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America Latina : ¿Fin de las oligarquías? ¿Fin de la desigualdad? 

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Comparto este análisis publicado en Le Monde Diplomatique, edición peruana. El tema ha sido muy debatido hasta la fecha, pero también hasta la fecha, no suficientemente debatido. Por siempre es pertinente volver a insistir, e insistir a aclarar aquello que no termina de aclararse.

Este análisis y otros, de lo único que no carecen es de neutralidad, porque precisamente se trata de encontrar las razones en nuestra historia latinoamericana en términos generales, y que sea absolutamente coherente con la historia de todos y cada uno de los países que la componen, integrando los innumerables procesos e hitos históricos que todavía están invisibles, y que precisamente por su carácter de invisible, no permite concluir acabadamente sobre nuestros procesos de derechización, nuestros procesos de democratización, nuestros procesos de izquierdización, así como los cambios, reformas, contrarreformas revoluciones, contrarrevoluciones, involuciones, estancamientos y procesos progresistas como los que parece que en términos regionales estamos hoy inmersos, y debemos saber perfectamente de qué se trata, hasta dónde y cómo podemos avanzar, qué significa avanzar desde una óptica progresista, de izquierda, inclusiva, y especialmente, cómo no naufragar en un camino, sobre todo en países como el Paraguay que nunca los ha transitado antes.

Y aunque este material, sólo muestra titulares de aquello que podría ser un avance más profundo, sería preciso asentar que si bien en diversos países latinoamericanos existieron procesos de democratización oligárquica o elitista, seguidos de procesos populistas y hasta burgueses de mayor amplitud, quebrados abruptamente por regímenes autoritarios, militares, cívico-militares de ultraderecha, de los que luego, por presión ciudadana y los derechos humanos, se abren espacios de democratización formal, en el caso del Paraguay, la continuidad oligárquica se mantiene prácticamente sin disrupciones durante todo el siglo XX. Con una breve apertura, apenas una llovizna en medio del desierto, de seis meses en 1947, nunca se ha establecido tan siquiera una opción populista, elitista que pudiera formalizar un estado cercano al de derecho, sino hasta finales del siglo y con muchas restricciones. A la hegemonía oligárquica, se sumó la presencia militar y partidaria conservadora durante toda la segunda mitad del siglo XX, que luego de un golpe militar de palacio en 1989, continúa ejerciendo el poder con algunas formalidades constitucionales epìdérmicas y garantías individuales incluidas pero con serios retrocesos conservadores que quedaron plasmados en textos constitucionales desde 1992, especialmente sobre la tenencia de la tierra.

La continuidad oligárquica y conservadora, luego de la etapa fascista de la segunda mitad del siglo XX, se adentra hasta el 2008, es sustituida en elecciones generales por escasísimo margen, y claramente mantiene fuerza y poder real de gestión aún en el 2009, con epicentros en el Parlamento y en el Poder Judicial. Por tanto, en Paraguay, cuando hablamos de intentar un camino progresista, realmente estamos hablando de un camino jamás transitado en sus doscientos años de historia independiente. Y coincidiendo con el autor, cuando hablamos de democratización no podemos referirnos a restitución de los valores democráticos, pues éstos nunca han enraizado en el Paraguay, y los guarismos negativos se mantienen hasta la fecha.

Las razones de la escasa afinidad ciudadana paraguaya con la democracia y sus valores declarados, puede estar en las entrelíneas de este artículo, pues en todo nuestro proceso pasado y reciente, sólo se ha buscado la instalar la democracia restringida y de élite como sistema de vida y valores en términos genéricos y universales, pero en realidad, desde el poder, desde la sociedad política, no se ha pasado luego de 1989, de buscar forzadamente mantener todos y cada uno de los privilegios de cuño oligárquico con ribetes populistas de derecha, con base clientelar.

