Argentina: Cacerolazos de teflón y teleinducción
por Emilio Cafassi (Argentina)
14 años atrás 8 min lectura
En ambas márgenes del Río de la Plata se desarrollaron protestas caceroleras en esta semana. A simple vista, no tendrían nada en común, salvo el hecho de que son protestas ciudadanas (y como tal dignas de escucha y atención) que como mínimo expresan malestar y algún tipo de demanda. En la orilla oriental, estarían motivadas casi exclusivamente por la llamada “inseguridad”, mientras que en la otra, por vaya uno a saber qué interminable confluencia de fastidios (no necesariamente todos fatuos), ya que la más difundida convocatoria que tuvo lugar en las redes sociales, era “para decir basta a todo, reaccionemos”. Sin embargo existen algunos puntos de confluencia, aún en la diversidad política de ambas sociedades. En los dos casos las convocatorias tuvieron alguna receptividad (aunque pobre) exclusivamente en los barrios más privilegiados de ambas capitales y también recibieron masiva difusión previa y posterior en los grandes medios de comunicación. Estas dos convergencias algo están revelando. No debe olvidarse que en la historia de las luchas sudamericanas, el “cacerolazo” ha tenido un rol de prestigio y significación como antecedente y acompañamiento de movilizaciones y protestas masivas, muchas de las cuales dieron lugar a importantes transformaciones político-sociales.
Mas como sostuve en este mismo espacio el domingo pasado, resultaría ingenuo considerar que este dispositivo de expresión y consecuente incidencia política pertenece con exclusividad al campo popular y a las izquierdas, sobre todo desde que las oligarquías históricamente hegemónicas perdieron el poder político (aunque no así el económico, de lobby y mediático) a manos de gobiernos de signo progresista, dicho a muy grandes rasgos. A la vez, en la casi totalidad de las protestas caceroleras latinoamericanas, la amenaza económica (que tiene sus parentescos con la “inseguridad”) sobre la clase media y media alta, actuó como detonante. El método del cacerolazo ofrece -comparativamente con otras formas masivas de intervención- la posibilidad de una expresividad casi doméstica, que tiende a infundir miméticamente el prestigio legitimante que le confieren los antecedentes históricos y el hecho de ser convocado más o menos anónima o espontáneamente, presentándose de este modo, como plural y hasta “apolítico”. Las cacerolas, además de poder producir cierto ruido por su composición metálica si se las golpea y lograr de este modo -si consigue hacer sinapsis barrial- audibilidad (una variante de la visibilidad), contienen una carga simbólica relativa a la alimentación, aunque portan consigo, además, el ominoso atributo de la opresión femenina en la división sexual del trabajo. Sin embargo, como instrumento político devino en su contrario: buena parte de las protestas caceroleras, contaron siempre con una alta dosis de participación femenina, y reintrodujeron los rudimentarios enceres domésticos para la totalidad de los ciudadanos movilizados, incluyendo obviamente a los varones. Por lo tanto, resemantizó la olla.
Seguramente sea el pueblo chileno a quién haya que reconocer la autoría del invento político-metodológico. Contra el gobierno socialista de Allende primero, de manera selectiva para los barrios más pudientes, y luego en mayo de 1983 de forma realmente masiva y pluriclasista, cuando los resultados de la dictadura de Pinochet no eran sólo centeneres de miles de muertos, torturados, desaparecidos y exiliados, sino además una tasa de inflación del 20% y de desempleo del 24%. Ese cacerolazo dio lugar a las primeras marchas y movilizaciones contra la barbarie que los carabineros se encargaron de reprimir con métodos proporcionales a ese régimen terrorista. También lo fue en Ecuador en 1999, con la consigna de “Fuera Mahuad”, donde se estableció el 23 de septiembre como el día de lucha para realizar Marchas de las Cacerolas Vacías. En abril del 2001, fue en México que mujeres con hijos marcharon, cacerolas en mano, hacia la residencia oficial del Presidente Fox en Los Pinos para impedir la extensión del IVA a bienes y servicios indispensables. El Presidente Chávez también fue objeto de protestas caceroleras en 2001. Pero seguramente el más importante antecedente se remita al diciembre argentino cuando la ciudad de Bs. As. y otras capitales combinaron cacerolazos con movilización insurreccional y asambleas barriales logrando de hecho la revocación del mandato del ex Presidente De la Rua. Tan impactante fue que en el 2008 fue retomado como antecedente y complemento de las movilizaciones, cortes de ruta, lockout patronal y lobby parlamentario que desarrollaron los grandes terratenientes argentinos liderados por la Sociedad Rural contra las detracciones a las exportaciones agrícolas. El peso de los antecedentes y sus resultados produce confusiones al límite del desvarío. En aquella oportunidad, un grupo trotskista se sumó a las protestas bajo la excusa de acompañar al movimiento popular. Un ejemplo más de por qué Argentina es un país sin izquierda real.
