El capitalismo confiscado. Hace tan sólo tres semanas, ¿quién podía haber imaginado que la administración de George Bush, que todavía gobierna a la nación en donde opera ese santuario de la forma más arquetípica y sofisticada de capitalismo que se conoce hasta la fecha, el complejo financiero de Wall Street, habría de emprender, en un acto sin precedentes en la historia de Estados Unidos, la nacionalización súbita de la compañía de seguros más grande del planeta –si alguien cuenta con otra definición, que alce la mano–, que dos de los cuatro bancos de inversiones más importantes del mundo se irían a la quiebra –ante la mirada impotente del Departamento del Tesoro y del Congreso–, y que el gobierno acabaría haciéndose responsable de las tres cuartas partes de los préstamos hipotecarios del país?
En general, lo espectacular en la historia acontece cuando lo imposible y lo inconcebible se tornan de la noche a la mañana en lo inevitable, cuando lo que se proclamaba como inaceptable e inadmisible se vuelve repentinamente lo único posible y lo necesario. En este sentido, la implosión del mundo financiero estadunidense era, hace tan sólo unos días, un fenómeno tan inimaginable como lo fue en su momento la caída del Muro de Berlín. No por la implosión misma –lo predecible en la economía de mercado son sus crisis– sino por su extensión, su intensidad y las inéditas consecuencias que ha acarreado. En rigor la historia no brinda lecciones, nunca se repite. De ella sólo se sabe que la hora del futuro no sólo resulta incalculable sino frecuentemente impensable.
La peculiar forma en que intervino la administración de Washington para impedir que el colapso se transformara en una catástrofe refutó todos y cada uno de los dogmas –o principios, si se quiere– sobre los cuales se había sostenido ese orden, emergido desde el gobierno de Margaret Thatcher, en el que la economía de mercado aparecía como la única opción viable y posible en el horizonte de expectativas del mundo contemporáneo.
Washington demostró una vez más que los avatares de la economía pueden hacer añicos en cuestión de segundos ideologías y doctrinas enteras. Para impedir que el shock financiero se transformara en una parálisis de la economía en su conjunto recurrió a todas las medidas que, puestas en escena en otras latitudes, había acusado implacablemente de “socialistas” o “populistas”. En tan sólo cuatro días, el Departamento del Tesoro nacionalizó empresas, reguló ferozmente las transacciones bursátiles, asumió gigantescas deudas privadas, se incautó de valores, congeló cuentas y contratos, en suma, convirtió al orden público en la herramienta de choque para sostener el caos del orden privado.
Pero aquí se trata de algo más complejo que la ideología y las doctrinas.
Lo que parece estar zozobrando es ese principio máximo que encontraba en el seno del mercado a todas las fuerzas, los recursos y la imaginación para corregir los vuelcos y las disfuncionalidades creadas por el mercado mismo. Es decir, se trata del principio que hacía del capitalismo un sistema en cierta manera infalible, al menos a la variante que se desarrolló en las últimas dos décadas del siglo XX, el llamado modelo “neoliberal”. El principio que hizo posible a Estados Unidos acopiar en sus centros financieros las inversiones que no sólo provenían del pequeño inversionista estadunidense que confiaba en la bolsa de Nueva York como si fuera un credo religioso, sino las que llegaron durante lustros desde Arabia Saudita y otros países petroleros, los ahorradores de América Latina y sus grandes corporaciones, y tantos otros megacentros de producción de capital.
¿Quién en sus cinco sentidos volvería hoy a confiar en la “transparencia del mercado”? Son millones y millones de dólares los que se esfumaron de la noche a la mañana.
Caos y metamorfosis. Cuando se escucha el estupor que ha embargado a los políticos estadunidenses en los últimos días, en los que sólo se oye cómo unos se culpan a los otros por la debacle, no cabe más que pensar en los políticos franceses durante la Segunda Guerra Mundial cuando, con las tanques alemanes frente a las puertas de París, no hacían más que preguntarse a quién se le había ocurrido la idea de construir la Línea Maginot. Un comentarista de CNN definió con bastante ironía la situación de la siguiente manera: “Lo único que se sabe es que no se sabe si estamos en el principio del fin (de la crisis) o en el fin del principio”. Se ha comparado la implosión de estos días con la de 1929. Es una comparación no del todo exacta. El colapso financiero de los años 20 trajo consigo la parálisis de toda la maquinaria productiva: cierre de empresas, desempleo, requisiciones bancarias, etcétera. Hoy lo que asombra en esta crisis es la autonomía que guarda el sistema financiero con respecto a la economía en general. Es un fenómeno nuevo que corresponde a la economía global. ¿Pero qué tan autónoma es la autonomía de la esfera financiera con respecto a todo el orden productivo? Imposible predecirlo. Lo que es obvio es que la confianza en ese nuevo sistema impuesto por un mercado financiero especulativo se ha derrumbado estrepitosamente. ¿O alguien en China, Brasil o Europa se sentiría tentado de reproducir el carrusel financiero que llevó a Wall Street desde las máximas alturas de la acumulación a su depresivo estado actual? El dilema con las crisis es que a veces resultan ejemplares.
Los saldos de la historia. ¿Dónde queda el triunfante capitalismo global que emergió como única opción después de los años 90? ¿Alguien recuerda su arrogancia, su sentimiento de autosuficiencia? El tiempo y la intensidad de la caída lo dirán. Lo que es obvio es que esa versión de la sociedad de mercado se volvió de la noche a la mañana un colosal anacronismo.
sábado, 20 de septiembre de 2008
* Fuente: El Clarin
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