Articulos recientes

Al navegar en nuestro sitio, aceptas el uso de cookies para fines estadísticos.

Noticias

Opinión

Despertar del sueño de la cruel inhumanidad (1) 

Compartir:

– Introducción al
libro" El Principio Misericordia"

 
Extraído del libro "El principio
misericordia"   UCA Editores 1999

1ªParte  "Despertar de dos sueños"

Me han pedido que escriba unas páginas sobre "how my mind
has changed", y he de decir que sí he cambiado y que espero que no solo haya
cambiado la mente, sino también la voluntad y el corazón.  Y si me animo a escribir sobre algo mío
personal, es porque no se trata sólo de cambio de una persona, sino de muchas
otras en El Salvador, y en toda América Latina, y por ello usaré
indistintamente el singular y el plural.

Escribo para el lector norteamericano, que por definición
tiene graves dificultades para entender la realidad latinoamericana y los profundos
cambios que produce.  Por ello, voy a
tratar de explicar en qué consiste ese cambio fundamental visto desde El
Salvador, comparándolo con otro que está en la base de la así llamada
civilización occidental moderna. 

Desde Kant, ese cambio ha sido descrito como un despertar
del "sueño dogmático", es decir como la liberación de la razón de cualquier
tipo de sometimiento a una autoridad, lo cual ha llevado a proclamar como dogma
que la liberación fundamental del ser humano consiste en la libertad de la razón
y en todo tipo de libertad.

En el Tercer Mundo, el cambio fundamental también consiste
en un despertar;  pero un despertar de
otro tipo de sueño – pesadilla más bien – , el "sueño de la inhumanidad", es
decir, despertar  a la realidad de un
mundo oprimido y sometido, y hacer de su liberación la tarea fundamental de
todo ser humano para que, de ese modo, éste pueda llegar simplemente a serlo.

Esto es lo que ha cambiado en mí, así lo espero, y en muchos
otros.  Y lo que ha hecho posible ese
difícil e inesperado cambio es, digámoslo desde el principio, la realidad de
los pobres y de las víctimas de este mundo. 
Para explicar todo esto con palabras sencillas, permítame el lector que
exponga primero unos breves hechos biográficos y, después, una reflexión más
reposada.

1,-  Despertar de dos sueños

Nací en 1938 y crecí en el País Vasco.  En 1957 vine a El Salvador como novicio de la Compañía de Jesús, y
desde entonces he pasado mi vida en este país, con dos grandes interrupciones
de cinco años en St. Louis, estudiando Filosofía e Ingeniería, y siete años en
Frankfurt, estudiando Teología.  Conozco,
pues, muy bien el mundo desarrollado y de la abundancia, y conozco muy bien el
mundo de la pobreza y de la muerte. Pues bien, he de comenzar confesando que
hasta 1974, en que regresé definitivamente a El Salvador, el mundo de los
pobres, es decir, el mundo real, no existía para mí.  Al venir a El Salvador en 1957, me encontré
con una terrible pobreza, peor, aún 
viéndola con los ojos, no la veía, y esa pobreza, por lo tanto nada me
decía para mi propia vida como joven jesuita y como ser humano.  Y, por supuesto, ni se me ocurría pensar que
yo pudiera, y menos que tuviera que aprender algo de los pobres.  Todo lo importante para la vida y para ser
jesuita ya lo traía de Europa y, de cambiar algo, de Europa vendría lo que
habría de cambiar.  Mi visión de lo que
debería ser mi vida futura como jesuita y sacerdote era entonces la tradicional
de aquellos tiempos:   ayudar a los salvadoreños a cambiar su
religiosidad popular, "supersticiosa", por una religiosidad más ilustrada;  ayudar a que la Iglesia, la europea,
creciera en sus sucursales latinoamericanas. 
Yo era, pues, el típico "misionero" con buena voluntad, y a la vez
eurocéntrico y ciego a la realidad.

