El Despojo de los Caídos

A veces se entera uno de cosas tan terribles que ocurrieron durante la dictadura, que se te rompe el corazón y te dejan apesadumbrado pensando en la condición humana.

He leído algo sobre los horrorosos tormentos a que eran sometidos los detenidos en Argentina. Y sobre episodios muy macabros, como el del cura que participaba en sesiones de tortura y extorsionaba a los padres de los detenidos que iban a desaparecer. ( Recomendamos leer los artículos: El genocida Von Wernich a juicio oral  y  El cura venido del infierno 

(Estuvo luego fugitivo y con una falsa identidad, trabajando en una iglesia de El Quisco, un balneario chileno; se le acusa de al menos seis secuestros y asesinatos y se defiende diciendo que Dios lo justificaba). Las mujeres que quedaban embarazadas, tras ser salvajemente violadas por los agentes o soldados, eran asesinadas tras dar a luz, siendo los recién nacidos entonces dados en adopción o vendidos a parejas de militares infértiles.

Leí luego sobre la policía secreta argentina que mataba a los detenidos no en un plan de justicia rápida o represalia, sino simplemente para robarles, por lo que resultaba más cómodo declarar de antemano que eran comunistas. La policía, según se pudo probar después, era responsable de una serie de secuestros por rescate que eran siempre atribuidos a delincuentes comunes. En un caso, tras asesinar a una pareja de sospechosos, encontraron 150 mil dólares en la casa y acabaron peleándose por el botín, resultando muerto uno de ellos, y dos otros, heridos.

En otro lugar, leí en un documento escrito por un experto en servicios de seguridad y la época de Pinochet, que una de las torturas que aplicaba el general Manuel Contreras, el jefe policial de la época, era introducir ratas en las vaginas de algunas detenidas. Hay un caso documentado de militantes revolucionarios que fueron decapitados por los militares. Ahora en este espantoso artículo de La Nación nos enteramos de que a los asesinados "les quemaban las huellas dactilares y las cicatrices del cuerpo con un soplete a parafina. Además, se les sacaban los relojes, los anillos y las tapaduras de oro de los dientes", según confesó uno de los soldados que participó en las matanzas. Son escenas realmente espantosas, como de la época de los nazis, que escapan a toda razón. Este ex agente "vio a su compañero Sergio Escalona Acuña tendido sobre un cadáver que tenía la boca abierta, con un alicate en la mano". El Negro Escalona, como le decían al infante de Marina, trabajaba afanosamente. "En los camarines, él sacaba a los muertos las tapaduras de oro".

Estas escenas son terribles. Incomprensibles. Nos hacen recordar siempre que los hombres y mujeres que fueron perseguidos y asesinados por la dictadura, eran inocentes, y vivían en la más completa indefensión, no dependiendo más que del apoyo de la gente, sus propios grupos y algunas organizaciones católicas, pues el poder judicial y los políticos que no eran perseguidos, colaboraban con el gobierno dictatorial. Muchos tienden a olvidar este hecho fundamental: Que son crímenes inhumanos, injustificables, de gente indefensa. Todos podíamos convertirnos en sus víctimas. La dictadura ha destruido de esta manera abyecta cientos de miles de vidas y de familias. Su definición del nuevo delito de comunista podía abarcar desde militares conservadores constitucionalistas hasta cristianos o grupos armados de la izquierda iluminada. Pinochet también participó, aparentemente, en sesiones de tortura e interrogatorios de miembros del Partido Comunista, que fueron tras ser entrevistados por él asesinados y hechos desaparecer.

Esto es de una abyección y maldad realmente incomprensibles y da pena leer u oír a gente que cree que estos crímenes pueden ser olvidados, que deberíamos olvidarlos y seguir adelante. Pero ¿es eso posible? ¿Y por qué? ¿Por qué deberíamos olvidar esas terribles e inhumanas torturas y asesinatos de inocentes, pero no otros crímenes semejantes, pero menores, de ciudadanos comunes y corrientes? ¿Podemos perdonarlos sabiendo que mataron a personas inocentes, y que las torturaron y mataron por razones y motivos que no podemos entender? ¿Que parecen crímenes cometidos por seres infernales, depravados y sedientos de sangre, provenientes casi literalmente del infierno? ¿Se imaginan esa escena del agente agachado sobre el cuerpo del detenido asesinado, sin motivo alguno, sacándole un diente de oro con un alicate? ¿Se imaginan al agente vendiendo ese oro a un dentista o a un joyero? A mí, estas escenas me dejan turulato.

¿Cómo es posible que crea que estas matanzas espantosas estaban de algún modo justificadas, que los perseguidos merecían ser perseguidos sin saber por qué delito serían posiblemente acusados? Te podían acusar de comunista, para robarte y matarte después. ¡Y hay gente que le otorga a estas cosas de crueldad inimaginable, realmente diabólicas, apenas una interpretación cuasi política! Como si el crimen, y el robo, y las torturas, fuesen cosas realmente normales. Y que está bien que hayan ocurrido. ¿Podría un partidario de la dictadura, decir: ‘Sí, me parece muy bien que violaran a las mujeres secuestradas, las dejaran parir, las torturaran entonces y mataran y vendieran el bebé a familias sin hijos’? Es posible que un partidario de la dictadura reconozca finalmente: ‘Sí, ocurrieron, pero fueron errores o excesos’. Pero aún considerándoles errores o excesos son igual y de todo punto de vista inadmisibles, intolerables, imperdonables.

Ninguna persona de bien va a estar complacida con la cercanía de una persona que pretende que introducir ratas vivas en las vaginas de las detenidas o quitar los dientes de oro de los asesinados antes de hacerlos desaparecer, para venderlos luego, son cosas que pueden ocurrir o justificables de algún modo, o en alguna circunstancia.

Este caso específico, que se conoce recién ahora, en cuanto al trato que daban los militares a los cuerpos de los asesinados, y sobre lo que probablemente no sabremos mucho más, que ilustra la aplicación de una política de despojo y ultraje último a los caídos que recuerda terriblemente el trato que daban los nazis a sus prisioneros, corre sin embargo paralelo a otras prácticas de la dictadura que no son usual o frecuentemente comentadas. Durante el período militar el régimen expropió decenas de propiedades de organizaciones políticas y sociales y de individuos clasificados como enemigos, y muchas de ellas no han sido ni devueltas y en algunos casos sorprendentes ni siquiera reclamadas. Para el régimen militar la expropiación de las propiedades y bienes de sus víctimas era parte de su política de destrucción y aniquilación de sus opositores.
[Mencionemos brevemente que en este mismo esquema, durante la dictadura un grupo de militares cercanos a Pinochet inició una firma financiera, que se dedicaba a prestar dinero ilegalmente a otros miembros de las fuerzas armadas y amigos, y que terminó naturalmente asesinando a varios de sus clientes, vale decir, también partidarios de la dictadura, para hacerse con su dinero y propiedades].

Los agentes y soldados de la dictadura que arrancaban las tapaduras o dientes de oro de los ciudadanos torturados y asesinados, ya habían abandonado el umbral de la humanidad. No se reconoce en esos agentes ni un atisbo de lo que vieron sus madres en ellos algún día. Son chacales, demonios, verdaderas gárgolas vivas venidas del infierno. Es ahí donde pertenecen; a ese lugar deben volver, para no emerger nunca.

* Fuente:  mQh
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