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Líbranos de todo mal, Amen (Reseña de la película El Mocito de Marcela Said) 

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Qué consoladora es esa oración en que Jesús le pide a su Padre cosas aparentemente simples y que de hecho no son nada tan simples:  el alimento de cada día, que encontremos el perdón en la misma forma que perdonamos o hemos perdonado, que nos ayude a ser prudentes y no ceder ante cualquier tentación haciendo malas elecciones de vida, esas que acumuladas llamamos después “destino”, y que nos libre del mal, no dice de los malos, sino que del mal, ese que solapadamente está introducido en la cultura que se acepta como inamovible y de la cual no dudamos, en las instituciones corruptas pero legales, en lo que nos permite comer pero nos obliga matar o a violentar al prójimo, quizás a torturar o a servir a torturadores que nos tratan como sus perros fieles a los que entrenan como tales.

Vengo del cine Alameda después de ver un documental o reality no sabría cómo llamarlo, llamado “El Mocito” de Marcela Said sobre Jorgelino Vergara, mozo de Manuel Contreras que terminó sirviendo cafecitos en un cuartel de torturas en la calle Simón Bolivar y que se representa a sí mismo en épocas post dictadura.  Porque todos los personajes de la película son reales, son ellos mismos.

Comienza mostrando su vida precaria , pero muy ordenada y austera, limpiándose su ropa, bañándose en el estero, a veces cazando conejos para comer, y solicitando a un funcionario de la justicia la posibilidad de ser indemnizado por haber trabajado dentro del ejército sirviendo a la Dina y al CNI como auxiliar en una casa de torturas.  El hombre no tiene jubilación.

Su función consistía en darle de comer a los prisioneros, acarrear uno que otro cadáver que partía a Peldehue de donde sería llevado a la costa y lanzado al mar.  También le servía cafés a los torturadores en la mitad de su tarea cuando tenían a alguna víctima puesta en la parrilla a quién aplicaban corriente eléctrica generada manualmente, lo que lógicamente los cansaba.  Ufff ¡Qué trabajo nos manda el Señor! como dice la zarzuela.

Una, que está en la platea, viendo como se mueve Jorgelino, revelando mucho de lo que vio, identificando torturadores, entrevistándose con familiares de los desaparecidos ante los cuales pasa a ser una especie de benefactor ya que es el único que reconoce haber visto a su deudo, no sabe si compadecerlo o estrangularlo.

Su historia nos cuenta como a los 14 o 16  años  vino solo a Santiago y entró a trabajar de mozo en casa de Contreras.  Después tuvo entrenamiento militar, donde se ve que aprendió una vida de disciplina y supervivencia.  Es decir su colegio fue el ejército, donde por su postura tan silenciosa, tan comedida, llegó a ser casi invisible en medio de esta locura de maldad organizada. Su figura paterna fue cualquier militar de rango del cual fue sirviente, perro fiel, que lo tratara en forma decente, que le diera el pan de cada día.

Jorgelino dice y calla mucho.  Solo con lo que dice han podido identificar a 74 torturadores  de los cuales un porcentaje bastante menor cumple condenas.  El se declara creyente, lo vemos en una sesión de alguna confesión religiosa de tipo evangélico carismático, donde le hacen sanación. El no logra conectar la fe, que seguramente le ayuda a espantar los fantasmas que lo asaltan, con los actos de la existencia, que solamente revelan su capacidad de supervivencia.  De hecho en ningún momento se quiebra, ni una furtiva lágrima cae de sus ojitos y se nota que hay una disociación que le permite seguir viviendo.

Como dice Ignacio Ellacuría, el mártir salvadoreño, es imposible practicar la ley de Dios en ciertas circunstancias de miseria y opresión. Y en realidad  ¿qué hubiera podido hacer Jorgelino para arrancarse de lo que le tocó vivir?  Aparentemente nada que no significara exponer su vida. Entre tanto asesino, cualquier intento de evadirse merecía un tiro en la nuca, y el hubiera muerto sin que nadie se enterara y a nadie le importara.  ¿Y, a pito de qué iba a ser mártir?

Su conciencia no estaba formada para esos heroísmos y lo único que le pedía su origen precario era sobrevivir, lo que consiguió acallando cualquier voz interna que le dijera que algo no estaba bien, sumiéndolo en una anestesia moral, muy entendible por lo demás, aunque no justificable.

Desgraciadamente la vida es un asunto muy complejo.  El bien y el mal residen juntos, según las necesidades e historia de las personas, lo que no quiere decir que no hay que separar de la sociedad a los peligrosos o moralmente anestesiados que delinquen porque les gusta y no son reformables y además perpetúan su anestesia moral formando nuevas generaciones de delincuentes perversos.

Pero Jorgelino asegura que no cometió crímenes, fuera de servir cafecitos y acarrear uno que otro cadáver.  Yo personalmente lo dudo, ya que los tipos que están metidos en una red de torturadores o delincuentes de cualquier tipo, no soportan a testigos que no hayan también compartido algunos de sus crímenes, ya que un santo adentro de una organización de esa laya es un peligro.  Así que más de una vez lo deben haber dejado a cargo del pequeño generador manual de electricidad o le pasaron alguna prisionera para fines non santos, o les ayudó a colocar los electrodos.  Tanta santidad en medio de la perversidad no es creíble.

Y así, viviendo a salto de mata, sin hogar ni domicilio conocido, sigue viviendo Jorgelino, sintiéndose recompensado cada vez que puede contarle a algún familiar algo de su pariente desaparecido, y que a estas alturas no solo no lo agarre a patadas, sino que encima le dé las gracias.

Pero mejor hágase su propia composición de lugar viendo la película en el Teatro Alameda, con capacidad solo para 50 personas más o menos, por lo que hay que llegar tempranito.  Una lección sobre la ambigüedad de la conducta humana y de  instituciones que están profundamente arraigadas en nuestra sociedad, y que de hecho son incompatibles con un mundo mejor y con mayor grado de conciencia y que cobran víctimas de generación en generación.
Noviembre 2011

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2 Comentarios

  1. libertad joan

    Me encantaría ver ese documental » E l Mocito » . Comparto varios puntos de vista , uno es, que entre tanta maldad , es difícil que este simplismo de ser humano nunca hubiera hecho nada malo, ( sólo café ) Comparto aquello que para llegar a tener una conciencia moral en la línea del deber ser , más normal, que excluya el matar por matar, nuestro cerebro debe contar con categorías un poco más desarrolladas y avanzar con ciertas complejidades que este hombre , no tuvo acceso, más que la formación domesticada de quienes le enseñaron lo peor de la vida.Vuelvo a lo de siempre la sociedad es quien al no enseñar a ser críticos , nos vuelve a veces basura entre basurales, sólo por el derecho a comer, ni siquiera a subsistir. Buen trabajo Olguita , como siempre.

  2. rodrigo diaz yubero

    siempre un agrado leer tu columna. Tienes un modo de hablar sobre lo humano que en verdad me toca. Por supuesto que iré a ver este documental…
    Como única reflexión, me queda el recuerdo de Göethe cuando señala: Tan sólo soy un ser humano. Por lo tanto, capaz de cualquier cosa.

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