproducción que habla perdido su brillo.  El aire de pronto transmite relentes mefíticos; provienen de las lagunas pútridas.  Ella no le pide a las ciudades perfumes franceses, sino que sean inodoras.  Así podrá percibiese su color, ir de sala en sala mirando los cuadros de la escuela de Siena, de una Siena que huele mal, pero que se baña.
Su pasión por Santa Catalina tiene algo que ver con su culto a los muertos trágicamente.  En este caso se trata de un caballero ejecutado en la plaza pública, convertido en el último minuto a la gracia por la persuasión de esa mujer, a condición que ella lo sostuviera en su hora final, acompañándolo hasta el lugar de la decapitación. Catalina recibió en sus manos la cabeza destroncada Y la sangre batió su pecho.  Luego escribió a su confesor la «Carta de la sangre».  La Mistral murmura: «No sé de palabras más intensas exhaladas por mujer».  Es una escena digna de su carácter, por eso la hace suya.  Léase Desolación y no se tardará en descubrir reacciones análogas.
Anónimos
La perseguían los fantasmas de los anónimos, que podían ser reales o imaginarios. Chile era para ella un país donde se cultivaba afanosamente el género.  Tal vez volvería por un rato a su tierra, sólo por un rato porque la última vez que estuvo «no menos de sesenta cartas «bajas y sucias» trataron de ensuciar mi pobre vida».
Estaba convencida que ella era el ejemplo vivo de la efectividad de un dicho: el pago de Chile.  En una carta que escribió en 1938 a Laura Rodig, este «complejo de persecución» o relato de una cacería que no le daba tregua vuelve a manifestarse.
Yo le di a este país mi vida en vano.  No me quedo por no volver a vivir defendiéndome de los odios sin cara, de los odios hipócritas con los cuales no es posible la lucha honrada […]. Este odio se llama mujer mejor que hombre.(170)
No obstante su larga ausencia, sabe que los pobres no experimentan mejoría
He visto, menos que usted, naturalmente, la miseria de nuestro pueblo, pero la he visto bastante.  Y lo he dicho en público y en privado cada día y vanas veces al día.(171)
Pero antes de llegar a Siena, en junio de 1924, desembarcó en Nápoles.  Como encuentra que navega por un mar femenino, propone llamarlo «la mar Mediterránea». Agua voluptuosa, gran parte de la literatura greco-romana la tiene por escenario.  No es temible como los grandes océanos, quizás por eso Homero la llama «pradera de violetas».  Las tonalidades cambian: tienden al morado en la primera hora de la mañana y vuelven a la misma coloración en el atardecer.  Las violetas muestran una gota de leche durante los días nublados, pero su pigmento habitual es un azul alucinante, que parece inmóvil, para volverse todavía más hermoso.  Así por este mar, que es como una mujer vestida con un traje violeta, que nada tiene que ver con el océano violento que baña su tierra, ella había hecho un tiempo atrás su entrada a Europa.  Toca Sicilia.  Se encuentra más a gusto en este mar que siente leve, hecho de superficie, como si olvidara la dimensión de sus profundidades.  Y es tanta su alegría que se instala sobre cubierta y escribe una «Canción de marineros».
Lo surca muchas veces durante años. En diciembre de 1930, desde Gibraltar, escribe una «Despedida del Mediterráneo». (No será tampoco un adiós definitivo).  Había zarpado de Génova a Nápoles y de allí hasta Cerdeña.  En este viaje de regreso a América le nota urja cara huraña.  El aire taciturno se lo da la niebla, que no le permite divisar la Isla de Capri ni el Vesubio ni Córcega. O sea, ese mar que describió tan brillante y soleado ahora la despide de mala manera.
Gibraltar es el cuello estrecho de la botella mediterránea.  Atravesado su corcho, llega al océano.  Se acaba el juguete, se abandona el lago antiguo.  Dice hasta luego al mar latino. Ahora comienza el reino del agua salvaje, que
… desde esta misma noche nos golpeará la nuca con su ritmo brusco, en la pobre cama de dormir mal y de soñar sueños asustados.
VII LAS ESPAÑAS: AFINIDADES Y CONFLICTOS
EL TRATADISTA ESPAÑOL Menéndez y Pelayo estaba persuadido de que Chile no producía poetas por razones históricas. «Una tribu de bárbaros heroicos gastó allí los aceros y la paciencia de los conquistadores y manteniendo el país en estado de perpetua guerra, determinó la peculiar fisonomía austera y viril de aquella colonia».  Tal base, en su opinión, determinó el carácter de su cultura y la pobreza de su poesía.  El chileno no está para versos. «El carácter del pueblo chileno -agregó Menéndez y Pelayo- como el de sus progenitores vascongados en gran parte, es positivo, práctico, sesudo, poco inclinado a idealidades […]. El predominio del positivismo dogmático, triunfante al parecer en la enseñanza oficial durante estos últimos años, contribuye a aumentar la sequedad habitual de la literatura chilena, sólida por lo común, pero rara vez amena».
Gabriela Mistral, que se decía descendiente directo de indios bárbaros, con apellidos originales vascos, es un primer buen desmentido a la tesis de Menéndez y Pelayo, para no hablar de un segundo apellido, Reyes Basoalto, alias Pablo Neruda.  Hay terceras, cuartas y enésimas excepciones a su teoría.
Ella sintió a España como contradicción seductora y anonadante.  Tuvo conciencia de que existen varias Españas.  La mediterránea tiene poco que ver con el paisaje de Castilla que a veces percibe de color ceniza. «Como Kempis, deprime en un versículo».  Tremenda tierra, propicia a la abstracción y a la metafísica.  Acude necesariamente al Escorial, «una estrofa en la meseta».  Se sintió absorbida por el frío de los corredores, causándole la impresión de que ya conocía todas las fortalezas y que cargaba una túnica de bronce sobre sus espaldas, extrañas a la grandeza del poder.  La piedra, el pudridero, donde se corrompen y se deshacen las carnes más solemnes de reyes y príncipes, le habla del dominio final de la muerte y la sombra.  Felipe es un rey envuelto por la tristeza.  Ante el dueño principal del mundo, ella, pequeña sudamericana, oriunda de países ultramarinos, que fueron parte de su patrimonio personal, no sintió el orgullo del poderoso sino su temor a la muerte, el imperio de la severa religión de la austeridad, que la inclinaban a contemplar largamente la mesita, el pequeño escritorio minúsculo en que el hombre solitario firmaba el despacho y decidía el destino de su patria lejana, estremecida por la guerra secular contra los indios.  Luego se detiene ante el lecho, donde el amo del orbe fue devorado por el cáncer.  El hombre que había en el rey sintió que se descomponía su carne.  Así moría el «demonio del mediodía», ese pecador antilujurioso, esclavo de un Dios hosco y sangriento, que quemaba herejes para salvar su alma.  Hizo del cristianismo el culto de la verdad que se abre paso por el camino de la violencia y practicó el poder al modo de un ejercicio tan duro como melancólico, porque creía en la bondad del cielo y en la maldad humana.  Gabriela se detiene ante el hombre que se volvía cada día más putrefacto, que tiene por trono ambulante una incómoda silla de montar, a horcajadas de la cual viaja desde Madrid a la fortaleza, sintiéndose morir en el camino por los estragos de una enfermedad de origen aún más desconocido entonces que hoy.  La chilena siente que Felipe II es uno de los rostros de España, el más sombrío, el poseído por un sentido sobrenatural de su misión en la tierra, al estilo de los fanáticos fundamentalistas que conciben la alegría de vivir como un crimen.  La mole de piedra la abruma.  El personaje le da miedo y su rostro huraño le inspira piedad.
Otra monja escritora (bien distinta de la mexicana) le dice que Castilla es como un vino fuerte.  Esa religiosa que entabla con ella el diálogo imaginario es Santa Teresa.  A aquel rey lo poseía una pasión creadora que pasaba por la destrucción.  Ella conversa con la monja de Avila, que tiene el semblante «rojo como un cántaro castellano».  Compara las tierras de ambas.  Para Gabriela, Castilla no tiene regazos; en cambio sus cerros elquinos hacen «cobijaduras por todas partes».  La Santa no ama las tierras grasas, los hombres y las mujeres blandos, habituados a la complacencia, que se traduce en «vicio de palabras grandes».  A su entender, la naturalidad es hija de Castilla.  Gabriela contraataca, pero ¿el Escorial no es un monumento a la soberbia?  La monja responde, atribuyéndole responsabilidad al carácter de los tiempos.  España cumplió con América; fundó a lo gigante; que los americanos hagan lo suyo.  Tal es la orden de trabajo teresiana.
Se trata de una conversación sostenida en 1925.  Viajará a través de Castilla por consejo de la monja castellana.  Irá a su ciudad.  La Sierra de Guadarrama le recuerda a su Magallanes, no a Manuel sino a esa ciudad del Estrecho donde reina largo la escarcha. Cuando llega, Avila también está blanca de frío.  El paisaje semeja un «cuello de buitre».  La Santa lo sentirá como campo de labor.  Prefiere una página de Las moradas a la iglesia dedicada a ella.  Se siente hermana de aquella «majadera del Señor».  La fantasía de la conversación la induce a preguntarle por qué se puso a escribir versos, por qué se dedicó a las rimas. «Se me cayeron de entre los dedos -dice-, que eso también viene del amor y no del pensamiento con jadeo».  Penetra en la zona explicativa del arte poético. «Oye: en cuanto vuelves y revuelves lo que vas a decir, se te pudre, como una fruta magullada; se te endurecen las palabras, hija, y es que atajas a la Gracia, que iba caminando a tu encuentro».
Andalucía es distinta, no castellana; medio española y medio árabe.  Encuentra que en Sevilla y Córdoba (dice que a Granada no ha ido)
… lo español retrocede; estorban un poco sus injertos intrusos; a trechos se le olvida. Tan impetuosa es todavía la presencia semita.  Se miran con un impertinente cariño los rostros árabes rezagados que encontramos.
Ella se declara más cerca de Andalucía y de su mezcla que de Castilla.  Sentía que lo andaluz iba más derecho a sus raíces y a su noción de cultura.  Así es también con el habla popular chilena.  La cultura es para ella «la manera de vivir», pero con paralelas que se encuentran en el camino: redescubrimiento del mueble de la casa, del mueble que viene del Oriente y que le recuerda al indio mexicano; de la lencería, del manto árabe, del labrado de los materiales finos, de la talabartería cordobesa.  Esto la hace decir que el gaucho y el huaso han acariciado en su montura, sin saberlo, una «cosa árabe»; la lleva a acentuar esa idea casi doméstica de la cultura.
Raza más acendradamente culta que las del árabe-español y del judío-español, que aquí se enderezaron, no las ha repetido el Oriente en ninguna de sus acampaduras geográficas.  Ni en África, donde se quedó, ha conseguido duplicarla.  Con razón se ha dicho que, lo mismo árabes que judíos, en España lograron sus generaciones mayorazgos y que su aristocracia aquí se obtuvo como una gota de esencia, de cuya destilación se hubiese perdido el secreto.(172)
La aproxima su pasión por el agua, su cultivo del lenguaje de la fuente, metido dentro de sus salas; los patios con espíritu de jardines, donde siempre está sonando suavemente el líquido como una música que sale de los aljibes.
También siente cercano el parentesco por el oficio hortelano, que le recuerda su tierra, la selección de las especies botánicas, el sentido de la fruta dulce, ese amor por la pulgada de tierra que la traslada a Elqui.  La interpreta como una lucha contra la sed de tata gente suya que recorre el desierto.
La música de la fuente.  El joven García Lorca, en esos años tiene la revelación de lo árabe-español.  Forma el cuerpo y el alma de su poesía.
Un solo pez en el agua
dos Córdobas de hermosura
Córdoba quebrada en chorros
Celeste Córdoba enjuta..
Gabriela Mistral alcanza a nombrarlo.  Siendo escritora contumaz hablará, por cierto, de sus colegas españoles y portugueses.  Y sobre todo de los que pertenecen a su gremio por partida doble: los poetas inevitables y necesarios.  Para ella, el misterio de la península lo ahondan Maragall, Carner, Unamuno, el que denomina segundo Valle Inclán, Guerra Junqueiro, Eugenio de Castro, García Lorca, Alberti, Gerardo Diego y los demás.  Es una lista justa y arbitraria a la vez.  Tiende a compararlos con los de su ultramar americano. Los llama alumbrados de la lengua.  Invoca algunos nombres: «José Martí, Alfonso Reyes, Eduardo Barrios, Vicente Huidobro, Teres ade la Parra y otras gentes queridas … » o no tan queridas.
Advirtamos que nombra en buena compañía internacional a Vicente Huidobro, quien no la respeta.  Un día, Mathilde Pomes, traductora de la Mistral al francés, conversando con el autor de Ecuatorial, llama grande a la chilena.  Su compatriota«creacionalista» discrepa: «Grande por la talla -ironiza-.  No es más que una maestra de aldea».
Huidobro escribe a Rosamel del Valle: «Esa pobre Mistral, lechosa y dulzona, tiene en los senos un poco de leche con malicia».
La preceptora de villorrio perdido no se inmuta.  Anota que:
Pedro Salinas tiene leídos su Max Jacob y su Apollinaire y su Huidobro; le gustan; seguramente les reconoce, como yo les reconozco, que nos han sacado las manos del caramelo por fundido intolerable, de la falsa sentimentalidad, y nos han curado del alarido.(173)
Rememora a los que se quedaron allá, en el áspero terruño y constata lo que estima un período estéril:
Vuelvo a sentir hacia Chile lo rijoso y lo voluntariamente amojamado.  Parece que se escriben menos versos que en los buenos tiempos de Cruchaga (¡tan aristocráticamente desconocido!), de Hübner, de De la Vega, de Guzmán y los otros de su Cábala.  Parece, digo, que volvemos a la tradición fea del pueblo que no quiere aventuras con la poesía y se ha casado, para toda la vida y no por un matrimonio a plazo, a lo yanqui, mientras le convenía, con la historia y el folklore.»
Sin quererlo, parece que le diera un poquito de razón a Menéndez y Pelayo
Mantuvo larga admiración por don Miguel de Unamuno.  La conmueve el desterrado
Me han contado que su casa de París (de su apartamento sobrio y casi pobre) se iba por el Metro a un café en que tenía españoles e hispanófilos franceses.  Para conversar, y que de ahí volvía a su casa por el mismo camino sin ver París, sin pedir noticias de music-halls, con una indiferencia fabulosa de la «Ciudad de las Complacencias».  Y un día no pudo más con los bulevares y la Plaza del Carrusel, y se fue a su Hendaya casi española.  Hendaya le ha dado, entre otros, un poema que no he podido leer sin llorar, desgarrón de ese corazón sesentañero, tan robusto como el algarrobo chileno… (175)
La bomba
Gabriela era muy susceptible.  Según su traductora Mathilde Pomes sufría a ratos delirios de persecución.  Durante una comida de escritores en Madrid, le pareció que alguien pronunció un discurso «muy especialmente endilgado a mí».  Escucha decir -según explicó más tarde- que ella siente gratitud porque los conquistadores españoles entraron en contacto con las indias, cosa que efectivamente no sólo había dicho sino también escrito. Algún exagerado -que los hay no sólo en Andalucía- o algún chusco que sobran en España- o un mal pensado -que tampoco faltan- hizo en voz alta una aclaración muy específica: «Lo que sucede es que esta señora no sabe que si los españoles tomaron indias, fue porque allí no había monas».  Gabriela se pone fuera de sí.  Pretende replicar. ¡Imposible!  Todo es risotada, burlas, chistes, comentarios jocosos y picantes.
No puede decirlo que piensa y lo que siente.  Enardecida, se dirige al que le parece el más noble de los presentes, moral e intelectualmente hablando, la «conciencia de España», don Miguel de Unamuno.  Este no le da la razón.  Ella quiere argumentar pero la atmósfera ha perdido toda seriedad.  Dice algo en favor de los indios y de los mestizos de América; nadie la escucha; alguien (ella lo atribuye a Unamuno, lo cual resulta casi inverosímil) responde: «¡Que mueran!»
Después confesó que en ese momento preciso sintió que se le cortaba el cordón umbilical que la unía a España.  Amargadísima, escribió cartas a Chile contando lo sucedido.  Su decepción se agravaba por la persecución y las groserías que le llovían en ese último tramo de la dictadura.  En su correspondencia a Armando Donoso le confidencia su desengaño.  Esa carta no estaba destinada a la publicidad, pero se filtró.  Una mujer alta, maciza, cegatona, de torpe andar y voz de niñita, que entonces era considerada una escritora significativa y dirigía la revista Familia, Marta Brunet, tiene tal vez involuntariamente algo que ver con el asunto.  Conversaba entonces amable conmigo por los corredores de la empresa Zig-Zag, en los tiempos que allí se editaba nuestra Antología de la poesía chilena nueva (en colaboración con Eduardo Anguita), que injustamente, por prurito de extremismo literario o vanguardismo poético, excluía a Gabriela Mistral. Supongo que no figuraba en los planes de Marta Brunet desatar una tormenta eléctrica; el caso es que ella encargó a Miguel Munizaga –un crítico de cine, oriundo de la misma región de Gabriela- que escribiese un artículo sobre su coterránea.  Solicitó aquél antecedentes nuevos a Armando Donoso; este lo entregó un cartapacio donde iba la carta dinamita.
Era dable suponer que ese artículo no llegaría a España. (Aunque, al parecer, había en Santiago gente que despachaba rápido toda información explosiva.  Gabriela se refiere a una española santiaguina que «me hizo dejar los Madrides»)
En España vivía el almirante del barco fantasma, el Hermano Errante, a quien Gabriela no había escatimado la palabra acogedora, llamándolo por escrito «nuestro compañero ilustre».
