De pendejos, demonios y otra yerbas
por Cristian Joel Sánchez. (Chile)
13 años atrás 5 min lectura
Confieso que, siendo un gran admirador del Presidente Chávez, me están cansando un poquito los homenajes “de cuerpo presente” que todavía no culminan en Venezuela. Hay que ubicar sus restos, que nadie duda que son gloriosos, en algún lugar, llámese Panteón, Academia de Guerra, Cuartel de la Montaña o mausoleo ad hoc o familiar, pero ¡ya basta, chico, que no estamos en época de faraones! Lo que Chávez deja trasciende mucho más allá de lo que hagan con su humanidad sus seguidores o los gusanitos, por lo que concentrémonos en esas “grandes alamedas” que hay que seguir abriendo en su país y en Latinoamérica, y que las iniciara este gran líder venezolano.
Hecha esta salvedad que quizás no gustará a sus desconsolados deudos, quiero referirme a ciertas frases históricas de este campeón de la certera ironía que fue Chávez y con las que primero desconcertó, luego irritó, pero que finalmente hizo rendirse a su ingenio, a más de algún momificado político de cualquier signo en nuestra América y en el mundo. Usted, querido lector, que siendo o no “chavista” gustaba o detestaba el histrionismo directo de este gran hombre, pero que no lo dejaba indiferente, recordará, por ejemplo, las veces que lo escuchó interrumpir algún sesudo discurso para cantar un bolero, y recordará también algunos puntos cúlmenes de su agudeza como en la ONU donde inició sus palabras con la célebre frase: “Ayer aquí, en este mismo estrado, estuvo el diablo” aludiendo al presidente de EE.UU. Luego de arriscar la nariz señalando el intenso olor a azufre que impregnaba todavía la sala, procedió a persignarse como buen cristiano que detecta al Malulo.
La frase, reconózcalo usted, fue simplemente genial, sobre todo para nosotros los chilenos, campeones del remilgo y la hipocresía acartonada a la hora de decir verdades. Basta con que se imagine usted si alguno de nuestros desprestigiados políticos, desde la izquierda al extremo de la derecha, se habría atrevido a calificar así al dueño del imperio sin temor de perder las migajas que, de manera directa o indirecta, reciben desde el norte.
Si de pendejos se trata.
Bueno, pero dejemos esa “salida de madre” de Chávez que ortigó muchas epidermis, incluso aquellas con un delgado barniz izquierdizante, para recordar algo que inevitablemente vuelve a la memoria a propósito del homenaje que hace un par de días hiciera la OEA al Presidente fallecido. Hubo variados discursos aunque todos coincidentes en elogiar la obra formidable de Chávez, tanto en su país a favor de los desposeídos como en el continente para revivir el sueño de Bolívar. Sin embargo, uno de aquellos panegíricos llamó especialmente la atención por provenir de un individuo que, como muchos de sus correligionarios del socialismo criollo en Chile, quemó hace mucho tiempo lo que tanto adorara en tiempos de Allende.
Se trata ni más ni menos que del señor presidente de la OEA, don José Miguel, el “Insulso” como lo calificó el mismo Chávez. La política clásica en cualquier lugar del mundo, pero sobre todo en Chile, es simplemente vomitiva y el señor Insulza, con sus ahora embelesados elogios a la figura y obra del líder latinoamericano fallecido, es uno de los mejores ejemplos. Para ser un buen espécimen de la política de estos tiempos hay que tener una memoria de alzhéimer y un rostro del más duro de los granitos. Es la “cualidad” que caracteriza a todos estos “socialistas renovados”, todos antibolivarianos, es decir todos paradojalmente en contra de la experiencia socialista más exitosa y más esperanzadora para los pueblos del continente y que inaugurara el Presidente Hugo Chávez.
El “Pendejo” Insulza es uno de ellos. En Chile, para que usted lo sepa, querido lector de otras tierras, la expresión “pendejo” durante muchos años fue una grosería de grueso calibre, motivo de sonrojo y censura hacia quién osara aludir de esta o de cualquier otra forma, al humilde vello del pubis. En otros países no lo es tanto, y por esos milagros de la omnipresente televisión que trasciende mares y continentes, se fue adoptando también aquí como sinónimo de infancia, y decir, por ejemplo, “en ese tiempo yo era un pendejito” no ofende a nadie si se entiende que se está aludiendo a la niñez. Sin embargo, y ahora sí que me dirijo a usted, lector de mi país, en otras latitudes que incluyen a Venezuela, la expresión “pendejo” tiene otra acepción que le calza como anillo al dedo al deslucido señor presidente de una no menos deslucida OEA.
«Vaya que es bien pendejo, desde la p hasta la o. El doctor Insulza da pena».
Fue la respuesta del Presidente Chávez a los ataques que el “socialista” chileno le dirigiera en el año 2007, obedeciendo las instrucciones del representante de EE.UU. en la OEA. El Comandante bolivariano no estaba calificando de “niñito” al señor Insulza, aunque mentalmente pareciera que don José Miguel se estancó ahí, sin ofender a los niños. La definición académica, si nos ponemos cursis, del modesto “pectiniculus” utilizado como adjetivo, es de alguien “incapaz de defender sus ideas” y de “falto de inteligencia o entendimiento”, es decir, otro acierto más de los muchos que tuvo el líder latinoamericano para estigmatizar a la variedad de “pendejos” que pueblan el pubis de Latinoamérica.
En Chile, paulatinamente, las calles y plazas de pueblos y ciudades se han ido llenando con el nombre de Salvador Allende, otro de los grandes hombres que cada cierto tiempo produce nuestro atribulado continente. Ha ocurrido antes, como fue con Balmaceda, vilipendiado y odiado por una oligarquía que lo condujo a la muerte por querer rescatar para Chile la riqueza del salitre, entregado a manos del capital inglés. Con el Presidente Chávez está ocurriendo de manera aún más acelerada, si no que lo diga el señor presidente de la OEA con su hipócrita discurso. Ellos, los grandes líderes, perduran no sólo en el recuerdo de los pueblos, sino que —y es lo más importante— se convierten en ejemplo e impulso para el avance de las ideas progresistas, como lo son hoy las del socialismo bolivariano.
Los otros, “los “pendejos” como el señor Insulza y todos los “pectiniculus” que se apoderaron hace tiempo de la izquierda chilena, habrá que extirparlos con la más definitiva de las depilaciones, y no sólo con un transitorio “rebaje”. Usted me entiende, ¿verdad señora?
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