La izquierda uruguaya comienza una ardua y compleja traducción a su lengua materna, del discurso que la sociedad le brindó en su última expresión electoral: deberá hacer una paráfrasis del guarismo en el idioma de la razón emancipatoria y de sus prácticas. Y muy particularmente del fragmento de aparente exclamación de molestia e insatisfacción de una proporción significativa de la masa electoral, que hasta hace muy poco había enunciado, por el mismo medio, expectativas y confianza en esa izquierda. Es una tarea colectiva indispensable que requiere de muchas etapas, traductores y procedimientos, ya que el lenguaje electoral no es el de las cartas de lectores profusas y detalladas, o el de la puntuación ponderada de los petitorios, sino el de las voces superpuestas y entrecortadas con ruido de fondo. A la vez, no es un texto con firmas sino una composición anónima que impide las repreguntas y el diálogo continuo, al menos hasta que una militancia de base, si es que logra sobrevivir a las tentaciones desmovilizatorias y meramente electoraleras, en un codo a codo y en un boca a boca, consiga reconocer autorías y entablar un nuevo intercambio relacional. Pero puede enriquecerse si la lectura es profunda y adecuada.
Aún no está expuesta siquiera la grabación completa del discurso a traducir. No sólo por el poroteo final de algunos votos (tan bien llamados observados en este caso que concentran la mirada de todo el país por su trascendencia práctica, como con el triunfo blanco de Florida o Durazno ayer) sino, tal vez a consecuencia de la contabilidad, por la ausencia de datos en la página web de la Corte Electoral. Sin una carga detallada de todos los votos emitidos, circuito por circuito, cualquier intento analítico tendrá una enorme impronta especulativa y carácter provisional. Asimismo, la fuente no puede ser sólo la importantísima gramática estadística sino, como apuntábamos al comienzo, también la propia militancia de base en diálogo con la sociedad, además de la agudeza y precisión en la discusión al interior de la fuerza de izquierda. Para ello hay algunos años por delante, en los que se deberá complementar estos debates con acciones y transformaciones prácticas tanto a nivel organizativo e institucional del propio Frente, como de acciones de gobierno. Se trata ahora de reconquistar voluntades para intervenciones presentes, no futuras. De acumular fuerzas para cambiar, no para resistir o simplemente proyectar. El pasaje de la resistencia al gobierno, no sólo no cuenta en las izquierdas más o menos radicales (a falta de una mejor denominación para aquellas no estrictamente socialdemócratas) con grandes antecedentes y experiencias, sino que además supone un cambio decisivo de correlato entre la acción y el impacto y valoración social de esta acción, incluyendo la posible conclusión electoral futura. Y en este andarivel de la experiencia, el Frente está haciendo historia para usufructo de la izquierda heterodoxa toda, sin importar su procedencia, como lo viene haciendo el PT o las más recientes experiencias organizativas como el MAS boliviano, etc., donde los éxitos o indeseables fracasos coyunturales son insumos para el aporte histórico de trazar nuevas sendas.
Sin embargo, los datos globales con los que contamos hasta el momento en Uruguay, aportados exclusivamente por la prensa, arrojan alguna certeza en un mar de dudas que implica tanto señal de alarma cuanto simultánea invitación a la circunscripción de los problemas al interior del Frente Amplio y su posible superación. Es evidente que, al menos desde un punto de vista cuantitativo, ningún oponente creció (lo que no significa que en todos los casos y geografías no haya alguna potencial migración de votos que habría que analizar con detalle una vez obtenidos los datos) sino que la izquierda se desangró aparentemente “en blanco” sin llegar a convertirse en hemorragia grave. Hasta el momento este es el síntoma: hemorragia y no transfusión (que implicaría que el oxígeno que transporta la hemoglobina se consumió en el grito de insatisfacción a traducir), por lo que no fue reapropiado por cualquier otra opción a derecha o izquierda (si la hubiera). O, dicho de otro modo, no se trató de una derrota sino de un significativo y preocupante debilitamiento exclusivamente propio. El autodiagnóstico preciso, le corresponderá por completo y sin duda será el que encare con detenimiento y cuidado el Frente, como insumo indispensable para pasar a desarrollar su propia cura. Ir al Uruguay a compartir primeras impresiones con amigos es una oportunidad que no desperdiciaré en esta próxima semana de feriado universitario argentino.