A mi paso por Madrid, él me dio una tarde inolvidable en la Residencia de Estudiantes con la lectura de su Milosz familiar.  Pocas veces el poeta de Kabala ha encontrado garganta digna de él en un Augusto d’Halmar, que nos trajo de la India una voz extraordinaria, ensayado en un yo no sé qué de grutas de cuarenta ecos.  Me preparaba a la lectura con un exordio de comentaristas del Zohar: «Esta vez será verdad, Gabriela; usted va a oír a un poeta que maneja materiales inéditos del misterio Y cuya palabra de cuarenta años podría ser de setecientos.  La promesa esta vez le será cumplida, cumplida con superación».
Y empezó la jornada, que duró tres horas generosas, que yo le agradeceré siempre, porque quiso, como el huésped antiguo, llevar a su mesa, para mí, su faisán más dorado… (176)
En el trance, el Hermano Errante le sirvió un plato indigesto. D’Halmar abrió los ojos de par en par.  No sabemos si sonrió o dijo ¡Eureka! ante el descubrimiento sensacional.  Pero sí se sabe que pegó el grito escandalizado y lo extendió por España.  El notición saltó ala publicidad.  Todo el nacionalismo hispano estalló como pinchado en el sacro.  La indignación compuso una furibunda partitura de orquesta. La dignidad española estaba en juego.
Ella quiso de nuevo recordar que no aprobaba la Leyenda Negra
Durante dos años yo he escrito una sesentena de artículos sobre asuntos europeos, destinados a cuatro diarios de capitales americanas.  Entre ese conjunto, una veintena fue dedicada a actualidades españolas..(177).
Dicho antecedente no le valió de nada
Se pedía la cabeza de la sacrílega.  Tuvo que partir de Madrid y refugiarse en Lisboa. Nunca ella olvidaría el asunto; nunca perdonaría a ninguno de los que tuvo participación pequeña o grande, directa o de soslayo, en aquella que juzgaba «conspiración alevosa». Seguiría denunciándolos.
Una cosa… muy criolla
Pasados los años, desde California, quiere interiorizar a dos españoles que quiere, Juan Ramón Jiménez y su mujer, doña Zenobia Camprubí, sobre ciertos entretelones de su abrupta salida de Madrid y de paso refutar su mala fama de anti.  Todo lo mira, naturalmente, con su óptica particular, que en algunos casos no carece de fundamento y suspicacia.  Les manda una carta con revelaciones que algunos juzgarían indiscretas, hasta peligrosas:
Querida Zenobia, muy querida y muy pensada: Estoy traduciendo la carta de nuestro regalón, alias Juan Ramón […]. Mi leyenda de antiespañola tiene poco de verdad.  Tal vez venga de que siempre declaro el que mi padre era muy «aindiado»; tenía unos bigotes caídos como el Gengis-Kan.  Dicen que mi abuelo era un indio puro, de Atacama.  No lo conocí.  Su mujer, mi abuela Villanueva sí era una hebrea nata.  Mi abuela materna era una Rojas.  Este apellido lo da un libro español por hebreo también.  No me gusta negar a mi gente.  Cuando mis madrileños me echaron por descastada no tuvieron mucha razón.  Lo que hubo de verdad en aquello de mi expulsión -como cónsul de Madrid- fue una cosa muy… criolla.  Dos candidatos, un colega de letras y una ídem que deseaba mucho ser cónsul y consulesa, respectivamente, allí en Madrid.  La segunda fue quien hizo publicar en Santiago una carta mía.  Esta pedía que «me sacaran de esta España del momento que era ya el comienzo de la guerra civil». Escribí esa carta un día en queme subieron a la oficina a un hombre apuñaleado en la escalera misma de mi apartamento; lo llevamos a mi cama sangrando.  Pedí mi traslado ese mismo día.  Pero los franquistas ya habían solicitado lo mismo, Puesto que en el día de esa publicación llegó un gran señor muy cortés con «el papelito» en la mano.  Triunfó el colega.  Ella fue nombrada para Buenos Aires.  Como siempre ocurre, a causa de que Alguien Mira y Ve, ella fue nombrada para la Argentina y expulsada del servicio Poco después, a pedido de la Argentina parece.  Esta es la historia. Mis españoles no la saben hasta hoy entera… (178)
¡Poco chilena!
No tenía piel de elefante.  Era dolorosamente sensible a la crítica.  Le afecta mucho el libro de Raúl Silva Castro, quien decidió salir a la arena con todas sus armas para terminar con el mito Mistral.  El tumbador de monumentos maneja un bulldozer virtuoso.  Arremete la grosería implícita en versos de la impostora que habla de las tribulaciones de la carne, emplea palabras tan chocantes como herida, llagas, sangre.  Nada con las funciones corporales.  Para el exegeta puritano y antianatómico dichos términos no son sino muestras de delectación morbosa y de pésimo gusto.  Lo peor reside en que se le ha fabricado una aureola intocable.  Ella es dogma sagrado en escuelas y liceos.  Se le ha otorgado licencia absoluta para cantar, incluso con impudicia.  Mereciendo la cárcel o el destierro, en cambio se la premia con elogios desmesurados y delirantes panegíricos, «… se ha llegado a disculpar cada uno de sus extravíos y a encomiar todas sus audacias como summum del arte poético y hasta el evangelio de la poesía».  Lo saca de quicio que haya gente que la encuentre genial.  Le hace dudar de su limpieza de sangre y le indigna que en el poema «Mis libros» dé «paso a la sospecha de una ascendencia hebrea.  De allí acaso su inclinación vehementísima hacia la Biblia, de la cual no escoge el Nuevo Testamento -fuente de principios morales incorporados al alma del hombre mediterráneo-, sino al Antiguo, que refleja la turbulenta sensualidad y el materialismo del pueblo judío en todo lo que tiene de inadaptable al espíritu occidental».
La acusa de no temer, de no detenerse ante el límite, de ser brusca, directa, desvergonzada, de llamar sangre a la sangre y a las entrañas, entrañas.  No tiene recato en exhibirse al desnudo en sus sentimientos y pasiones.  El crítico le descubre otro defecto: «Falta de castidad».  De allí deduce el crimen antipatriótico, la sin chilenidad de la temeraria. «Con el ardor en que se consume, la elección no siempre afortunada de palabras, una exaltación inmoderada del tono que corre entre un ditirambo excesivo y un realismo rastrero, los rasgos en los cuales se ve más profundamente cuán poco chilena es la poesía de Gabriela Mistral.»
¡Poco chilena!  Además, burda y pedante
No le perdona «sus increíbles vulgaridades y sus errores presuntuosos».
En el fondo, toda su obra es una impostura, afeada por una falta de decoro, que quizás no se explique por las sinuosidades de un espíritu oscuro sino también por la carencia de tranquilidad y sentido de, las proporciones. «En otras composiciones pasa con facilidad peligrosa de lo rudo a lo grotesco, de lo turbulento a lo grosero y rompe el ritmo y descoyunta la imagen, porque no se conforma con trabajar en paz y calma su estrofa y su verso».
Silva Castro condena a los que admiran estos versos demoníacos.  El galardón de 1914 lo juzga un crimen de lesa poesía. «Sólo en momento de prisa, o dominado el criterio del jurado por un mal gusto deplorable, pueden haber sido premiados tales sonetos. Carecen de iodo aliño, de todo arte literario, y son tan oscuros y retorcidos como si fuesen la caricatura de una poesía.»
De fiscal acusador ante el tribunal literario, Silva Castro, acto seguido, pasa a formar parte de la Santa Inquisición o de la Sagrada Congregación de la Fe.  No dejará que prospere el engaño de la impía. «Gabriela Mistral ha pasado como poeta cristiana a los ojos de mucha gente.  Es curioso que nadie haya reparado en estos graves olvidos de la doctrina de su religión en cuestiones elementales.»
Uno de sus pecados capitales es el realismo indecente, su no esconder nada, su franqueza descarada que linda con un inconsciente cinismo. «En su realismo, como se ve, no encuentra límite ni estorbo; todo le parece bien con tal que le permita decir lo que las demás mujeres ocultan por pudor, y sobre todo lo que ocultan los hombres, cuando hacen poesía, por pudor reflejo, porque al fin y al cabo no hay poeta que llegado el caso no recuerde que es hijo de mujer.  Afortunadamente –salvo manifestaciones aisladas-la poesía americana no ha seguido esa poesía realista que señalara Gabriela Mistral en poemas que llegan a parecer impúdicos.»
Silva Castro tal vez sólo sea citado en el futuro por lo que escribió contra Gabriela Mistral.  No consiguió derribar el ídolo.
Portugal le fue grato, hospitalario.  En un congreso internacional de escritores -donde había grandes de las letras- el honor fue para ella.
En Santiago -menos mal- el Congreso Nacional aprobó un mensaje, designando a Gabriela cónsul vitalicio con derecho a elegir residencia.  Era el primer chileno que obtenía tal designación.  Dicho reconocimiento no la reconcilió con el país, pero le aseguró cierta base material que le permitiría vivir lejos sin sobresaltos económicos.  En 1938 asumió el Consulado en Niza.  Pronto siente que le hace falta el calor.  Volvería hacia el trópico.
¿Cuál sería ese primer lugar que elegiría en el mapamundi?  La pregunta cabe porque se sabía de antemano que la patiloca no duraba mucho en ninguna parte, pues ni siquiera las ciudades más bellas no nos deben hacer olvidar que el paraíso no existe en este perro mundo.  Ella señaló con un dedo en el globo: marcó Niteroi; cónsul general en Brasil. Luego iría a Potrópolis, donde estuvo instalada en el siglo pasado la Corte del Emperador de la Casa de Braganza.
Un ahogado y amigo llamado Frei
Eduardo Freí Montalva sostiene con Gabriela una correspondencia forjada por mutuas simpatías y la atención de encargos de índole práctica encomendados por la ausente.  El político fue amigo y abogado suyo.  No es extraño entonces que el epistolario esté cruzado por escuetas descripciones de tramitaciones oficinescas y sea un pequeño monumento al «vuelva mañana» chilensis.  Pero por ese epistolario circulan también ideas, informaciones nacionales, preocupaciones por un mundo hundido en la Segunda Guerra mezcladas con liquidaciones de cuentas, anuncios sobre despachos de sueldos, giros telegráficos a Niza, posibilidades de compraventa de casas, amén de la árida prosa referente a hipotecas y gravámenes, testamentos; envío de dólares y problemas con los cambios diferenciales.  Todo lejos de la poesía.
Freí consigna datos de su conversación con Emelina.  Ella quiere comprar la casa que su media hermana Gabriela posee en La Serena, pero en la Caja dispone sólo de 65 mil pesos.  Es curioso: a estas gestiones está vinculado el Presidente de la República de aquel entonces (1940), su amigo y protector Pedro Aguirre Cerda. Pero en su despacho jurídico un ayudante desubicado y de poca nariz se niega a atender al abogado alto y narigón, que patrocina los asuntos de la Mistral, sin olfatear que éste en 1964 será elegido, como su patrón, Presidente de la República.
No todo es en ese intercambio de cartas moneda de vellón y abominación de la burocracia.  Freí le pido a Gabriela que le consiga con Jacques Maritain un retrato dedicado.  Además, le solicita un prólogo para «un librito que tengo ya terminado» (La política y el espíritu).
Pues no sólo de pan vive la mujer y… el hombre.  Ella siempre está autorretratándose: «yo voy con paso de indio en los asuntos».  Y quejándose, criticando. «Ay, el mal mayor, mí amigo, es la pobre  madera infeliz que da nuestra clase media».
No le agrada el nombre inicial del partido de su corresponsal.  Le habla de «la doble equivocación bautismal: la de llamarse conservadores Y el denominarse falangistas».  Ella, por su parte, seguirá ensayando autodefiniciones políticas, influidas por su indigenismo:
… suelo darme cuenta de   que soy una socialista; pero no de Blum, ni del sanguinoso Stalin, sino […] del Imperio de los Incas, o de su plagio, las Misiones del Paraguay […] o de cualquier buen convento italiano [otro de sus amores].(179)
Y en la cara opuesta de la moneda divisionaria, el ojo profético vuelve sus fobias crónicas:
….. Pero milicos para hacer una trastada los hay y los habrá […]. La gente fascista que quiere gobernarnos se estrena con los escritores […]. Es una …. pena que algunos de ellos se dejen envolver […]. El que ha naufragado en la seudohispanidad de Franco es Scarpa a quien estimo mucho literariamente, pero a quien no he tratado. (180)
El carteo es parte de la biografía. Las epístolas son como las lámparas que los mineros llevan en la frente para descender por piques y galerías a los socavones de la vida oculta.
VIII LLEGADA Y PARTIDA DE YIN-YIN
PETROPOLIS ES PARA ella un «derramamiento de colinas, danza desordenada que por tal, parece de mujeres, y de mujeres felices […], con sus percales coloreados».  La llama «fiesta perpetua».  No tiene estaciones perfiladas.  Allí siempre es primavera.
Sin embargo, una mañana…. precisamente la del «horrible día 23» de febrero de 1942, sintió que hasta allí llegaba el estruendo y la carnicería de la Segunda Guerra Mundial.
Poco antes, unos diez días, estuvo almorzando en la casa de su amigo Stefan Zweig, avecindado en Petrópolis.  Había sido -como de costumbre- un encuentro cordial, muy a su gusto.  Ella le anunció la venida de Waldo Frank, que se alojaría en su casa. Zweig le propuso compartirlo unos días. Él preparó un almuerzo austriaco y lo sirvió entre risas, comentarios culinarios e intercambio de noticias.
Después, en la terraza, donde le agradaba trabajar, él le leyó una carta de Roger Martin Du Gard.  La guerra era el tema de la correspondencia de aquel entonces.
Después se buscaron para asistir a una recepción en la Gobernación.  Hitler parecía triunfante y en ello residía la mayor angustia de Zweig.  Escribía su autobiografía, los años de Viena y la Europa de preguerra.  Era nostálgico.  Gabriela pensaba descubrir en ella muchas cosas que no sabía de su buen amigo.
Siempre lo acompañaba su mujer.  Tenían casi treinta años de diferencia.  Ella treintaitrés; él sesentaiuno.  A Zweig le gustaba decir: «En años soy más que su padre». Pero ella lo cuidaba como a un niño.  No necesitaba protegerlo del clima, pero sí del mucho escribir y del exceso de caminar, que, según Gabriela, era su «único vicio».  También tenía que fortalecer su ánimo y los nervios ante los cables fatídicos.
¿Confiaba en la caída de Hitler, a pesar de tantos anuncios de su victoria?  Esperaba con ansias el fin de la guerra. «Basta de horror», repetía.
Le dolía mucho su separación del idioma alemán.  No oírlo a su alrededor, no comprender todo lo que se decía en la conversación, el’ los libros y periódicos, en calles y noticiarios, le causaba una sensación de inferioridad y de aislamiento deprimentes.  En el caso de un escritor, esa privación es más aguda y torturante.
Al mediodía del 23, Gabriela pasó en autobús frente a la casa de la pareja Zweig, ubicada a media colina; divisó sus columnatas,
Supuso que él estaría escribiendo su autobiografía.  Se acostaba y levantaba tarde.  A las nueve de la noche, ya en cama, la sobresaltó el teléfono.  Se oía mal; pero -¡qué horrible!- por fin logró entender que los Zweig habían fallecido.  Pensó en un accidente de automóvil; partió como un bólido hacia su casa, trastornada, «con una sensación de sonámbulos que hacen cosas absurdas; saberlos muertos no era posible para nosotros, y muertos por suicidio, menos».
Supo que cuando ella por la mañana, cerca de las doce, pasó frente a la casa, ya habían expirado, pero nadie lo sabía.  La empleada no se extrañó mucho por el retardo de la pareja en levantarse.  A mediodía puso el oído en la puerta y tuvo la impresión que escuchaba la respiración del «señor Zweig».  A las cuatro de la tarde se atrevió a abrir la puerta; dio cuenta a la policía; en ese momento llegó de visita un arquitecto francés y preguntó por los dueños de la casa; ella le dijo, señalando el dormitorio: «Sí, allí están; pero están muertos».
Gabriela se reprochó no haberlos visto más, tanto como para avizorar su secreto. Sentía que «ese hombre llano como una criatura, tierno en la amistad como no sé decirlo y realmente adorable», le trasmitía a ella una sensación de cariño y ternura. «No pudimos hacer nada por él, aparte de quererle… »
De nuevo la había tocado de cerca el suicidio, esta vez en la ciudad de la «fiesta perpetua»
Su leal amiga y secretaria, la diplomática mexicana Palma Guillén, está recordando:
Para que se vea hasta qué punto Gabriela era apasionada y firme en sus principios, he aquí un hecho: lo que la decidió a dejar Lisboa y venir a América, fue que Juanito, un chamaco todavía, se mezclaba con sus amigos de la escuela, en las «Mocidades», la organización fascista de juventudes, y Gabriela quiso sacarlo de ese ambiente…(181)
¿Quién era Juanito? ¿Un inesperado sobrino suyo, que un día un hermano de padre le entregó, casi recién nacido?
Ella pasaba entonces por amarillos aprietos. Se sabe que el gobierno del general Ibáñez -contra cuya dictadura escribió unas cuantas claridades- le quitó la jubilación.  Tenía una ocupación Incompleta en el Instituto de Cooperación Intelectual, en París.  En esa ciudad, o en Marsella, adonde ella solía viajar por razones de clima, recibió la visita inopinada de un joven desconocido.  Al verlo percibió un aire vagamente familiar.  Tenía su apellido y el mismo nombre del descubridor de Chañarcillo, Juan Godoy.  Pero éste no había hallado ninguna mina y no tenía un cinco.  Se presentó como su hermano o hermanastro.  El padre común, en sus andanzas, embarazó a una joven argentina.  La historia no extrañó a Gabriela.  Su simpático e irresponsable progenitor, armado de la guitarra, solfa hacerlo cuando se le presentaba la ocasión.  Además, la crónica registraba el hecho corno realmente acaecido.  No dudó de la veracidad del parentesco; el hermano se convirtió en persona de su confianza.
