Estimulado por la interrogación disyuntiva convocante del
encuentro en el Paraninfo de la
Udelar titulado "¿Involución o reformulación transformadora?
Dilema para el nuevo rumbo de la izquierda uruguaya", al que aludí el domingo
pasado en este espacio, intenté señalar allí el carácter inusual y
confrontativo con las tradiciones voluntaristas que contiene semejante
interpelación. La pregunta por la propia ubicuidad respecto a los puntos
cardinales de la historia y a los horizontes trazados o soñados, es
posiblemente el interrogante inicial, previo a potenciales saltos cualitativos
o, inversamente, a sorpresivos tropezones o graves caídas, cuando se formula
introspectivamente. El mismo que ayuda a anticipar próximas convergencias o
crecientes distanciamientos, si surge de manera exógena. Su único riesgo es
transformarse en un insumo exclusivamente rumiante o un obstáculo insalvable y
paralizante. Si se nos permite una grosera extrapolación disciplinaria, es a
las ciencias sociales (y a la política) lo que el síntoma al psicoanálisis (y a
la clínica): una sospecha fundante y necesaria.
Refleja una incertidumbre que, aún en la zozobra y la
angustia, puede convertirse en timón precisamente para tomar el rumbo antes que
para padecerlo o confiarlo ciegamente cual pasajero pasivo a su piloto. En
nuestro caso, y seguramente para los organizadores que se articulan en la
página web "el socialismo es posible", se tratará de trocar dilema por problema
y tender hacia su paulatina resolución, si efectivamente es posible, del mismo
modo que lo sería el socialismo. Para los dogmatismos resulta una duda inútil.
Como están eximidos de aprendizajes y, en última instancia, de verificación
empírica, los rumbos y sus oscilaciones no los leen en los GPSs de la historia
cotidiana sino que los encuentran ya inscriptos en las sacras cartas náuticas
del pasado. Obviamente hasta encallar o, peor aún, hasta el trágico naufragio.
No imagino a buena parte de la tradición izquierdo-progresista clásica dudando
sobre retrocesos propios, a no ser que puedan atribuírselos al imperialismo o a
sus múltiples brazos actuantes. Desde este punto de vista, es una pregunta para
una nueva izquierda, como creo que insinuó Constanza Moreira en ese encuentro.
Si siendo nueva es mejor y más incisiva, es algo que no podemos determinar a
priori, sino que también deberá verificarse en su devenir. Aunque prefiero
aventurar que la renovación es indispensable.
La infrecuencia de la pregunta no conlleva, sin embargo,
simplicidad en la respuesta. Por el contrario, ésta nunca será binaria,
taxativa, única. El mérito de las buenas preguntas es eludir la posibilidad de
respuestas simplistas y, éstas en particular, no lo serán ni en Uruguay ni en
el resto de América del Sur. En la región se verifica un momento político
excepcional, aunque desigual y sinuoso y Uruguay no es excepción. Jamás se dio
una sinergia regional semejante con explícitas intenciones progresistas y menos
aún un desacople o independencia relativa con las tendencias económicas y
políticas dominantes en el centro. Buena parte de los países dominantes se
encuentran sumidos hoy en grandes crisis. El resto, a lo sumo, en la parálisis
y el conflicto. Aunque infrecuente como la pregunta inicial, lo verdaderamente
excepcional no es la crisis sino su actual imposibilidad de transferir los
costos de sus desaguisados hacia la periferia. Nunca se verificó que el primer
mundo retrocediera y se retorciera mientras el tercero (al menos una proporción
significativa con particular énfasis de sudamérica) creciera a "tasas chinas",
proponiéndose además transformaciones políticas relativamente heterodoxas y
autónomas.
Parece una atractiva ratificación del carácter multicausal y
plurilineal de la transformación histórica. En materia ideológica, el
evolucionismo histórico linealista también está sufriendo una derrota. Pero
además de la ruptura con esta concepción, la complejidad de las respuestas
proviene de la multiplicidad de planos en los que puede ser aplicada y hasta la
desigual tendencia en cada uno de ellos. Es perfectamente concebible que se
retroceda en algunos aspectos de la acción política para avanzar en otros.
¿Cómo concebir sino en Uruguay el veto a la ley del aborto en la pasada
administración de izquierda, o la derrota de la papeleta rosada en el
plebiscito?
El hecho de asumir incertezas y estimular interrogantes no
me asocia a ninguna de las modas filosóficas posmodernas actuales, inscriptas
en el relativismo y el individualismo subjetivista. Por el contrario, en el
párrafo anterior, al ejemplificar con dos retrocesos específicos, estoy
introduciendo tácitamente algún parámetro de medida histórica. Pero para no
dejarlo en ese nivel tácito, prefiero sostener que la emancipación humana me
parece relativa y gradualmente posible a la par que mensurable, si se
contabiliza como conquista de condiciones y espacios materiales de vida. Sin
embargo no estoy concibiendo estas condiciones materiales al modo de la lectura
dogmática y economicista del famoso prólogo de la Contribución a la
crítica de la economía política de Marx que siempre me pareció una versión
"izquierdista" de la famosa sentencia "es la economía, estúpido". Creo,
inversamente, que lo material excede holgadamente a lo económico y que lo que
verdaderamente ha logrado la famosa metáfora entre la base y la
superestructura, es velar la potencia de las demandas sociales simbólicas,
subjetivas y culturales demorando de ese modo posibilidades emancipatorias
concretas.
Prefiero concebir a esos espacios y condiciones materiales
de vida como variables sobre las que se desarrolla la vida concreta, como
síntesis de múltiples determinaciones. Vida que requiere indiscutiblemente de
riqueza pero también de libertades, goces, derechos, conocimientos, emociones,
placeres, participación en las decisiones que afectan la propia vida y muchas
otras determinaciones que surgen de las demandas y luchas que los propios protagonistas
se plantean y explicitan. Que en consecuencia, la emancipación humana puede
mensurarse según la conquista de magnitudes de cada una de esas variables y de
las que se requieran (incluyendo obviamente la económica o salarial) y por el
ensanchamiento de los espacios sociales e individuales en los que se realizan y
disfrutan. Me resulta tan concebible la emancipación humana respecto al capital
y a la división jerárquica y vertical del trabajo, a la explotación, cuanto la
emancipación relativa frente a la ignorancia, a los mitos, a los prejuicios, a
la represión del placer, a las restricciones de libertades y derechos, etc.
Claro que mientras la primera requiere la ruptura con el capitalismo, las
siguientes pueden trabajosamente ir desarrollándose en compleja y contradictora
convivencia con su vigencia.
Algo que, desde el punto de vista metodológico, también
presenté por su diacronía como la distinción entre eficacia y legitimidad el
domingo pasado. Así como la legitimidad puede ir construyéndose aún en la
disputa política, a diferencia de la eficacia que requiere del poder político,
fragmentos parciales de la emancipación humana pueden conquistarse luchando al
interior del propio capitalismo. Sobre la base de esta dualidad de presupuestos
teóricos expuestos en la pasada contratapa y ésta, pasé a intentar algunas
tímidas respuestas a la pregunta convocante. Pero exponerla requerirá de una
nueva nota. Sólo anticipar que la izquierda uruguaya seguramente esté entre las
que mejores condiciones tienen para problematizar con legitimidad la lectura
del rumbo de su historia. Pero más aún para escribirla legítimamente.
– El autor es profesor titular e investigador de la Universidad de Buenos
Aires, escritor, ex decano. cafassi@sociales.uba.ar
Sus artículos están referidos principalmente a la realidad
uruguaya y son publicados originalmente en el periódico La Republica, de Uruguay.
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