El común denominador más significativo en ambos casos se centra en la intervención mediática en la construcción del orden social. Cuando el Presidente Mujica se refiere en su audición radial a que no se piensa en una ley de radiodifusión como la de la otra orilla, es necesaria esa diferenciación, ya que es ciertamente diferente la estructura de propiedad en los dos casos. No sería en ningún caso extrapolable. También es acertado afirmar que no deberá haber injerencia gubernamental futura en los contenidos, pero la ley argentina no la supone. Aún con importantes limitaciones, la actual ley es infinitamente superior a la de la dictadura que estuvo vigente (y lo está hasta que esta nueva se implemente en efecto luego de todos los amparos judiciales de los propietarios de medios) porque diversifica el mensaje a través de la desmonopolización y distribución social de la propiedad. Lo que cualquier ley progresista de radiodifusión debe hacer no es intervenir sobre los mensajes sino sobre la propiedad de los medios. No es condición suficiente para la diversificación y distribución del mensaje, pero es indispensable para ello.
Una gran responsabilidad por la conmoción que sufre el Uruguay ante el tema de la “inseguridad” deviene de la monoideología estereotipante de los medios televisivos, que no resulta sólo de convergencias ideológicas sino estructuralmente económicas. Los que los medios producen tienen efectos en la comprensión ciudadana de su realidad, de sus potenciales amenazas y temores. Pero la producción mediática del miedo da por resultado, además, muy buenos negocios. Más explícitamente aún, la creciente competencia comercial televisiva es sofisticadamente solidaria con el crimen y la producción del miedo porque a través de ellos realimenta ampliadamante sus audiencias y facturaciones. No son meros espejos sino corresponsables mediatos y beneficiarios de aquello que pretenden reflejar. Desde el momento en que la disputa por la atención es el camino para lo obtención de beneficios y a la vez, la apariencia de “realidad” le confiere enorme influencia social sólo la deontología periodística y la pluralidad podría poner límite a la espiral moralmente degradatoria del mero interés por la atención.
Junto con la reiteración “noticiosa” que expuse en otro artículo reciente, que provoca la sensación de multiplicación cuantitativa de los casos, la irresponsabilidad mediática comercial utiliza el método de inducción como aparente reflejo. En epistemología, podríamos hablar del “método de inducción por simple enumeración o conclusión probable” (entre los varios tipos de “método lógico inductivo”) que es uno de las tantas metodologías que integran el método científico. En nuestro caso se trata de tomar un caso aislado, que bien puede ser cierto, para extraer de allí una conclusión general. La ausencia de espacio me impide tratar hoy el caso del autor de una carta abierta en facebook que alude a esta generalización descontextualizada e ignorante en su propio barrio montevideano, quién fue luego objeto de la peor violencia televisiva a manos de la conductora de un programa que había apelado este procedimiento “informativo”.
¿Qué se opone a esta lógica inductiva, particularmente en el caso de la inseguridad? Como mínimo, la información estadística, es decir el estado de situación general (del país, la región, la ciudad, etc.) en el que se encuadra y contextualiza cada caso. No se trata de negar la crudeza de la realidad, las amenazas y peligros que se ciernen sobre los ciudadanos, ni de sosegar temores o eludir precauciones. Tampoco de impedir el tratamiento de casos concretos, siempre que se los pueda inscribir dentro de una serie contextual. Mucho mejor aún sería evitar la renuncia fáctica a buscar las causas que derivan en la ocurrencia de delitos, los fundamentos culturales, sociales y económicos que se encuentran ocultos detrás de ellos. En tal sentido, también es de importancia decisiva que el gobierno haga el máximo esfuerzo por difundir los indicadores con los que cuenta y las fuentes, a la par que se aboque a perfeccionar su producción y a formar equipos multidisciplinarios de investigación. Mucho más ahora que formalizó la creación de una carrera científica a la que puede agregar temáticas de interés prioritario.
De lo contrario, el resultado será siempre conservador: el miedo continuará socavando la vida social y estigmatizando a pobres, jóvenes y áreas urbanas marginalizadas, con el invalorable estímulo inductivo de pantallas con cada vez más alta definición. Aunque a veces se escuche el tañir circunscripto de alguna que otra cacerola de teflón, en los más seguros barrios del privilegio.
– El autor, Emilio Cafassi, es Profesor titular e investigador de la Universidad de Buenos Aires, escritor, ex decano. cafassi@sociales.uba.ar
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