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¿Quién es el padre del niño tonto de la Constitución autoritaria chilena? 

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El candidato Eduardo Frei ha declarado que el eje central de su programa es la nueva Constitución del Bicentenario. Comprendo que para lograrse es necesario abortar al niño tonto, hijo putativo de Pinochet y Lagos –por muy católico que sea Eduardo Frei, tendrá que recurrir a esta práctica, condenada por el Papa-. Si sometemos al “niño Constitución” al ADN, veremos que tiene ojos los ojos azules del tirano Pinochet, más que el dedo acusador de don Ricardo. Solamente Ricardo Lagos la reencauchó, le puso algunos afeites democráticos, pero al fin, “aunque la mona se vista de seda, mona se queda”.

Son plausibles deseos los del candidato Frei, aun cuando algunos sospechan que podría ser un caramelo para engañar al electorado de izquierda, que le es fundamental para pasar a la segunda vuelta. El problema es que una Constitución pétrea, como la de Pinochet-Lagos, es imposible reformarla sin una rebelión de la sociedad civil, sea ésta violenta o no violenta; por lo demás, en Chile no se conoce ninguna Constitución que no haya surgido de una guerra civil o de una intervención militar, salvo que se quiera retrotraerse a la Constitución federalista de José Miguel Infante o  la liberal de José Joaquín de Mora; para qué hablar de la de 1980, que es totalitaria e impuesta por dictador baboso y repugnante.

Es cierto que todas estas Constituciones han sufrido reformas: la de 1833, en el sentido de ampliar las libertades hasta llegar al régimen de asamblea, llamada malamente parlamentarismo, es decir, plutocracia; la reforma de 1925 hasta 1973 las reformas se llevaron en sentido contrario: limitar las libertades públicas – dejémonos de mitos, en ese período se aplicaron leyes liberticidas, baste recordar la Ley de Defensa de la Democracia-; a lo largo del período, los presidentes autoritarios fueron adquiriendo cada vez más facultades, restándoselas al Parlamento: el monarca presidente maneja, a su gusto, el calendario legislativo, por medio de las urgencias; todo proyecto que implique gasto fiscal tiene que surgir del Ejecutivo; el Parlamento es, prácticamente, decorativo en una monarquía electiva.

Las reformas del presidente Lagos no cambiaron en nada el carácter monárquico del presidente de la república, lo que sí hizo fue “supeditar las Fuerzas Armadas al poder civil”, terminar con los senadores y vitalicios – aunque dos senadores, a pesar de las apariencias, siguen siéndolo: Frei y Allamand -; se introdujo el injerto inútil, propio de los regímenes parlamentarios, de la Interpelación, que no tiene carácter vinculante, ni imperio.

Eduardo Frei propone que el primer día de su mandato formará una comisión de juristas, cuya misión será redactar la Constitución del Bicentenario. La verdad es que se conocen muy bien las opiniones de los expresidentes y profesores de derecho constitucional, que han investigado el tema, publicado libros sobre el tema, participado en importantes reuniones y asistido a comisiones parlamentarias; supongo que los expresidentes Aylwin y Lagos repetirán, tal vez, lo que siempre han sostenido públicamente, es decir, son partidarios de la monarquía presidencial con algunas  reformas. Los politólogos Oscar Godoy y Humberto Nogueira seguirán defendiendo el semi presidencialismo, esperando mantener su libertad de opinión, más allá de su opción política presidencial.

Marco Enríquez-Ominami, hoy candidato presidencial, como jefe de la comisión de cambio de régimen político, tiene el mérito de haber logrado un acuerdo final que, pienso, debe ser pasado a votación de la Sala. Si Frei en realidad quiere una nueva Constitución, por qué no iniciar el proceso inmediatamente pidiéndole a la Presidenta que le conceda urgencia a la votación del Informe; matamos dos pájaros de un tiro: demostramos que la troglodita derecha chilena no permitirá que se toque ni un pelo del adefesio constitucional de 1980 y, a su vez, el conjunto de los otros candidatos pueden promover un movimiento no violento- como el plebiscito de 1988 – que presione, de una vez por todas, una Asamblea Constituyente, única forma real de terminar con una Constitución pétrea.

En este plano, coincido con la propuesta de Jorge Arrate – y de alguna forma los demás candidatos de izquierda, Navarro y Enríquez-Ominami, en el sentido de aprovechar la elección de diciembre para instalar la cuarta urna, donde se plebiscite la convocatoria a una Asamblea Constituyente, la cual daría mejor cuenta de la soberanía popular que seminarios o comisiones de cuentistas políticos, que podrían parecerse a los “cenáculos” de la Casa  de Piedra”.

La propuesta de Eduardo Frei me parece vaga y ambigua – ¿está por el presidencialismo o el semipresidencial? ¿Es partidario de la elección de intendentes y consejeros regionales? ¿Se aplicaría el sistema proporcional a todas las elecciones que cubran cargos plurinominales? ¿Es partidario de los plebiscitos y en qué condiciones? ¿Es partidario de la iniciativa popular de ley y los referéndum revocatorios a la mitad del período? ¿Es partidario de terminar con la subsidiaridad del Estado? ¿Es partidario de derogar algún de las leyes liberticidas, como la Ley de Seguridad Interior del Estado? ¿Estaría dispuesto a aceptar la doble ciudadanía para todos los ciudadanos que viven en el exterior? – como ocurre con la Constitución colombiana y muchas otras-¿Qué piensa acerca de introducir en la Constitución garantías explícitas de calidad en educación, salud y vivienda, que puedan ser exigidas al Estado ante los Tribunales de Justicia? Ignoramos, además, qué plantea con respecto al fin de los pititos, es decir, que todos los cargos de administración pública sean concursados, salvo de sus ministros, subsecretarios y de algunos asesores –tal cual lo planteara el candidato Enríquez-Ominami-. También sería bueno proponer la propiedad de la ciudadanía del suelo, subsuelo y el agua, no pudiendo ningún gobierno enajenarla sin el consentimiento plebiscitario. 

En conclusión, parece evidente que previo a la elección presidencial los candidatos sean precisos y concretos al exponer las materias que contendría una nueva Constitución, a fin de que la soberanía popular vaya definiendo los términos del pacto político; de no ser así, la propuesta de Frei – de la Constitución del Bicentenario- se convertiría en otro de los tantos voladores de luces que esta combinación partidaria ofrece para ganar el voto de izquierda que, por demás, lo tiene ya cautivo ante la arremetida de la troglodita derecha chilena.
09-09-09

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