Articulos recientes

Al navegar en nuestro sitio, aceptas el uso de cookies para fines estadísticos.

Noticias

Análisis

El legado teórico de Rodrigo Ambrosio 

Compartir:

Santiago, 19 de mayo 2010

     Con excepción de un libro homenaje, escrito hace algunos años, intitulado ‘In Memoriam. Rodrigo Ambrosio, constructor del MAPU’, y cuya segunda edición, corregida y aumentada saldrá publicada en Suecia, Estocolmo, durante el curso del mes de agosto, jamás he redactado un artículo en memoria suya ni he recurrido al empleo de sus palabras para argumentar en contra de las posiciones que caracterizaran a los miembros de esa organización, personajes destacados en los sucesivos gobiernos de la Concertación. Menos, aún, escribir acerca de su legado teórico, materia cuyo trato a muchos avergonzaría. Dos razones avalan esta conducta mía.

     Una es, por supuesto, el hecho que Rodrigo, a pesar de ser un escritor infatigable, dejó pocos documentos suyos, la mayoría de los cuales pasó  a constituir la línea teórica y programática de su partido.  Los escritos de Rodrigo y su partido, pues, se confunden en una obra única al extremo que solamente avezados investigadores podrían distinguir donde empieza y termina tanto el trabajo colectivo como el suyo.

ver video

     Hay, no obstante, una razón más importante que me ha hecho guardar silencio ante su figura. Esta no es otra que la misma que me obliga a callar frente al legado que deja la presencia rutilante y conmovedora del presidente Salvador Allende. Ambos son personajes históricos. No se caracterizaron por dejar un legado teórico de proporciones. Fueron líderes que construyeron patria y organización al compás de los acontecimientos. Pertenecen, por consiguiente, a su tiempo y a su historia, y obligan a formular inevitables comparaciones. Sin embargo, nada puede presumirse de ellos que no sea lo que verdaderamente fueron; la muerte, que interrumpió el flujo de sus vidas, impide suponerles conductas que no adoptaron ni podrán adoptar jamás. La muerte, por consiguiente, impide manipular sus memorias. Fueron grandes en su tiempo porque lucharon por sus convicciones  y fueron capaces de crear nuevas formas de concebir la organización social con los instrumentos teóricos que poseían. No se les puede criticar porque nacieron en una época que no se corresponde con la nuestra. Al contrario: precisamente por eso ha de considerárseles grandes. Porque sin contar con el instrumental que la moderna sociedad nos entrega fueron capaces de señalar un camino y una tarea para las generaciones que habían de sucederles.

     Rodrigo estudió en Francia, nación en la que ya destacaban Charles Betthelheim, Nicos Poulantzas, Étienne Balivar, Louis Althusser, entre otros, cuyas críticas al ‘socialismo real’ comenzaban a hacerse públicas, en tanto dentro de Italia y España realizaban similar labor Umberto Cerroni, Eduardo Fioravanti, Manuel Castells, también entre otros. Era una época en que se buscaba la posibilidad de instaurar un modelo socialista distinto al pregonado por la URSS, cuyas bondades muchos comenzaban a poner en duda. No por algo esos autores eran observados con sospecha por la militancia comunista, poco proclive al análisis y muy inclinada a tener fe en la sapiencia de sus líderes, defensora inclaudicable de las bondades de un modelo cuya verdadera esencia desconocía. Y es que la propaganda de la URSS era poderosa en ese entonces porque mostraba una experiencia real, un resultado (una ‘gestión’ exitosa, si empleamos las palabras de los ministros piñeristas), y no una simple elaboración teórica: podía, por consiguiente, no sólo atribuirse ser la heredera de las tesis de Lenin (que, verdaderamente, lo era), sino además de Karl Marx.

