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El travestismo de los medios de comunicación 

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Mal identificada como neoliberal, la ideología dominante es contraria a la intervención del estado en el ámbito de la economía y de la cultura. Los exégetas de la modernidad prefieren que éste se acote lo más posible e intervenga sólo en los temas de soberanía y seguridad interna. En lo demás,  piensan que el mercado debe ser el rector de la vida social, incluído lo que ocurra con un valor democrático tan decisivo como la Libertad de Prensa.

De esta forma es que palabras como reitin y tiraje adquieren el sacrosanto derecho a definir los contenidos de la televisión, la radio y la prensa. Del mismo modo que es el marketing, ahora, el ingrediente fundamental en el éxito de venta de los libros y la calidad de los escritores. En Chile, ya no se consideran los parámetros sobre el deber ser de la comunicación social o de la misión ética del periodismo. El mercado arrasó con los conceptos que dieron origen a la televisión pública y universitaria. La estética de la imagen y del lenguaje le ha cedido totalmente el terreno a la vulgaridad. Lo que “vende” indefectiblemente es lo que vale para los productores, agencias de publicidad y avisadores. La información, los noticiarios, hasta los breves programas culturales viven de prestado en los medios de comunicación. Incluso en estos espacios se posterga la noticia de los más prominentes hechos nacionales y mundiales, al tiempo que el deporte se acota a las reyertas entre dirigentes y el arte, a la vida privada de sus cultores. La misma política casi únicamente importa en lo que tiene de escándalo y sordidez.

El espectáculo es grotesco. Todo vale para alcanzar la atención mediática. Los ministros y otros funcionarios públicos engullen hamburguesas frente a las cámaras para salvar la imagen de una cadena de alimentos rápidos a los que se les ha detectado bacterias patógenas en sus productos. Para obtener trabajo o mantenerlo, las periodistas acortan sus faldas y corrigen el volumen y caída de sus pechos. En los programas eróticos, la relación heterosexual es cosa casi del pasado: el mundo gay busca reconocimiento a su opción y derechos en personajes que lo único que poseen es su capacidad de escandalizar y caricaturizarse. El reality show cumple actualmente con la misión de enseñar; sólo que ahora los “valores” que se consagran son los del egoísmo, el hedonismo, la competencia despiadada entre los jóvenes. ¡El dinero y el consumismo, como los grandes titiriteros del mercado!

El people meter es la medida de lo posible. La Espada de Damocles de los productores, conductores y reporteros.  La teleaudiencia se mide instantáneamente con la emisión de los programas. En beneficio de los puntos que marca, se adulteran los libretos originales de las teleseries, de desnuda y asesina a sus personajes. A través de micrófonos miniaturas, los directores le hablan a la oreja a sus animadores y camarógrafos para que le suban el tono a sus conversaciones e induzcan a las estrellas estelares a desprenderse de una prenda más de sus ligeros vestuarios. Todo sea por “robarle puntos” a la competencia.

Un periodista extranjero que vino a observar lo que pasa en nuestro país no pudo entender esta curiosa moda de bailar a toda hora. “Los chilenos no eran así, me dice. No entiendo cómo han derivado de la opacidad y marcialidad que regía sus vidas a este constante zangoloteo y exuberancia que vive la pantalla chica. Me comentaba que en este paulatino destape, no faltaría el cirujano plástico que le añadiera un pecho a las chicas de la televisión, como si los dos que traen natural o artificialmente se hicieran pocos para la voluptuosidad de la programación.

Se impone la uniformidad
Para ganar audiencia, la máxima es, ahora, entretener a cualquier precio. ¿Cuál audiencia? Por cierto la que tiene mayor capacidad de consumo.  Y capacidad de consumo, ¿para qué? Para obtener auspicios. Es decir, recursos para financiar el negocio. Porque demostrar balances en azul, como dicen los contadores, es lo que mide el éxito de los distintos medios. éxito, a su vez, que mide la capacidad de negociar los propios medios en el mercado. Negocio que es más redondo cuando los medios son adquiridos por los capitales foráneos. Capitales foráneos que se consideran más respetables mientras mayor número de medios de comunicación controlan.

