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¿Quién se robó el papel higiénico? 

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¿Quién se robó el papel confort?
Es completamente falso que  el Estado chileno sea el más probo de América Latina, aunque sí es posible que ostente el récord de defraudaciones al fisco, descentralizadas y de poco monto. Es muy plausible que nuestras castas en el poder, en distintas épocas de la historia, hayan logrado convencer a las Agencias Internacionales que Chile es, de lejos, el país más honrado del mundo, sin embargo, de tiempo en tiempo surgen los escándalos.

No creo que la deshonestidad haya surgido con el gobierno dictatorial de Daniel López Pinochet y continuado con sus sucesores, de la Concertación; la pillería  e hipocresía chilena viene desde comienzos del siglo XIX. En la República, llamada Parlamentaria, los diputados se repartían las concesiones salitreras y las tierras vírgenes de Magallanes; los liberales democráticos eran dueños del poder judicial y robaban a manos llenas y los radicales de la educación; la mayoría de los padres conscriptos eran abogados de las empresas salitreras y defendían, sin asco, los intereses de los propietarios ingleses. Cuántas veces don Arturo Alessandri fue acusado de peculados perpetrados cuando era abogado de las compañías salitreras y el ministro de Pedro Montt, Rafael Sotomayor, era socio y mandatado por la Casa Granja; esto para dar sólo algunos ejemplos. Aún recuerdo que en el parlamento republicano, de los años 50-70, existían las famosas consejerías parlamentarias: un diputado era convidado a formar parte del directorio de una empresa privada, lo que hacía muy difícil que votara contra un proyecto que lo perjudicara. No faltaba el prohombre que pedía formar parte de una comisión que tratara, en especial temas relacionados con sus propios intereses económicos.

Era tan deshonesta la casta oligárquica que el político Marcial Martínez llegó a proponer, en la columna de un Diario capitalino, “estatizar el soborno y la coima”, para evitar la competencia entre privados, algo así como el monopolio fiscal de la droga. Es cierto que hay dos tipos de desfalco: el grande, como el del Banco Riggs, el desvío de fondos de CODELCO o el forado dejado en la CORFO por Inverling, que corresponden a ladrones de alta monta; el chico corresponde a desvío de recursos de pequeños proyectos, muy diversificados y dispersos regionalmente, que se destinan a falsos clubes de “rasquimbol”.

Este es el clásico robo que predomina en este país de lanzas y choros internacionales; a lo mejor, sería bueno hacerle caso al gran Marcial Martínez y estatizar, presupuestariamente, un pequeño monto destinado a falsos proyectos, que permita una digna jubilación a funcionarios públicos de provincia. Pienso que mientras la política esté mezclada con los negocios, siempre habrá corrupción: de la grande y de la chica. 
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