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Mamá Michelle atrapada en la jaula de hierro 

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Mamá Michelle, en una de esas metáforas que en cada crisis sacan a relucir los presidentes de la Concertación de su bolsillo de payaso, habló de la famosa “pecera” para referirse a los escándalos de Chile Deportes. Algunos recordarán otras citas brillantes del profesor Lagos, como la del “jarrón”, o de convertir a Chile en un país virtual. A veces pienso que es mejor abstenerse de usar tan brillantes comparaciones.

La larga permanencia en el poder, aplicando “humanitariamente” el modelo neoliberal, ha servido para producir una serie de burócratas y tecnócratas, aprendices de magos. El conde de Aranda, ministro ilustrado de Carlos III, Manuel Godoy, amante de María Luisa y válido de Carlos IV, todos juntos forman una alpargata vieja al lado de los ilustrados burócratas de la Concertación. En el Mop y en Transporte, desde mullidos sillones, nuestros genios planifican cómo cambiar la vida diaria de los pobres y sufridos súbditos. Nuestros magos saben que si su alquimia fracasa, tendrán como castigo ocupar un puesto inferior en la administración del Estado o, si es muy grave la falta, formar parte de un directorio de empresas privadas. En Chile no hay peligro de ir a posar sus huesos en La Bastilla o de tener que responder ante una comisión fiscalizadora; estos burócratas saben que todo se olvida y cuando sus proyectos conducen a la catástrofe, vendrá otra noticia, más impactante que la anterior que traerá el olvido de sus errores.

De tanto sufrir los “estrellados” han desarrollado una paciencia musulmana y de una coraza digna de encomio que les permite padecer lo indecible, a la espera del paraíso de Mahoma. Estos aprendices de mago quieren construir falansterios arquitectónicos, tan perfectos como los soñados por Furrier. A pesar de que la gente cree que Saint Simón fue un socialista utópico, la verdad es que fue el gran apologista de los banqueros y de la sociedad industrial; en la obra El nuevo cristianismo, las clases parasitarias, es decir, los reyes, los nobles y los obispos, deben ser derrotados por las clases trabajadoras: los científicos, los empresarios, los banqueros y los trabajadores; de Saint Simon nace la apología del banquero como arquetipo del capitalismo.

Max Weber, posteriormente, desarrolló la tesis de la “jaula de hierro” para explicar la burocracia moderna. Nuestros genios concertacionistas son fieles saintsimonianos: creen que los empresarios y banqueros son los salvadores del subdesarrollado Chilito. Pocos de nosotros entendemos la génesis del enredo del Transantiago, sólo sabemos que distintos burócratas de la Concertación no han dejado estupidez por hacer, convirtiendo la “obra maestra” del genial profesor Lagos en un mierdero impresionante. Al parecer, la raíz de este desastre radica en el famoso administrador financiero, regentado por los Bancos, cuya cabeza es el Banco Estado, tan privado como las otras instituciones financieras. ¿A quién se le puede ocurrir, en Chile, que los bancos tengan que hacerse cargo de la deuda, producto del quiebre del Transantiago si sólo saben operar con números azules y, apenas  aparece un número rojo, huye o recurren a las tremendas ubres de la mamá-Estado?

Desde que tengo uso de razón, que ya no son pocos años, siempre el Estado ha auxiliado a los privados cuando estos quiebran. Aún tengo en la retina la huida del Banco Escocia cuando ocurrió el default en Argentina, hace pocos años, y el auxilio prestado por el tirano Pinochet al Banco de Chile, con la famosa “deuda subordinada”, que aún no se paga al Estado.

Ante la quiebra del Transantiago, el ministro José Antonio Viera-Gallo propone dos soluciones, verdaderamente leoninas: la primera, si el Parlamento no aprueba el regalo de más de 250 millones de dólares a los privados, no hay más solución que apretarles el cogote a los pobres, para que queden más “estrellados” aún y, la segunda, le subimos a $500 el pasaje y se financia el Transantiago y poco importa que a la mayoría de los usuarios no les alcance con su sueldo de $120.000 mensuales; no falta el cínico que les propondrá que se endeuden con los Bancos que regalan créditos, incluso para aquellos que no tienen Cuenta Corriente y aparecen en el Dicom. Total, hay incautos para todos los gustos; después podremos formar un sindicato de los deudores del Transantiago y perseguir a Mamá en todas sus visitas a terreno.

