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El fatal destino de las casas Copeva: Viviendo sobre un basural 

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15 Junio 2011
Un durazno. Siempre soñó tener un hermoso árbol de durazno a la entrada de su casa. Así que en cuanto llegó a vivir a su nuevo hogar, en la villa Estaciones Ferroviarias de Puente Alto, a mediados del año 96, Magdalena Valdebenito lo primero que hizo fue pedirle a su hijo que hiciera un hoyo para plantar un árbol.

Al cabo de unas cuantas paladas apareció una roída tela de jeans, luego un pedazo de género cuadriculado y, a continuación, un roñoso zapato negro de vestir. María apenas daba crédito a lo que veía. Su hijo, en cambio, observaba la escena con disimulado morbo. Las miradas se cruzaron inquietantes.

–¡Para, para! -ordenó la mujer.

Más que una simple faena de jardinería el episodio comenzaba a parecerse a una exhumación ilegal. María decidió suspender la excavación y le pidió a su hijo que enterrara el árbol tal cual: a escasos 30 centímetros de profundidad.

-Me dio julepe, pensé que podía ser un finadito -recuerda ahora Magdalena.

El episodio no pasó a mayores, el durazno creció y hasta hace poco proveía a la familia no sólo de frutos sino de una agradable sombra en el verano. Todo hasta que se enteraron que un estudio elaborado por geólogos de la Universidad de Chile revelara que algunas muestras de frutos tomadas en el barrio, en diciembre del año pasado, estaban contaminadas con plomo y cadmio. Magdalena se enteró de la noticia en una reunión que hicieron en la junta de vecinos a fines de febrero. La investigación, de carácter exploratoria, no sólo reveló altos índices de metales pesados en frutas, sino también en diversas muestras de agua y suelo.

El fantasma de la contaminación volvía a arremeter con fuerza en la villa Estaciones Ferroviarias, luego que un brote del síndrome Guillain Barré -una degeneración del sistema nervioso periférico provocadas por virus, bacterias o exposición a sustancias químicas-, fuera detectado en al menos siete vecinos a fines del año 2003.

El Servicio de Salud Metropolitana, Sesma, aquella vez, realizó exámenes a los pobladores descartando cualquier tipo de secuelas producidas por contaminación. Pero había algo más.

Los habitantes de la villa Estaciones Ferroviarias, dueños de las vilipendiadas casas Copeva, se enteraron que gran parte de su barrio había sido levantado sobre el antiguo basural La Cañamera, un vertedero que funcionó hasta el año 1978, acumulando desechos domiciliarios e industriales de al menos cinco comunas del sur de la capital, correspondiente a una población estimada en más de 900 mil habitantes. El hallazgo de zapatos y ropa en los patios, desde entonces, nunca más fue tomado a la chacota.

La proliferación de enfermedades y el eventual nexo con agentes contaminantes tiene hoy a toda la villa con los nervios de punta. A los antiguos casos detectados de Guillain Barré hoy se suman cefaleas crónicas, diversos tipos de cáncer, sangramiento de narices, abortos espontáneos, insuficiencias renales, artritis reumatoide, anemias y el extrañísimo síndrome de Kawasaki.

El estudio sólo vino a ratificar la sospecha latente de los vecinos. Es por esto que nadie le saca de la cabeza a Magdalena Valdebenito que su nieto, trasplantado de riñón hace 3 años, es una víctima más del vertedero. Igual que su entrañable árbol de durazno plantado en su antejardín.

-Aquí hay mucha gente enferma, niños con enfermedades raras para su edad, para nosotros esto no es casual -concluye.

CALETA PRECORDILLERANA

Primero le vino un intenso cuadro febril, luego le aparecieron pequeñas manchas rojas en el cuerpo y, desde entonces, ya no quiso alimentarse más. La pequeña Noemí apenas tenía un año de vida y ningún doctor podía explicar qué le estaba pasando. “Parecía una muñeca de trapo”, recuerda su madre, Ana Neculqueo.