Los estudios posteriores de filosofía y teología supusieron
un importante cambio, sin duda.  Fue la
sacudida de despertar del "sueño dogmático". 
Durante aquellos años de estudio, pasamos por la Ilustración, por Kant
y Hegel, por Marx y Sartre, y todo ello llevaba hondos cuestionamientos.  Por ponerlo en su momento más álgido, al
cuestionamiento del Dios que con toda naturalidad habíamos heredado de nuestras
religiosas familias centroamericanas, españolas y vascas.  Pasamos después por la exégesis crítica y la
desmitologización de Bultmann, por la herencia del modernismo y la
desabsolutización de la
Iglesia, todo lo cual llevaba al hondo cuestionamiento del
Cristo y la Iglesia
que nos habían enseñado.

Tuvimos que despertar del sueño, con dolor y angustia en mi
caso, porque era como si a uno le fuesen quitando la piel poco a poco.  Afortunadamente, en el despertar  no solo hubo oscuridad, sino también
luz.  La teología de Rahner-por poner el
ejemplo más impactante y beneficioso para mí-me acompañó durante aquellos años,
y sus páginas sobre el misterio de Dios siguen acompañándome hasta el día de
hoy.  El Vaticano II nos dio nuevas luces
y nuevos ánimos, sin duda:  la Iglesia en sí misma no es
lo más importante, y ni siquiera  lo es
para Dios.  Al trabajar en mi tesis
doctoral sobre cristología, empecé también a descubrir a Jesús de Nazaret, que
no era el Cristo abstracto que antes tenía en la mente-aunque en la vida real
el Cristo es siempre bien concreto-ni siquiera el Cristo bien presentado de
aquellos días por Teilhard de Chardin, "el punto omega de la evolución" o por
Rahner, "el portador absoluto de la salvación". 
Y me encontré-creo que fue un descubrimiento decisivo-con que el Cristo
no es otro que Jesús, y que este tuvo una utopía en la que no había pensado
antes:  el  ideal del reino de Dios.

Lejos quedaban, pues, la ingenuidad y el triunfalismo
eclesial cristiano de nuestra juventud. 
Teóricamente, nos considerábamos avanzados y "progresistas", incluso nos
creíamos equipados para poner a los salvadoreños en la dirección correcta.  Sin embargo, creo que, aún con muchos cambios
buenos, no habíamos cambiado en lo fundamental. 
Yo, al menos, seguía siendo un producto del Primer Mundo, quizás también
de lo mejor de ese mundo; pero, si iba cambiando, era por el proceso de ese mundo.
 Cambio necesario, y bueno en muchas
cosas; pero cambio no suficientemente radical y, desde el Tercer Mundo, cambio
superficial.

El mundo seguía siendo para mí el "Primer Mundo"; el hombre
seguía siendo "el hombre moderno"; la Iglesia seguía siendo "la Iglesia (europea) del Concilio;
la teología seguía siendo la "teología alemana"; y la utopía seguía siendo, de
alguna forma, que los países del sur llegasen a ser como los del norte.  Eso deseábamos, y por eso queríamos trabajar
muchos, consciente o inconscientemente, en aquellos momentos.  Habíamos despertado del sueño dogmático, si
se quiere, pero seguíamos dormidos en un sueño mucho más profundo y peligroso,
y del cual es más difícil despertar: el sueño de la inhumanidad, que no es otra
cosa que el sueño del egocentrismo y del egoísmo.  Pero despertamos.

Por uno de esos raros milagros que ocurren en la historia,
caí en cuenta de que hasta entonces yo había adquirido muchos conocimientos y
había aprendido muchas cosas, que me había desprendido y me había despojado de
muchas otras cosas tradicionales; pero en lo fundamental nada había
cambiado.  En palabras sencillas, vi que
mi vida y estudios no me habían dado ojos nuevos para ver la realidad de este
mundo tal cual es ni me habían quitado el corazón  de piedra ante el sufrimiento de este mundo.