Este sistema oligárquico ha funcionado por sesenta años con dictadura militar y de partido, y otros veinte años más en la transición elitista, y hoy en 2009, no termina de desmontarse. Por tanto, cualquier gestión posterior que solamente plantee la inercia como objetivo, desde todos los poderes del estado nacional, departamental, municipal, no hará más que hacer girar la rueda de la misma maquinaria autoritaria que hasta la fecha se mantiene omnipresente y no ha sido desalojada del estado paraguayo, y la resultante final de la gestión, será igualmente conservadora. Por el contrario, cualquier gestión destinada a desmontar el viejo esquema, debe inmediatamente abrir el estado a la sociedad, construir nuevamente el estado desde las demandas ciudadanas, y a imagen y semejanza de las nuevas necesidades estará realmente comenzado en el siglo XXI, tardíamente, pero empezando al fin, a construir por primera vez en la historia independiente del Paraguay, un proceso de democratización, con visión en su tradición de lucha y resistencia, con visión en las enormes deudas económicas, sociales y culturales con toda su ciudadanía sin exclusiones de ningún tipo.

En la humilde opinión de este lector, la derecha y la ultraderecha paraguayas, representadas en el partido liberal y colorado respectivamente, están imposibilitadas filosófica y estructuralmente a llevar a cabo tamaña empresa de democratización en el Paraguay. Y aún cuando las condiciones nacionales y regionales parecen propicias y casi únicas, los progresistas y las izquierdas paraguayas, con existencia real pero con aún muy débil presencia institucional, si bien cuentan con las herramientas metodológicas, aún no tienen la suficiente fuerza y presencia institucional para guiar efectivamente un proceso de cambio estructural, que se presenta como necesario paso para la construcción de un nuevo estado democrático social y de derechos en el Paraguay, con derechos humanos y justicia, con inclusión social, sin desigualdad, sin miseria, sin emigración por hambre o falta de trabajo.


LA DEMOCRATIZACIÓN EN AMÉRICA LATINA

Nicolás Lynch.
Le Monde diplomatique
Año II, Número 22, Febrero de 2009.
El presente artículo propone una lectura distinta de la democracia en América Latina. No parte solamente de constatar la existencia de un conjunto de características en los distintos regímenes nacionales, como hacen la mayor parte de análisis políticos especialmente de origen norteamericano, sino que recurre también al proceso histórico de democratización de la región, para entender cómo se forma, social y políticamente, la vida democrática. En este empeño es que se entiende la situación actual a la luz de los diferentes momentos de democratización y cómo ellos le dan forma a la particularidad latinoamericana de democracia.

1. Democratización y presentismo
La mayor parte de los trabajos sobre la democracia en América Latina tienen un enfoque “presentista” , es decir, tratan de dar cuenta de lo que sucede con el régimen político a partir de la realidad inmediata. En los peores casos, incluso, a partir del congelamiento de determinado paradigma como ha sido el caso de la democracia elitista norteamericana y más específicamente la teoría de las transiciones a la democracia (O´Donnell y Schmitter 1986). Este enfoque no es inocente, parte de la idea de que América Latina tuvo alguna democracia en un pasado distante que fue destruida por el populismo y las dictaduras y es restaurada a partir de las transiciones. Al contrario de este planteamiento creo que hay que partir del presente pero para tomar una perspectiva histórica. Por esa razón, pienso que para explicarnos la situación democrática actual hay que analizar el proceso de democratización de la región. Es decir, la larga continuidad que va de la exclusión oligárquica a los diferentes niveles de inclusión populista, burguesa y quizás si ciudadana de hoy. Me refiero con ello al curso de la democratización a lo largo del siglo XX y a los diversos momentos en que se dieron los avances y retrocesos que configuran la realidad actual. La democratización ha sido un proceso altamente complejo que combina políticas autoritarias y democráticas y en el que es difícil distinguir a los actores sociales de los políticos por la debilidad de la organización social y por la falta de una clara división entre la sociedad y un Estado con la que esta se identifique. Esto ha causado un desarrollo desigual de las sociedades civiles y políticas causando serios problemas a la democratización especialmente cuando se restringe a nivel de las élites.