     Puedo asegurar que Rodrigo no sucumbió ante la propaganda del modelo soviético; de otra manera hubiere reconocido filas en el partido comunista chileno. Pero era profundo admirador de las luchas populares, de las grandes epopeyas que hablaban de sociedades tomando para sí el control de su propio destino. Y eso era lo que había descubierto en determinados movimientos comunistas. No la forma de gobierno propiciada por ellos ni su estilo de organización social, sino el permanente ejercicio del poder de las masas, de toda una formación social en marcha hacia el encuentro consigo misma. Por eso sus tesis rebozan de confianza en las personas, en las masas, en sus organizaciones, lugares en los cuales debía radicar el verdadero poder, el control social.

     No puede suponerse que seguiría Rodrigo siendo hoy lo que fue; tampoco puede presumirse que abjuraría de todo su pasado, como la generalidad de la membrecía del MAPU lo hizo para abrazar la causa del mercado. Rodrigo está muerto. Suponer conductas políticas actuales en quienes han fallecido es política ficción. Las personas pertenecen a un tiempo y lugar determinados, a una sociedad y a una época.

     Puede, sin embargo, hacerse una breve reflexión. Rodrigo fue un sujeto autoritario; al menos, así se manifestaba. El autoritarismo es una enfermedad psíquica. Fromm la considera, junto con el conformismo y la autodestrucción, uno de los tantos ‘mecanismos de evasión’ que emplea el ser humano para superar la angustia de encontrarse inmerso en una sociedad que lo doblega. Constituye, por ende, una conducta anómala, aunque se dé en forma frecuente. El autoritarismo es típico del líder político que se impone a gritos, y emplea el desprecio y la descalificación como arma política. Es una conducta típica en el Chile de hoy.

     El autoritarismo de Rodrigo era, no obstante, bastante especial. Yo no estoy seguro si puede considerársele como tal o si era una forma de imponerse a quienes mostraban claras tendencias al autoritarismo y al ejercicio del mando. Un hecho interesante que avala esta sospecha es que, durante el tiempo en que Rodrigo ejerció la Secretaría General del MAPU, la cohesión del partido adquirió rasgos monolíticos, al extremo que, cuando se retiraron las figuras más emblemáticas del partido (Alberto Jerez, Julio Silva Solar, Jacques Chonchol y Rafael Agustín Gumucio)para formar la Izquierda Cristiana, todos ellos se fueron solos, sin apoyo alguno de las bases. El autoritarismo de Rodrigo pareciera ser que se ejercía como forma de cohesionar a una base extremadamente autoritaria. Lo cual hace concluir que Rodrigo, a diferencia de quienes lo reemplazaron más tarde en la dirección de las fracciones mapucistas organizadas tras su muerte, estaba consciente de lo que hacía.  Es decir, que cumplía su rol de factor de unidad. En términos vinculados a la ‘teoría de la complejidad’ (‘caos’), Rodrigo era el ‘atractor’ del movimiento social. Su factor de cohesión. Ello explica, además, que a su muerte se dividiese el MAPU, casi inmediatamente, en dos fracciones acaudilladas, respectivamente, por Oscar Guillermo Garretón (MAPU) y Jaime Gazmuri (MAPU Obrero y Campesino MOC), y que,luego del golpe militar, la primera de éstas se subdividiese en otras tres que fueron el MAPU oficial, el MAPU Partido de los Trabajadores y el MAPU Comité Central. El MAPU Obrero y Campesino, liderado por Gazmuri, no se dividió porque allí se reunieron todos los que se consideraban ‘dueños del MAPU’, los ‘patrones’, los que dieron lo que podría denominarse como ‘perfil del dirigente del MAPU’; no se dividieron, además, porque, como lo expresara brillantemente Adriana Delpiano, tenían vocación de servidores del estado; se preparaban para asumir el gobierno del país.

