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Enero 2010, el realismo político chileno 

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Escuchar los llamados de diferentes fuerzas políticas de la izquierda para votar por Frei hacen recordar momentos políticos vividos por otras generaciones de chilenos.

Era la época cuando los llamados a acometer una decisión política coincidían con los sueños personales. Era seguro el éxito, la mística surgía y la fuerza con que se emprendían las tareas era arrolladora.

Los que militábamos o participábamos de la política éramos materia dispuesta para las más difíciles de las tareas, porque eran nuestros sueños los que estaban en juego.

Por ejemplo, dejar los estudios y trabajos cuando la represión de la dictadura de Pinochet arreciaba en Chile para aprender nuevas formas de lucha considerábamos en esos tiempos que era lo que se debía hacer.

Dejar la militancia de años en los partidos históricos de la izquierda cuando aceptaron la salida consensuada a la dictadura propuesta por la derecha y el centro político chileno para intentar ir por un camino propio, también era una opción que valía la pena seguir. Aunque sinceramente tampoco se tuvo éxito.

Ya para esta última época, empezó a quedar claro que en las fuerzas políticas de izquierda chilenas comenzaría a estar siempre presente el concepto del “realismo político”.

El realismo político en Chile parece significar abandonar el camino propio y seguir el de otros. Este argumento seguramente ha existido desde siempre, pero mi generación lo empezó a conocer cuando se optaba en la lucha contra la dictadura por detener la iniciativa popular ante la posibilidad de acuerdos con “políticos potencialmente aliados”.

Hoy, de nuevo a nombre del realismo político se llama a apoyar a Frei,  el “mal menor”, como lo describen.

Los chilenos y chilenas vamos a tener que decidir entre los dos productos que nos ofrece la vitrina electoral. Un producto derechista, la flor y nata del neoliberalismo, que hiede a injusticia y desigualdad, cuyas ideas originales están manchadas con la sangre de muchos de nuestros compatriotas. Y el producto oponente, al que nos llaman a elegir a nombre del “realismo político”, viene reciclado con la fecha de vencimiento modificada, para mantenerlo vigente.

Si gana Piñera, el empresario que se hizo rico mientras se reprimía al pueblo durante los años de dictadura en Chile, se verá coronada exitosamente la transición política acordada por el gobierno de Pinochet y las FFAA, los grandes empresarios y la cúpula concertacionista. Hacer ver vigente la obra del dictador en democracia.

Si gana Frei, el que salvó a Pinochet del juicio mundial en Londres y vendió (privatizó) empresas de servicios básicos de todos los chilenos, estaremos presentes seguramente ante el último gobierno de la Concertación. Coalición debilitada, no solo por los años desde aquellos en que nos prometía que vendría la alegría para las mayorías, sino por haber consolidado la desigualdad en Chile.

Quizás una última muestra de la subordinación a la derecha de la Concertación, sobre todo ahora que Frei necesita desesperadamente el apoyo de la izquierda chilena, es traer al escritor peruano Mario Vargas Llosa, recalcitrante partidario de Piñera, a la inauguración del Museo de la Memoria de las víctimas de la dictadura de Pinochet y designar como responsables de esta obra a partidarios del dictador.

Cualquiera de los escenarios resultantes de las elecciones seguirá haciendo difícil la vida de los chilenos, sobre todo si gana Piñera, ya que este viene con la revancha de los pinochetistas y con el deseo imperialista de cambiar el cuadro político en Latinoamérica. La incertidumbre con Frei es si cumplirá sus promesas o gobernará de nuevo con la derecha, como lo ha hecho la Concertación todos estos años.

Lo que hoy nos piden los dirigentes de la izquierda es votar por Frei hasta que duela. Sabe de nuevo a un trago amargo.

Los que hemos observado y leído de las luchas del gobierno de Salvador Allende, de la resistencia en todos los planos a la dictadura, los testigos de los combates internacionalistas, los maravillados por una de las luchas más hermosas del pueblo chileno, “la revolución de los pingüinos”, y de la constancia de los que han enfrentado las políticas neoliberales todos estos años, nos cuesta tragarnos eso, lo de ese “realismo político”.

El verdadero realismo es que no tenemos un proyecto propio que valga la pena seguir. Y todos estos ejemplos demuestran hasta la saciedad que el verdadero objetivo de “la transición democrática” era desarmar la voluntad de lucha de la izquierda por un proyecto propio. Pero nuestro problema como pueblo, aunque parezca contradictorio, no es ni será nunca la carencia de voluntad de lucha. Eso siempre le ha sobrado al pueblo chileno.

Nos faltan ideas claras que indiquen el camino propio en las condiciones de esta democracia, nos falta retomar nuevamente el legado y la dignidad de Salvador Allende. De Miguel Enríquez y Raúl Pellegrin.

Y en esta democracia representativa y no participativa que vivimos, dejemos lo del “mal menor” a la conciencia de cada uno de los votantes y asumamos el verdadero realismo político, el nuestro. Con las nuevas generaciones.

Construyamos un Chile Digno.

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