(APe).- “Tres máquinas perforadoras de diferente tecnología -leemos en
una nota- trabajan en el rescate de los 33 mineros atrapados en el fondo
de un yacimiento en el norte de Chile, en una suerte de ‘sana
competencia’ entre tres empresas que luchan por rescatar lo antes
posible a los trabajadores…”
Lo que no dice esa nota es por qué no compitieron antes las empresas
mineras de Chile en dar más seguridad a sus trabajadores. Y tampoco dice
por qué el Estado chileno estaba ausente cuando varias de esas empresas
(18, para ser exactos) iniciaron excavaciones y explotaciones a gran
profundidad sin tomar el recaudo -mínimo- de practicar dos bocas de
acceso para cada yacimiento.
Ahora, los 33 mineros atrapados en el derrumbe de Copiapó reciben los
mensajes de afecto y las plegarias y deseos de cientos de miles de
personas. Y también millones de clicks en Facebook, en Twitter y las
otras redes de Internet. Y hasta una llamada diaria del presidente
Piñera, que en un país golpeado como nunca por las catástrofes está
dispuesto a realizar proezas (y piruetas y virajes) que no imaginaba
hace pocos meses, cuando lanzó su candidatura presidencial.
En esa primera semana de incertidumbre, cuando las familias de los
mineros atrapados y los rescatistas luchaban por saber si había
sobrevivientes y cuántos y quiénes, otros accidentes mineros ocurrieron
en el mundo, pero no llegaron a la primera plana de los diarios.
En China, por ejemplo, potencia mundial en donde se sigue extrayendo el
carbón de piedra con métodos copiados de la Inglaterra del siglo XIX, ya
se han producido en lo que va del año 1.900 muertes por explosiones y
escapes de gas en las minas. En 2008 -datos de la Administración de
Seguridad del Trabajo- fueron 3.315.
Las minas de cobre del norte de Chile que no fueron afectadas por el
terrible sismo del sábado 27 de febrero de este año, el domingo 28 ya
habían reanudado la actividad. Mientras quedaban víctimas respirando
apenas, entre los escombros, esperando el rescate, las minas ya estaban
de nuevo en producción.
¿Es que no pueden parar? ¿Es que el implacable reloj de la ganancia
-corazón y pulmón del capitalismo- es incapaz de detenerse un minuto, a
escuchar el suspiro de la criatura humana?
Otro Cromañón es posible
En junio de 2004, una explosión y un incendio en un yacimiento de Río
Turbio, Santa Cruz, acabó con la vida de 14 obreros del carbón. Según
las pericias, los dispositivos de seguridad (contando con la vista gorda
de los mismos sindicatos mineros) no habían sido revisados ni
supervisados.
Recientemente, la catástrofe de un gimnasio que se vino abajo en Villa
Urquiza, Buenos Aires -y que causó tres muertes- puso de relevancia el
detalle de que un funcionario encargado de Seguridad en las obras del
subte porteño -Eduardo Schabner- también había sido responsable de
Seguridad en la Mina 5 de Río Turbio, cuando se produjo la tragedia de
2004.
A los automovilistas, por el sistema de scoring, les retiran la licencia
por acumular dos o tres infracciones. Pero a funcionarios que han
incurrido en negligencia criminal, en otros escenarios, no se los juzga
ni castiga. Todo lo contrario: se los premia.
Así las cosas, y lo decimos no por agoreros, sino por realistas, la
ciudad de Buenos Aires podría volver a sufrir en cualquier momento una
tragedia sin reparación posible, como fue el incendio y ratonera del
boliche Cromañón, en 2004, que se llevó la vida de 193 jóvenes.
Gonzalo Rojas, revisitado
Decía el gran poeta chileno Gonzalo Rojas, hijo de mineros, en unos versos casi clandestinos de los ’70:
“Uno escribe en el viento: ¿para qué las palabras?
Árbol, árbol oscuro. El mar arroja lejos
a los pescados muertos. Que lean a los otros.
A mí con mis raíces.Con mi pueblo de pobres. Me imagino a mi padre
colgado de mis pies y a mi abuelo colgado
de los pies de mi padre. Porque el minero
es uno, y además venceremos.
Venceremos. El mundo se hace con sangre. Iremos
con las tablas al hombro. Y el fusil. Una casa
para América hermosa. Una casa, una casa.
Todos somos obreros”.
Pasaron muchos años hasta que Gonzalo Rojas se decidió a incluir ese
poema en un libro. Y lo hizo. Y su poema, como los poemas de verdad, no
tiene fecha de expiración ni vencimiento. Los hermanos de Chile tendrán
que ir, con las tablas al hombro, a construir su casa, su definitiva
casa. Y nosotros aquí, con nuestras tablas y nuestros muertos, tendremos
que hacer lo mismo. Y otro tanto deben hacer los de China, no importa
qué bandera ondee en sus palacios.
Se trata simplemente, apenasmente, trabajadoramente, de los derechos humanos.
*Fuente: Agencia Pelota de Trapo
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