     Las divisiones del MAPU terminaron, finalmente, en un reencuentro de personalidades, de dirigentes que, por fin, veían aflorar sus respectivos caracteres individuales, subsumidos hasta ese momento bajo el recuerdo de la fuerte personalidad de Rodrigo. Si en algunas oportunidades emplearon la excusa de las diferencias teóricas para justificar tales divisiones, lo cierto es que, al advenir la democracia, gran parte de ellos se habían vuelto a unir, en el carácter de militantes socialistas (tanto en la llamada Convergencia Socialista como en algunas de las diversas fracciones que presentaba el Partido Socialista PS) o del Partido Por la Democracia PPD, para asumir el reto de dirigir al país. Atrás quedaban las luchas por el poder popular o por la profundización de la democracia. Obnubilados por la marea centelleante del mercado, convencidos de haber recibido la divina misión de ‘guiar al pueblo hacia su destino histórico’  sustituyeron sus principios socialistas ‘estatistas’ por el ‘socialismo de mercado’. Al amparo del estado estaban las buenas rentas fijadas por la dictadura para tentar a los empresarios en la labor de dirigir la nación y la posibilidad de crear nuevos empresarios, nuevos negocios, nuevos lobbies. La tarea que emprendieron no fue distinta a la que guió a Pinochet en su asonada golpista: sólo haciendo más ricos a los ricos se harían ricos, también, los pobres. Como si el capital no fuese el engendro que es. Como si el capital no existiese tan sólo para acrecentarse. Semejante concepción solamente había de poner al descubierto la espantosa indigencia teórica de sus sostenedores, personajes inclinados a practicar la ‘ingeniería política’por sobre el análisis teórico.

     No debe sorprender, por consiguiente, que todos quienes se erigen hoy como organizadores del MAPU pocas veces quieran reivindicar la figura de Ambrosio y, antes bien, sientan un poco de recelo en hacerlo. Es obvio que así suceda. La figura de Rodrigo avergüenza a sus sucesores. Tal vez por eso prefieren separarse de aquella, reivindicar su rol de constructores del Chile post dictatorial y atribuir las ideas que hicieron posible la organización de ese movimiento a ‘pecados de juventud’.

     Y es que Rodrigo, con todo, dejó un legado político que puede descubrirse en los documentos que escribió, en sus discursos e intervenciones públicas. De todo ese arsenal de documentos, que no es muy abundante, tal cual se ha dicho, hemos querido extraer algunas de sus ideas, tal cual lo señalamos en nuestra obra anunciada al comienzo.

      Digamos, no obstante, algo previo. El basamento teórico de Rodrigo fueron las tesis propuestas por Karl Heinrich Marx y Friedrich Engels. Fue en la época que recién había Louis Althusser publicado su obra “Para leer ‘El Capital’” (1967) y Nicos Poulantzas preparaba la suya (“Poder político y clases sociales en el estado capitalista”, 1968). Era una época en que, si bien algunos autores vislumbraban algunas innovaciones de relevancia, no era usada la interdisciplinariedad como instrumento de análisis ni, mucho menos, los espectaculares aportes de la biología, la semiótica y las matemáticas. Por el contrario. Bajo el fuerte influjo de la Unión Soviética, las tesis de Marx y Engels pasaban, necesariamente, por la exégesis leninista, stalinista, maoísta, trotskista, kimilsungista, etc. Los teóricos habían sido sustituidos por conductores sociales o estrategas; el empirismo de éstos era la teoría. Los modelos ‘socialistas’ que aparecían como triunfantes determinaban las líneas de los partidos. Marx y su teoría acerca del acopio de las disciplinas, sus concepciones acerca de la globalidad, estaban olvidadas. Y era un milagro que, en un país distante como Chile, hubiere personas como Rodrigo que se atreviesen a formular tesis que fuesen más allá de los estrechos marcos que brindaban los modelos existentes.

