Miguel Krassnoff, «preso político» de la democracia
por Perrokerr (Chile)
18 años atrás 7 min lectura
Los hechos son los siguientes: el miércoles 30 de enero, el ex ministro de Pinochet, Alfonso Márquez de la Plata escribió en la sección Cartas al Director de El Mercurio un encendido panegírico en defensa de Miguel Krassnoff Martchenko. Antes, el 17 de diciembre, Hermógenes Pérez de Arce también rompió lanzas en favor de este brigadier (r) del Ejército, que está condenado a purgar condenas judiciales que sobrepasan los cien años de prisión por su infatigable labor como represor de la dictadura.
Pérez de Arce lo hizo al presentar el libro “Miguel Krassnoff”, escrito por Gisela Silva Encina. Y en esa ocasión llamó al inspirador del texto “un Jean Valjean de nuestro tiempo”. Nada menos. Para qué andarnos con chicas; si vamos a comparar, comparémoslo con un personaje salido de la pluma de Víctor Hugo. Y digamos, de paso, que la obra de Silva hace recordar en ciertos pasajes a León Tolstoi (¿?), sobre todo cuando repasa la vida familiar de este bizarro cosaco que llegó a Chile debido a los avatares de la Guerra Fría y antes que ella, de la Revolución Rusa.
Pueden leer el texto de este maestro de los sofismas en la siguiente dirección de internet: http://www.cren.cl/index.php?option=com_content&task=view&id=119&Itemid=50. Allí también podrán saber (si el ciberespacio aún la conserva en su amplio regazo), que en la parte final de su patriótica alocución nuestro buen Hermógenes tiene la delicadeza de recordar que tan magnífico opúsculo ha sido posible dado que fue “acogido y editado por la Editorial Maye [1], de nuestro incansable y patriota amigo Alfonso Márquez de la Plata”.
Y ahí uno puede entrar a atar cabos: primero, el libro; luego la carta al “decano” y posteriormente sentarse a esperar que algún “humanoide” pique para reivindicar, por la vía de la polémica, a este pobre Cristo que ha sido víctima de una “injusticia tremenda”.
Márquez de la Plata, hombre de espesas cejas, como los villanos de las películas del cine mudo, que al parecer le dificultan una correcta visión del devenir histórico, se pregunta al inicio de su misiva: “¿Qué puede haber realizado este oficial para recibir un castigo tan severo, a pesar de su brillante hoja de servicios que incluye la medalla al valor, distinción que sólo se otorga en casos excepciones?”
Y su respuesta es que la detección y posterior muerte de Miguel Enríquez, el líder del MIR abatido en combate en una casa de San Miguel en octubre de 1975, fue la que lo condujo a su actual sitial, entre los parias de la DINA. Aquellos que de héroes pasaron a ser proscritos y olvidados reos de Punta Peuco o el Penal Cordillera.
E insiste en la peregrina idea (repetida con entusiasmo por Hermógenes) de que Krassnoff fue condenado por jueces malévolos por secuestrar a personas que en realidad están muertas. O incluso, en uno de los tantos casos que se le endilgan, que se asilaron en México.
Como quien dice, un perseguido “preso político” de la democracia. Un abnegado servidor público al que hoy la patria no le reconoce sus innumerables méritos y desvelos en el marco de un accionar que es el que echó las bases de la paz social de la que hoy disfrutamos.
Una muy querida amiga, Erika Hennings, que estuvo en calidad de detenida-desaparecida en Londres 38 pero consiguió sobrevivir, aunque perdió a su marido Alfonso Chanfreau, en ese trance, lee esta carta y, por supuesto, se indigna.
Le cuenta a sus cercanos que ha sentido “rabia e impotencia en el lado izquierdo de mi espalda y pecho”, al entregarse a la lectura de la epístola de Márquez. Y se pregunta cómo es posible que haya algunos que todavía le presten tribuna a los defensores de criminales.
Nada de que extrañarse, Erika. Estamos en un país donde reina un estricto estado de derecho. Y ningún miembro del alto mando de ningún arma puede ser obligado a dejarlo mientras no haya un fallo judicial que acredite su culpabilidad en algún crimen de lesa humanidad ligado, por ejemplo, con el siniestro paso de la Caravana de la Muerte por el norte de Chile.