Luego de un tránsito desesperado entre consultas particulares, especialistas de todo tipo y una multitud de exámenes, Ana supo que la enfermedad que padecía su hija tenía un extraño nombre: síndrome de Kawasaki. La patología, con una incidencia de tres casos entre 100 mil habitantes, provocaba inflamación cardiaca, aneurismas y, en algunos casos, hasta muerte súbita. “En cualquier momento se le podía reventar una arteria”, agrega Ana.

Noemí fue hospitalizada de urgencia en el hospital Sótero del Río durante el invierno del año 1997. Una dosis potente de aspirina calmó su fiebre. Ana respiró más aliviada y fue a conversar con el doctor.

El especialista le dijo que la enfermedad podía adquirirse por contacto con elementos contaminantes provenientes de un vertedero. Luego agregó algo que no se había atrevido a confesar: “la casa donde tú vives se construyó sobre un basural”.

Ana quedó perpleja. Además de aguantar cada invierno el anegamiento de su hogar, ahora debía lidiar con una brutal sorpresa que, para colmo de males, tenía directa relación con la enfermedad de su hija. “Me sentí humillada”, dice.

-Imagínese, comprar con esfuerzo una vivienda, amononarla, para que después se llueva entera y terminar sabiendo que nos tiraron como perros sobre un montón de basura, es para no creerlo -agrega.

Seis años más tarde, Ana Neculqueo confirmaría la tesis esbozada por el doctor. En el año 2003 una tapa de alcantarillado explotó en la población San Guillermo, colindante de la villa Estaciones Ferroviarias, destapando uno de los secretos mejor guardados por las inmobiliarias que construyeron cinco conjuntos habitacionales en el sector.

-Hasta ese minuto la gente no tenía idea de nada pero, cuando comenzaron a hacer estudios de gases, a raíz de la explosión, se enteraron de la existencia del vertedero -afirma Marcela Salinas, vocera de la Asamblea Popular de Puente Alto.

No había que ser un genio para suponer que la explosión podría haber sido causada por gas metano. Aquella vez también hubo exámenes. Los resultados arrojaron altos índices de arsénico en algunos pobladores.

El doctor Enrique Paris, director del Centro de Información Toxicológica y de Medicamentos de la Universidad Católica, CITUC, que tomó las muestras, mandó incluso cartas recomendando a algunas familias “cambiar momentáneamente su lugar de residencia”.

A los pocos días, sin embargo, Paris se retractó públicamente al sostener que probablemente las muestras estaban alteradas porque la gente había comido mariscos.

-Siempre nos reímos de eso, a lo mejor pensaban que había una caleta de pescadores en la población -acota Eda Albornoz, dirigenta de la villa San Guillermo.

La contramuestra finalmente resultó negativa. El ministerio de Salud repartió un informativo a la población detallando que con los estudios realizados no era posible establecer una relación causal entre el ex vertedero La Cañamera, las explosiones de alcantarillado y los casos de Guillain Barré. Ambas poblaciones quedaron nuevamente de brazos cruzados. Aunque no por mucho tiempo.

DE COPEVA AL “GAS NATURAL”

Antes de llegar a su nuevo hogar Graciela Andrade pasó por un negocio y compró una botella de champaña. Después de 6 años viviendo en una pieza, junto a su esposo y sus dos hijas, lo menos que podía hacer era celebrar su arribo a la villa “como Dios manda”. El solo hecho de saber que ahora tenía un baño la tenía prácticamente en las nubes.

-Antes lavaba los pañales de tela de mis hijas en un tarro y botaba el agua en una cámara de alcantarillado, por eso para nosotros fue como llegar a un palacio- recuerda.

Al igual que la mayoría de las familias que se instalaron en la villa Estaciones Ferroviarias, Graciela obtuvo su vivienda a través de un programa especial para trabajadores (PET), promovido por la CUT, previo pago de alrededor de 600 mil pesos. En total, a la villa llegaron 8.000 habitantes.