De esta forma, es que la propia Iglesia Católica soslaya lo que pasa en su católico canal de televisión. Por un lado, los obispos se oponen a legislar en favor del divorcio; por otro, celebran que su estación televisiva haga buenos negocios con su atrevido reality show. Poseedor de una alta condecoración vaticana, el dueño de Megavisión arrasa en el reitin con su estelar nocturno en que la procacidad del lenguaje y la temática abyecta logran la más elevada sintonía nacional y, por supuesto, él más alto número de auspiciadores. Empresas dirigidas, como se sabe, por personajes tan católicos como integristas pero que, a la hora de los negocios, caen posesos de la esquizofrenia. En la doble moral de lo que se predica y practica.

Más que las leyes que sobran y faltan, es el mercado el que provoca la falta de diversidad, la concentración informativa y la extranjerización de nuestros medios de comunicación. Es cosa de hacer zapping, pararse frente a los kioscos y recorrer el dial para comprobar la uniformidad. Lo vulgar y superficial son el común denominador de la mayoría de los canales y radios. Incluso tenemos algunos diarios cuya atención preferencial es lo que acontece en la televisión y los espacios escandalosos de las radioemisoras. Su pauta y tiraje dependen de lo que suceda en las pantallas la noche anterior. Se trata de la gran farándula nacional que mete a su ruedo a artistas y periodistas; intelectuales y políticos; deportistas y reos temibles como el que secuestró y asesinó al periodista José Carrasco. (¡Amnistiado o indultado por Televisión Nacional cuando le regaló minutos de cámara para presentarlo como un padre bondadoso!) Todo ello, mientras que la mayoría de los chilenos con y sin trabajo se constituyen en actores pasivos del proceso comunicacional y permanecen en la butaca rígida que mira al gran espectáculo del Chile que ríe, baila y derrocha sensualidad. En un país cuyas encuestas indican que el 80 por ciento de sus habitantes se considera infeliz, el  60 por ciento de las mujeres se asume insatisfecha sexualmente y las parejas de entre 30 y 40 años reconocen hacer el amor sólo dos veces al mes.

Contraste terrible entre el país real y el que se vende a través de los medios de comunicación. El glamour frente al desencanto, en que sólo un 45 por ciento de los chilenos apoya la democracia y, entre éstos, apenas un 23 se considera satisfecho por ella. En el que cerca de la mitad de los ciudadanos o potenciales votantes se abstiene de sufragar, anula su voto o ni siquiera se inscribe en los registros electorales. Rubias y bellas “tocando las estrellas”, mientras otros millones de compatriotas luchan por su propia sobrevivencia y las de sus hijos, en un territorio en que la peor manifestación de su machismo es que las mujeres son las más pobres entre los más pobres. Y más indigentes todavía cuando son mapuches y están confinadas a aquellos parajes del sur de nuestro país y que llevan el grosero pero acertado nombre de “reducciones indígenas”.

“Protagonistas de la fama” versus el Estado Llano constituido por millones de jóvenes condenados al sueldo mínimo. Conquista que, por lo demás, se quiere derogar para que éstos y otros se ajusten a un salario todavía más mínimo en poder adquisitivo y dignidad. Todo ello en beneficio del equilibrio de nuestros índices macroeconómicos, cuyos guarismo son el decálogo de nuestro orden económico y social al cual rinden pleitesía no pocos de los rebeldes de ayer. Cabezas calientes que incluso tildaron a Salvador Allende de reformista y pequeño burgués. ¡Hijos de Satanás!, como les espetara Radomiro Tomic, quien tuvo el consuelo de partir de este mundo antes de que se evidenciaran las características de este nuevo paréntesis histórico que ya no es la Transición a la Democracia. A no ser que los hijos de Pinochet decidan reciclarse y torcer el rumbo de una institucionalidad hecha a la medida del autoritarismo y la impunidad.

Tras el logro de la diversidad
Editorialistas que se arrodillaron ayer ante la censura oficial y las siempre perversas razones de estado, hoy se escandalizan ante la posibilidad de que las autoridades dispongan las medidas para que la libertad de expresión sea un ejercicio ciudadano. Al dios Mercado no se le debe tocar; la libertad de prensa es un derecho patronal de quienes pueden financiar el gusto de modelar la conciencia popular, influir en sus actos y seducir a los políticos, escogidos a imagen y semejanza de quienes financian sus juegos cupulares y definen su voto en el Congreso Nacional. Como pasó con la Ley de Pesca, la Reforma Tributaria y otras iniciativas que dejan tan de manifiesto dónde radica el poder en Chile y cómo se burlan los representantes del pueblo de su soberano.