Gabriela se desplazaba también con frecuencia a Barcelona, donde se movía entre escritores y maestros, los dos gremios de su vida.  Era virtualmente un ídolo para profesoras secundarias, que admiraban su poesía.  Su hermano Juan participaba en las reuniones como cazador de altanería.  Fijó la puntería en una bella catalana, María Mercedes. (Los nombres varían según las fuentes: Palma Guillén dice que su nombre era Martha Muñoz; otros -como Juan Mujica de la Fuente- sostienen sin absoluta certeza que se llamaba María Mercedes Font.  Isolina Barrazade Estay, pariente de Emelina, la hermanastra de Gabriela, afirma que su nombre era Marta Mendoza).
Gabriela se dio cuenta de la relación amorosa.  Creyó su deber poner en guardia a la incauta: le dijo sin rodeos que su hermano era una bala loca. (¡Tenía a quién salir!) Carecía de profesión conocida, salvo su enrolamiento en la Legión Extranjera apostada en África al servicio de Francia.  Le recomendó que no se embarcara en un matrimonio sin futuro.  El sólo tenía presencia; dinero ninguno.  Pobre de solemnidad.  Y ella también andaba a palos con el águila, rasguñando cómo subsistir, lo que hacía gracias a sus artículos periodísticos, conferencias y esporádicos cursos o charlas en las universidades.
Le habló a una pared, pero a una pared enamorada.  El matrimonio se hizo… Tal vez ella decidió casarse porque quería vivir el amor y dejar un hijo.  El hijo llegó.  El acta de bautismo en 1925, en Barcelona, registra el nombre de Juan Miguel Godoy.
La madre -que se apresuró a vivir porque se sabía sentenciada a una muerte temprana- falleció tuberculosa poco tiempo después.  El medio hermano de Gabriela, a principios de 1926, le llevó el niño.  Le dijo que no podía tenerlo, se lo dejaba a ella. «¡Bien -dijo ella-, pero a condición que no vuelvas nunca a reclamarlo!» Palma Guillén evoca el episodio:
Yo no estaba con Gabriela en esos momentos.  Ella, por el frío, estaba en Marsella y yo había ido a París por un asunto de trabajo al Instituto de Cooperación Intelectual de París, que tenía sus sesiones en el Palais Royal y en donde ella trabajaba, y yo con ella. Ella era jefe de la Sección de Letras.  Me llamó por telegrama y cuando llegué me la encontré muy atareada porque no tenía práctica alguna de cuidados de niños y no sabía qué hacer con un crío de meses, porque Yin-Yin tenía menos de un año -nueve o diez meses tal vez- cuando se lo llevaron.  La vida de Gabriela, aunque muy dura desde el punto de vista económico-porque durante la primera infancia de Yin-Yin ella vivió de su pura pluma, escribiendo artículos-, su vida, digo, fue plena y feliz porque tenía aquel niño que adoraba y porque trabajaba para él.  Prácticamente vivía para él.(182)
Gabriela lo llama Yin o Yin-Yin.  Y lo mimó con todo el exceso de su carácter y la pasión de una madre frustrada que por fin tenía un hijo de su sangre, aunque no lo hubiera parido.
El escritor mexicano Andrés Iduarte aporta datos complementarios en su artículo «En torno a Gabriela Mistral», aparecido en Cuadernos americanos.  Refiriéndose a su permanencia en casa de la Mistral en Bedarrides, Vaucluse, reproduce en pocas palabras la importancia que atribuía al niño como parte de su vida: «Dios ha de darme salud -me decía en 1939- para velar por él unos años más».
Sobre su parentesco con Yin-Yin hubo toda clase de versiones.  Su media hermana Emelina se muestra muy escéptica: «Mire, hijita, ese hermano natural no existe.  Si Lucila quiere adoptar un niño, no tenía por qué inventar ese hermano».  Son varios los que piensan que Yin-Yin es hijo de la carne de la Mistral
María Urzúa -escritora que fue secretaria de Gabriela en Petrópolis de 1944 a 1945- cree derechamente que Yin-Yin es hijo de la Mistral. «Nació posiblemente en África.  Tal vez en Argelia, a fines de 1925».
El desenvuelto Ricardo Latcham, conocido crítico -quien estudió literatura en España- descubre al padre con nombre y apellido: «Yin-Yin es hijo de Gabriela Mistral y Eugenio D’Ors».  No le caben dudas.
Yin-Yin tenía aficiones literarias.  Escribió una novela.  Gabriela le deslizó en confianza unas observaciones críticas y él hizo pedazos el texto.
Le dejó una carta muy lacónica:
Querida mamá, creo que mejor hago en abandonar las cosas como están.  No he sabido vencer.  Espero que en otro mundo exista más felicidad; cariñosamente Yin-Yin.  Un abrazo a Palma
Se me mató
Cuando aún suele volverle la imagen del dormitorio de Stefan Zweig, con los dos suicidas, el 14 de agosto de 1943 muere en Petrópolis, a los dieciocho años, Juan Miguel, envenenado con una dosis de arsénico.
«Suicidio», certifica el acta de defunción.
Gabriela, aturdida, ensimismada, muda, acepta esta versión en los primeros meses.  Luego reacciona.  Comienza a hablar de asesinato o «suicidio inducido».
Más tarde agrega en carta a Alfonso Reyes:
Lo importante es que me liberé de un país lacio y de boca Pegada.  Donde me suicidaron a Juan Miguel -porque resulta que no se suicidó … (183)
Años después, en un Oficio Consular (Nº 17/10, 1947) al Ministerio de Relaciones Exteriores de Chile, informa:
Mi experiencia trágica del Brasil -la muerte de un deudo mío provocada por el hecho de que «ele era branco de mais»- dura como una llaga en mi memoria.»
En otra carta a Alfonso Reyes, escrita desde Roslyn Harbour, New York, en 1954, repite su acusación:
… y me fui a Brasil donde me asesinarían a mi Yin y me lo darían por suicida.  Caí en un amargo resentimiento hacia él, por meses.  Al llegar la Navidad, la banda que lo perseguía en el colegio llegó a mi casa, entera, los cuatro.  Tuve el coraje de preguntarles por qué habían matado a un ser tan dulce y tan noble amigo para cada uno de ellos.  Y ésta fue la respuesta:
-Nosotros sabemos que la señora sigue pensando en eso.  Pero eso tenía que pasar
Salté en mi silla y le respondí
-¿Por qué «tenía que pasar»?
-Porque él tenía cosas de- más
-¿Qué tenía de más ese niño al cual yo tenía que engañar para que saliese conmigo diciéndole que yo iba a comprar zapatos y ropa para mí?
-Él tenía el nombre de él y el nombre suyo de usted que le daba prestigio.  También él era blanco de más
-Villanos -les dije-; él no tenía la culpa de ser blanco ni de que ustedes sean negros.»‘
Su amiga cubana Dulce María Loynaz alude a ese capítulo con información extraída de conversaciones, en un «recuerdo lírico>>:
Yin-Yin era, como todos saben, hijo de un hermano semifabuloso de la poetisa, que se lo trajo cuando aquél era tan sólo un tierno infante.  Dejarlo al fraternal rescoldo y desaparecer fue un todo.
Júzguese la emoción de esta mujer ávida de maternidad, hambrienta de una ternura que sólo a ella parecía vedada, cuando, de pronto, se sorprende con un chiquillo que le cae del cielo, en sus mismos brazos.
Lo crió y educó amorosamente.  Era la única criatura suya en el mundo, y ella aceptó la soledad si entre su escarcha podía florecerle el viejo sueño.
Pero he aquí que la misma tragedia que ensombreciera sus años juveniles le acechaba otra vez en el crepúsculo de su existencia.  Pronto habría de
alirle al paso, le hincaría de nuevo los colmillos, como si se hubiera aficionado al sabor de su sangre.
Era Yin-Yin, en el decir de la poetisa, dócil de índole, despejado de habla, sensible, inteligente; era también vivo y alegre como un cervatillo.
Cumplía ya sus quince años, y aquella Nochebuena quiso ir a una fiesta de compañeros de colegio.
Fue su primera y última fiesta, porque Yin-Yin murió aquella misma noche misteriosamente envenenado.
Los anales policiales registraron el caso como suicidio, y el mundo entero se estremeció al conocer el triste fin del niño amado por Gabriela: otro suicidio en su vida, otro perder de igual manera la criatura de su corazón.
Sin embargo esta vez se resistió a admitir que voluntariamente había sido de nuevo abandonada, reclavada en la misma cruz.
Sostuvo siempre, hasta el final -y no a mí sola-, que el niño aquel había sido asesinado, aunque nunca nos dio explicación cumplida de tan inconcebible crimen. (186)
Ella practicaba no tanto el culto de los muertos como el culto al dolor por los muertos.  Empezó así su carrera literaria.  Pero su vida misma se poblaba con la memoria pertinaz y detallada de la «mala muerte».  Más atenazante que el fin de Romelio, de su madre, de su hermana, fue para ella la muerte de Yin, «mi niñito», ahora más niñito que nunca.  Vuelve a contarlo mil veces, como si el carrusel fúnebre no se detuviera nunca. «Y escribir estas tres palabras todavía me parece un sueño: «se me mató»».  Lo repite tres meses más tarde.  Y volverá a decirlo tres años después.  Siente que está loca porque lo que ha pasado es una locura.  El gran, el pavoroso absurdo del mundo.  Su mente comienza a hilar la madeja de las causas.  Para ella, más que un suicidio fue un crimen.  La culpa la tiene «una banda de malvados que le maltrataba de palabra en un colegio odioso lleno de xenofobia».  Ella se disculpa ante Yin. Conversa con él. Le aclara su equivocación. «Yo no te mandé a ese colegio y tú hubieras podido dejarlo en cualquier momento». Habla del racismo al revés, de los que hostilizan al que ven distinto, con esa despiadada crueldad de las bandas juveniles, en este caso de los «hooliganes mulatos». «Le decían el francés»; se reían de su joroba, que para Gabriela no era sino un «lomito doblado».  Las que podían ser riñas de muchachos o celos por jovencitas, o bromas pesadas, lo afectaban a morir.  Cuando en un salón de baile invitaba a una pareja a una samba no faltaba el amigo infeliz que denunciara a gritos sus aventuras con mujeres de la vida, cuidando que lo escucharan las mamás o las chaperonas vigilantes, las señoras bigotes, como llamaba Gabriela a las aristócratas de la antigua ciudad imperial.
Ella estaba segura de entenderlo, porque él se le parecía en la, susceptibilidad.  Le chocaba y mortificaba la rudeza, que lo trataran mal o le dijeran cosas desagradables.  Su tía agrega que su sensibilidad, por lo exagerada, «parecía la de un desollado».  Le dio todos los consejos de una madre preocupada; le rogó que saliera menos, que se quedara en casa.  Pero era imposible retenerlo.  Convivía en él un doble peligro: no podía estar sino en medio dela gente y no se hallaba preparado para ello porque no tenía ojos para la perversidad o para advertir el engaño.  No se percataba que de todos modos era allí un extraño; aunque perteneciera a la familia de un cónsul, era un forastero.  El arrepentimiento de Gabriela se hace más agudo por haberle impuesto su «vida errante», un deambular de país en país, mudando continentes, impidiéndole echar raíces.  El pobre estaba enamorado de una joven alemana.  Verdad o mentira, la bandita de su escuela le contó y lo convenció de que esa muchacha lo consideraba un antipático.  Era mucho para él y nunca lo aceptaría.  Gabriela salta indignada como una tigresa a la cual le tocan el cachorro.  Falso: su niño es superior a ella en todo, en calidad humana, en recursos, en cultura, incluso físicamente.  Pero Yin cayó en la celada porque nunca tuvo la conciencia de su propia valía.  Lo sintió sufrir terriblemente en aquel año de 1943, pero no por la Segunda Guerra Mundial, que mataba en su furibundo apogeo, ni por la fobia antigermana que dominaba a su tía.  Ella le vio tan desesperado que se armó de resignación para decirle que, a pesar de que ella era alemana y no la conocía, podía casarse con la muchacha y vivir juntos en la casa, donde había unos cuartos desocupados.  Yin le respondió que no se casaría.
Electra y Edipo – Sobrino
En las complejidades de sus sentimientos no se excluye el amor de la tía al sobrino, de la madre por el hijo. Aquella prueba aumentaría su soledad, pero los uniría, de un modo profundo.
Vivíamos una especie de idilio, porque el estar solos nos había ligado mucho más; él sabía de mi dolencia del corazón y me cuidaba como un primor, con una ternura indecible.  Y no hay quién me haga comprender que ese niño que se levantaba a medianoche por haberme oído respirar mal, se haya matado en estado normal sin que lo hayan enloquecido con una droga cualquiera de las que abundan en los trópicos o de las que manejan otras bandas de hoy.  Él vivía ahora a todo su gusto: no gustaba de las visitas y tenía un sentido de la casa que parecía árabe. (187)
El dolor es mayor por su afán de identificación.  Más de alguien le explica que la raíz de la tragedia radica en el carácter del muchacho.  Gabriela rechaza con vehemencia el argumento del «temperamentalismo» porque siente que es un ataque directo en contra suya y de toda su tribu.  Su gente era, es y será así mientras exista.
Y si dudan, mírenla a ella y se convencerán.  Acaso aquello de la índole fatal es un mal de los Godoy.  Todos viven torturándose.
Es nuestra normalidad y yo no me inquietaba demasiado de las pequeñas rarezas de Yin.  Peor soy yo misma.
Pero ese muchacho tiene algo singularmente extraño.  Tal explicación no la rechaza del todo.  Al fin y al cabo el parto fue con fórceps, que dañó bastante a la madre y al niño. El pobrecito quedó con cinco o seis magulladuras en la cabeza y una gran cicatriz en la nuca.  Tal vez ese percance le afectó el sistema nervioso.
El joven se ha visto asediado por las tentaciones del mundo.  Según Gabriela, una francesa madura anda rondándolo.  Viene a verlo desde Sao Paulo.  Y lo tienta.  Le insiste en que abandone a su familia, o sea a su tía Gabriela, y se vayan a vivir juntos.  Yin le ha dicho que no; prefiere seguir con su tía; se ha puesto casero; cambia los muebles; se inscribe en clubs, cancela cuotas anuales.  No piensa en matarse
Gabriela no cree en la droga asesina; en cambio, culpa a los que le perturbaron el cerebro Los responsables, a su juicio, no son sólo los «tres de la banda»; acusa también a unos de las dos mafias que lo cercaban. «Corresponden a las serpientes que trabajan el mundo hasta en sus mínimos rincones».  Ella embiste contra los malhechores.  Los expulsa de la casa.  Cuando su «chiquito» ya había muerto dos de la banda golpearon a la puerta. Ella estaba paralizada en su cuarto.  Apunta que durante nueve días no pudo andar.  Por eso los recibieron «dos bobos», dos amigos sin malicia que dejaron irse a los sospechosos sin averiguarles nada.
Mujer de premoniciones, olía que el peligro flotaba en el ambiente.  Movida por signos funestos en la última semana de su vida, como para arrebatarlo a un sino mortal, sostuvo conversaciones con él y le propuso planes que le pusieran a cubierto del riesgo que lo rodeaba. Le dijo que a la postre había juntado el dinero necesario para que él se fuera a estudiar o, si lo prefería, para disponer de un capital inicial que le permitiera embarcarse en pequeños negocios que le dejaran horas libres para leer y escribir, como le gustaba.  Gabriela subraya que su dinastía literaria tenía en él al representante de una nueva generación.  Cuenta que el muchacho escribía
… muy bien; pero muy bien sus novelas de ensayo en una lengua limpia y sobria, sin un solo lugar común, con un fondo de pesimismo muy Godoy, con una rara elegancia de sintaxis, sin vicio de sentimentalismo, con ironía, y adentro con una agudeza y una sutileza que nunca vi en gente de su edad.(188)
En su eterno devanar alrededor del tema, ella volverá a sumergirse en conjeturas sobre el conflicto de las civilizaciones y las fallas del continente.  Yin había nacido y vivido en naciones donde no imperaban ciertas feas costumbres de nuestras tierras.  Por eso:
Yin no embonó nunca con el país ni con los sudamericanos en general; nuestro confusionismo y nuestro hábito de mentira y de hipocresía le repugnaban vivamente.
Gabriela dice una breve frase de mea culpa y luego expone su descargo
Yo tal vez le sacrifiqué con traerlo de Europa.  Pero, ¿cómo iba a quedarme o a dejarlo en medio de la guerra sin superlativo que vino?
Si el conflicto mundial alcanzó en Europa y en Asia el clímax del horror, tampoco perdonó a América, aunque fuera de otra manera
La guerra me ha desnudado tantas tristes verdades de mi gente criolla americana, me ha hecho verlas tan ciegas y tan sin remedio próximo, que la pasión de ellas que me había absorbido y gastado fue abajándose y apagándose.(189)
Vuelve a la lamentación.  Doña Job Mistral está llorando, y tal vez exagerando. Porque el niño -impreca- no era una porción de su vida; era la vida misma.  La suya se había terminado. «Vida, personal, no tuve de hace tiempo.  Menos que nunca en estos años de Brasil»
Cenizas sobre la cabeza.  Elegía tras elegía.  Adoración sin remedio
La casa era él, el día él, la lectura él.  Yo sé que Dios castiga rudamente la idolatría y que ésta no significa únicamente el culto de las imágenes
El sufrimiento incontrolable la vuelve verdaderamente idólatra.  Se aferra otra vez a la doctrina de la reencarnación.  Yin debe vivir de nuevo.  Recae en la herejía que había abrazado fugazmente en su juventud. Torna a hablar del Karma. Enseguida se vuelve en demanda de consuelo a los griegos, invocando el estoicismo, al evocar el silencio o las palabras del joven muriendo de arsénico en el hospital.  Loca por recuperarlo o sentirlo o entenderlo sucedido, prestará oídos a los hechiceros de la macumba.  Ha caído en las manos del misterio y se dice como una oración pagana una y otra vez: «No viene de ahora ni de aquí, sino de una orilla oscura que usted no sabe, este golpe, este hachazo y esta ceniza».