El sueño de la casa propia, sin embargo, no tardó en desmoronarse. Las viviendas de la población no aguantaron las primeras lluvias del invierno y se anegaron completamente.

La historia es conocida por todos: el gobierno de Eduardo Frei repartió plásticos, la empresa acordó financiar la impermeabilización y, en algunos casos, fue obligada a pagar un millón de pesos por daño moral a sus clientes.

La única cabeza que rodó fue la del entonces ministro de Vivienda, Edmundo Hermosilla, luego que reconociera que uno de los dueños de Copeva le había regalado un caballo fina sangre. La lápida definitiva vendría después con la historia del vertedero.

Graciela Andrade acusó el golpe de inmediato y se transformó en presidenta de la junta de vecinos. Desde entonces ha liderado una larga batalla. Durante todos estos años, junto a otros vecinos, se ha dedicado a demostrar que el lugar donde viven está lejos de ser un sitio inofensivo.

El primer espaldarazo que recibieron los vecinos vino, curiosamente, de un informe encargado por el Ministerio de Vivienda a la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, respecto al sellado del antiguo vertedero. El documento, elaborado en el año 1996, reveló que se tomaron 16 mediciones de biogás en la zona encontrándose en cuatro de ellas concentraciones superiores al 5%, con alto riesgo de explosión, y recomienda la instalación de 20 chimeneas. Los ductos jamás se instalaron. La razón era más que evidente.

-Si alguno de nosotros llega a ver las casas y ve chimeneas por todos lados, usted cree que las habríamos comprado -inquiere Graciela Andrade.

René González, abogado que representa a un grupo de vecinos de la villa San Guillermo, donde explotó la alcantarilla, comparte el mismo diagnóstico.

-Esto es un escándalo, un acto genocida. Si hubieran puesto carteles la gente no compra. Aquí ha habido un problema de irresponsabilidad tremendo que involucra a personas que compran un terreno tóxico, a vil precio, y después los hacen pasar por terrenos sanos. En ese sólo lapso se hacen multimillonarios- acusa González.

La apreciación del abogado tiene fundamentos sólidos. En noviembre del año 1994 el ministro de Vivienda de la época, Edmundo Hermosilla, reemplazó el plan intercomunal de Santiago, vigente desde 1960, ampliando los niveles de densificación que, en Puente Alto, alcanzan el máximo autorizado por ley: 600 habitantes por hectárea.

La empresa Copeva, de Francisco Pérez Yoma, hermano del entonces ministro de Defensa, aprovecha la oportunidad y compra en 739 millones los terrenos aledaños a La Cañamera, y se los vende al Serviu que, a su vez, le encarga a la misma empresa construir las 4 villas El Volcán. Negocio redondo.

Pocos días después de aprobar el plan regulador, Copeva le compra al organismo estatal un paño para construir la villa ferroviaria 1 y 2. Los dardos, desde entonces, no sólo apuntan a la empresa constructora sino también al Serviu.

-El Serviu deja pasar 7 años, hasta que explota la cámara, para recién construir las chimeneas y, además, entremedio, autoriza que se construyan más poblaciones -agrega Marcela Salinas.

Las suspicacias no terminaron ahí. Otro informe del año 2004, encargado nuevamente por el Serviu a la Universidad Católica de Valparaíso, revela altas concentraciones de plomo, cromo y zinc en muestras de suelo. Debido a que nuestra legislación sólo contempla evaluación de contaminantes en terrenos agrícolas, la comparación del estudio fue hecha con normas internacionales de carácter residencial.

-Si lo comparas con las normas internacionales, como la canadiense, por ejemplo, con características de suelo análogo a los nuestras, no podrías hacer ni casas, ni parques. Tendrías que poner cemento, una valla y arrancarte de ahí -agrega Salinas.

