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He despertado junto a ese gigante dormido llamado pueblo 

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PROMETO QUE DIGO absolutamente la verdad y manifiesto lo que dicta mi conciencia. Pensé que con los años mi pasión libertaria se extinguiría en la misma medida que el trabajo, la familia y la recién recuperada democracia hiciesen sus respectivas labores en mi conciencia.

El día en que Patricio Aylwin asumió como Presidente de la República, mirando y escuchando por televisión el encendido discurso que el recién electo mandatario entregó al país desde el estadio Nacional, consideré que mi participación azarosa de los años anteriores –en los que al igual que miles luché a cara descubierta por la recuperación de la libertad- había llegado a su término, ya que Chile no requería de los servicios de personas como yo para consolidar la institucionalidad democrática. Para eso estaba la Concertación, ese conglomerado que hasta aquel momento representaba fielmente mis esperanzas.

Confieso que me dejé estar, que deposité en manos equivocadas el futuro de la patria y que me sumé torpe e inconscientemente al masivo grupo de chilenos y chilenas cuyas historias particulares merecerían mayor publicidad que aquellas pertenecientes a quienes traicionaron en la primera hora, pero que al igual que el suscrito también optaron por recoger velas y dejarse llevar mansamente por el oleaje de mares engañosos.

Parafraseando a Augusto Monterroso –el magnífico escritor guatemalteco que falleciera hace pocos años- al igual que ese dinosaurio brillante y sucintamente descrito por la pluma de literato centroamericano, al despertar yo también estaba aún ahí…en el mismo entorno de antes, en el idéntico escenario contra el cual combatí sin pausas arriesgando mi vida y el bienestar de los míos. Sólo habían cambiado los personajes, mas, no las situaciones.

Cuánta razón tenía Pablo Neruda cuando escribió: “los de antes ya no somos los mismos”. Mi lucha, y la lucha de millones como yo, trajeron de regreso a los que en épocas anteriores demostraron su bajeza y cobardía huyendo -cual ratas de naves mercantes- del incendio que ellos mismos provocaron con sus acciones de sectarismo y apuros infantilistas.

Volvieron y, por cierto, ya no eran lo mismos. Eran peores. Venían reconvertidos a una fe economicista que se confundía con los paradigmas dictatoriales. Europa les hizo mal. El mundo les hizo mal. Y volvieron para replicar en la patria aquella maldad aprendida en salones cortesanos de naciones industrializadas donde tuvieron un excelente pasar sin necesidad de ensuciarse las manos ni el alma trabajando duramente para subsistir. 

¿No fue el escritor italiano, Tomasso di Lampedussa, que en su inmortal obra “El Gatopardo” nos enseñó que el hábil patronaje administraba con brillantez aquello de “todo tiene que cambiar, para que todo siga igual”? Los renovados socialistas made in Bonn, made in Paris, made in Roma, made in Madrid, made in London, made in Chicago y Nueva York, fueron buenos alumnos del diplomado neoliberal y del magíster sobre las formas utilitarias de la traición.

No requirieron pasar ni un solo día por la Escuela de las Américas en Panamá, les bastó con saborear el aceite fenicio que dispendiosamente les regalaban gobiernos y empresarios transnacionalizados del primer mundo para convencerse de cuán útil y beneficioso les sería meter el dedo en la boca de su propio pueblo, de aquel pueblo que entregó sus banderas en beneficio de la paz, la justicia social y la democracia.

Antes de la aparición de las bayonetas y las masacres, eran socialistas…al regresar diecisiete años después desde más allá del charco atlántico juraron que seguían siéndolo.

Prometieron y lenguajearon respecto de su inamovible postura ideológica en beneficio de los desposeídos y de la zarandeada clase media. Dijeron, juraron y comprometieron sus honorables dignidades en el sentido de hacer justicia, castigar los crímenes, recomponer la República y conducir a Chile por la senda del desarrollo solidario. Mintieron antes de producirse el Plebiscito de 1988.

Ya habían negociado con el dictador prometiéndole a él y a sus secuaces –ladrones de la peor estofa- que aplicarían aquella línea escrita por Tomasso di Lampedussa y que, además, como dijo Monterroso, cuando el pueblo despertara del espurio ensueño, el dinosaurio capitalista seguiría aún aquí. Aunque esta vez aquel enorme animal –que creíamos extinto- sería resguardado por los nuevos pretorianos que ahora vestirían falsos ropajes de progresistas y que, con el apoyo de la misma prensa que gastó decalitros de tinta alabando al dictador, le aumentarían la dieta alimenticia regalándole Chile de punta a rabo.

