La democracia del “qué rico tu té”
por Rafael Luis Gumucio Rivas (Chile)
12 años atrás 3 min lectura
Cada día creo acercarme más a la idea de que “la democracia es un asunto de ángeles”, según decía Jean Jacques Rousseau. Al menos, en Chile hemos tenido autoritarismo, plutocracia, timocracia y oligarquía, así, el poder no ha sido más que un reparto del botín del Estado entre las castas políticas; en la actualidad, lo máximo que podemos decir es que contamos una democracia elitista, que sólo sirve a la competencia entre distintas élites, pero pertenecientes a la misma casta social. Esta es una de las razones principales por la cual no podemos extrañarnos de que, por ejemplo, el senador Andrés Zaldívar emita la expresión de que “el acuerdo tributario es sólo de cocineros especializados” y, como dicen algunas señoras, los ignoran este arte, no deben meterse, de tal manera que los ciudadanos están solamente para votar y, una vez elegidos sus representantes, no les queda otra salida que callarse por los siguientes cuatro años, que es la mejor forma de definir lo que suele llamarse democracia electoral.
No rasgo vestiduras por el cada vez más inútil senado – hay que cerrarlo, de una vez por todas – más bien repetiría la frase de don Arturo Alessandri “los viejos bribones del senado”. Hay que ser muy necio para creer que esta institución juega el papel de moderadora por el solo hecho de permanecer más en el cargo y ser más viejos sus miembros, y pienso, al igual que el patriota Manuel Rodríguez, que las autoridades de elección popular sólo deben permanecer en su cargo un año.
Sabemos bien que en Chile no hay democracia, ni tampoco tiranía, pero sí una plutocracia de castas que son legales en el poder, pero ilegítimas desde el punto de vista de la representación – los presidentes de la república últimamente son elegidos por el 20% del universo electoral y algunos parlamentarios con un 8% y, a veces, con 6% -.
En una plutocracia es apenas lógico que los oligarcas decidan, desde sus mansiones, todos los asuntos importantes del Estado. ¿Quién podría poner en cuestión el hecho de que el señor Andrés Fontaine se haya convertido en el dueño de Chile, así sea por unos días? ¡Un Solón mapochino de la mejor estirpe aristocrática!
El hecho de que las decisiones políticas se tomen en los salones no es nuevo en Chile, pues ya en la república parlamentaria todo se decidía en la casa del “Negro” – el Presidente Pedro Montt – o, en la Casa Azul, de Juan Luis Sanfuentes, pero siempre en el Club de la Unión – del cual, en alguna ocasión, fueron expulsados los balmacedistas por siúticos – en los salones rojo y azul de esta aristocrático centro de reuniones.
Durante estos 25 años de pseudo democracia ha ocurrido, prácticamente, lo mismo, sólo con diferencias de escenario, época y coyuntura; a los apellidos “vinosos y bancosos” se han agragado los nuevos ricos del termidor concertacionista, es decir, los que han logrado atesorar fortuna gracias a su larga permanencia en el poder y al oficio de lobistas de las grandes empresas. La lista es larga y no quiero señalar a nadie, además, todos sabemos sus nombres y apellidos.
Si la política tributaria define la manera de concebir un país, en este caso en particular fue decidida por muy pocas personas: los Fontaine, los Zaldívar, los Montes, y otros.
Se concluye así que la democracia en Chile es un asunto de caballeros y de “rotos”.
16/07/2014
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