Colombia: El paramilitarismo no se ha acabado
por María Jimena Duzán (Colombia)
19 años atrás 4 min lectura
El paramilitarismo sigue vivo, pero transformado en otra monstruosidad: una mafia regional legalizada y aceptada socialmente
El 6 de marzo saldré a marchar como lo hice el 4 de febrero: en contra de todas las formas de violencia que azotan a este país -no solo en contra del paramilitarismo- y honraré la memoria de todas las víctimas de este conflicto, provengan de donde provengan.
Es probable que eso no sea políticamente correcto en esta Colombia joseobduliesca, que cree a pie juntillas que las únicas marchas que valen la pena son las que refuerzan la tesis gubernamental de que Colombia no vive un conflicto, sino una amenaza militar, que son las Farc, y que una marcha en contra de los paramilitares es una estupidez porque, como nos lo han dicho una y otra vez, estos, los 'paracos', ya no existen desde que este gobierno los desmovilizó con éxito y encarceló a sus máximos jefes.
Nada más falso que esa premisa. El paramilitarismo en el país no se ha acabado. Sigue vivito y coleando, pero transformado en otra monstruosidad: en una mafia regional prácticamente legalizada y aceptada socialmente, que ya no solo se nutre del narcotráfico, sino del erario público, al estilo de la mafia napolitana y siciliana. Es una mafia que ha aprendido a ganar las elecciones, que tiene a senadores que representan sus intereses y que ahora es la gran dueña de los puestos y de los contratos, la misma que lava sus dineros en esas pirámides financieras que hoy se están derrumbando. Una mafia que sobrevivió a la desmovilización y al encarcelamiento de algunos de sus jefes militares debido a que este proceso se hizo de manera incompleta, al dejar intactas las estructuras de poder de esas organizaciones criminales.
Desde luego, tiene sus ventajas: es una mafia que no le incomoda mucho al Gobierno; que no comete masacres, sino asesinatos selectivos, porque, a diferencia de sus antecesores, ya tiene asegurado el control territorial y el poder dentro de las instituciones del Estado que le dejaron los narcoparamilitares, quienes recurrieron a las masacres de campesinos, a las motosierras y al despojo de las tierras para conseguir finalmente el control de territorios que desde el 2000 detentan.
Esa es la misma mafia que anda detrás del cultivo de la palma y de ese embeleco presidencial en que se ha convertido el tema de los proyectos agroindustriales y que se articula de maravilla con ese talante terrateniente que tiene este gobierno a la hora de pensar en los desplazados y en las víctimas del paramilitarismo.
Cuando esta mafia escucha al Ministro de Agricultura decir que la mejor forma de ayudar a los desplazados es dándoles la tierra en encomienda a los ricos que los han desplazado, para que de esa forma los desplazados se conviertan en la mano de obra del encomendero, como si el país hubiera vuelto a los tiempos de las encomiendas y de los siervos sin tierra, se le debe hacer agua la boca. ¿En qué quedó, pregunto yo, esa promesa presidencial del primer gobierno del presidente Uribe de convertir a Colombia en un país de propietarios?
En materia de reparación de las víctimas también el Gobierno está en deuda. La ley de justicia y paz, a pesar de que se quedó corta en sus escenarios, tuvo de positivo que les propuso por primera vez a las víctimas una oportunidad para la reparación. Sin embargo, después de varios años de una aplicación de la ley llena de tropiezos, la situación no es muy halagüeña: las víctimas siguen sin ser reparadas económicamente, los jefes 'paras' siguen con sus fortunas intactas y, según hemos sabido, muchos de ellos están en trance de negociar con los norteamericanos su extradición hacia los Estados Unidos. Una ida de 'Macaco' y 'don Berna' a los Estados Unidos significaría un golpe de gracia para la ley de justicia y paz porque perderíamos hasta la verdad, que es lo único que ha fluido medianamente en este proceso.
Uno puede no salir a marchar el 6 de marzo, como el Gobierno quiere que hagamos. Lo que sí se cae de su peso es que nos traten de convencer de que este monstruo que nos aprisiona, llamado paramilitarismo, ya no existe.
– La autora es columnista de EL TIEMPO.
* Fuente: Red Informativa Virtin
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