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Leonardo Boff en Salamanca: La ética del corazón 

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No muy lejos del vistoso y monumental convento plateresco de san Esteban, donde según cuentan las crónicas se alojó Colón para discutir con los eruditos de la Universidad de Salamanca la teoría del descubrimiento de América, el teólogo brasileño Leonardo Boff habló ayer de los males del planeta y de la ética del corazón a un público muy entregado, compuesto en su mayoría de cristianos y/o socialistas, que desbordaba el aforo del auditorio de la Facultad de Geografía.

Desde que en 1972 el Club de Roma chequeó la salud de la Tierra, descubriendo que su estado era muy grave, el deterioro del planeta ha sido galopante. Si entonces se habló de la necesidad de un desarrollo sostenible, está probado ahora que tal alternativa es insuficiente. Llegados a un punto en que la Tierra no puede autorregularse, como consecuencia de las causas antropogénicas que la mutilan, se deben tomar medidas urgentes para ayudarla en la recuperación del equilibrio ecológico perdido. En ello nos va la vida, pues el ser humano, como dijera el poeta argentino AtahualpaYupanki, es la Tierra que camina.

Partiendo de la base ilusoria de que los recursos del planeta eran infinitos, se ha sometido a la Tierra a una superexplotación permanente ante la que ya no basta protegerla del calentamiento global, porque hoy en día hemos traspuesto los límites y estamos dentro del efecto invernadero. Para que el nivel de vida de los países desarrollados fuera extensible a todo el planeta se precisarían hasta tres planetas como el nuestro. Y si en el nuestro no se da tal es porque un 20 por ciento de quienes lo habitan detentan el 80 por ciento de la riqueza. O, para ser más explícitos y exactos, según datos facilitados por Noam Chomsky en su último libro, porque sólo 257 personas son propietarias del 45 por ciento de los bienes que corresponderían a toda la Humanidad.

El filósofo Kierkegard imaginó el fin del mundo en un relato en el que un payaso, advertido por alguien del teatro en que actuaba de que había un foco de fuego tras el escenario, trata de advertírselo a los espectadores sin que éstos lo tomen en serio, pues se limitan a responder con risas a la mímica de sus aspavientos. Boff dice oficiar ahora mismo como ese payaso, aunque su público -como en Salamanca- sí reconsidere y mantenga una actitud sumamente receptiva a su mensaje. Cree quien se reafirma en su vocación franciscana y no romana, ante la gran crisis que vive la Tierra, que hay que acrisolarla, eliminando cuanto de accesorio y nocivo la hiere como consecuencia de una economía capitalista basada en la competencia antes que en la colaboración. Ya no basta decir que otro mundo es posible: Otro mundo tiene que ser posible.

Para tal objetivo apela sobre todo Leonardo Boff, y lo hace con un tono de voz más encendido que el habitualmente sosegado que caracteriza la profundidad y transparencia de su amenísima disertación, al rescate de la sensibilidad humana. Debemos dar centralidad al corazón frente al auge utilitarista de la razón que nos guía a vivir de posesivos intereses. La sensibilidad del corazón es la cuna de todos los valores. Abrazando al mundo estoy abrazando a Dios, decía un discípulo de san Francisco de Asís, creador de la mística cósmica.

Nada mejor para cultivar el rescate del corazón que lo que Leonardo Boff llama la ética del cuidado. Como mamíferos racionales llevamos la crianza dentro. Sin el cuidado de nuestras madres no sobreviviríamos. Sin cuidado no emerge el ser, que dijo Heiddeger. El cuidado es la relación amorosa con la realidad, ésa que la Tierra nos reclama a gritos desde todo cuanto vemos (sólo un 5 por ciento es visible de toda cuanta vida real la habita) con la llamada febril de su creciente agravamiento.

Vivimos porque tenemos que cuidar de la vida. En nuestro planeta todo está descuidado. La miseria y la basura que lo pueblan son muy graves y lacerantes descuidos. Debemos combatirlos con la ética de la solidaridad, la responsabilidad, la compasión y la espiritualidad. Estas dos últimas no son monopolio de la religión. Compasión es respetar al otro en su singularidad y evitar que sufra solo dentro de ese mar de sufrimiento que agita a la Humanidad. La espiritualidad consiste en sentirse parte de ese todo vivo que es la Tierra como seres humanos. Espiritualidad es la cualidad de todo ser que respira. Es la actitud que pone la vida en el centro, que la defiende y la promueve contra todo lo que vaya en su contra.

En palabras textuales del teólogo brasileño es fundamental dar centralidad al pathos, recuperar el eros y reinventar la lógica del corazón. Sólo estas actitudes, tan devaluadas en nuestro presente, nos harán sensibles a la esencia y trascendencia de la vida. Debemos pasar del paradigma cultural vigente, asentado en el poder como dominación, a un paradigma de convivencia cooperativa, de sinergia, de enternecimiento con todo lo que existe y vive.

Leonardo Boff estuvo en Salamanca. Caía la lluvia mansa y persistente sobre el viejo y vecino convento de san Esteban, donde Colón soñó la razón de sus horizontes de conquista de un mundo nuevo. Desde ese mundo, la visita del teólogo brasileño ha venido a reconfortarnos con muy otras razones, de corazón a corazón, para que otro mundo tenga que ser posible.

* Fuente: http://www.diariodelaire.com/
Foto: Victorino
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