Le ha dado vuelta la espalda al cristianismo y rechaza el consuelo.  Ya que no lo tiene en la vigilia quiere tenerlo en el sueño, provocar la sensación de su presencia, porque sólo así se siente viviente. Imagina que si Palma Guillén hubiera estado en casa talvez su destino sería distinto.  Pero «Palmita llegó tarde para salvarlo».  Gabriela reconoce que su secretaria mexicana profesaba por el muchacho un «amor lúcido», en cambio el suyo era insensato.  Se contempla a sí misma y se conduele de verse tan quebrada.  La enamorada ha quedado sola.  Nada ni nadie puede reemplazarlo.  Tiene ganas de morirse pronto para juntarse con él.  Hay cierto placer casi estético y masoquista en el modo cómo se observa y siente lástima de sí misma.
Ahora no me queda sino una hermana tendida, postrada y con setenta y dos años.  Nunca la poesía fue para mí algo tan fuerte como para que reemplace a este niño precioso con una conversación de niño, de mozo y de viejo, que nunca se me quedaba atrás en ella.  Otro no me puede encandilar como él; no hay compañía que me cubra el costado derecho como él, cuando yo iba por esas calles de las extranjerías heladas y duras; no hay tampoco don de olvido en mí para semejante experiencia.  La tengo trenzada conmigo en cada cinco minutos.  Y yo voy viviendo en dos planos, de manera peligrosa.  Decirles más es inútil, Porque no les he dicho nada en tres páginas.  Ustedes recen por él alguna vez, hasta aquellos de ustedes que no creen mucho.  Yo vivo mejor que nunca en la incertidumbre de la vida eterna y un pensamiento único me aplaca y me pone a dormir cada noche; el que yo iba a dejarlo pronto y a vivir sola mi trasmundo con él en poco tiempo, a corto plazo.(190)
Aquella noche aciaga llamó a la Embajada para conseguir automóvil a fin de trasladarse al hospital.  Pidió hablar con el embajador, Gabriel González Videla.  No le dieron con él, ella lo anotó en la lista de sus llagas.
Cuenta que, pasado un tiempo, dos miembros de la pandilla juvenil vinieron a decirle que los otros lo habían asesinado.  Esto, que ella llama confesión, lo sintió como una liberación de su propia culpa.  Como se proclamaba predestinada a la desgracia, temió que el niño se hubiese matado porque se sentía desdichado con ella.  Ahora sabía que eso no era cierto o, por lo menos, que ella no lo había impulsado al suicidio.  No, Yin «fue feliz conmigo».  No quiso ni fue a la muerte voluntariamente. ¡Se lo mataron, «¡Lo mataron!, pero fue feliz conmigo».Lo repite como una cantinela en una velada de confidencias, a su amiga Matilde Ladrón de Guevara.
La Mistral estuvo a punto de enloquecer.  Llevó esa muerte a cuestas en lo que le tocaría todavía vivir.  Y se dedicó por un tiempo a escribir oraciones a Yin-Yin, su sobrino e hijo adoptivo.  Transcribió «Cinco sueños» con Yin.  Se dirigió a Cristo y a la Virgen.  Se reconoce cierto tono registrado ya en Desolación.
Oído divino de Cristo, escuchad y acudid a la voz y a la búsqueda tuya que va haciendo Juan Miguel.  Suavidades y blanduras que están en Cristo, curad como hijo herido a Juan Miguel… Ruego por él al Espíritu Santo, a Dios Padre y a la Santísima Trinidad.
Luego eleva «Oraciones a las Potencias Angelicales por Yin» Y «Oraciones a los muertos y a los santos por Yin»
LAS VÍSCERAS DE LA GLORIA
AL PARECER, las dignidades del Premio Nobel atraviesan por los intestinos de la burocracia y se cuecen en la cocina de la literatura.  El palacio esconde rincones reservados. Al escenario brillante y magnífico, con la presencia del rey, se llega por corredores secretos, donde se discuten las vísceras de la gloria.  El trámite atraviesa el proceso de premiaciones que muestra cierta analogía con el de santificación o las consagraciones religiosas.  No falta..á en ninguna de ellas el Abogado del Diablo, ni las presiones, las recomendaciones, las maniobras y la competencia encarnizada entro los patrocinantes de los candidatos.  Los nobelizables deben recorrer un camino a través de sucesivas alambradas de púas.  Ya Gabriela había explicado muchos años antes «porqué las rosas tienen espinas».  La gran mayoría no alcanzará la meta.  Antes llega el fin de la vida.
El Premio Nobel nace por una crisis de conciencia.  La origina una especie de catarsis o autopenitencia que se impone el inventor de la dinamita.  Gracias a ella acumula una fortuna astronómica.  Fabricante de la muerte en grande, tal vez lo visitan por las noches los difuntos, multiplicados, como si fuera poco, en escala geométrica por su comercio con la nitroglicerina.  Alfred Nobel, prototipo del pecador semiarrepentido, quizás acepte la convivencia de la virtud y el crimen.  Con el dinero de las matanzas, acumulado en casi todas las guerras de la época, decide premiar el aporte a quien rinda mayor provecho a la humanidad.  Filántropo, pero no tonto ni tanto, respetará el capital.  Apartará simplemente una fracción de sus rentas -treinta millones de coronas suecas- a fin de instituir un galardón bautizado con su nombre.  Este efecto publicitario lo convertirá ante las generaciones futuras en un benefactor del hombre y la cultura.  No olvidará a sus colegas de profesión. El Premio Nobel recompensará cada año a quien haya realizado el descubrimiento o invento químico más sobresaliente.  Lo mismo en el terreno de la física, fisiología y medicina.  Pero hay en su espíritu una zona admirativa que mira más allá de las ciencias de la naturaleza. Cierta atracción contradictoria por la expresión hermosa y una debilidad hipócrita o sincera hacia lo que él llama el mundo de los ideales.  Por lo tanto, reservará también una parte de los intereses de su imperio mortal a exaltar la «hermandad do los pueblos», la supresión o reducción de los ejércitos permanentes y la celebración y fomento de conferencias de paz.  Es decir, premiará a su contrario.  El diablo pone una tienda de cruces y exalta el vuelo de los ángeles. Instituye además el que pronto será el más ansiado de los laureles literatos del mundo.
Como cumple a un temperamento nórdico, exacto y Previsor, Alfred Nobel establece en su testamento del 27 de noviembre de 1876 especificaciones minuciosas.  Define con precisión notarial quiénes compondrán los jurados en las distintas ramas de su Premio.
El hombre cuida la moralidad.  Reitera que su otorgamiento se hará con entera independencia de influencias políticas o estatales.
Algún sicólogo encontraría materia sugerente de análisis penetrando al interior de uno de los mayores propagadores de muerte del siglo XIX, que resuelve quedar en paz con el mundo sobreviviente destinando parte del dinero amasado con la sangre de millones para que éste lave su frente culpable, la cubra con una inocente guirnalda de pacifista supremo, amable protector de las ciencias y favorecedor humanitario de las bellas letras.
El Premio Nobel de Literatura ha sido la aspiración máxima de multitud de escritores en el siglo XX. ¿Pero es cierto que su adjudicación siempre se ha mantenido al margen de «influencias políticas y estatales», a presiones de grupos e instituciones, a simpatías o malquerencias ideológicas? ¿Nadie que ansió ser agraciado nunca realizó una gestión para conseguirlo?
¿De quién fue la idea?
El tramo que antecede a la concesión del Nobel a Gabriela puede arrojar clarificadores destellos sobre ese espacio secreto, que gira en sordina por pasadizos oscuros y despliega en la sombra una serie de movimientos escondidos antes que estalle la luz espléndida en el Concert Husset, la gran sala de Estocolmo donde se hace la entrega solemne.
¿De quién fue la idea de proponer el Premio para la escritora chilena? ¿De un compatriota movido por la admiración? ¿Se le ocurrió a un político criollo, buscador de nombradía o amante de la justicia literaria?
Ni por pienso.  El proyecto no brotó en el magín de un chileno.  Fue la escritora ecuatoriana Adela Velasco la madre del empeño.  El hecho revela que si nadie es profeta en su tierra, puede serlo un poco más en la casa grande.  Gabriela Mistral por ese entonces gozaiba de mayor reconocimiento en el resto de América Latina que en su país.
Pero había un chileno bien puesto para el cual el nombre de Gabriela Mistral no era desconocido ni indiferente: el Presidente de la República.  Pedro Aguirre Cerda recibió una carta fechada en Quito solicitándole que auspiciara la candidatura de su antigua amiga para el Nobel.  La proposición le pareció lógica y merecida; puso en movimiento el aparato del Estado; instruyó al servicio diplomático; solicitó a Carlos Errázuriz, embajador de Chile en Suecia, que dedicara sus mejores desvelos a esa misión.  Este respondió que era amigo de Gabriela hacía diez años y nada le sería más grato.  El Presidente pidió un plan, previo informe sobre los requisitos, usos y costumbres del jurado para discernirlo.  Vale decir, se convirtió en tarea oficial del gobierno chileno, sobre cuyos pasos, naturalmente, debía guardarse estricto sigilo.  Ella, al parecer, no era consultada de antemano, o tal vez se hacía la desentendida, la que no sabía, aunque vigilara de reojo los movimientos y estallaba en rabietas cuando se hacía una gestión que le disgustaba o juzgaba torpe.
Sin embargo, no todo es silencio.  En El Mercurio del 17 de agosto de 1939, aparece un suelto de crónica en que se informa que se ha iniciado en Chile un movimiento a fin de obtener el premio Nobel de Literatura para Gabriela Mistral. Se anota que el ministro de Educación Pública, don Rudecindo Ortega, ha dado ya los primeros pasos en tal dirección.
Por aquel tiempo Gabriela Mistral trabajaba como cónsul en Niza, donde una comunicación oficial le anunció el interés del gobierno chileno.  La leyó con cierta turbación.  Se demoró en contestarla.  En la respuesta se muestra reticente.  Sí, ha sabido algo  La iniciativa surgió en Ecuador.  Luego tuvo acogida en Argentina.  Hubiera preferido que en primer término le informan desde Santiago.  Pero esto no le extraña.  Las cosas son así.  Lo que sí le importa es que nadie piense que ella anda detrás de dicha petición.  Algo la inquieta aún más: ¿los que proponen la tarea sabrán enfrentaría?  A continuación Gabriela Mistral explica el procedimiento con soltura de experta en la materia, lo cual indica que, pese a su proclamado desinterés, está perfectamente enterada.  Recomienda que no se peque por ingenuidad o ignorancia.  La Academia Sueca no premia autores desconocidos, que no estén traducidos al idioma del Nobel o, al menos, a lenguas de uso común en el sector culto de la sociedad, inglés o francés.  Ella conoce tan bien el modus operandi que incluso proporciona ejemplos.  Recuerda que cuando la escritora española Concha Espina quiso lograr el Premio encargó traducciones de alguna de sus obras al sueco.  Gabriela se sabe casi inédita en otras lenguas.  Uno que otro poema suelto ha sido traducido en revistas. (No se ha descargado todavía el aluvión de traducciones de su compatriota Neruda).  Es raro que se editen poetas extranjeros.  Por ahora en Francia sólo registra el caso de libros publicados de Rabindranath Tagore y Rainer María Rilke.  En cuanto a su poesía, cuatro traductores franceses han manifestando interés, Mathilde Pomes, Francis Miomandre, Pillenient, Max Daircaux.  Por el momento en París, no hay ningún libro suyo publicado.  Repetirá que nunca hará nada por promoverse.  Como diciendo «esto no lo veo para mí», nombra a ti-es escritores latinoamericanos que, a su juicio, merecen el Premio: el venezolano Rómulo Gallegos; el mexicano Alfonso Reyes y el brasileño Casiano Ricardo.
Se manifiesta escéptica en cuanto al éxito de la gestión.  Habla sin entusiasmo respecto a tres o cuatro biografías escritas sobre ella, amén de un «panfleto» -agrega- que una editorial chilena publicó
… a la mala persona que se llama en Santiago don Raúl Silva Castro y que él ha distribuido en el extranjero en, una empresa de denigración literaria.
Un plan de operaciones
Pese al examen de los reparos o enumeración de dificultades, Gabriela pasará a exponer, como un general en campaña, el plan de batalla.
La segunda movida táctica acostumbrada por los gobiernos que se embarcan en la aventura del Nobel es subvencionar editoriales francesas o inglesas para que publiquen al escritor que desean auspiciar.  Un escritor chileno que trabajaba entonces en la Legación en Francia, Salvador Reyes, se permite deslizar tímidamente a Gabriela una insinuación: ojalá diga en su apoyo una palabra favorable el Instituto de Cooperación Intelectual de París.  Ella aclara enfática que conoce la institución por dentro -porque trabaja en ella- y conmina a no cometer tal error.  Es territorio neutral y se cuidará de no recomendar a nadie.  Sería preferible que el gobierno chileno se preocupara de cualquier otro escritor aceptable.  A su entender hay no menos de cinco o siete que lo merecen.  Ella misma ha conseguido que el Instituto publique un libro de historiadores chilenos y otro sobre el folklore nativo.  Pero el principio institucional es trabajar con muertos, omitir a los vivos, para qué meterse en líos ni correr el albur de la corrupción que desata el olor del dinero.
Más influyentes, por supuesto, serán las voces premunidas de autoridad literaria que apoyen la sugerencia de su nombre.  No necesitaba ella pedir que lo hicieran.  Contaba con el apoyo de admiraciones tan intensas como espontáneas.  Un puñado de entusiastas creía a pie juntillas que Gabriela Mistral merecía este reconocimiento.  Comenzaron a movilizarse.  Alguien organizaba el movimiento desde bambalinas.  Cartas iban y venían.  La campaña se puso en marcha.  Duró años, tiempo suficiente para que Gabriela sufriese, desesperase, olvidase, se preocupara de otras cosas, maldijera a su manera, agradeciese, rectificase, aprobara o desautorizara iniciativas que la sacaban de quicio.
A partir de 1938, el movimiento entró en su fase más alta.  Se trataba de conseguir esta distinción por primera vez para un latinoamericano.  Se gestiona el respaldo de las cancillerías.  No es fácil.  Competían 17 países.  El apoyo de América Latina es unánime, inclusive del Brasil.
Repite que para ganar el Premio Nobel es requisito indispensable -la primera movida táctica- estar traducido al francés, lengua puente para una posterior versión sueca.  La versión francesa se encarga a Mathilde Pomes.  Ella le pone punto final en junio de 1940, cerca de París, bajo los bombardeos de la aviación nazi.  Horas después la traductora emprende el éxodo.
Decidieron solicitarla introducción consagratoria a Paul Valéry.  El autor de Cementerio marino dijo con toda franqueza, literalmente, que no conocía la literatura chilena ni la de Gabriela Mistral.  Le dejaron unas traducciones para que supiera sobre quién escribida.  Cuando las leyó hizo una segunda confesión: esa poesía le resultaba completamente lejana; nada más extraño a su temperamento.  Él representaba el orden, también en el reino de la literatura.  Era como esos mandarines chinos que dibujaban sus ideogramas en una pintura refinada, con una caligrafía artística y pulcra trazada a pincel, a semejanza de esos orfebres que ensartaban versos bien unidos como si fueran perlas legítimas, previamente mordidas y confirmadas en su verdad y espesor, deslizadas en el hilo de bramante de un collar milenario.  Y ahora le pedían un prólogo sobre una escritora de las antípodas, oriunda de un país a medio hacer, saturado de volcanes, terremotos, maremotos, inundaciones, desórdenes no sólo de la naturaleza sino de la conducta cívica y literaria.  El pertenecía a un espíritu diametralmente distinto.
A Valéry se le consideraba cabeza de serie de la poesía pura.  Y ahora venían a solicitarle que escribiera una presentación que sirviera de abrepuertas ante la Academia Sueca a esta escritora chilena que era exactamente un reverso de todo lo que él personificaba.
Sin embargo, entregaría su prefacio en el plazo convenido.  Exacto como el pensamiento de su padre.  Y además verídico, hasta sincero.  No diría nada que su autor no sintiera.  Dejaría estampado de entrada que la poesía de Gabriela Mistral le resultaba tan remota como Los Andes, hecha con peñascos de montaña, No es la mía.  Tal vez no la entiendo a fondo porque está integrada por abismos que nunca he visto.  Sin embargo la respeta.  Intuye su valor intrínseco como representante de un continente que está en el segundo o tercer día de la creación.
Valery pertenece a una civilización madura, siglos de pensamiento cartesiano avant Descartes, madurado no sólo en la cabeza sino en el cuerpo, en la mirada, en las costumbres, en la forma de apreciar la vida y también de concebir la literatura.  Europeo, hijo del viejo mundo, se encuentra un poco perplejo y desconcertado ante tanta expresión primitiva, ante coordenadas que se rigen por leyes sicológicas y mentales diferentes.
El poeta francés descubría en ella -a partir del «Poema de la sangre»- una «mística fisiológica en estado puro, exaltándose, en términos líricos y realistas».  Subraya que la intimidad con la materia es sensible en toda su obra.  Esto es la purísima verdad, pero como Gabriela sabe que Paul Valéry es el pontífice de la poesía pura, desdeñoso de la materia, dicha certificación le sabe a injuria.
Valery le había caído mal en el Instituto de Cooperación Intelectual, donde compartían sillones contiguos.  Valéry era amante de la parodia, le gustaban las caricaturas y bromear.  Riéndose trató en cierta oportunidad de corregir el castellano de Unamuno.  Gabriela no le perdonó su falta de respeto.
