El escritor Joaquín Díaz Garcés (Santiago, 15 de septiembre de 1877 – 1921) publicó una recopilación de crónicas con el sugestivo título “no veraneo”; el autor cuenta que lo pasó pésimo cuando fue invitado al campo y lo mordieron los perros, lo picaron los zancudos, amén de otras incomodidades; a raíz de esas desgracias decidió pasar sus vacaciones en Santiago, con 32 grados de calor, pero con la ventaja de la disminución considerable de los ruidos de autos y del placer de caminar sin tumultos de estresados trabajadores. Está claro que el no veraneo del escritor no es producto de la envidia, ni siquiera de falta de dinero para financiar su merecido descanso, fuera de la capital – en el campo o en la playa – sino del fastidio que le producía la visita a los lugares rurales.
El veraneo en Chile, durante los meses de enero y febrero, es una institución tan importante como el 18 de Septiembre o el 21 de Mayo. En general, los chilenos se bañan en un mar gélido introduciendo, de a poco, sus presas para no padecer el congelamiento: primero, una patita, después, la otra y, posteriormente, las demás partes del cuerpo, pero sólo hasta la cintura, para salir luego, raudamente, hacia las cálidas arenas y seguir bebiendo y degustando sandías.
Los lugares de veraneo son como los colegios: permiten conocer el segregado país que es Chile. No sé para qué existe el currículum vitae, pues bastaría – como en los Facebook- presentar, para postular a un cargo, las fotos de la premiación en el colegio o liceo, o aquellas del último veraneo. No es necesario tener conocimientos de sociología para captar la proveniencia social del postulante.
Está claro que si aparece bañándose en chorro de bomberos, es de la población llamada siúticamente vulnerable; si lo hace en Cartagena, en la Playa Grande, al menos cuenta con un sueldo, aun cuando sea el mínimo; si aparece en San Sebastián o en Costa Azul, su estatus ha mejorado un poco; más allá – en Las Cruces, El Tabo o El Quisco- demuestra mejores ingresos. Esto de las estratificaciones es bastante sencillo, como podrán comprobar los lectores, y hace inútil el resultado de las fichas Casen.
Los veraneos del estrato superior en recursos y estatus se llevan a cabo en balnearios exclusivos para “gente como uno”: Cachagua, para los políticos y gerentes de empresas del Estado; para los más tradicionales de la derecha, Zapallar, donde los vacacionistas consideran siútico al senador Espina, Maitencillo es el feudo de Francisco Vidal y de la Chol Alvear, entre otros. Como ocurrió con el auge salitrero, hay una serie de políticos oriundos de La Serena, pero no sé si aún veranean en La Herradura, en Tongoy o en Peñuelas; el único caso que conozco es de Lagos Weber, que pasa sus vacaciones en Tongoy.
El veraneo podría ser una fuente interesante para escribir una historia de las mentalidades a través del tiempo. A comienzos del siglo XX se vacacionaba en los campos, que eran propiedad de la mayoría de los diputados y senadores, donde un fundo constituía la base para obtener un sillón parlamentario. La literatura de la época está llena de historias de veraneo en el campo. En los años 60, el lugar de vacaciones fue Algarrobo, donde se juntaban Frei Montalva, Salvador Allende y Radomiro Tomic, entre otros.
En mi infancia fueron una pesadilla pues mis padres, reacios a pasar febrero con sus hijos, preferían enviarlos a donde una tía, en el balneario de Las Cruces. Yo vivía aterrado al ver salir de la Playa Grande los ahogados, a consecuencia de la ingesta de alcohol y las comilonas; además, mis primos que eran mayores, nos amenazaban con lanzarnos al pozo de la casa. Mi padre siempre quiso comprar una casa de veraneo, pero nunca lo hizo debido a la oposición de mi madre, quien odiaba los viajes y los veraneos; el único verano de feliz recuerdo fue en Caleu, hoy un paraíso rousseauniano, de Luís XIV, Ricardo Lagos.
Las vacaciones constituyen un gran indicador de los períodos de auge y depresión de la economía chilena: cuando el cobre valía cuatro dólares se pusieron de moda los lugares exóticos de los “tigres asiáticos” y ya no tenía ninguna importancia mostrar a los amigos fotos de “gente bien”, montados en los camellos, en Egipto de las Pirámides, mucho menos una visita al Partenón, hoy violado por millones de turistas, con olor a sobaco y transpiración.
Los caballeros de Chile gozarán practicando deportes exclusivos, recorriendo, por ejemplo, los bosques valdivianos y las vertientes de agua límpida. Es posible que Sebastián termine tan ecologista como el premio Nóbel, ex candidato presidencial Al Gore, y lance peroratas contra Endesa y las eventuales centrales hidroeléctricas en la Patagonia. No sabemos si a lo mejor se pronuncia contra la energía nuclear e, imitando a Barack Obama, se incline por las energías renovables no convencionales. Estimo muy difícil que la belleza de la naturaleza lo pueda llevar a traicionar los intereses empresariales, que podrían ser su sostén. Al fin y al cabo, “París bien vale una misa”.
04. 02. 2014
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