¿Winka o katripache? Consejos prácticos para un Chile no racista
por Marcelo González y Cristóbal Bonelli (Chile)
13 años atrás 7 min lectura
10 de enero de 2013
No somos mapuches, sino chilenos. Uno con sangre italiana en las venas, el otro con el típico ascendiente español que muchos chilenos dicen tener a dos o tres generaciones de distancia. Somos parte de ese recurrente cuento chileno que nos hace creer estar más cerca de los europeos que de nuestra América profunda. Hemos tenido la posibilidad de asistir a las mejores universidades en Chile y Europa.
Uno de nosotros es psicólogo de la Pontificia Universidad Católica de Chile; el otro es antropólogo social de la Universidad de Chile. Ambos somos doctores en antropología de la Universidad de Edimburgo. Somos parte de un pequeño porcentaje de la población que ha tenido ese privilegio.
Somos, quizás, winkas de la elite. No de la elite de latifundistas con tierra, pero sí de aquella que puede trabajar a partir de lápices e ideas. Somos winka, al fin y al cabo, palabra que se usa en mapudungun para señalar, con cierto tono despectivo, a todo aquel que no es mapuche.
Sin embargo, muchos de los amigos mapuches que hicimos viviendo varios meses en el sur de Chile, nos consideran de otro modo. Fueron los mismos peñi y lamngen, hombres y mujeres mapuches, quienes nos hicieron ver que no éramos “winka,” sino mas bien, “katripache”. Quisiéramos compartir el valor de esta distinción, no sólo con la elite chilena (aquella terrateniente de rancio abolengo, así como aquella de corte más académico), sino principalmente con esos chilenos testarudos que se sienten demasiado chilenos, como si no existiera una alternativa para disentir sobre aquello que nos pertenece o no. Además, como tenemos el deber de devolver al país la Beca Chile que financió nuestro doctorado, creemos necesario dirigirnos a usted, ciudadano/a chileno/a, que piensa que el mapuche es flojo, borracho, violento, ignorante y hasta terrorista. Le contaremos un poquito sobre lo que aprendimos conviviendo con los pehuenches y los mapuches, en lo que queda de sus tierras en el valle del río Queuko y a un costado del Lago Lanalhue.
Un winka intenta imponer a sangre y fuego su propia visión de las cosas, porque los winka, y sólo los winka, son tan arrogantes como para creer que su propia visión es más correcta que la que mantiene el resto. Fueron los winka los primeros que osaron matar a un puma, al gran hermano de la cordillera. Fueron los winka los que llenaron la tierra de plantaciones forestales. Fueron ellos quienes llevaron motosierras, y también los cercos que dividen la tierra. “Ellos trajeron las líneas”, nos dijeron muchas veces.
¿Sabía usted que entre los pueblos indígenas de Sudamérica, no todos tenemos asegurado el estatus de “persona” solo por nacer y respirar? Llevando esta premisa a la filosofía mapuche, tenemos, por ejemplo, que un winka no es realmente una persona, porque su comportamiento es muy distinto al de un “che”, quien es, en mapudungun, una persona verdadera. Un winka no tiene tiempo para conversar, para tomarse un mate, para alimentar a los animales, ni para cultivar la tierra. Un winka mira para abajo al resto de la gente, se roba las gallinas, y se burla cuando escucha oraciones en mapudungun. Un winka intenta imponer a sangre y fuego su propia visión de las cosas, porque los winka, y sólo los winka, son tan arrogantes como para creer que su propia visión es más correcta que la que mantiene el resto. Fueron los winka los primeros que osaron matar a un puma, al gran hermano de la cordillera. Fueron los winka los que llenaron la tierra de plantaciones forestales. Fueron ellos quienes llevaron motosierras, y también los cercos que dividen la tierra. “Ellos trajeron las líneas”, nos dijeron muchas veces.