Pero para culminar el segmento de las pequeñas certezas, a diferencia de algunas opiniones algo catastrofistas de compañeros que sitúan esta resultante como la “primera derrota” electoral frentista, recordaré que esta es una más de ellas, combinadas con indudables victorias rutilantes, que ratifica que la izquierda no tiene ningún camino transformador allanado. Por el contrario, deberá seducir voto a voto, elección por elección y sobre todo, militante a ciudadano, a una inmensa masa electoral fluctuante que está muy lejos de “fidelizarse”. No me refiero a fluctuaciones contradictorias y lejanas como la derrota del voto verde del ´89 o a victorias de gran importancia en otros plebiscitos posteriores. Sino al hecho de que hace tan sólo seis meses se perdió la más importante de todas las elecciones concebibles que fue por la igualdad ante la ley, mediante democracia directa y detentando el gobierno, además del otro plebiscito inclusivo de los derechos de la diáspora. Y la característica también fue hemorrágica aunque en estos dos casos fue la derecha la que indirectamente capitalizó la sangría.
Pero aún si se restringiera la afirmación precedente a los cargos nominales electivos (una forma de ejercicio de la democracia indirecta representativa) tampoco se verificaría empíricamente. Si bien el Frente fue creciendo en todas las elecciones hasta su victoria del 2004, acaba de perder casi tres puntos porcentuales en la primera vuelta del 2009 que significaron concretamente dos bancas de diputados además del balotaje respecto a la elección de Tabaré.
Pero así como los aspectos decisivos de la expresión electoral de una sociedad están determinados por el discurso y acción sobre los que la ciudadanía se expresa electoralmente con sus opciones partidarias, también el entramado comunicacional que construye y direcciona la opinión pública adquiere singular importancia. Los medios masivos de comunicación son el principal instrumento de construcción de hegemonía, la trinchera natural de los intelectuales orgánicos de las distintas fuerzas sociales en pugna. En modo alguno son neutros ni menores. Cuando uno de los argumentos provisionales esgrimidos por algunos sectores de la izquierda al intentar comprender la enorme proporción de indiferencia por las alcaldías es la dificultad o incapacidad de comunicación, la política comunicacional entonces debe adquirir prioridad, aún mayor para ellos, a fin de contrarrestar esas dificultades. No es la primera vez que lo destaco en este espacio, ni creo que pueda constituirse en fuente explicativa unicausal, pero tan perplejo como las derrotas en los últimos plebiscitos me deja la ausencia de política democratizadora de la comunicación en los cinco años pasados de gobierno de izquierda, tanto como la ausencia de marcación programática en el presente.
Cuando suelo enfatizar la diferencia del Frente Amplio con las tradiciones socialdemócratas europeas actuales, entre otros aspectos, destaco el hecho de que se trata de una estructura política de militantes, con más o menos matices de perfil, pero al estilo organizativo y comprometido de las izquierdas revolucionarias históricas. Un partido popular con cuadros salidos de las luchas y los comités, no de los posgrados y las ONGs, al menos exclusivamente. No es un partido de burócratas o expertos, sino de líderes de base. La contribución particular uruguaya a la izquierda, entre otras, es que entiende la lucha electoral, los cargos y la propaganda mediática como uno más de los procesos de construcción política, junto con la movilización, la organización de base, la inserción en los movimientos sociales y la sociedad civil, etc. A diferencia de la socialdemocracia, que se contenta con capturar sólo votos a través del marketing y la videopolítica para hacerse del poder fiduciario transferido, el Frente Amplio se concibe como una agregación política de ciudadanos activos y movilizados en una gran diversidad ideológica aunque políticamente unitaria. Si algo de este carácter “basista” estuviera poniéndose en duda, conceptualmente o por inercia práctica o desidia, será muy difícil poder continuar con la admirable articulación unitaria en la diversidad. Pero será además suicida en el actual contexto de desigualdad enorme de poder comunicacional, que parece no tener visos de reversión por lo antedicho, consolidando el statu quo.
No es simplemente una cuestión de forma. La dilación y postergaciones en las conquistas sociales, la apelación a la paciencia extrema de los ciudadanos, producen siempre mayor o menor descontento y estimulan la resistencia y la centrifugación si no hay instancias de pertenencia y contención más allá del mero rol de simple votante. En estos días la socialdemocracia europea comienza a estar jaqueada por las masas que no admiten su rol de correa de transmisión neoliberal para el ajuste. Grecia y España son por ahora la punta de ese iceberg que merecerá ser tratado en alguna próxima oportunidad. Un espejo deforme, oscuro y resquebrajado en el que ninguna de nuestras izquierdas debería mirarse, salvo para eludir desde el conocimiento esa ominosa victoria de la gran plutocracia.
– El autor es profesor titular e investigador de la Universidad de Buenos Aires, escritor, ex decano. cafassi@sociales.uba.ar
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