Esos traidores, esos mentirosos a los que hoy el pueblo acusa cara a cara, esos vástagos de la tiranía, esos yanaconas que ni siquiera Pedro de Valdivia hubiese contratado, han conseguido importantes avances, pues lograron amansar los arrebatos justicieros de unos dirigentes comunistas que en el pasado juraron ante la tumba de Allende y ante el féretro de Gladys Marín dejar incluso sus entrañas en la lucha por la igualdad, la libertad y la soberanía popular. Bastó la promesa de regalarles algunas pocas comunas en la próxima campaña edilicia para que un Teillier y un Carmona utilizaran la fuerza de sus bases con el propósito personal que hoy se conoce.

Si en Venezuela hubo un Carmona “el breve” que fue avergonzado por Hugo Chávez, en Chile hay un Carmona “el gaznápiro’ que será derrotado por el pueblo izquierdista dispuesto a crear un nuevo referente en el que, por cierto, él y sus ambiciones personales no tendrán cabida. Pero no es este el enemigo principal, se trata solamente de una pequeña plasta de estiércol en medio de la ruta. Con un poco de tierra puede taparse el mojoncillo para que nadie lo pise y de esa laya evitar que emane el olor a perfume de Vichy.

Hoy, para el pueblo trabajador, para el pueblo estudiantil y para el poblacional, el adversario se llama “duopolio binominal Alianza-Concertación”. En ese dueto decimonónico hay nombres que nadie puede olvidar, pues son ellos quienes vendieron no ya a la patria sino también a todos nosotros, a nuestros hijos y a nuestras luchas y esperanzas. Esos inmencionables representan a la nueva derecha, una derecha altamente peligrosa pues utiliza lenguaje y ropaje progresistas, pero llevan alma de dólar en sus espíritus.

Esos fueron quienes regalaron a manos foráneas, a billeteras transnacionales, las carreteras, autopistas, agua potable, energía eléctrica, lagos, ríos, glaciares, bosques, salud, educación, viviendas, transporte, sanitarias, comunicación, prensa, previsión social, minerales, puertos, bordes costeros, telefonía, banca, cementerios y todo aquello que signifique producción de bienes y servicios. Gracias a esos innombrables, Chile ha dejado de existir como nación.

El viejo refrán dice que más vale tarde que nunca. Quizá desperté a destiempo. Tal vez debí reaccionar antes. Posiblemente rompí el letargo después que lo hicieran masas populares en las empresas, en las industrias, campos y universidades, pero ya me encuentro nuevamente de pie, dispuesto a reiniciar la lucha, decidido nuevamente a arriesgar mi tranquilidad y mis escasos bienes en beneficio de la libertad verdadera, de la democracia representativa y de la institucionalidad republicana …mis únicas armas son las palabras, la escritura y la conciencia limpia.

He roto el hielo del añoso glaciar en que me dejaron mis torpezas y confianzas. He regresado a la lucha de otrora, alzando mi voz para unirla al coro de millones que ya salieron del espasmo mentiroso. Seguramente será sólo un ínfimo grano de arena en la nueva playa, pero esa playa no sería nunca la misma sin aquel grano que entrego a plena conciencia.

Respiro tranquilo ahora que he exteriorizado –por fin- el por qué de mis escritos y el para qué de mis charlas. Desde la aurora boreal que encandila y enceguece las visiones de agiotistas apoltronados en Casa Piedra, en el Congreso y en La Moneda, una nueva raza política emerge desde las cenizas. Atrás quedaron esos espíritus quietos en el antro olvidados (perdón Huidobro por ocupar tu creación), pero tal vez ustedes, traidores, sabían quienes éramos, pero ya no saben quienes somos. Prepárense para abandonar la nave, pues una nueva y digna organización ha levantado banderas, programa y voluntad para ocupar aquellos sitiales que le corresponden.

Si bien la lucha de democrática, pacífica y libertaria recién recomienza, tengan por cierto que tarde o temprano, con las alamedas abiertas para que el pueblo pase por ellas, un nuevo Chile asomará su rostro en las alturas andinas y en las crestas saladas de las olas que bañan las esperanzas de millones. Rápida o lentamente lo lograremos. El tiempo está de nuestro lado, al igual que la razón, la razón, la razón; la justicia, la justicia, la justicia, y la verdad, la verdad, la verdad.

Mis amigos del alma, el inigualable poeta Alejandro Latorre y el novelista Carlos Latoja, rancagüinos ambos, me preguntaron si tendría miedo luego de declarar lo que aquí he escrito, ya que desde la ANI (Agencia Nacional de Informaciones) tratarían de meterme en las sombras. Les respondí con unas líneas del insigne Oscar Castro.

Pero es buena la sombra…
rica en oros y olores.
¿Miedo? Llevo en el pecho un ancho corazón de hombre
y es ancha mi voz, y serena.

* Fuente: La Firme 

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