2. Los momentos de la democratización
América Latina ha tenido, visto desde el presente, un momento de antecedente, tres de desarrollo y uno de claro retroceso en su proceso de democratización en su último siglo de historia. Asimismo, una influencia singular que abarcaría casi todos los momentos tomados en consideración. El antecedente es el régimen de dominación oligárquico basado en la exclusión, que en algunos casos organizó democracias restringidas que legaron a la posteridad algún sentido de estatalidad y legalidad. Los momentos son: el populismo o proyecto nacional-popular (1930-1980), que planteó una política inclusiva frente a la exclusión oligárquica aunque sin promover un régimen representativo. Las transiciones a la democracia de las décadas de 1970 y 1980 que reivindicaron los derechos humanos, la participación política electoral y el Estado de derecho frente al horror de las dictaduras, principalmente de derecha, que asolaron la región. El giro a la izquierda de los últimos diez años, que frente al conflicto entre las transiciones y el programa económico neoliberal que las acompaña, reivindica nuevamente la justicia social e intenta trascender el planteamiento democrático más allá de los procedimientos electorales para autorizar gobiernos. El momento de claro retroceso fueron las dictaduras militares, especialmente de derecha, ocurridas en la década de 1970, que significaron una negación de casi todos los derechos y la eliminación física de buena parte de una generación de jóvenes políticos latinoamericanos. Si bien este tipo de dictaduras se restringió al Cono Sur del continente, incluyendo al Brasil, su proyección política negativa fue sobre la región en su conjunto. Por último, la influencia singular que fue la utopía revolucionaria organizada en los partidos comunistas y otras organizaciones marxistas, que atravesó casi todos los momentos señalados y jugó un papel central, a favor y en contra, de la democratización.

Este esquema, por supuesto, no es de igual aplicación a todos los países de la región. Las oligarquías no cumplieron siempre la misma función. No en todas partes hubo populismo ni en todas sus consecuencias ni tiempos fueron los mismos. Las dictaduras no siempre fueron de derecha, como fue el caso de los países andinos – Perú Bolivia y Ecuador- en la década de 1970, y a las transiciones, por excepción, les ha ido mejor en alguna parte. Esto no quiere decir que lo planteado primero no nos permita avanzar en una tipología que a pesar de su generalización nos señala una forma de entender la democracia en América Latina.

3. La situación actual
Un buen punto de partida es el triangulo característico de la región que presentó el informe del PNUD sobre “La democracia en América Latina” (2004). Este triángulo contrasta un alto porcentaje de participación electoral, 62. 3% , con altos índices de desigualdad (0.552 índice de Gini) pobreza, 42.2% , y un bajo ingreso per cápita, 3,856 dólares, cifras que a la fecha (2009) no parecen haber cambiado significativamente. Este contraste entre política y economía se da en un contexto de mejora tanto política como económica para la región. La mejora política se expresa en la subida de lo que el Informe del PNUD denomina el Índice de Democracia Electoral (IDE), compuesto por el derecho a voto, elecciones libres y justas y acceso a los cargos públicos a través de elecciones. Esta subida del IDE va de 0.28 en 1977 a 0.93 en el 2003. La mejora económica, asimismo, en dos indicadores, el PBI que sube a una tasa promedio de 4.7% en el último período 2004-2007 y en la reducción de la deuda externa como porcentaje del PBI a un 22% en el 2006, según indica CEPAL (2007).

Esto ha hecho que la opinión global de los habitantes de la región sobre la economía, de acuerdo Latinobarómetro (2007), mejore sustancialmente, elevándose de un 39% que la consideraban regular o buena en el 2001 a un 71% en la misma consideración en el 2006. No así sobre la política, incluyendo en ella a la democracia y al Estado que la sustenta. En cuanto a la democracia 54% la prefieren como régimen político pero solo 37% están satisfechos con ella y 17% preferirían un régimen autoritario en ciertas circunstancias (cifra esta última que casi se dobla en coyunturas como la del 2002, que fue un año de crisis en varias democracia latinoamericanas). FIN.

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