Para Neruda, tan plebeyo como Gabriela, la materia era una esencia fundamental de la poesía.  Ambos están de acuerdo en la premisa.  Siente que tanto ella como el autor de Residencia en la tierra son el contratipo del poeta puro, por excelencia, Paul Valéry.  Este otro Pablo chileno se propone -como ella- la poesía impura, «rodeada y gastada como los útiles, impregnada de sudor, manchada de alimentos y de gestos vergonzosos, una poesía que no excluya nada».
¿Qué tiene que ver con ella el señora al autor de Monsieur Teste?
La actitud de la Mistral respecto a Valéry está hecha de distancia.
El gobierno chileno ha financiado la traducción de sus poemas al francés.  Valéry no olvida que aceptó escribir el prólogo solicitado y que fijó de entrada sus honorarios en cincuenta mil francos, con un anticipo.  Es hombre honesto.  Cumplirá su compromiso.
Poco después que recibe el cheque, con cargo a los fondos reservados de la Legación, envía la introducción prometido.  Texto de noble factura, no omite, como se sabe, la confesión de sus radicales diferencias con la escritora, que presenta a conciencia fría.  Para destacar el relieve de las diferencias, habla de cuán remota le resulta la sensibilidad de la chilena; pero a renglón seguido ratifica su deber de comprender a los ajenos.
Tenemos el imperativo de vivir también la vida de los otros.  Y si esto no es posible, al menos hagamos un esfuerzo por sentirla y respetarla.  Nadie, sin duda, parecerá menos calificado que yo para presentar al lector una obra tan distante como esta delos gustos, ideales y hábitos que se me conocen en materia de poesía.  Lo que he dicho y he vuelto a decir sobre este tema, lo que he podido hacer, las condiciones que he creído mi deber imponerme, los ensayos que he publicado, todos ellos frutos de, un espíritu nutrido por la más vieja tradición literaria europea, parecen designarme lo menos del mundo para apreciar una producción esencialmente natural, abierta más allá del océano, por el solo llamado, choque o designio de lo que es.  Mas, ¿qué valdría la cultura si no enseñara por fin a volver sobre ella misma y si, por la generalidad de sus ambiciones, nos hiciera perder la fuerza de considerarla como un caso muy particular?  Creo que un hombre no podría vivir su vida si no fuera capaz de vivir también una infinidad de otras, completamente diversas, y siento que algunas circunstancias, del todo externas, me habrían llevado a producir ciertamente obras muy distintas a las que he escrito.  Nos empobreceríamos cruelmente si quisiéramos ser nosotros mismos hasta el punto de no ser sino nosotros mismos.(191)
La autora y su prologuista se conocen personalmente.  Como se ha dicho, suelen coincidir en las reuniones del Instituto de Cooperación Intelectual, una especie de Ateneo, con ciertas facultades resolutivas, antesala de lo que más tarde sería la UNESCO.  Valéry recordará con cortesía a su colega de sesiones.
Madame Mistral representaba a su país con una gracia y una simplicidad que la rodearon del respeto y de la simpatía de todos los que participábamos en nuestros trabajos.  Me daba cuenta de que había en ella esa alianza de atención y de ensueño, de ausencias externas y de luces inmediatas, que son características de la naturaleza de los poetas, pero debo confesar que entonces no conocía nada de su obra, y que he debido esperar hasta la presente traducción para apreciar en ella lo que se puede apreciar de una poesía en su traducción a una lengua extraña. (192)
El poeta francés apunta al eterno drama de la traición implícita en las traducciones poéticas.  Envuelven un riesgo muchas veces «mortal».  En la prosa el peligro no parece tan grave, pero es raro, excepcional, el verso que sobrevive a la prueba de fuego al mudar el vino de la vasija.
¿Cuál es la imagen que el prologuista traza de esa mujer que declara extraña? ¿Por qué le resulta tan excéntrica?  Pertenece, para comenzar, a una nación lejana.  Por su padre le circula sangre vasca, negra y también indígena.  Ello explicaría que la sensación inicial provocada por el texto sea descubrir un objeto misterioso, digamos un sujeto exótico, aunque animado de verdad.  No se la confunda con una extravagancia literaria, en la cual se especializan ciertos poetas.  Simplemente responde a una naturaleza diversa.  El asombro deriva de un mundo y de una vida muy intensa, regida por coordenadas insólitas.  Subraya un rasgo característico esencial: la fuerza de una sensibilidad que puede llegar al paroxismo, hasta extremos celosos, excluyentes, salvajes.
En ella es visible -hasta chocante- la rudeza hacia el hombre, que se toma dulzura cuando se vuelve al niño.  Denota algo muy prolijo y de otro mundo cuando habla de las formas de la materia, de la humanidad.  Tiene el don de penetrarlas.  Ella establece con su entorno y las entrañas de las cosas una relación de secreta intimidad.
Valéry no puede ni quiere ocultar que los separa un muro. Advierte que el material de construcción de este edificio a ratos enigmático y abigarrado le debe muy poco a la tradición europea, aunque está escrito en una vieja lengua del continente central.  Ella maneja ese idioma como si viniera de otra matriz, o de un laboratorio primitivo donde el barroco latinoamericano y la cristalización de los sueños en palabras se fragua con elementos vírgenes naturales de una tierra inédita.
Por eso la obra que introduce Valéry ante el público francés le causa entre deslumbramiento y pavor.  Culminará su diálogo confesando miedo y atónita sorpresa:
La poesía tierna y a veces feroz de Gabriela Mistral, se me aparece, en el horizonte de Occidente, ataviada con sus singulares bellezas, pero, por otra parte, cargada con un sentido que le da o que le impone el estado crítico de las más nobles cosas del mundo.(193)
La rebelión de la mestiza
Entregado el prefacio, había que conseguir la publicación del libro por una editorial de peso.  Tan de peso es Stock que pide diez mil francos adelantados.  Por añadidura deja pasar un tiempo sin lanzarla obra.  Luego comunica que el precio ha subido en treinta mil francos más, aparte de la obligación que el cliente compre el papel.  De súbito Stock da un giro en 180 grados: retira sus condiciones.  No aumenta el precio ni exige la entrega del papel. ¿Por qué este vuelco? Porque acaba de leer en los diarios una noticia que cambia totalmente su cuadro del mercado. Gabriela Mistral ha recibido el Premio Nobel de Literatura de 1945.  El editor ordena terminar a toda máquina la impresión y lanzar la obra sin demora.
Pocos días antes, Gabriela viajó a París e inquirió por el libro aún en prensa.  La información la puso fuera de sí.  Contrastando con la opinión de Valéry, que en su prólogo elogiaba la versión de Mathilde Pomes, la autora sostenía que la traductora, aparte de transgredir el sentido de los versos, introducía añadidos ajenos al original. Irritadísima, le pidió a Oscar Schnake, hacía poco designado ministro de Chile, que impidiera la publicación del libro.  En esta demanda intervino también el escritor Georges Duhamel.  El editor no los escuchó.  La obra apareció llamando la atención sobre el mérito de la mercadería fresca: se trataba del recién anunciado Premio Nobel.
Gabriela se sabía de mal genio; cuando estallaba podía ser agresiva.
¿La razón del nuevo enojo?  El prólogo de Valéry.  Desencadena su molestia en una carta indignada que escribe precisamente a su anterior agredida, Mathilde Pomes.  Vale por un texto de interpretación literaria a la luz de la antropología.
Usted conoce mi carácter: no tengo cortesía viciosa y digo mi pensamiento con una derechura un poco brutal. No entiendo que se haya pedido ese prólogo a Paul Valéry. El no sabe español. Es lo más serio del asunto; él debe leerlo un poco, como yo leo el inglés, sin entender los modismos.(194)
Ella ha leído a Dostoievski.  Cada hombre es superficie y mundo subterráneo.  Además tiene conciencia de ser extranjera, de tierra y de sangre.  Por lo tanto, de una personalidad dominada por impulsos que pueden parecer extraños.  Es difícil que la comprendan,
… porque esto de entender almas ajenas, amiga mía, no tiene nada que hacer con el talento y con la cultura […]. Perdone el atrevimiento de esta afirmación […]. Las razas existen y además de eso, hay los temperamentos opuestos. (195)
Toda esta diversidad se traduce en otro ojo para mirar, sentir y contar el mundo
No puede darse un sentido de la poesía más diverso del mío que el de ese hombre.  Yo le tengo la más cabal y subida admiración, en cuanto a la capacidad intelectual y a una fineza tan extrema que tal vez nadie posea en Europa, es decir, en el mundo.  Eso no tiene nada que ver con su capacidad para hacer prólogos a los sudamericanos y, especialmente, uno mío; yo soy una primitiva, una hija dcl país de ayer, una mestiza y cien cosas más que están al margen de Paul Valéry.(196)
La campesina, la mestiza, con sus cien cosas más, no quiere serlo que no es, también por Orgullo subido de la dignidad.  No le gustan los pedigüeños de elogios ni los traficantes de reputación internacional en el mercado parisiense
Pero eso no es todo: en cuatro ocasiones, dos recientes, me he burlado en artículos de Prensa de la gente nuestra que se hace dar prólogos o críticas en Europa, a base de paga y por gente que ignora sus libros y no sabe pizca de esta América.(197)
Ella no quiere hacer papeles desairados y quedar en ver vergüenza. «Un prólogo de Valéry me dejaría en ridículo soberano.  Nadie puede saber que yo no lo he pedido, que no lo he buscado».
Prefiere el anonimato o la muerte antes que el compromiso con esos menesteres grotescos.  Que el Virgilio francés se quede con su plata, pero que aquella introducción no se publique.
Por todo lo cual, cara Mathilde, le pido, le ruego, le suplico, que usted, haciendo pagara Valéry su prólogo, pues se trata de un trabajo ya hecho Y el Pago es legítimo como el que más, no incluya el prólogo y le explique al ministro González lo ocurrido.  Sino lo hiciera, me obligaría usted a algo muy feo: a cortar el prólogo de los libros uno por uno.(198)
Ya se ve con las tijeras en la mano
Parecería inverosímil que este arranque de ira se lo produzca un prólogo desconocido.  Subraya con trazo neto la reciedumbre de su carácter el hecho que lo rechace por principio y no por conveniencia.  Emite un juicio anticipado desechándolo porque considera al hombre que la analiza un extraño que no puede comprendería.
Usted ya sabe que yo no he leído el texto; no se trata de que me espere alabanzas y que esté defraudada; se trata de honradez de campesina y de mujer vieja; yo no puedo aceptarlo. (199)
Entiéndase que no está repudiando todos los prólogos.  Pero si alguno se publica que sea escrito por alguien más vecino a la lengua que ella habla, que la conozca un poco, que se haya sentido más atraído por el imán de América Latina y sustente un concepto de la poesía que no sea exactamente el opuesto al suyo.  Tiene un nombre de reemplazo in mente: sugiere a Francis de Miomandre.  Fundamenta su proposición: sabe algo de Sudamérica y conoce bastante el español.  No es un Papa de la poesía pura como Valéry, respecto del cual ella alienta una desconfianza intuitiva, sobre todo cuando se dedica a hacer prólogos por encargo.  En carta a la escritora argentina Victoria Ocampo, publicada en la revista Sur de Buenos Aires, en octubre de 1945 (la comunicación tiene fecha del 16 de mayo de 1943), el autor de La joven parca le confidencia que lo distrae de la labor literaria (está enfrascado en una interpretación personal de Fausto) el hecho que vive «devorado por trabajos sin gracia y sin valor.  Dicto mi curso en el Colegio de Francia. ¡Hago prefacios!  Nadie en el mundo ha hecho tantas cosas como yo».  Conste que esta declaración está escrita en una Francia ocupada, cuando la Segunda Guerra Mundial tiene atenazada a Europa.  Valéry no es el más indicado para conducir de la mano por los círculos entonces dantescos de Europa y llevar hasta el «paraíso neutral» de Estocolmo a esta mujer pura tormenta.
Ella prefiere la introducción informativa, sin mucho vuelo, de Miomandre.  Este afirma que a la gran desconocida en Francia, en Europa, en cambio toda América Latina la conoce.  Anota datos sicológicos.  Reservada, modesta, no trata de imponerse ni le gusta hablar de sí.  Lo último acójase con beneficio de inventario.  Porque la mujer es locuaz y a menudo emplea la indetenible primera persona, no para decirse linduras, sino para contar sucedidos, desgracias que le han acontecido, explicar su filosofía de las cosas, pequeñas o trascendentes, sin desdeñar frases agrias a propósito de sí.
El prologuista destaca la fuerza de su vida interior.  Percibe su temperamento místico, receptáculo de la humanidad sufriente.  Su poesía le parece un mensaje que América envía en una botella arrojada al mar del espíritu hacia las costas de Francia, del llamado Viejo Mundo en una palabra.
Lacónicamente, el introductor tendrá que ensayar un somerísimo perfil biográfico.  Se trata de una chilena montañesa, condicionada por dos sangres.  Encarna una manifestación del Nuevo Mundo.  Le parece su poesía presagio de un humanismo sui géneris en comunión directa con la naturaleza. Prefirió este prólogo bien intencionado, casi intrascendente, inofensivo.  El texto rechazado alcanzaba una profundidad mucho mayor.  Es explicable.  El nuevo no significaba un choque entre dos personas; el otro era un conflicto de civilizaciones.  Por eso ella montó en una cólera sagrada.  Tenía sus razones, pero Valéry no era culpable.  Simplemente fue la colisión de dos mundos.
Valéry representa una quintaesencia intelectual europea, cuya filosofía poética ama las abstracciones de las grandes ideas.  Charmes contiene su Cimitière Marin, meditación bergsoniana sobre el Tiempo. El rostro de su obra a Gabriela le parece impasible, con una pupila de iris congelado.  Sin embargo en La crisis del espíritu como en sus Miradas sobre el mundo actual, Paul Valéry, que ella juzga un poeta de mármol, «sin corazón», cede el paso al ensayista desazonado frente al curso de ese río demasiado turbio Y revuelto que es la época contemporánea.  Pero ella no olvida que al verlo por primera vez supo de inmediato que pertenecían a dos hemisferios diferentes, lo sólo terrestres sino también cerebrales.
Quiso Valery detener el tiempo, pero no pudo culminar Mi Fausto, obra en que ansiaba expresar su sueño de perennidad.
Sólo por meses no alcanzó a conocer la noticia que aquella campesina, un poco desastrada en el vestir, medio gigantona, venida de un país de volcanes y montañas, para la cual le contrataron un prólogo que la lanzara al conocimiento europeo, había ganado el Nobel, ese premio que él ambicionó y creía merecer más que nadie y nunca recibió, hecho comprensible en tiempos de guerra y barbarie.  Paul Valéry murió el 20 de julio de 1945, a los setentaidos años.  Fue enterrado, conforme al título de su poema, en el Cementerio Marino de Cette, donde surcan las palomas.
Tranqila, mirando un niño
Está sumergida en el dolor por Yin-Yin cuando llegan al consulado de Chile en Petrópolis dos periodistas.  Acaban de recibir un Cable acogiendo el rumor que el nombre de una ex maestra de una escuela rural de Chile, señorita Lucila Godoy Alcayaga, que usa el seudónimo de Gabriela Mistral, se baraja como probable Premio Nobel de Literatura.  Ella contesta que no sabe, no cree nada de lo que se dice.
En 1944 se dijo lo mismo […] en verdad algunos países americanos presentaron mi candidatura. Eso es todo. Yo no creo que tengan éxito. Por mi parte tampoco he tenido la menor participación de esa idea. (200)
Juzgaba insensato el afán de algunos amigos de sembrar estatuas con una loca generosidad, a diestra y siniestra.
Matilde Ladrón de Guevara le pregunta dónde estaba y qué hacía cuando supo la noticia del Premio Nobel:
Estaba sola en Petrópolis en mi cuarto de hotel, escuchando en la radio las noticias de Palestina.  Después de breve pausa en la emisora, se hizo el anuncio que me aturdió y que no esperaba.  Caí de rodillas frente al crucifijo de mi madre, que siempre me acompaña, y bañada en lágrimas oré: «¡Jesucristo, haz merecedora de tan alto lauro a esta humilde hija!» Pero en esa época vivía la espantosa tragedia de mi Yin y estaba al margen de la vida.  Todo me era indiferente.  Aun esto … (201)
El 15 de noviembre de 1945, la casa se puebla de reporteros y se colma de telegramas.  Tiene que descolgar el teléfono. «Felicitaciones, Gabriela Mistral».  Es la primera vez que alguien de México al sur recibe el Premio. ¡Cómo no!  Es el triunfo de la América india.  Esa mañana, en muchas escuelas del continente se entonan sus rondas.  La gente a su alrededor espera que el bullicio contribuirá a mitigar su angustia por Yin-Yin.
En Estocolmo el Dagens Nyheter la llama «símbolo maternal de las ambiciones culturales del continente americano».
Una semana más tarde se recibió en Suecia su telegrama de agradecimiento.  Luego avisó que arribaría en barco a Gotemburgo.  Pedía que la esperaran y le reservaran una habitación en un hotel.  Anunció que viajaría con su secretaria.
El pandemonium en Petrópolis fue la imagen perfecta del caos.  Parabienes por un lado y nerviosismo incontrolable a raíz de los preparativos del viaje, por el otro.  Contratiempos, amnesias, suspensos, atrasos.  Cuando llegan al puerto la nave ya había zarpado.  Vuelve el transatlántico a la Bahía de Río de Janeiro para que se embarque la señora que llegó tarde.  En Gotemburgo la aguarda una secretara de la Embajada.  En la estación ferroviaria de Estocolmo la reciben enviados de la Academia Sueca y funcionarios chilenos.  Cuenta en confianza que el elegante abrigo que lleva se lo prestó la embajadora de Francia en Río de Janeiro.  Se aloja en un departamento del Gran Hotel, desde cuya ventana puede mirar los barcos.  Los que la rodean advierten a primera vista que viste con visible desaliño.  El embajador Gajardo se arma de coraje y se atreve a hacerlo una pregunta escabrosa:
-¿Ha traído traje especial para la ceremonia de la entrega del Premio?