Salvo honrosas excepciones, no hay voluntad para que el Estado intervenga en un tema que toca tanto a la consolidación democrática. A pesar de que en los países más avanzados se legisla para evitar la concentración de los medios y los presupuestos fiscales contemplan recursos para promover la diversidad y salir al rescate, incluso, de publicaciones que corren el riesgo de morir. Regímenes de Mercado que, curiosamente no se avergüenzan de subsidiar el papel de imprenta, solventar la televisión pública y otorgar enormes incentivos para la edición de libros y la posibilidad de que éstos sean adquiridos y leídos en las miles de bibliotecas que sostiene el erario fiscal. Aquí, en cambio, acaba de aumentarse en un punto más el IVA a los textos e impresos, después de que se criticó tanto la decisión militar de gravar la compraventa de libros, para que justamente los pobres y jóvenes no infectaran sus mentes con ideas foráneas y no perdieran tiempo en un oficio tan banal como la literatura.

¿Es posible que alguien todavía piense que el mercado restituya a los medios su misión de informar, educar y entretener sanamente? ¿Es posible que en el actual desorden de cosas los medios  pueden recuperarse para su tarea de ser alicientes en la tarea que a todos nos compete de comprender el mundo y participar en la construcción de una sociedad más libre y solidaria? Es posible pensar que los empresarios y las agencias publicitarias extiendan sus auspicios en bien de la diversidad, cuando los propios medios de comunicación persiguen acotar el mundo de sus lectores, telespectadores y auditores al denominado segmento ABC 1 o prime, como eufemísticamente se les identifica? Chilenos, por cierto, con alta capacidad de consumir bienes y servicios y que renuncian al desagrado de enfrentarse al país real.

Identificadas las libertades de expresión y de prensa como pilares, objetivo y condición de una democracia genuina, corresponde a la política y a los ciudadanos abogar por un cambio. Desde el estado, fortalecer los medios públicos que amplíen la oferta comunicacional y marquen diferencia con los medios abandonados a la vulgaridad. Desde la sociedad civil, para desarrollar y sostener a ese conjunto de expresiones periodísticas y culturales que -aunque salvan el honor nacional- carecen de los recursos necesarios para realizar un trabajo profesional más solvente, ampliar su cobertura y siquiera pensar en la posibilidad de desarrollar medios más sofisticados y onerosos como los audiovisuales. Se nos dice que Internet es la gran posibilidad que la comunicación social tiene de democratizarse, pero ciertamente todavía estamos a muchos años de que en todos los hogares chilenos exista un computador y una conexión a la Red.

Algo también podría hacerse para promover las inversiones o simplemente el gasto de aquellos emprendedores que no se autosatisfacen en el lucro y que, por lo mismo, no se conforman con el grado de postración actual de nuestros medios de comunicación. Gente sensible al ahogo que experimenta la sociedad chilena por la acción justamente de un cometido mediático que nos tiene impermeables al desarrollo del mundo, a las ideas y desafíos de un progreso sustentable que toque al conjunto de la raza humana y preserve al Planeta como la casa de todos los que somos y vendrán. Todo ello en la aceptación del principio de que sin justicia para todos no habrá seguridad para nadie. De que el ser humano no sólo vive del pan sino de la posibilidad de recrearse en la educación y el cultivo del arte. Tiempo en que los medios de comunicación ciertamente pueden cumplir un papel dilecto. Mucho más importante que la escuela y la universidad. Tanto o más decisivo que el hogar.

Tarea que será posible cuando surjan políticos con vocación de estadistas. Empeñados en mirar más al futuro que someterse a los cuidados de los grandes sacristanes de la hora actual: sus ministros de Hacienda y los directivos del Banco Central. Misión imposible para los ganaplata, para esa casta de millonarios que no ve más allá de sus corbatas y renuncian a lo que puede ser el más preciado de sus bienes: lo que dejen a Chile como legado.

Objetivo que requiere de líderes sociales, instituciones gremiales y sindicales, comunicadores dignos que se propongan romper con la inercia comunicacional actual, desarrollar alternativa e inducir a los chilenos a sintonizarse con los medios de prensa que buscan servir al auténtico arcoiris de la diversidad. Para lo cual se hará propicio dar vuelta la página de este tiempo de impostura y autocomplacencia tan bien acotada a los límites institucionales y culturales que nos rayaron esos 17 años de interdicción ciudadana. Transición que, incluso, cargará con el crimen de asesinar a aquellos medios que la propia Dictadura no logró acallar. Sucumbiendo a la “política de los acuerdos” y, en tantos casos, convenciéndose de las “virtudes” de la democracia tutelada.

Publicado el 15 Feb 2007

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