INTROITO
El rayo que cayó en la cúpula del Vaticano el mismo día en el cual Benedicto XVI anunciaba su abdicación, es sin duda un acierto fotográfico. Puede ser utilizado por quienes gustan de elucubrar con símbolos y profecías (sobre una institución que hace uso y abuso de esos recursos); es un modo, como hay muchos, de disgregar la mente. Sin embargo, como se dice en Derecho: hay que analizar el asunto en su mérito. En lógica: los fenómenos se analizan de acuerdo a sus propias leyes (no puedo analizar un perro con los criterios utilizables para hacerlo con una vaca).
Entre el 10/02/2013, cuando lee su carta de abdicación (Consistorio cardenalicio) y el 13/02/2013, Miércoles de Cenizas (inicio de la Cuaresma, frente a los feligreses), Joseph Ratzinger ha entregado lo que –a mi entender- es la clave de su advertencia (“una decisión de gran importancia para la vida de la Iglesia”): La iglesia está en pecado; el Papa no tiene fuerzas suficientes para encarar esta situación; entonces deja la sede vacante y obliga elegir un nuevo Papa. Es el fulmine (rayo) en vísperas de la Cuaresma para enfrentar la Pascua. Ecce Homo.
HE AQUÍ EL HOMBRE
De ser responsable de la Congregación para la Doctrina de la Fe (moderna Inquisición) y guardián de la ortodoxa teología, el Cardenal Ratzinger sucede a Karol Wojtyla (Juan Pablo II) cuando éste finalmente muere. Como Benedicto XVI, Ratzinger debe enfrentar lo que ya veía –pero ahora con el poder de Sumo Pontífice-, la situación de pecado de la iglesia: corrupción, pederastia, integrismo a ultranza, dineros oscuros, espionaje a los secretos vaticanos del Papa (caso Vatileaks), entre otros.
Y, he aquí que el hombre con la tiara de Pedro toma decisiones: pide perdón por el pecado de pederastia de sacerdotes; ordena investigar la corrupción en la iglesia, incluidas las finanzas vaticanas… También denuncia este Miércoles de Cenizas (13/02/2013) la “hipocresía” religiosa; “las divisiones dentro del cuerpo eclesiástico”; los comportamientos que “sólo persiguen el aplauso y la aprobación”. Es el pecado del orgullo y la soberbia, del poder terrenal por sobre la palabra de la buena nueva, de una Curia vaticana que sucumbió a las tentaciones del desierto (Mateo: 4, 1-11; Lucas: 4, 1-12) que su fundador sorteó con éxito antes de ejercer el ministerio de la evangelización.
Simultáneamente Benedicto XVI llama a la unidad: “La dimensión comunitaria es un elemento esencial de la fe y de la vida cristiana. Cristo vino para volver a unir a los hijos de Dios que se habían dispersado.” Y recuerda: “El verdadero discípulo no (se) sirve a sí mismo, ni a una audiencia, sino a su Señor, en simplicidad y generosidad.”
Dicho lo anterior, se entiende como naturalmente consecuente la abdicación del Pontífice. Honesto y humilde, reconoce (10/02/2013):
“Después de haber examinado ante Dios reiteradamente mi conciencia, he llegado a la certeza de que, por la edad avanzada, ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino … en el mundo de hoy, sujeto a rápidas transformaciones y sacudido por cuestiones de gran relieve para la vida de la fe, para gobernar la barca de san Pedro y anunciar el Evangelio, es necesario también el vigor … de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue encomendado.
Por esto, siendo muy consciente de la seriedad de este acto, con plena libertad, declaro que renuncio … de forma que, desde el 28 de febrero de 2013, a las 20 horas, la sede de San Pedro, quedará vacante …”
SEDE VACANTE Y CÓNCLAVE
Claro, la oportunidad fue elegida cuidadosamente: el pecado se redime con penitencia y la Cuaresma lo es, como antesala de la Pascua de Resurrección.
Benedicto XVI enfrenta a la Curia con una movida audaz luego de casi 600 años (Gregorio XII renunció en 1415 para evitar el Cisma de Occidente). Sin previo aviso deja vacante la sede y obliga a llamar a un cónclave. Todo ello en un contexto vaticano sacudido no sólo por la sorpresa de la decisión de Ratzinger, sino también por la revelación pública de la “corrupción y mala gestión” vaticana (Nuncio en EE. UU. Carlo M. Viganó); por “una extendida resistencia en la Curia al cambio y muchos obstáculos a las acciones pedidas por el Papa para promover la trasparencia”, según declararon los tres cardenales comisionados por Benedicto XVI para investigar el caso Vatileaks.
Es la misma Curia encerrada bajo llave (cónclave) con los 118 cardenales hábiles para sufragar, que decidirá el destino de la iglesia católica. Para quienes profesan ese credo religioso, con respeto les deseo que el Espíritu Santo ilumine a esa misma Curia corrupta para enmendar rumbos.
Porque como lo dijo Benedicto XVI en su carta renuncia, se trata de “una decisión de gran importancia para la vida de la Iglesia”. Y mientras tanto, ¿dónde están los casi mil millones de fieles católicos, esa “(…) dimensión comunitaria (que) es un elemento esencial de la fe y de la vida cristiana?
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