-No.  La ropa de siempre
-Pero van a estar el Rey, el Príncipe heredero, los miembros de la Familia Real y de la Corte, la crema del Estado, los académicos, la flor y nata de los escritores y científicos.  Tiene que usar un traje largo, negro, ojalá de terciopelo
Finalmente, la tienda más afamada -ahora sería una boutique de moda- le confeccionó un vestido de terciopelo negro.  Anunció que no cobraba nada.  Lo anotó en el ítem de sus gastos de representación, La joyería Jensen no quiso quedarse atrás y entregó un prendedor de plata, labrado por un orfebre.  Así nuestra heroína quedó presentable ante la gran sociedad de la nobleza y de la intelectualidad suecas.
Cada vez que en Estocolmo cruzo frente, al Concert Husset,, nuestro acompañante chileno o sueco, casi siempre diferente, nos dice lo mismo: «Aquí recibió el Premio Nobel Gabriela Mistral «El vasto edificio con paredes en tono rosa está emplazado en el corazón de la ciudad, frente a la plaza con las esculturas de Carlos Milles.
En aquel 10 de diciembre de 1945 (la Segunda Guerra Mundial había terminado hacía pocos meses), esa sala de conciertos, inaugurada recientemente, resplandece con todas sus lámparas iluminando la granada concurrencia.  Son las cinco de la tarde.  En el centro del escenario hay dos marineros con sendos clarines de plata.  Sobre un telón verde, un par de banderas suecas circundadas por las de los países de los distintos agraciados.  Tres filas de hombres vestidos con elegancia y una sola mujer, corpulenta, de ojos verdosos, con traje de terciopelo.  Son los miembros de la Academia de Letras y los laureados con el Nobel.  En una esquina la tribuna del orador.  Resuenan unas notas vibrantes cada vez que se vocea el nombre del premiado; desciende acto seguido a la platea para estrechar la mano del anciano Rey y recibir el premio.  Gabriela Mistral resulta la tercera en ser nombrada.  Quien traza su semblanza es el poeta sueco Hjalmar Gulberg.  No sólo es secretario de la Academia sino traductor al sueco de muchos de sus poemas. «Yo presenté -dijo- una antología directamente en sueco, Dikter (Poesías)».  El hecho hacía innecesario atravesar el puente de la versión francesa.  La conoce más que otros.  Su discurso tiene algo de informal; lo pronuncia parte en sueco, parte en castellano.  Otra vez el son agudo de los clarines.  Gabriela con tranco moroso, la frente despejada, echa la cabeza hacia atrás, lo cual pone de relieve su estatura en un país de mujeres altas; da unos pasos por el estrado y baja cuidadosamente los peldaños para encontrarse con el Rey, que espera a la campesina chilena de pie.  El monarca Gustavo V es más viejo que su interlocutora.  Se inclina amable y murmura algunas frases en inglés; después le entrega el diploma, una medalla de oro macizo y un cheque por ocho mil libras esterlinas.  Ella agradece con una sonrisa y vuelve a su asiento ante un teatro que la ovaciona, especialmente los suecos que de algún modo ven en ella una hermana o una prima sudamericana de su Selma Lagerlöff, fallecida cinco años antes.
De vuelta a la Embajada Chilena, le preguntaron si se sintió nerviosa durante el acto de entrega.
No. Estuve tranquila mirando a un niño que estaba en un asiento de balcón y que se parecía mucho a mi sobrino. (202)
Por lo visto, el fantasma del joven muerto también estuvo presente en medio de la radiante ceremonia, ocasión que cualquiera pensaría que para ella sería un momento de dicha; simplemente había controlado sus nervios.
Pero cuando regresé a mi asiento, después de recibir el premio de manos del Rey, al subir la escalerilla del proscenio, sentí que se me fundían las rodillas.(203)
Como se sabe, era la primera vez que se le otorgaba a un latinoamericano.  Si alguien la felicitaba, ella trataba de rebajar su mérito diciendo que había ganado por transacción.  El premio se disputaba entre dos grandes países y dos grandes escritores de nuestro continente, el mexicano Alfonso Reyes y el argentino Jorge Luis Borges, que murieron sin conseguirlo.  Para evitar el choque de los poderosos -explicaba- escogieron un poeta nacido en un país pequeño.
La Segunda Guerra Mundial no era el clima más propicio para otorgar el Premio Nobel de la Paz.  Ni el de Literatura.  Ninguno.  Se suspendieron. ¿Iba a concederse el de la Paz en una Noruega ocupada por los nazis en los años 40 ó 43?  Tampoco el 44, porque el conflicto proseguía.  Pero el 45, cuando Hitler, igual que su «milenario» Tercer Reich ya se habían vuelto cenizas, se entregaron dos Premios Nobel de Literatura.  Uno, con efecto retroactivo, el de 1944, concedido al escritor danés Johannes V. Jensen.  El de 1945 fue para una chilena poco conocida, Gabriela Mistral.  El veredicto de la Academia habló de su «lirismo inspirado por un vigoroso sentimiento […], que ha hecho del nombre de la poetisa un símbolo del idealismo del mundo latinoamericano».  En el discurso de agradecimiento, ella desarrolló ese pensamiento. «Hoy Suecia se vuelve hacia la lejana América para honrarla en uno de los muchos trabajadores de su cultura … »
Subrayó su pertenencia a un Chile no dictatorial. «Hija de la democracia chilena-puntualizó en aquella ocasión-me conmueve tener delante a uno de los representantes de la tradición democrática de Suecia …»
Algo más. Era también personificación de una estirpe mezclada y expresión de su habla y de su poesía.
Por una aventuranza que me sobrepasa, soy en este momento la voz directa de los poetas de mi raza y la indirecta de las muy nobles lenguas española y portuguesa…(204)
Después tiene que aceptar festejos nocturnos.  Los estudiantes de la Universidad de Upsala la acogieron con respetuosa solemnidad y los académicos sacaron sus togas de los closets.  Pero más tarde la reunión perdió el aire estirado.  Esa noche de invierno boreal, Gabriela -como de costumbre- se dejó arrastrar por la corriente de la conversación.
Estuvo un mes en Suecia.  Tenía que volver a Petrópolis.
Pero en esos días, en esas noches que para otro en su lugar hubieran sido de redonda felicidad- la visitan sus fantasmas.  Se le refuerza la convicción de que Yin-Yin cayó asesinado.  Para ella es la muerte de un hijo, el único de su sangre, que fue suyo, y que ella quiso como la madre absoluta. ¿Del duelo vino a sacarla la noticia del Premio Nobel?  Ningún premio la cambiará por dentro ni cerrará su herida.  Gratitud para quienes se lo concedieron, pero nada en el mundo borrará de su conciencia la culpa de los que mataron a Yin-Yin.  Esos días no le han devuelto la calma.  La gente que la acompaña la nota agresiva.
En viaje de regreso llega a París sin visa.  Tiene dificultades con los funcionarios de Inmigración en el aeropuerto de Le Bourget.  No vacila en sostener que las autoridades francesas le tienen mala voluntad.  No falta quien, tomando en cuenta su apoyo a la República durante la Guerra Civil de España, la llamó «simpatizante roja».
Después que recibe el Premio Nobel sucede lo inevitable: los periodistas la bombardean con cañonazos de preguntas. ¿Quién es usted?  Responde:
Soy una especie de izquierdista tradicional […] Soy socialista.  Un socialismo muy particular, es cierto, que consiste exclusivamente en ganar lo que se come y en sentirse prójimo de los explotados.
X NOBELES Y ANTINOBELES
CON EL NOBEL se acordaron de ella en Chile.  Se apresuraron a invitarla.  No quería ir.  El Presidente, su tocayo y coterráneo González Videla, no le era grato.  No fue él, sino el ministro de Educación de entonces, Bernardo Leighton, quien le extendió el convite.  Le contestó declinándolo a través de su compadre Tomic:
Esta carta es para el ministro Leighton, pero va a usted con el ruego de leérsela: mi letra es mala y uso el lápiz por la vista que se irrita un poco.  Además Doris no está para copiarla a máquina y la secretaria italiana no entiende español… son tres calamidades. Estimo mucho el convite del ministerio por el valor de quien convida y por la fineza que es el recuerdo de los ausentes.  Compadre, yo vivo con una especie de «corazón de vidrio».  En subiendo el calor hacia el mediodía yo llevo un paño al corazón que entra en taquicardia.  Por esto sólo he bajado en un mes tres veces a Nápoles.  Tengo abajo la oficina y la empleada me llama cuando hay un asunto oficial.  En invierno, la taquicardia amaina, pero la simple marcha a pie, aunque un poco rápida, me pone los pulsos al vuelo.  Una persona así de achacosa no sirve, para viajar un mes.  Usted sabe también que mi interés mayor de ir a Chile, después del de ver a los pocos que son míos de frontera adentro y hablar con ellos unas semanas, es el interés, más la necesidad de acabar con ese larguísimo «Recado descriptivo sobre Chile».  Sé que no me dejarán verlo; sé que tengo que entregarme a la gente por no herirla; sé que sólo veré hoteles y casas de señoras.
No el paisaje, no los pastos cuyos nombres me faltan, no las cosechas, no la cordillera a la cual no puedo subir, no a los indios, no mi Patagonia querida, no las minas del carbón, no el desierto de sal.
El chileno ve siempre en la negativa una excusa o una hostilidad, y yo tengo allá demasiados seres que me odian, una verdadera riqueza de antipatías sin causa.(205)
Andará por muchos lados, pero a Chile no va, a pesar que casi todo el país quiere festejarla.  Vuelve sólo en 1954, cuando le dan, con tonto retardo, el Premio Nacional de Literatura.
A principios de 1960 encontramos al agente presidencias mexicano en el tren nocturno, en viaje de Santiago a Concepción, donde debía realizarse un encuentro de escritores.  Nos explicó su plan de guerra contra la Academia Sueca.  Los frutos de la tierra americana no son gustados en Europa, salvo si son plátanos, piñas, si tienen el dulzor del trópico o la finura de la zona templada.  La primera naturaleza latinoamericana puede ser devorada con fruición, hasta con gula.  Pero los frutos de la segunda naturaleza -o sea las ideas de los hombres, los hijos del espíritu, los libros, las obras de arte- parecen productos de otro planeta, aptos para respiraciones que no son las de su pecho.  De allí el desdén, de allí la ignorancia enciclopédica del continente que lo sabe todo y lo que no sabe carece de importancia.  Que los chilenos no se dejen engañar por el merecido Premio Nobel a Gabriela Mistral.  No podían hacer menos, pero es la excepción que confirma la regla. ¿Cómo van a comprender entonces esos libros límpidos del maestro, esa cátedra que no entiende Europa?  Es una creatura de la vida americana.  En el Viejo Mundo será siempre un extranjero.  El cree que América tiene un mensaje que dar a la humanidad y México en particular.  Cómo va a entenderse en Europa a un hombre que confía en el valor de las pirámides mayas y de las civilizaciones aborígenes, que incluso propone una doctrina propia para la nueva literatura latinoamericana, la cual, a su juicio, debería.
… buscar el pulso de la Patria en todos los momentos y en todos los hombres en que parece haberse intensificado; pedir a la brutalidad de los pechos un sentido espiritual; descubrir la misión del hombre mexicano en la tierra, interrogando pertinazmente a todos los fantasmas y las piedras de nuestras tumbas y nuestros monumentos.  Un pueblo se salva cuando logra vislumbrar el mensaje que ha traído al mundo.(206)
La incompatibilidad es total.  Hay que retomar -propuso el apasionado emisario del mandatario mexicano- la Declaración de Independencia Intelectual de América Latina, formulada ya de algún modo, desde Europa, en 1823, por Andrés Bello.  Hay que dejar de ser vasallo cultural.  Había sonado la hora de la libertad.  Él tocaría su trompeta en la reunión de Concepción.  Debemos sumar a la emancipación política, no dijo la emancipación económica, sino la independencia cultural.  Pero se declaró autorizado para ir más allá del rechazo y la negación del Nobel y de la arrogante superioridad del Occidente europeo y anunciar una respuesta de tono afirmativo.  México crearía un Premio que no sería el Nobel americano sino el laurel máximo con que estas tierras coronarían la excelencia de un escritor.  Este premio se llamaría Alfonso Reyes.  Lo propuso, lo voceó en la asamblea, haciendo sonar todos los timbales.  Y luego el asunto quedó en nada.
Por ironía irreverente y positiva de la historia, esta mujer que gozó haciendo el ditirambo de Alfonso Reyes -a quien el jurado ignoró desde su Monte Olimpo en Estocolmo- fue el primer latinoamericano que recibió el Premio Nobel de Literatura.  Alfonso Reyes todavía vivía.  Seguramente no sintió amargura, sino más bien alegría melancólica porque lo estimó justo, porque no parecía hombre para hundirse en menesteres minúsculos ni deambular por los lúgubres pasadizos donde se urden maquinaciones a fin de obtener distinciones y medallas.
Gabriela lo recuerda haciendo su discurso de despedida a José Vasconcelos.  Es casi un diálogo entre los dos mexicanos que estima más admirables.  Como hemos visto, Vasconcelos, el hombre que la trajo a México y en algún sentido le cambió la vida, había tenido la gran caída, resbaló por el piso de la política de los señores de la guerra o de los traficantes de la revolución y debía partir al destierro que él mismo se había impuesto.  En esa tristeza, para decirle la cordialidad que ese hombre en desgracia le inspira, pero también para trazar su fisonomía oculta, su silueta sicológica y la definición del varón dinámico para el cual, sin embargo, su reino no es este mundo:
En el ocio todos somos iguales.  Tú, hombre activo por excelencia, has tenido que acentuar tus perfiles, que provocan entusiasmos y disgustos.  Te has dado todo a tu obra -buen místico al cabo- poseído seguramente de aquel sentido teológico que define san Agustín al explicarnos que Dios es Acto Puro.  Te has desenvuelto en un ambiente privilegiado en cierto modo, pero en otro funesto y peligrosísimo: removidas profundamente las entrañas de la nación, parece que toda nuestra sangre refluye a flor de la piel, que todas las fuerzas están movilizadas, que se puede hacer todo el Bien y todo el Mal.  Pero cuando se puede hacer todo el Mal, ya no es posible -a pesar de la tentación apremiante-, ya no es posible hacer todo el Bien.  Ese es el dolor de la patria y ésos han sido, asimismo, tus propios tropiezos.» –
Hay escritores que no son profetas en su tierra y menos fuera de ella.  Alfonso Reyes nunca conocerá siquiera la sombra de esas luces de reflectores a neón que proyectan sobre la marquesina las obras del boom.  No es que pertenezca a la línea de los autores herméticos.  Su descubrimiento se hará lento, empezará por América y cuando llegue a su máxima extensión será siempre el de un país generoso y reservado que jamás ingresará en la lista de los best sellers de la semana.  En este orden Gabriela es un poco su hermana.  Con Premio Nobel y toda la algarabía que el hecho supone, también ella pertenece a la categoría de los latinoamericanos esenciales que viven ocultos como una mina (así la llamó Neruda).  Sus metales preciosos brillan más en la oscuridad y en el recinto de espíritus discretos y recogidos que en una calle tumultuoso del marketing contemporáneo
Eran admiraciones correspondidas.  Alfonso Reyes, hombre de honda mesura, escribe en prosa un «Himno a Gabriela»:
Gabriela es un índice sumo del pensamiento y del sentimiento americanos.  En ella se da la ira profética contra los errores amontonados por la historia; se da la fe, la esperanza y la caridad; la promesa de una tierra mejor para el logro de la raza humana; la mano traza en el aire los pases mágicos, a cuyo prestigio relampaguea ya la visión de un mundo más justo […]. ¿Qué sufrimiento, qué alegría la encontraron nunca indiferente? ¿Qué latido de nuestra América no ha pasado por su corazón? Su inmensa poesía está tejida con todos los estambres que hilan el trabajo y la virtud de los hombres.  Así creían los antiguos que Heracles había construido el ara de Dídima, con la sangre, los huesos, la sustancia misma de las víctimas ofrecidas.  Yo no suelo hablar con tanto arrebato.  Yo reservo mis entusiasmos para quienes creo que lo merecen. (208)
Consejos para nobelizables
La experiencia del Nobel la dejó convertida en una experta en el ramo.  A Zenobia Camprubí, la esposa de Juan Ramón Jiménez, le dio un cursillo rápido sobre cómo conseguirlo:
Tan querida Z. de J.R.:
Yo soy animal de rumia y a ustedes dos los rumio con frecuencia.  Escribo poco, o no escribo, cuando les sé en tal lugar y sin problemas grandes ni chicos [… ]. Mi carta es para saber de ustedes, pero también para decirles esto: el próximo Premio Nobel español que venga debe ser para Juan Ramón.  Todos sabemos eso.  Debe presentar la candidatura alguien que sea muy alto en Europa y Juan Ramón es sabido de gente europea importante.  Escogida esa persona por ustedes, tenemos derecho a apoyar la candidatura los otros Premios Nobel.  Sólo el año pasado se nos declaró eso oficialmente por la Academia Sueca.  No hay franquistas en ella y los miembros que he tratado repudian a Franco.  Hablé aquí hace días con una señora sueca que es jefe de la editorial primera de su país; le hablé de Juan Ramón.  Lo ha leído-lee español- y lo admira mucho.  Ella podrá ayudarnos también a lo de hacer ambiente «con los viejos».  Hable usted, querida, con Margot sobre esto.  Debería presentarlo al jefe del Departamento de Español de Columbia y añadir a eso los otros departamentos españoles de las universidades americanas.  Sobra recordarles las nuestras.  Lo de Gallegos falló tal vez por torpezas.  Anduvieron preparando la candidatura unos mozos medio alocados.  Parece que Gallegos no se presenta de nuevo.  Lo de Alfonso fracasó por la raíz: no premian el ensayo.  Solamente lo dieron a Bergson y después advirtieron que «se habían salido de lo dispuesto por Nobel»; que se premie la creación pura y no el ensayo.  Se lo hice saber con firmeza a Alfonso, y él tuvo una respuesta dura e incrédula, cosa que me apenó, porque yo lo he tratado siempre con una confianza de hermano.  Adhirieron todas las academias y casi todas las universidades de la América Española.  Pero la Academia Sueca […] le importan poco las Academias […] (la chilena no adhirió a lo mío sino […] pasado el tiempo y con una exigencia vergonzante de mi gobierno, el cual hizo todo y no por deseo mismo ciertamente).