Concepción del Estado. La concepción de Rodrigo acerca del estado era, a no dudarlo, ‘instrumental’. Si bien prevenía acerca de la necesidad de distinguir entre estado, gobierno y poder, sus ideas acerca del estado no eran diferentes de las que sostenían las demás organizaciones políticas. Las clases postergadas debían apoderarse de esa  “llave maestra del poder político”. O, empleando sus propias palabras, el estado había de convertirse “de instrumento de dominación de la burguesía en el instrumento al servicio de los intereses de las clases  populares”. Esta concepción ‘instrumentalista’ desarrollada, entre otros, por el malogrado teórico  italiano Antonio Gramsci, hacía suponer que la estructura social era como un edificio o un vehículo al cual bastaba ingresar para dirigirlo u orientarlo en cualquier sentido. La teoría ‘relacionista’ del estado, desarrollada más tarde por Nicos Poulantzas, vino a ajustarse con mayor fidelidad a las enseñanzas, no siempre claras en ese sentido, del maestro de Tréveris. Y no está claro si en el pensamiento de Ambrosio influyó o no la concepción ‘instrumentalista’ que, hasta la edición de 1985 de su obra más célebre (“Los conceptos elementales del materialismo histórico”), sostuvo la excelente teórica chilena Marta Harnecker.

Estatuto de las clases sociales. Rodrigo redactó un verdadero estatuto de las clases sociales chilenas. Tomó en sus manos todos los conocimientos que existían en aquellos años y los plasmó en un estudio que incorporó, como ya se ha dicho, un nuevo término en el estamento proletario y que denominó ‘proletariado de cuello y corbata’, segmento social que comprendía al sector de empleados bancarios, personal administrativo de las industrias y servicios y empleados o vendedores del comercio. Todos ellos, considerados en su calidad de vendedores de fuerza o capacidad de trabajo pasaban a integrar el proletariado chileno o ‘trabajadores’, a diferencia de otros estudios que los denominaban despectivamente ‘pequeña burguesía’. Ignoro si en esta contribución estuvo presente, también, la influencia de la que fuese compañera suya durante los años de estudio, en Francia, Marta Harnecker. Lo cierto es que en la más conocida de sus obras, esta notable investigadora chilena escribe, al respecto, lo siguiente:

“[…] ello ha conducido a que muchos teóricos marxistas no incluyan en el concepto de proletariado a los trabajadores del comercio y de la banca, que son entonces considerados como ‘empleados’ (grupo social que se incluiría en el ambiguo concepto de ‘clases medias’)” [1].

No obstante tal innovación, el propio Rodrigo incurrió al respecto en contradicciones aparentemente manifiestas. No sucedió ello en pocas oportunidades. Pero es posible suponer que esta asimilación de la ‘pequeña burguesía’ al estamento de ‘empleados’ fue hecha en referencia al denominado ‘alto personal administrativo’ de las empresas públicas, privadas o mixtas. No obstante, esta es una interpretación. No existe base ni seguridad alguna  para sostenerla con certeza.

      El estudio de Rodrigo, bastante más completo que los escasos intentos de los otros sectores por construir una teoría de las clases, determinaba estructuralmente tales grupos sociales. No era extraño que así sucediese. Por una parte, los estudios más acabados que existían en esa época eran los realizados por Georg Lukács. Por otra, la teoría en boga de esos años era el ‘estructuralismo’ y, aunque Rodrigo no la aceptaba, los influjos de esa tendencia se dejaban sentir fuertemente en todas las disciplinas.

      En Nicos Poulantzas, las clases sociales poseen un sentido dinámico. Se organizan en la lucha de clases, en la oposición a otras clases y/o fracciones de otras clases. Son estructuras, sí, pero tienen un carácter disipativo (si recurrimos a las expresiones de Ilya Prigogine); se organizan y reorganizan constantemente, cambian de forma y de sujetos (no de intereses).