Así lo estipula la sana doctrina imperante. Pues ya se sabe que jurídicamente no es lo mismo haber participado en la ejecución de prisioneros desarmados, con lujo y derroche de saña -la que incluyó heridas con corvos, además de balazos-, que haber contribuido sólo a su traslado.
Por más que haya profetas del odio y la venganza que sostengan que da lo mismo qué parte del engranaje uno ocupaba dentro de la abominable maquinaria del crimen que operaba bajo el amparo del Estado.
En fin.
En todo caso, para retomar el análisis de este nuevo aporte a la literatura testimonial chilena que nos ha entregado la señora o señorita Gisela Silva, quisiera recordarle al ínclito Hermógenes que olvidó a otro autor (aunque, en rigor, también lo menciona, pues el hombre no ahorró municiones en su defensa de este Dreyfus moderno…) con el cual Krassnoff y los hechos que rodean su vida sin duda harían buenas migas.
Me refiero a Fedor Dostoievski, que estuvo a punto de ser colgado por participar en una conjura contra el zar, y escribió “Crimen y castigo”.
Qué mejor título para resumir en pocas líneas la existencia de Krassnoff Martchenko. “Su abuelo combatió contra la revolución bolchevique como comandante en jefe de los cosacos, y en la Segunda Guerra Mundial luchó (con el padre del oficial chileno y un tío) contra los comunistas con el apoyo del Ejército alemán en la operación Barbarroja”. La descripción es del diario El Mercurio, junio de 2003, que entrevistó al “Jean Valjean ruso” para conocer “su verdad” respecto a los delitos de los que se le acusaba.
Posteriormente, tras el triunfo aliado y la caída de Hitler, su abuelo, su padre y su tío, que estaban establecidos en Austria, fueron entregados por los británicos a los soviéticos. Los que presumiblemente los ejecutaron por colaboración con el enemigo en 1947, luego de haber pasado por la Lubianka, el cuartel general de la KGB (Mayores datos pueden encontrarse en “La venganza es mía: Una familia cosaca y las catástrofes políticas del siglo XX”, de Friedrich Heller y Claudio Velasco, libro disponible en la red).
Los cosacos, por si alguien lo ignora, son una cultura de un profundo sesgo rural y tradicionalista asentada en las orillas del río Don. Un cosaco, pero de izquierda (que también los hubo) Mijail Shólojov, escribió “El Don Apacible”, una magnífica novela que le valió, entre otros textos de su creación, el Premio Nobel de Literatura.
En este libro, que acabo de leer hace poco tiempo, aparece el general Krasnov (así escribe su apellido el traductor Laín Entralgo), atamán de los cosacos del Don y líder del movimiento contrarrevolucionario blanco que, con el gentil auspicio del Occidente civilizado, quiso ahogar a la Revolución de Octubre en su propia cuna.
Cito un párrafo elegido al azar de esta gruesa novela (más de mil 700 páginas en delgado papel biblia) donde unos cosacos que se han rebelado contra el poder de los Soviets hablan de Piotr Nikolaievich Krasnov, hijo y nieto de generales (Y no hace falta agregar ningún otro comentario):
-¿Quién es ese Krasnov?
-¡Acaso no lo saben? ¡No les da vergüenza preguntarlo, señores? Es un general famoso, mandó el Tercer Cuerpo de Caballería, muy inteligente, caballero de San Jorge. ¡Un militar de mucho talento! (…)
-¡Pues yo les digo que nosotros conocemos muy bien su talento! ¡Es un general que no sirve para nada! ¡En la guerra contra los alemanes demostró su incapacidad! (…)
-¡Cómo puede hablar así del general Krasnov si no lo conoce! (…)
-Yo hablo así, señoría, porque serví a su mando… En el frente austríaco llevó a nuestro regimiento al ataque contra las alambradas enemigas. Por eso creemos que no sirve para nada…
* Fuente: José Hernández
Notas:
1. Nota de la Redacción de piensaChile: La Editorial Maye es la misma que publica los libros del «historiador» Victor Farías. Para algunos esto puede resultar una curiosidad, para quienes piensan, es una cuestión lógica. Son personajes que cohabitan en un mismo corral.
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