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El vientre de Silvia y un poema de Ai Qing 

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Es habitual en la Argentina, como en cualquier país donde se críe ganado en gran escala, ver anuncios de remates de vientres, o de vacas para servicio, o bien de vacas preñadas. Si sacáramos esos anuncios de contexto, las mismas palabras nos paralizarían o dejarían perplejos. “Vientres de primavera”, leemos por ahí. O bien: “Las vaquillas para servicio Braford obtuvieron un máximo de $18.000…”

“Si hay esta cantidad de vientres el año que viene -declaraba hace poco un productor- tendremos que desdoblar el remate: a la mañana, vientres; y después del almuerzo, toros…”

Mujer se alquila
Un diario bonaerense publicó la semana pasada la noticia de que Silvia Malacari, de 33 años, madre de ocho hijos, ofrecía su vientre para gestar embriones humanos, a cambio de dinero.

"Estamos endeudados, encima la casa que nos prestaron, en la que vivimos, está por ser vendida", declaró la mujer. "Por mis chicos estoy dispuesta a todo. Necesito darles un techo seguro". “Mi esposo aceptó y dijo que no iba a haber reproches…”

Pronto, Silvia Malacari tuvo un ofrecimiento concreto. Se acercó el abogado Víctor Domínguez, quien manifestó haber buscado infructuosamente con su mujer gestar un hijo mediante tratamientos de fertilización, aunque los intentos terminaron cuando debieron extirparle el útero a su esposa.

"Más allá de que podamos llegar a un entendimiento -dijo el abogado- quiero donar una casa para que esta mujer no se exponga más y pueda darle un techo a su familia…”

Amor y amor mercenario
Mucho se ha estudiado el papel de las nodrizas mercenarias (o amas de leche, o amas de cría) en las sociedades antiguas, particularmente en las épocas en que se mantenía la servidumbre de la gleba o la esclavitud. Y también se ha estudiado el amor mercenario de las rameras y prostitutas, práctica casi tan antigua como la humanidad.

En todos los casos -incluyendo el alquiler de vientres- se trata de la mujer cosificada, que medra con su propio cuerpo, en una actividad que le dejará inevitables huellas, también, en el alma (tanto en la propia como en la ajena).

Es conmovedor el poema “Dayanhe, mi nodriza”, del poeta chino (y comunista y disidente) Ai Qing.

Ai Qing era hijo de terratenientes y como tal fue amamantado por una sierva de su familia, la campesina Dayanhe, quien cuando ya no tuvo más leche fue apartada del niño y regresada a las labores del campo.

Aquel bebé amamantado por Dayanhe, ya crecido, convertido en militante revolucionario y encarcelado, en 1937, le escribió un poema de amor a su nodriza, enterado de que había muerto en soledad y sin saber la suerte de sus hijos.

“Dayanhe, en la cárcel escribiendo para ti un poema
está tu hijo de leche; lo dirige
a tu alma violácea inmensa en la tierra amarilla,
a tus brazos aquéllos que me acunaron,
a tus labios que arrulladores me besaron…

Dayanhe,
crecí desde tu pecho
y llego hasta tu alma…”

Porque no existe -y este poema da fe- un contacto de piel, entre seres humanos, que sea inocuo y que no llegue, de alguna manera, a la más íntima fibra del ser.

Una más del Estado ausente
¿Dónde estaban el gobierno bonaerense y el gobierno nacional, cuando Silvia puso en alquiler su vientre para tener un techo?

¿En qué quedan las prolijas cartas magnas, esas que dicen que el Estado debe facilitar o proveer, entre otras cosas, una vivienda digna?

¿Dónde estaba el poder público cuando Silvia Malacari, sin otro recurso para vivir, decidió hipotecar su salud?

Porque, digámoslo sin ambages: sería maravilloso que ella, como ser libre, ofreciera su cuerpo en señal de afecto o de solidaridad hacia otra mujer que no haya podido gestar a su propio hijo. Como también sería maravilloso que las nodrizas y amas de leche de este siglo XXI alimentaran bebés propios y ajenos voluntariamente, sólo por amor, cuando otras madres no puedan hacerlo.

En cuanto a la libertad sexual y a la salud reproductiva (usemos los eufemismos en boga), casi nadie discute en la actualidad el derecho de una mujer a disponer con libertad de su propio cuerpo.

Pero que un ser humano tenga que alquilar su vientre o amamantar o bien prostituirse para sobrevivir, es denigrante y nos está diciendo lo peor de la sociedad y la cultura en donde esa clase de hechos ocurren.

Ahora, para sacarnos la amargura, volvamos a aquel poema de Ai Qing, que demuestra que hasta con lo peor de lo vivido el ser humano puede producir belleza:

“Dayanhe, hoy el lentisco evoca de repente
los marchitos gramales del alero de tu casa abandonada

aquel pequeño huerto hipotecado
y tu profunda tumba silenciada por la nieve.
Oh Dayanhe, esta nieve, ¡cómo te trae a mí!
Tus callosas manos se agrandan
para elevarme a tu pecho”.

* Fuente: Agencia de Noticias Pelota de Trapo

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Rossi 

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