Tendría que ser muy tonto un político para no aprovecharse de semejante “Apocalipsis”, servida en bandeja: eso de la ética de la responsabilidad, a propósito de Max Weber, es algo que no congenia con los políticos: los derechistas, astutamente, quieren “desalojar” a Mamita de La Moneda; con dos o tres propuestas populistas están seguros de cazar un buen cardumen de incautos, desprevenidos y rabiosos “estrellados”, que creen que el legionario Lúculo Piñera les repartirá el botín, atesorado por el Estado. Algunos son más ingenuos que los legionarios que seguían al Lúculo romano. ¿De cuándo acá los botines se reparten, si sólo pertenecen a los que “nacen con estrella?

Confieso que me equivoqué al subvalorar a Lázaro Frei Ruiz-Tagle: es cierto que dejó la caja fiscal vacía, al final de su gobierno, pero después resucitó – cosa que no puede hacer el pobre Carlos Saúl Menem, su íntimo amigo de neoliberales andanzas, pues tiene más cuernos que un ciervo- y con nuevos bríos se peinó igual a Al Pacino, en El Padrino, adoptando un aire muy juvenil, cambiando sus monosílabos por sinfonías asertivas, premunido de bombos y patillos. Como es bastante inteligente, se hizo elegir senador en que sólo había dos candidatos y que, para más remate, llegó de segundo; además, se vistió con la toga de presidente del Senado. Mi padre fue dirigente demócrata cristiano y tuve que soportar las interminables historias de la Junta Nacional de ese partido, narradas magistralmente por él: eran mis cuentos infantiles; los dirigentes de la flecha roja compiten ahora entre ellos con discursos excitantes, que provoquen orgasmos de los miembros de la Junta; el colorín Zaldívar, por ejemplo, quiere destruir el modelo neoliberal y reemplazarlo por el comunitario (¿dónde la viste?), Pero lo más inesperado e impactante provino de la filípica de Lázaro Frei Ruiz-Tagle; uno creía estar escuchando a Lenin o a Stalin, cuando Frei, con su lenguaje casi tartamudo y antes   monosilábico, exclamó “nacionalicemos el transporte, refundemos la ETC.- Empresa de Transportes Colectivos del Estado- compremos trolebuses y tranvías, como en tiempos de nuestros progenitores”. No faltó el militante que quedó estupefacto ante semejante arenga y, emocionado, gritó: “chilenicemos el cobre, como lo hizo don Eduardo, resucitemos las antiguas Cajas de Previsión, enviemos a la inquisición a los tecnócratas neoliberales”.

¿Qué está haciendo la pobre mamita Michelle en esta jaula de hierro, construida por sus propios burócratas? En cada crisis se lamenta y, como buena mamá, sigue empatizando con los “estrellados”; pide disculpas en cada pisada de pie a la violación de la dignidad de los pobres y siente como propias las tocadas de trasero en el maremagno del metro; sería capaz de disfrazarse de “maestro Faúndez” para reparar las ruedas  de los carros del tren  subterráneo. A lo mejor, si pudiera se convertiría en uno de esos sapos que reemplazan al tecnocrático GPS; cuando se siente sola, recurre a su amigo Camilo Escalona, pronto a auxiliarla o a llorar con ella, pues ninguno de sus diputados le hace el menor caso. Los pupuláricos ya no creen y sonríen, en cada discurso de lamentaciones de nuestra Mamá.

No creo que mamá Michelle se pueda salvar fácilmente de la jaula de hierro Weberiana, pues los burócratas tienen tal capacidad para apitutarse que, seguramente, lograrán amarrarle las manos. Como la Virgen del Carmen, a lo mejor produce un milagro.
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