Dígame cuatro letras sobre este asunto.  Si lo hacemos debe ser con miras al año 52 ó al 53.  Disponer de mí como una buena criada: mandarme con toda confianza, en toda confianza.
Gabriela.(209)
La traslaticia
Cuando retorna al Brasil siente la casa transida por la presencia ubicua de Yin-Yin.  Como su temperamento es algo desmedido no sólo cambiará de residencia; cambiará de país. Pondrá agua, montañas, husos horarios de por medio.  Escribe al Ministerio pidiendo traslado.  Prefería siempre -subraya- los climas benignos.  Quiere irse a California.  Solicita que la nombren cónsul en San Francisco.  Acompaña certificados médicos sobre su mala salud: diabetes, enfermedad del corazón.
En California se hace amiga de Thomas Mann, personificación del intelectual europeo, pero, a diferencia de Paul Valery, tiene algo que ver con Brasil, lo cual agrega a su carácter una dosis mesurada de locura y fantasía.
Ella no percibe un gran sueldo y reclama por el alto costo de la vida.  No tarda en pensar que sería mejor volver a México, un país de su lengua y de sus afectos.  De nuevo pido cambio al Ministerio de Relaciones.  Parece que la Premio Nobel es una chilena errante, andariega perdida, no se arraiga en ninguna parte -mumuran-.  Si ella lo quiere hay que dárselo.  Recibe el nombramiento de cónsul en Santa María de la Veracruz.  El puerto es húmedo y caluroso.  Al Golfo de México lo cruzan turbulencias; pero ella contempla el rostro de la gente en la calle y se siente entre sus indios.  Desde Veracruz escribe al embajador Gajardo:
Me han contado esta cosa cómica: el señor Latcham habría dicho en una conferencia de prensa que yo «me he inventado la sangre india».  El chileno tonto recorre estos países indios o mestizos declarando su blanquismo.  Yo sé algo, espero, de mí misma.  Por ejemplo, que mi padre mestizo tenía en su cuerpo la mancha mongólica, cosa que me contó mi madre; segundo, que mi abuelo Godoy era indio puro.  Es frescura corregir la plana a los dueños de sí mismos.(210)
Pronto el demonio de la inquietud vuelve a poseerla.  El ruido la desquicia y el calor sofocante es un tormento.  Encuentra una quinta cerca de Veracruz, ubicada en una colina que es un mirador al mar.  Poco después siente que esa mudanza no la calma del todo.  De nuevo la eterna vagabunda cambia de domicilio.  Se instala en Jalipa, a distancia intermedia entre Ciudad de México y Veracruz.  La altura, desde luego, es menor que la de la capital y esto reportará menos trabajo para su corazón gastado.  Un rico mexicano aficionado a la literatura le entrega una casa de su hacienda.  Ella tiene la sensación plena de vivir a todo campo en esa típica morada rural, de largos y apacibles corredores.  Cerca hay una capilla con santos vestidos a contratiempo, completamente fuera de la época bíblica.  Gabriela tenía sus habitaciones en el segundo piso, eran enormes, con grandes y repujados catres de bronce y cortinajes claros para evitar la entrada de los zancudos.  Esa hacienda había sido hasta hacía poco teatro de escenas revolucionarias.  El general Obregón, Presidente de México, pernoctó por lo menos una vez en esos espaciosos aposentos con lechos repletos de historias fantasmales y muebles de caoba, alhajamiento barroco o rococó de otros siglos, junto al sello estampado de la artesanía indígena, donde el mimbre se convertía en silla y en mesa y el olor de las flores de azahar despertaba a primera hora de la mañana.
Allí Gabriela recibía visitas de amigos, sobre todo de escritores.  Acogió con señorío de hidalga rural a un hombre que quería, por el cual sentía afecto maternal, a quien estimaba más que nada por su inalterable bondad y decencia, Luis Enrique Délano.  Llegó acompañado por el maestro, antiguo fogoso parlamentario, César Godoy Urrutia.  Ambos venían a solicitarle su apoyo para un congreso por la Paz que se realizaría pronto en Ciudad de México.  Ella dio el sí con un pronunciamiento que se hizo célebre y muy controvertido, «La palabra maldita».
Un día fue Rómulo Gallegos el que se sentó junto a ella en un sillón de mimbre instalado en el corredor que daba a un patio de limoneros, mangos y naranjos.  Le preguntó cuál era el procedimiento que seguía la Academia Sueca para discernir el Premio Nobel.
XI EL MIEDO A PUBLICAR LIBROS
EN CIERTA OCASIÓN esta mujer de pies movedizos -como un Mercurio desgreñado y sin dinero- rehusó (cosa extraña) la tentación de una nueva mudanza.  Para otro hubiera sido un ofrecimiento irresistible.  El Presidente Miguel Alemán dictó un decreto donando a Gabriela Mistral cuarenta hectáreas de tierras fiscales en el estado de Veracruz, en el lugar que ella deseara, posiblemente cerca de Hermosilla.  Rechazó el regalo cortésmente.  Las razones de su negativa confirman arraigados temores de su espíritu, el miedo a la envidia y su odio a la maledicencia.  Nunca un escritor mexicano había recibido un presente semejante.  Además ella se imaginaba el pelambre en los corrillos santiaguinos.  Por otra parte no faltaría quien, si aceptaba el obsequio excepcional, pensara que ella había dicho de palabra o por escrito su amor a México tantas veces por vulgar interés y no por un sentimiento que no se cotizaba en tierras ni dinero.
Posiblemente en la declinación del donativo terciara otro motivo.  La errabunda impenitente sentía la comezón del traslado subiéndole a las rodillas, hormigueándole el desasosiego y volviéndole los ojos hacia un país fino, locuaz y querido.  Confía a su amigo, el embajador Enrique Gajardo:
… me llamó la Loba y allá voy.  De mis catorce años en Europa es a Italia y sólo a ella a quien llevo en el corazón.  Y mi mal sigue, me han dado algunas sorpresas; los pies se hinchan bastante.  Quiero vivir a orillas del mar, éste siempre me alivió el corazón.(211)
Decía a su corresponsal Gastón von dem Busche que bastaba con escribir en la vida tres libros que fueran verdaderos.  Ella autorizó sólo cuatro: Desolación, Ternura, Tala, Lagar.  Después de su muerte han proliferado nuevas obras.  Sobre todo son recolecciones de artículos y de cartas suyas
Tenía temor a publicar libros, tal vez por manía perfeccionista, pero el primero no encontrada editor hasta que apareció bajo el título Desolación, en Nueva York.  Le sucedió a la edad en que murió Cristo, coincidencia que subraya en ciertos recodos ápices de su vida como signo de crucifixión o de ascendimiento. ¿O era descendimiento?
Tanto desconfiaba de sí misma después de aquel volumen, que tuvo que pasar un par de años antes que se diera a la estampa el segundo, Ternura, poesía para niños, aparecido en Madrid.  Esta vez no fue por falta de editores.  Tras Desolación podían hasta sobrarle, aunque nunca lloverle. ¿Qué la inhibía entonces? ¿Una autoexigencia paralizante? ¿O quizás la contenía la amarga convicción que no podría escribir una obra superior?
Esto acontece con algunos autores que han tocado divinamente la flauta con un libro y desconfían de su capacidad de reeditar la hazaña haciendo otra vez el milagro, un milagro diferente, desde luego, porque nunca segundas partes fueron buenas.  No son pocos los que predijeron que García Márquez nunca podría repetir la proeza de Cien años de soledad. Pero el escritor colombiano no se amilanó, aunque supiera que todas las obras que procreara después serían distintas de la primera, versión caribeña de la Biblia, dotada de una pecaminosa y turbadora aura diabólico-celestial.
A Neruda le dijeron en su hora que jamás podría volver a escribir un libro tan bello, un manual de enamorados tan bueno para copiar descaradamente declaraciones sentimentales como Veinte poemas de amor y una canción desesperada.  El poeta se abanicó.  Su obra siguiente fue de ruptura escandalosa.  Tentativa del hombre infinito señaló un absoluto fracaso de público y ventas.  Casi nadie la aplaudió.  Quiso escribir un libro iconoclasta, que remeciera la casa de las musas y la terremoteara por dentro.  No sólo se dio el gusto de arrasar con los puntos y las comas, sino de incendiar su propio templo en Efeso, pues su divisa de autor y su norma de vida fue quemar con cada nuevo libro su poesía anterior, porque, a su juicio, repetirse es morir.
Gabriela Mistral publica en 1938 Tala.  Como sucedió con Desolación, más bien se lo publican.  Si con el libro inicial el padrino que se encargó de todo fue Federico de Onís, en el citado caso asumió esa misión la argentina Victoria Ocampo, directora de la revista Sur, en quien la Mistral percibe una «tragedia idiomática», el «ambidextrismo» de hablar en español y escribir en francés. «¿En qué zona del seso y del alma ella padece su bigamia lingüística?», se pregunta en febrero de 1942.  Tala tampoco apareció en Santiago sino en Buenos Aires.  El producto de su venta lo entregó a entidades catalanas, especialmente a la Residencia Pedralbes, refugio de niños vascos víctimas de la Guerra Civil Española.
Tala también desconcertó. ¿Y ésta es Gabriela? ¿Dónde están las nieves de antaño? ¿Dónde quedó Desolación, esa poesía clara y fuerte como un torrente, iluminadora como un incendio, salvaje, filuda como un cuchillo que pega puñaladas al alma, violenta como una guerra, desesperada como la mujer vuelta loca de amor? ¿Dónde está?  Alguien hubo que gritó: «Perdimos a Gabriela»
No. Era Gabriela.  No una Gabriela perdida sino una Gabriela distinta. O la misma Gabriela en otra etapa de su vida.
¿Había cambiado en «pathos», en furor de sentimiento, en el grito de animal acorralado?  Habían cambiado la forma, el tono, la nitidez alucinante.  Ahora abandonaba el ascetismo de la palabra precisa. penetraba al reino barroco del mistralismo, a una poesía donde se pasean fantasmas, donde la imagen se sublima, cobrando distancia respecto del objeto, envuelta a menudo en los primores del arcaísmo y en las neblinas de un amanecer que no termina por admitir la cristalina claridad de la mañana.
¡Por fin en Santiago de Chile!  Allá por 1954 apareció primero la última obra que publicó en vida.  El editor se dio un pequeño placer sádico o módico: la publicó amputada.  Lagar.  Le gustaba esa palabra.  Como el vocablo Tala.  Ambos poseen un sentido cortante, terminal, mortuorio, en una de sus acepciones.  La escogió tal vez porque en su valle nativo vio el lagar como un lugar de esencias, donde la gente baila sobre la uva dulcísima de la zona para exprimirle con los pies desnudos el zumo que sublimará en un pisco de vértigo.  Tal vez era el lagarla imagen que mejor podía representar su suerte.  Ella se sentía uva pisoteada por las patadas de la vida y macerada por la muerte.  Mortificada.  Golpeada.  En sus páginas alguien muere, asesinado o suicida.  Y ese alguien pisado en el lagar de la vida y de la muerte, vuelto vino primordial de la memoria, embriagado de pena, era uno de su familia, ese sobrino o hijo único, en el cual ella había concentrado toda la ternura de madre o de tía.  La muerte de Yin-Yin la enloqueció mucho.  Con él había recibido su reino maternal.
Y Lucila, que hablaba a río,
a montaña y cañaveral,
en las lunas de la locura
recibió reino de verdad. (212)
Lagar era para ella una metáfora personal, donde sus deudos queridos entregaban su sangre. No olvidaba tampoco a su sobrina Graciela: «Y las pobres muchachas muertas, escamoteadas en abril … »
Piensa que la evocación de su infancia le viene porque se siente vieja.  Incurre en la coquetería de las afligidas: se duplica la edad.
Ciento veinte años tiene, ciento veinte,
y está más arrugada que la tierra..
Se le olvidó la muerte inolvidable,
como un paisaje, un oficio, una lengua.(213)
Cuando se publicó Desolación -orgullosa de su aparente humildad y pesimista sobre el juicio ajeno-, escribió a Eduardo Barrios: «Todo lo malo que pueden decir de mi libro me lo he dicho yo antes».  En carta anterior le había manifestado que se mantenía en pie «El poema del hijo».
Abomina de sus versos que andan por demasiadas bocas.  Cita entre los condenados «El ruego», «Los sonetos de la muerte».  Son cursis, dulzones -exclama-.¿Dulzones «Los sonetos de la muerte»?  Opinión personalísima, extraña.  Porque era una mujer extraña, cuyas reacciones a veces respondían a una lógica o ilógica muy particular, proclive a desampararse.
Una poesía que cambia y permanece
En su obra posterior a Desolación, Gabriela Mistral trata de cumplir con el voto que formula al final del libro.  Se esforzará por reemplazar el dolor por la esperanza.  Para ello se vuelve a los niños en Ternura. (La edición Aguilar hace una reordenación distinta, temática de sus poemas).  Comprende «Canciones de cuna», «Rondas», «La desvariadora», «Jugarretas», «Cuenta-mundo», «Casi Escolares», «Cuentos».  Allí pide:
Dame la mano y danzaremos,
dame la mano y me amarás
Como una sola flor seremos,
como una flor y nada más … (214)
En su «Tierra de Chile», hace a Radomiro Tomic la ofrenda de su «Salto del Laja»: «Viejo tumulto, hervor de las flechas indias … ». A su tocayo Gabriel Tomic le entrega en la mano una fucsia convertida en «Ronda de fuego»:
Esta roja flor la dan
en la noche de San Juan..
Flor que mata a los fantasmas;
¡Voladora flor de fuego! (215)
No están mal escogidas estas dedicatorias premonitorias para la estirpe de un hombre que en años de dictadura luchó con denuedo «contra bestia y miedo».  Trata de conseguir esa flor y de apretar esa mano.  Lo necesita.
«La desvariadora», la que dice cosas febriles y hace conjuros para que Yin-Yin no se le aleje, es naturalmente una Gabriela trastornada. Que no crezca el niño.
¡Dios mío, páralo!
¡Que ya no crezca!
Páralo y sálvalo:
mi hijo no se muera! (216)
La Cuenta-mundo le narra, le traspasa y le comunica al hijo un universo suyo, de magia.
Tala encierra un retorno al duelo.  Se abre con la «Muerte de mi madre».  Se convierte en perjura.  Mucho le costará guardar fidelidad a su palabra de desterrar el dolor de su poesía.  Escribe una nota reveladora:
Ella se me volvió una larga y sombría posada: se me hizo un país en que viví cinco o siete años, país amado a causa de la muerta, odioso a causa de la volteadora de mi alma en una larga crisis religiosa.  No son ni buenos ni bellos los llamados «frutos del dolor», y a nadie se los deseo.  De regreso de esta vida en la más prieta tiniebla, vuelvo a decir, como al final de Desolación, la alabanza de la alegría.  El tremendo viaje acaba en la esperanza de las Locas Letanías y cuenta su remate a quienes se cuidan de mi alma y poco saben de mí desde que vivo errante.(217)
En «Nocturno de la consumación», dedicado a Waldo Frank, confiesa: hace «tantos años que muerdo el desierto/ que mi patria se llama la sed».
Tala es como una prima hermana de Desolación.  Pero la forma se ha modificado. En otra advertencia sobre «Nocturno de la consumación», explica un aspecto de esta mudanza.
Cuantos trabajan con la expresión rimada, saben que la rima, que escasea al comienzo, a poco andar se viene sobre nosotros en una lluvia cerrada, entremetiéndose dentro del verso mismo, de tal manera que, en los poemas largos, ella se vuelve lo natural y no lo perseguido… En este momento, rechazar una rima interna llega a parecer rebeldía artificiosas Ahí he dejado varias de esas rimas internas y espontáneas.  Rabie con ellas el de oído retórico, que el niño o Juan Pueblo, criaturas poéticas cabales, aceptan con gusto la infracción.(218)
En la nota al «Nocturno de la derrota» toca un problema arduamente debatido a propósito de la poesía y la prosa mistralianas: su mentado «arcaísmo».
No sólo en la escritura, sino también en mi habla, dejo por complacencia mucha expresión arcaica, sin poner más condición al arcaísmo que la de que esté vivo y sea llano.  Muchos, digo, y no todos los arcaísmos que me acuden y que sacrifico en obsequio de la persona antiarcaica que me va a leer.  En América está persona resulta siempre ser una capitalina.  El campo americano -y en el campo yo me crié- sigue hablando su lengua nueva veteada de ellos.  La ciudad, lectora de libros doctos, cree que un tal repertorio arranca en mí de los clásicos añejos, y la muy urbana se equivoca.(219)
A ratos el lenguaje de sus recados exhala un aroma de antiguo sabor.  Sugiere una misteriosa continuidad de los textos clásicos, pasados por el cedazo del folklore pero también por el filtro de una personalidad tan enraizada a la tierra como un árbol de los valles transversales.
En su seguidilla de Nocturnos se vuelve a la figura incoercible de José Asunción Silva, poeta suicida, como la atrajo otro del mismo fin, Anthero de Quental.  El gremio de los que se dan muerte ejerce sobre ella un hechizo turbador.  La muerte solitaria o la muerte en grande la obsesiona.  Hace expresa mención que en «Año de la Guerra Española» escribe el «Nocturno del descendimiento» con ruego al «Cristo del calvario».