Eso fue lo que experimenté cuando regresé a El Salvador en
1974.  Y empezamos, espero, a despertar
del sueño de la inhumanidad.  Allí, para
mi sorpresa, me encontré  con que algunos
compañeros jesuitas ya hablaban de pobres, de injusticia y de liberación.  Y me encontré con que jesuitas, sacerdotes y
religiosas, laicos, campesinos y estudiantes, incluso algunos obispos, actuaban
a favor de los pobres y se metían en serios conflictos por esa causa.  Yo estaba recién llegado y sorprendido, y no
sabía que podía aportar.  Pero desde el
principio se me hizo muy claro que la verdad, el amor, la fe, el evangelio de
Jesús, Dios, lo mejor que tenemos los creyentes y los seres humanos, pasaban
por ahí, por los pobres y por la justicia. 
Por decirlo en palabras concretas: no es que Rahner o Moltmann, a
quienes estudié a fondo, no tuvieran nada que decir, pero comprendí que era una
insensatez tener como ideal rahnerizar o moltmanizar a los salvadoreños.  Si algo podía ayudar yo con mis estudios, la
tarea tenía que ser a la inversa: salvadoreñizar, si era posible a Rahner y a
Moltmann.

En esta situación, 
tuve la dicha de encontrarme con otros que ya habían despertado del sueño
de la inhumanidad:  Ignacio Ellacuría y,
después, Monseñor Romero, por citar sólo a dos grandes salvadoreños, cristianos
y mártires, grandes hermanos y amigos. 
Pero, además de esos encuentros bienaventurados, poco a poco me fui
encontrando con los pobres reales, y creo que ellos acabaron de
despertarme.  Al despertar, cambiaron
radicalmente las preguntas, y, sobretodo, las respuestas.  La pregunta fundamental se convirtió en si
somos o no humanos y, para los creyentes, en si nuestra fe es o no humana.  Y la respuesta no fue la angustia que suele acompañar
al despertar del sueño dogmático, sino el gozo de que sí es posible ser humano
y ser creyente, pero a condición de cambiar los ojos para ver lo que había
estado ante nosotros, sin verlo, durante años, y de cambiar el corazón de
piedra en corazón de carne, es decir, dejándonos mover a compasión y
misericordia.

El rompecabezas que es la vida humana, cuyas piezas se
descompusieron por la
Ilustración y sus cuestionamientos, volvió a descomponerse de
nuevo al enfrentarnos con los pobres de este mundo, pero con una gran
diferencia.   Después de la sacudida del
sueño dogmático, tuvimos que rehacer el rompecabezas, con angustia y dificultad
y conseguimos cosas muy positivas.  Sin
embargo, mi impresión es que ese primer despertar no bastó para sacarnos de
nosotros mismos, y pudimos seguir encerrados y centrados en nosotros.  Despertar del sueño de la inhumanidad fue una
sacudida más fuerte, pero también más gozosa. 
Es posible vivir sobre este mundo no sólo con honradez intelectual-el
gran problema de los creyentes hace veinte o treinta años-sino que se puede
vivir con hondo sentido y con gozo.  Y
entonces caí en cuenta de otra de las grandes verdades olvidadas;  que el evangelio, eu-aggelion, no es sólo
verdad—que hay que asentar en presencia de tantos cuestionamientos-sino que
es, ante todo, buena noticia que produce gozo.

-Continúa.

– Publicado originalmente en Inglés:  "Awakening from the sleep of inhumanity" en
(James M. Wall-David Heim) How My Mind Has Changed, Grand Rapids 1991, pp158-173

Compartir:

Artículos Relacionados

Deja una respuesta

Los campos marcados son requeridos *

WordPress Theme built by Shufflehound. piensaChile © Copyright 2021. All rights reserved.