Un katripache, a diferencia del winka, es siempre una persona, pero con la particularidad que viene de otro lugar. Es un che. Un katripache sabe saludar, tiene siempre algo que ofrecer al forastero cuando está en su tierra, aunque sea un vaso de agua. Un katripache, en los mundos rurales que nos tocó conocer, se ensucia las manos con las ovejas, y corta la leña con hacha. O al menos lo intenta. Un katripache se da el tiempo de escuchar, y no anda por la vida “apurado,” como los winka. A un katripache no le interesa quitarle nada a las personas que encuentra, y puede también llevar noticias y conocimientos de un lugar a otro, como un pájaro. Un katripache reconoce a su interlocutor como persona, antes de juzgarlo. En realidad, un katripache no juzga a otros porque no tiene esa facultad.
No tiene el interés de andar adoctrinando gente, ni es un misionario. Un katripache es simplemente una persona que viene de otro lugar.
Entonces, entre personas verdaderas, sean che o katripache, es primordial cultivar un pensamiento positivo, que permita mantener la relación abierta y entre iguales. Se trata de un diálogo basado en el respeto, en el que los participantes se regalan todo el tiempo del mundo para expresarse. Es un diálogo no utilitarista, en el que el tiempo no es dinero, y las palabras brotan lejanas a la lógica de la productividad, lógica, claro está, que no es necesaria ni universal.
Tal vez esto último sea lo más difícil de entender para los latifundistas). Es un diálogo cuidado por el kume rakiduam, que en una traducción rápida, de seguro equivocada, podría ser algo así como pensar bien, caminar invocando lo que es bueno, actuar con bondad, cuidar el entorno.
Señor ciudadano chileno, desde nuestra experiencia, el pueblo mapuche es un pueblo de gente amable, respetuosa, y criteriosa. Por eso, no entendemos cuando el prejuicio negativo de la tradición chilena opera en modo inmediato entre las personas comunes y corrientes, personas que tal vez jamás convivieron con una familia mapuche.
No nos sorprende, aunque nos entristezca con ira e impotencia, que el gobierno de turno quiera reprimir con violencia al pueblo mapuche ante cualquier circunstancia. Así lo ha hecho siempre, y probablemente lo seguirá haciendo en años por venir. Nos sorprende, sin embargo, un pequeño artilugio histórico: que lo que hace 120 años se llamó eufemísticamente pacificación de La Araucanía, hoy se llame lucha contra el terrorismo. Algo huele mal en Chile, a oportunismo ideológico, a descriterio desatado. Es también sorprendentemente intolerable que las autoridades políticas aparezcan en los medios diciendo que Chile enfrenta a un “enemigo fuerte, poderoso y organizado”, a quienes buscará hasta “castigar”, replicando, en el Chilean way, el discurso que venimos escuchando desde la terrible destrucción de las torres gemelas.
¿No habrá otras maneras menos aterradoras de enfrentar la violencia desmedida? ¿Es deber de nuestras autoridades representar un odio tan avasallador, unilateral, sordo, y determinado? ¿Es esa la voz de la democracia?, ¿lo representa a usted señor ciudadano?
En fin, para concluir, lo que nos interesa es proponer al ciudadano común, como nosotros, una simple pregunta. Entendemos que siete familias quieran seguir ocupando a su antojo, y defendiendo con las armas del Estado que financiamos todos, el territorio de lo que hoy se llama Chile, pero usted, señor ciudadano común y corriente, ¿por qué juzga sin saber? ¿Por qué está tan seguro de lo que dice y lo repite como loro, que el mapuche es pobre, flojo, y bueno para tomar? ¿Se ha pillado tal vez diciendo que los mapuches son hasta terroristas?
Desde nuestra experiencia, mucho más cercana que la de muchos que vociferan a viva voz tales calumnias, resultaría imposible sostener esas acusaciones. Es por eso que lo invitamos a reflexionar, porque puede ser que usted decida hoy mismo dejar de comportarse como winka. Quizás esto sería una buena cosa, pues estamos ciertos que a nadie le gusta sentirse discriminado ni menospreciado. ¿Se siente usted winka o katripache? Usted decide en su plebiscito interno. Ni la tele, ni lo que dicen los medios, ni lo que escuchamos de nuestros familiares, ni la mal contada historia de Chile delatada tan claramente por Benjamín González hace un par de semanas, decide por usted. Atrévase a disentir. No mata ni quema, eso se lo damos por garantizado.
*Fuente: El Ciudadano
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