Sus «Historias de loca», al igual que «Alucinaciones», ceden a la parte nocturna y fantasioso de su carácter nebuloso. «Materias» encarna la realidad que la salva de la locura completa: el pan que «huele a mi madre cuando dio su leche»; la sal, «que nos conforta y nos penetra/ con la mirada enjuta y blanca»; el agua: «Quiero volver a tierras niñas,/ llévenme a su blando país de aguas»; el aire: «Entro en mi casa de piedra/ con los cabellos jadeantes,/ ebrios, ajenos y duros/ del Aire».
Mujer de geografías vivas, americana del Sur total, dedicará primero su himno al «Sol del Trópico», tan predilecto.  Luego a la impredecible Cordillera de los Andes. «Especie eterna y suspendida/ Alta-ciudad-Torres-doradas … ». Retorna a su mitología regional.  El canto al maíz, pan y Dios de los indios. «Y al sueño, en vez de Anáhuac/ le dejo que me, suelte/ su mazorca infinita/ que me aplaca y me duerme».  Toda la naturaleza contemplable y comestible pasa por sí misma.
Ilustrando el porqué de los dos himnos, al «Sol del Trópico» y «A la Cordillera», escribe una nota sustanciosa sobre la necesidad del regreso «hacia el himno largo y ancho, hacia el tono mayor».
El que discuta la necesidad de hacer de tarde en tarde el himno en tono mayor, sepa a lo menos que vamos sintiendo un empalago de lo mínimo y lo blando, del «mucílago de linaza»…
Si nuestro Rubén, después de la «Marcha Triunfal» (que es griega o romana) y del «Canto a Roosevelt», que es ya americano, hubiese querido dejar los Parises y los Madrides y venir a perderse en la naturaleza americana por unos largos años -era el caso de perderse a las buenas-, ya no tendríamos estos temas en la cantera; estarían devastados y andarían entonando el alma del mocerío.  Llega el escuadrón de mozos sin mucho gusto que digamos del «Aire Suave» o de la marquesa Eulalia.  Tienen razón: el aire del mundo se ha vuelto un puelche violento [su viento de la Patagonia] y el mar de jacintos se muda de pronto en el otro mar que los marinos llaman acarnerado. (220)
«Saudade» es una provincia importante en su territorio de añoranzas, que se reparte por debajo de toda la superficie de su obra. «País de la ausencia», con obsesión del fin: «…y en país sin nombre/ me voy a morir».  Como «La extranjera» o «Beber»: «Recuerdo gestos de criaturas, y son gestos de darme el agua».  Su mentada «Todas íbamos a ser reinas» merece una nota, que también es nostalgia pura: «…y siendo grandes nuestros reinos,/ llegaremos todas al mar … »
«Locas mujeres», con diversas clases de demencias, «la que camina interminablemente… Ella camina siempre hasta cuando ya duermen los otros».  Amén de sus enajenaciones: «Donde estaba su casa sigue/ como si hubiera ardido».
O la sin razón que imponen las cárceles, aquella que padece la «Mujer del prisionero»: «Yo tengo en esa hoguera de ladrillos,/ yo tengo al hombre mío prisionero …»
En su poema de la «Naturaleza», habla -así era siempre- de sí misma como parte de la arboleda del mundo. «Mi pecho da al almendro su latido/ y el tronco oye, en su médula escondidos mi corazón como un cincel profundo».
El árbol es su hijo.  Y vuelta «al desvarío».  Y a la guerra insensata que trajo la caída de Europa.  No acepta a Hitler.  Siente como suya la muerte en Finlandia.  Condena a Stalin.  La Segunda Guerra Mundial es un luto personalísimo.
Eterno luto.  Pasan los años.  Y escribe «Aniversario» por Yin-Yin. «Todavía somos el tiempo… sin saber tú que vas yéndole/ sin saber yo que no te sigo … »
Alone afirma que Gabriela Mistral «tiene la palabra siempre lenta, pero segura.  Y larga.  No se cansa uno de oírla».  Quería a su Elqui, pero no quería a Chile:
La apoteosis de Gabriela Mistral permitirá decir sobre ella ciertas verdades, particularmente una, que antes habría debido dejarse en silencio: más allá de cualquier crítica hállase fuera de todo posible daño: los altares son intangibles.
Digámoslo, pues, sin reticencias.
Gabriela Mistral no amaba a Chile.  Amiba su Monte Grande natal y, por extensión, el Valle de Elqui, el campo y la montaña, la gente montañesa y campesina, sus días infantiles […]. Este hecho presentido por muchos, que solían lanzarle como acusación de ingratitud, algunos pudieron comprobarlo personalmente y lo escucharon, no sin violencia, de sus propios labios.  Amaba singularmente la tierra de Sarmiento (sin Perón), y don Andrés Bello nunca le inspiró bastantes consideraciones … (221)
Mujer más individual que inexplicable o extravagante; tras la rumia de una mente atormentada, alimentada por el ir sumando muchas iras, sinsabores y enojos ante desaires y «desconocidas», anhelante de esconder algún secreto o pecado capital, ansía iniciar una existencia distinta en otra tierra, como para intentar un nuevo camino.  Así -se ha visto- decidió abandonar su patria y convertirse para siempre en una chilena vagabunda.
Esta autodesterrada, quien decidió sentenciarse voluntariamente a exilio perpetuo, anotó por sí misma en su libro de bitácora la pena del ostracismo, sin revocarla jamás.  Deambuló de un país a otro, con escasos y brevísimos retornos.  Desde su salida a México vivió virtualmente toda su vida en el extranjero.  Sin embargo, estuvo condenada a transportar siempre dentro de sí en el país que había dejado.  La estampa de una maldición bíblica.  Ella fue Caín y Abel, juntos.  Dondequiera que vayas, pese a todas las distancias, tu alma seguirá estando dentro de la tierra que abandonaste.  Y hablarás sobre ella interminablemente, como un tema venturoso o torturante que no te dejará nunca en paz, volviendo por la mañana y por la noche a reiterarlo en variaciones infinitas o con majadería quijotesco.
Así, como otros desterrados de Chile, como los jesuitas Ovalle o Lacunza en la época colonial, sentirá en medio del corazón y en las circunvoluciones cerebrales esa herida que nunca se cierra, por donde manan el recuerdo, la nostalgia, la execración del solar querido Y odiado.  Ella adora su tierra y tiene poca confianza en el hombre.  No los meterá a todos en el mismo saco del desliz original, de la inmundicia del alma.  Perdonará a los niños, a los limpios de boca.  Morirá en suelo ajeno como su admirado Alighieri.  Lo reverencia porque escribió un libro que le hubiera gustado escribir a ella, donde castiga con tormentos en diversos círculos del infierno a sus enemigos personales y a las abominables categorías de individuos falsos y deleznables, traidores, mercenarios y maledicentes.  Nunca remitió la pena que impuso a los lenguaraces de su país.  No les concedió indulto.  Aborreció a los hombres malandrines.  También quiso a otros.
Pero sobre todo amó su territorio quebrado.  Gastó mucho ojo, pulso y lápiz de mina en describirlo.  En verdad se trata de una tierra estrafalaria.  Benjamín Subercascaux la llamó «loca geografía».  Más que un país es una playa.  Al fondo la cordillera y en plano inclinado hasta el mar, delgado como una lanza, flaco como un hombre famélico, que está en los huesos, como recién salido de un campo de concentración o de las hambres de Biafra.  Al sur se hace pedazos, atomizado en archipiélagos, o se extiende por una deshabitado Patagonia donde el personaje principal es la nieve, punteada alo lejos por rebaños de corderos, por estancias perdidas o por pequeñas ciudades del fin del mundo donde a la noche blanca sucede una noche de tinta negra, en las huracanadas vecindades del Polo Sur.
Pero ella, para su fortuna, es nortina media, nota, del Norte Chico.  Porque el Norte Grande sería la otra cara de la desolación, el desierto del Tamarugal, que se parece al Sahara.  Oriunda de unos valles transversales de transición, donde el desierto se suaviza, acaba y deja paso a la faz amable de la naturaleza, ella la reconocerá más frutal, pero sin perder lo que llama «sobriedad austera del paisaje, un como ascetismo ardiente de la tierra».  Sostiene que esa área ha dado a la raza sus tipos más vigorosos.
Después el panorama insiste en la acogida benévola.  La agricultura extensiva confiere color verde a la tierra, pero las ciudades mayores se vuelven grises, acumulando asfalto y muchedumbres.  En la capital se concentra un tercio de la población y en la zona central, tres cuartos de todos los chilenos.
Más allá se impone el imperio de la lluvia y de la selva oscura, lo que ella denomina el trópico frío.
Le sale al recuerdo el pequeño y diferenciado territorio patrio con su figura de hilo extendido de norte a sur a lo largo de más de cuatro mil kilómetros.  En relación a los gigantes del globo, su dimensión física es reducida y su población exigua.  Ella se resiste a aceptar esto como un signo de inferioridad.  Si el tamaño del suelo es menguado, el porte de su voluntad -murmura, dando rienda suelta a un orgullo rara mente dicho- o la «índole heroica de su gente» es mayor.  Se consuela diciendo que la casa chica tiene una puerta grande: el mar.
*Fuente: Teitelboin, Volodia. Gabriela Mistral Publica y Secreta. Santiago de Chile: Ediciones Bat; 1991
 
Notas

  1. 130. Laura Rodig. Presencia de Gabriela Mistra l(Notas de un cuaderno de memorias).  Anales de la Universidad de Chile, Santiago de Chile, 1957, pág.290
  2. 131. Gabriela Mistral, Croquis Mexicanos, Nascimento, Santiago de Chile, 1979, «Un poeta nuevo de América: Carlos Pollicer, Sembrador», pág. 150
  3. 132. Ibid., «Como se ha hecho una escuela – granja en México», pág. 40
  4. 133. R.E. Scarpa, La desterrada… «Educación Popular», t. 1, pág. 148
  5. 134. R.E. Scarpa, Gabriela piensa…. pág. 264
  6. 135. Gabriela Mistral, Poesías completas, Aguilar, Madrid, España, 1958,»Julio Saavedra Molina, estudio crítico-biográfico», pág. XXXIX
  7. 136. Gabriela Mistral, Desolación.  «Desvelada”, pág. 150
  8. 137. Ibid., pág. 151
  9. Ibid., pág. 172
  10. 139. Ibid., pág. 178
  11. 140.   Fundación Pablo Neruda, Boletín invierno, 1989, pág. 10.
  12. 141. Gabriela Mistral, Desolación , «Voto», pág. 339
  13. 142. Gabriela Mistral, Desolación.  «Himno de la Escuela Gabriela Mistral», pág. 133
  14. Luis Vargas Saavedra, Prosa religiosa.  «Discurso en la Unión Panamericana», pág. 53
  15. Ibid., «carta a Francisco Dussuel», pág. 1 0
  16. 145. Ibid., «Mi experiencia con la Biblia», pág. 44
  17. Ibid., «Entrevista a Revista de Educación Argentina», pág. 13
  18. 147. Gabriela Mistral, Lagar, del Pacífico, Santiago de Chile, 1954, «Caída de Europa», pág. 19

148, Ibid., «El costado desnudo», pág. 41

  1. 149. Ibid., pág. 44
  2. 150. Gabriela Mistral, Tala, Losada, Buenos Aires, Argentina, 1947, «Recados», pág. 182
  3. 151. R. E, Scarpa, Gabriela piensa en… «La lengua de Martí», pág. 171
  4. 152. Juan Loveluck, Estirpe martiana de la prosa de Gabriela Mistral, Universidad Veracruzana, pág. 124
  5. 153. Gabriela Mistral, Páginas en prosa, Kapeluz, Buenos Aires, Argentina, 1962, pág. 78
  6. 154. E. Scarpa, Gabriela piensa en… «La lengua de Martí, pág. 170
  7. 155Cuadernos de Cultura, N’ 5, La Habana, Cuba, 1939, «Los versos sencillos de José Martí», pág. 27
  8. R. E. Scarpa, Gabriela piensa en… «La lengua de Martí», pp. 173 – 174
  9. 157. Ibid., pp. 175 – 176
  10. 158. Fernando Alegría, Genio y figura de Gabriela Mistral, Universitaria de Buenos Aires, Argentina, 1966.  «Recados contando a Chile, Cuando murió su madre», pág. 178
  11. 159Mario Céspedes, Recados para América, Ed.  Epesa, Santiago de Chile. 1978, «El Grito», pág. 12
  12. 160. Ibid., «Sandino», pág. 44
  13. 161. Ibid., «La cacería de Sandino», pág. 92
  14. 162. Ibid., «Sandino», pág. 44,
  15. 163. Luis Carlos Soto Ayala, Literatura Coquimbana, Imprenta Francia, Santiago de Chile, 1908, pag. 102
  16. 164.   Ibid
  17. 165. R. E. Scarpa, Gabriela anda por el mundo, Andrés Bello, Santiago de Chile,1978,»Sestris levante en la liguria italiana caminada», pág. 275
  18. 166. Ibid., pág. 276
  19. 167. Raúl Silva Castro, Epistolario Gabriela…, pág. 269
  20. 168. Ibid., pág. 270
  21. 169. Matilde Ladrón de G., cit., «Carta a Luis Oyarzún», pág. 99
  22. 170. Ibid., «Carta a Laura Rodig», pág. 54
  23. 171. Ibid
  24. 172. R. E. Scarpa, Gabriela anda por… «Recuerdo del árabe – español», ,pág. 223
  25. 173.  R. E. Scarpa, Gabriela piensa… «Página para Pedro Salinas»,pág. 255
  26. Ibid., pág. 256
  27. 175. Ibid., «Cinco años de destierro de Unamuno», pág. 247
  28. 176. Ibid., «Sobre el extraño poeta lituano Oscar de Lubicz Milosz», pág. 370
  29. 177. Gabriela Mistral, Poesías completas, pág.  XCII
  30. 178. Gabriela Mistral, Cartas de Gabriela a Juan Ramón Jimenez, de la Torre, Universidad de Puerto Rico, 1961
  31. 179. Eduardo Frei Montalva, Memorias (1911 – 1934) y correpondencias con Gabriela Mistral y Jacques Maritain, Planeta Chilena, Santiago de Chile, 1989, pág. 131
  32. 180. Ibid., pág. 139.
  33. 181. Víctor Alba, La Mistral vista por su amiga y secretaria, Anales de la Univ. de Chile, pág. 92
  34. 182. Gabriela Mistral, Recados contando a Chile, selección del padre Escudero, Ed. del Pacífico, Santiago de Chile, 1957, pág. 100
  35. 183. Luis Vargas S. Prosa religiosa… «Carta a Alfonso Reyes», pág. 17
  36. Archivo Nacional de Chile, Biblioteca Nacional, Santiago, sección Oficios Consulares del año 1947, Brasil
  37. Luis Vargas S., Prosa religiosa… «Carta a Alfonso Reyes», pág. 18
  38. 186. Gabriela Mistral, Poesías completas, «Dulce María Loynaz, Gabriela y Lucila», pp.  CXXXVI y CXXXVII
  39. 187. Matilde Ladrón de Guevara, cit., pág. 43
  40. 188. Ibid., pág. 45
  41. 189.   Ibid.  –
  42. 190. Ibid., pág. 46
  43. 191. Augusto Iglesias, Gabriela Mistral y el modernismo en Chile, Ed.  Universitaria, Santiago de Chile, 1950, Prólogo de Valéry, pág. 386
  44. 192. Ibid. pág. 387
  45. 193. Ibid.: pág. 390
  46. 194. Ibid., «Carta a Mathilde Pomes», pág. 393
  47. Ibid.
  48. 196. Ibid
  49. 197. Ibid
  50. 198. Ibid.
  51. 199. Ibid
  52. 200. Ibid., «El triunfo», pág. 399
  53. 201. Matilde Ladrón de G., cit., pág. 39
  54. 202. Enrique Gajardo Villarroel.  «La Gabriela que yo conocí II». El Mercurio, Santiago de Chile, 11 de junio de 1989
  55. 203. Ibid
  56. 204. Marie-Lise Gazarian-Gautier, Gabriela Mistral, la maestra de Elqui.  Crespillo, Buenos Aires, Argentina, 1973, «Discurso aceptación Premio Nobel», pág. 110
  57. 205.   Centenario de Gabriela Mistral,»Cartas a Radomiro Tomic», Diario La Epoca, Santiago de Chile, 9 de abril de 1989
  58. 206. Gabriela mistral, Croquis mexicanos, «Reloj de sol.  Simpatías y diferencias», pág. 30
  59. Ibid., pág. 31
  60. 208. Alfonso Reyes, Himno a Gabriela, Anales de la Universidad, op. cit., pág. 19
  61. 209. Gabriela Mistral, Cartas de Gabriela a J. R. Jiménez.
  62. 210. Enrique Gajardo, «La Gabriela que yo conocí III». El Mercurio, Santiago de Chile, 18 de junio de 1989.’
  63. 211. Ibid
  64. 212. Gabriela Mistral, Tala, «Todas íbamos a ser reinas», pág. 108
  65. 213. Ibid., Vieja, pág. 142
  66. 214. Gabriela Mistral, Ternura, «Dame la Mano», pág. 63
  67. 215. Gabriela Mistral, Lagar, «Ronda de fuego», pág. 160
  68. 216. Gabriela Mistral, Ternura, pág. 89
  69. 217. Gabriela Mistral, Tala, «Muerte de mi Madre», pág. 176
  70. 218. Ibid., «Nocturno de la Consumación», pág. 176
  71. 219. Ibid., «Nocturno de la Derrota», pág. 177
  72. 220. Ibid.  «Dos Flimnos», pág. 177

221.Hernán Díaz Arrieta (Alone), Interpretación de Gabriela Mistral, Anales de la Univ., pág. 15.
 

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