El Frente Revolucionario. La adaptación de una forma de vida que ha de sustituir a la actual se realiza a través de la construcción de otro sistema social que, en los escritos de Rodrigo, se llama precisamente ‘nueva sociedad’. No quiere decir eso que el dirigente mapucista abominase el término ‘comunismo’. De ninguna manera. Tan sólo buscaba distanciarse de una denominación que ya tenía una connotación ideológica. No sólo la Unión Soviética se había apropiado de aquel vocablo, sino también lo hacían aquellas otras sociedades que se habían organizado luego de alcanzar el triunfo merced a luchas populares o guerras prolongadas. Esa nueva sociedad se conquistaba a través de una estrategia que Rodrigo denominó ‘Frente Revolucionario’ o unión de las organizaciones sociales y políticas bajo la conducción de la clase trabajadora. Se apartaba Rodrigo de las concepciones vigentes en esos años del ‘Frente Popular’ (sostenida por el Partido Comunista), de la ‘guerra popular y prolongada’ (de los sectores maoístas) y de la ‘estrategia guerrillera’, apoyada por el MIR.

Etapas en la construcción de la nueva sociedad. En la construcción de la nueva sociedad, sostenía Rodrigo la existencia de tres etapas claramente diferenciadas:

  1. La conquista del poder político, que correspondería al triunfo electoral, la fase de toma del gobierno de la nación. A partir de allí había que conquistar el poder del estado. No de otra manera se explica que sus discursos terminaran siempre con la consigna de ‘A convertir la victoria en poder y el poder en construcción socialista’.
  2. La consolidación del poder revolucionario, a través de una amplia movilización popular. Y,
  3. La construcción revolucionaria o Nueva sociedad. 

Tareas previas a la conquista del poder. Pensaba Rodrigo que, para llevar a cabo esa tarea, previo era la realización de dos grandes tareas políticas, a saber:

  1. Política social: En esta parte proponía la organización de una Central Única de Trabajadores CUT fuerte, con todos los trabajadores integrados a ella, un Frente Campesino Único al cual confluyese todos los trabajadores del campo y una Unión Nacional de Estudiantes tanto universitarios como secundarios, y
  2. Política sindical. En la concepción de nueva sociedad de Ambrosio, el poder de los trabajadores era lo fundamental. Por lo mismo, su atención siempre estuvo puesta en el fortalecimiento de la clase trabajadora y de sus organizaciones. Para ello, proponía la creación de sindicatos únicos o Federaciones por rama de actividad y su inmediata afiliación a la CUT, la presentación de pliegos únicos de peticiones y la unión de los trabajadores de las pequeñas empresas en sindicatos fuertes y cada vez más grandes.

Concepción de partido. La concepción de partido que tenía Rodrigo era un tanto diferente a la tradicional, aunque no siempre estaba bien explicitada. Por una parte —y esa tarea la inició ya como Presidente de la Juventud Demócrata Cristiana—, quería articular un partido de cuadros. Rodrigo confiaba en la ‘clase dirigente’ y, extrañamente, buscaba la organización de un partido que no suplantase a la clase trabajadora en su rol de conductora del proceso de construcción de la nueva sociedad. Era aquella una concepción muy poco clara pues, mientras defendía la existencia de un partido ‘vanguardia’, manifestaba, al mismo tiempo su voluntad de construir una organización al servicio de las clases postergadas.

Moralidad política. Rodrigo fue una persona fiel a cinco grandes principios en materia de moralidad revolucionaria:

  1. Por una parte, austeridad en la vida privada. La vida personal de un dirigente debía caracterizarse por su extrema austeridad, una forma de existir exenta de lujos, sencilla, modesta, ejemplar. Este particular rasgo del dirigente mapucista lo llevaría a la inmolación. No insistiremos sobre el particular.
  2. Desprecio a la sospecha y a la traición. Jamás tuvo Rodrigo temor a ser traicionado o a que, dentro de las masas ―e, incluso, dentro de su propia organización―, se ocultase el elemento disociador. Al contrario de muchos, que temían a la infiltración y al espionaje y descubrían en cada gesto o ademán ‘agentes de la CIA’, tenía plena confianza en el proyecto popular. Rodrigo, al igual que Allende, estaba cierto que, tarde o temprano, las grandes mayorías nacionales terminarían apoyando esa opción y, con ello, neutralizarían toda desidia. Por eso, cuando en un acto realizado en Valparaíso se le advirtió que entre los presentes se ocultaban algunos agentes de la CIA, no pudo dejar de hacer alusión en su discurso a esas denuncias. 
     â”€Sé─ dijo, con aplomo─, que entre nosotros se encuentran algunos sujetos extraños. Dicen que son ‘agentes de la CIA’. Pero yo les digo que no nos preocupa su presencia. Por el contrario: celebramos que estén aquí y nos vean. Este es el pueblo reunido. Somos personas libres. Así aprenderán ellos también a ser hombres libres.
  3. Lenguaje directo y rechazo rotundo a la adulación y a la hipocresía. Nos hemos referido a este rasgo en páginas anteriores. No insistiremos al respecto.
  4. Fidelidad a los principios por respeto a la propia persona y a los demás. Rodrigo no sólo sentía respeto por los demás, sino también consigo mismo. Era fiel a sus principios por la rectitud de su vida y por respeto a la vida de los demás. Era parte de toda una sociedad que confiaba en su persona y en la que confiaba él mismo.
  5. El servicio a la causa popular como única forma de dar sentido a la vida, labor primordial de todo revolucionario. Tal vez era éste uno de los rasgos más distintivos en la personalidad moral de Rodrigo. Su vida era la causa popular. En este sentido, era un verdadero revolucionario. Tenía el carácter productivo del que hablaba Fromm.

      Como elemento de su época, Rodrigo pertenece al pasado, a nuestro pasado, a ese pasado que a muchos llena de rubor y a otros nos enorgullece. Su figura posee la virtud de recordar lo que fuimos y lo que somos; nos permite, en suma, situarnos como jueces de nuestras propias acciones y compararnos no con otro u otros sino con nosotros mismos para descubrir en nuestro interior si acaso hemos perdido nuestra capacidad de entrega o si hemos cedido al sistema, que antes aborrecíamos, ese inmenso territorio que conforman nuestros sentimientos y nuestras ideas.

Pero Rodrigo pertenece, además, a la Unidad Popular, al Gobierno Popular, a esa época caracterizada por el ascenso sostenido del protagonismo de las masas en los hechos históricos. Como hombre del pasado, como producto histórico de su época, de su tiempo, Rodrigo fue marxista, leninista, castrista, defensor inclaudicable de las revoluciones coreana, china y vietnamita. Esto no era casual. Defendíamos la vigencia del ‘socialismo real’ no en calidad de modelo sino por el simple hecho de constituir el único desafío exitoso de oposición al sistema capitalista mundial y un primer intento de construir cierto tipo de sociedad diferente al propugnado por el modelo norteamericano. Viet Nam y Cuba (¿cómo no defenderlos?) personificaron la lucha mítica, prometeica, del débil ante el poderoso, el valor increíble de los humildes alzándose contra el abuso del poder imperial y su constante intervención en la política mundial. Apoyando las demandas del ‘socialismo real’, nos oponíamos al avance siempre creciente de la dominación norteamericana. Personalmente, hasta me atrevería a asegurar que, muy pocos, dentro de la Unidad Popular, conocían la verdadera naturaleza de las sociedades ‘socialistas’. Pienso, además, que, conociéndola, muy pocos se hubieren atrevido a defender la vigencia de semejante modelo pues no éramos liberticidas. La fuerza del paradigma social era enorme, ciertamente; pero no lo suficientemente grande como para hacernos abdicar de nuestros principios esencialmente libertarios. Estábamos al margen de la perversidad; buscábamos instaurar nuevos valores, distribuir el ingreso de manera igualitaria, crear una sociedad inmensamente humana y de ello jamás podríamos avergonzarnos. El MAPU era aquello: esperanzas, alegrías, confianza, solidaridad, empatía, libertad, dignidad, fraternidad. La bandera del MAPU, verde, con la estrella roja clavada en el centro de ese campo, no era sino la bandera del Partido Comunista de Corea y un homenaje a la triunfante Revolución Cubana. Rodrigo no vacilaba en reconocerlo y decirlo:

“A la sombra de estas banderas verde oliva, que representan desde siempre la vida y la fecundidad, a la sombra de estas banderas verde oliva que nos recuerdan Cuba revolucionaria y la lucha de los pueblos de América Latina…, a la sombra de estas banderas que representan la esperanza y la lucha de todos los pueblos del mundo, a la sombra de estas banderas que llevan en su corazón una inmensa estrella roja, proletaria, que recuerda la sangre vertida en los combates de obreros, de campesinos y de pueblos de todo el mundo, a la sombra de estas banderas vengan todos los que quieren, han querido y querrán que el MAPU sea desde hoy, en Chile y en la clase obrera, partido para ayudar ¡a convertir la victoria en poder y el poder en construcción socialista!” [2].

Es cierto: más tarde, cuando el MAPU se identificó con la voz “tierra” ―en lengua aborigen ‘mapu’―, la estrella roja empezó a asumir crecientemente la naturaleza de la estrella mapuche, la “guñulve”, rutilante guía celestial de los dueños originarios de Chile y de Argentina.

      Rodrigo representa nuestra juventud, nuestros ideales, lo que en esos años consideramos nuestros objetivos. Pero representa, además, todo lo que éramos capaces de hacer, la entrega total, la capacidad inagotable que poseíamos de dar sin esperar nada a cambio, esa capacidad que es la voluntad de servir a los demás, regalarles, entregarles sin esperar, por ello, retribución alguna. Desde este punto de vista, Rodrigo Ambrosio —como muchos otros dirigentes de los movimientos populares— representa la moral que orientara a los movimientos de esa época y que hoy, bajo el imperio de las ideas del mercado, es “estupidez”, “tontería”, “ingenuidad”. El mercado, para expandirse, necesita prostituir a las masas, alterar el sentido de las palabras, transformar los conceptos e imponer la moral del lucro y la avaricia por sobre todos los valores. ¿No es esto, acaso, a lo que Arthur Machen se refería, por boca del profesor Lipsius, cuando hablaba de

      “las mezquinas reglas y disposiciones que una sociedad corrompida dicta para defender sus propios intereses egoístas y nos presenta como decretos inmutables de lo eterno” [3]?

Rodrigo es segmento temporal de una época, parte de una institución y de un proceso. Para desgracia de quienes buscan, hoy, establecer analogías anacrónicas entre las conductas de la casta gobernante y la suya, Rodrigo murió convencido de sus ideas, que fueron las ideas de Allende, las ideas de la Unidad Popular, las ideas que abogaban por el establecimiento a nivel mundial de una sociedad nueva fundada sobre los valores del ser humano. Falleció en ese retazo de tiempo que acunó todas las esperanzas de un pueblo, con sus pensamientos, con sus sentimientos, con su obra; falleció defendiendo ese “Gobierno de mierda” que fue nuestro Gobierno Popular, defendiendo el derecho de autodeterminación de los pueblos —especialmente, del cubano— y soñando con una legión de trabajadores, empeñados en construir esa nueva sociedad que todos anhelábamos…

Notas
[1] Harnecker, Marta: “Los conceptos elementales del materialismo histórico”, Siglo XXI Editores de España S.A., Madrid, 1985, pág. 229.
[2] Ambrosio, Rodrigo: Obra citada en (22), pág. 48.
[3] Machen, Arthur: “Los tres impostores”, Hyspamérica Editores Argentina S.A., Buenos Aires, 1985, pág. 193.

Compartir:

Artículos Relacionados

Deja una respuesta

Los campos marcados son requeridos *

WordPress Theme built by Shufflehound. piensaChile © Copyright 2021. All rights reserved.