Con los informes sobre la mesa y un montón de dudas a cuestas, los vecinos de la villa Estaciones Ferroviarias deciden levantar un estudio con fondos propios consiguiendo la asesoría técnica de un grupo de geólogos de la Universidad de Chile, encabezado por Joselyn Tapia Zamora. La investigación plantea realizar un muestreo exploratorio de agua, suelo y frutos con el objeto de determinar concentraciones anómalas de metales traza.

Los resultados estuvieron disponibles en febrero y dejaron a los habitantes de la villa más que tiritones: Dos de las tres muestras de agua extraídas sobrepasan en un 90% el máximo admisible de concentración de cobre que establece la norma chilena. Cabría preguntarse, señala la investigación, si existe una relación entre este hallazgo y la descomposición de la basura bajo el suelo. De ser así, sería muy probable que algunos fluidos tóxicos se estén filtrando a través de las cañerías. Hipótesis que no convence al alcalde Manuel José Ossandón.

-Si el estudio salió con el agua contaminada, estaría todo Puente Alto contaminado porque se trata de la misma matriz. Hay que ser responsables en las aseveraciones -dice el edil.

Respecto a las muestras de suelo, el informe señala que “las concentraciones de plomo se encuentran sobre la media definida para los suelos cultivados del valle del Maipo” y que el cadmio, elemento altamente tóxico, excede el límite admisible por el SAG para suelo agrícola en un 50%.

-Si me preguntan si eso puede generar riesgo a la población, yo creo que sí. Pero se necesitan más observaciones -señala el geólogo Rodolfo Ferrando, que estuvo en el equipo que hizo la investigación.

Las muestras de frutas tampoco difieren de los resultados anteriores. A modo de conclusión el estudio revela que la ingesta de un sólo damasco diario podría “sobrepasar el límite permisible de consumo de plomo para un niño y dos para una mujer embarazada”. Ferrando sostiene que todo lo que ha sucedido en la villa Estaciones Ferroviarias responde a un denominador común: el mal manejo del vertedero.

-Hay que tener dos dedos de frente para darse cuenta que, inevitablemente, la existencia de un vertedero puede generar algún tipo de riesgo sanitario ambiental. No es posible permitir este tipo de irresponsabilidad cuando se planifica una ciudad- agrega Ferrando.

La aparición del estudio, según cuenta Graciela Andrade, marca un punto de inflexión entre los pobladores: “Ahora tenemos argumentos para ser escuchados y exigir que se hagan nuevos estudios”. Ya existen avances al respecto. Hace un mes los vecinos se reunieron con el doctor Andrei Tchernitchin, una eminencia en el campo de la toxicología ambiental, y le pidieron ayuda para realizar una investigación más acuciosa.

-Es necesario hacer un estudio epidemiológico mucho más detallado, la idea es detectar si hay un denominador común que aumente la probabilidad de contraer enfermedades. Para comenzar habría que hacer una encuesta y a través de ella enfocar un estudio más preciso de suelo -señala el toxicólogo.

La posibilidad de realizar un censo de salud es una alternativa que se está barajando. El doctor Tchernitchin está disponible para encabezar la investigación pero antes prefiere aclarar un punto: “Me parece bien que la población se organice pero la responsabilidad debería recaer en el Estado, porque él fue el responsable de autorizar construir una población en un lugar donde no debería existir, por lo tanto deberían asumir el tratamiento de todos los enfermos que ahí aparezcan”.

Los vecinos de la villa Estaciones Ferroviarias continúan esperando. Esa ha sido la tónica durante los últimos 15 años. La mayoría ha dejado de pagar sus dividendos y en cualquier momento sus casas pueden salir a remate. Atrás quedó el sueño de la casa propia. Ahora anhelan una improbable erradicación. De llegar a concretarse, aseguran, van a destruir sus casas con sus propias manos. “Te juro que la echo abajo, no voy a permitir que alguien siga viviendo en un lugar así”, remata Graciela Andrade.

Fotos: Alejandro Olivares

*Fuente: The Clinic

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