Saddam Hussein: Un final inesperado
por Jorge Gómez Barata (Argenpress)
20 años atrás 3 min lectura
Hipocresía aparte y salvando distancias; bajo diferentes banderas e ideologías, Saddan logró en Irak lo mismo que el Sha en Persia, las familias reinantes en Arabia Saudita y los emiratos, Nasser en Egipto, los al-Assad en Siria y sus equivalentes en los otros países del Medio Oriente.
Nunca, en ninguna parte la modernidad se impuso mediante reflexiones académicas o debates parlamentarios. No hubo referéndum en España para anexar a América, la Iglesia no preguntó a los indios si querían ser evangelizados; George Washington no suplicó al rey inglés, ni Lincoln admitió la desintegración del estado y la división de la Nación.
En los países del Oriente Próximo donde, como en todas partes hubo violencia, los sistemas políticos y las estructuras de poder se edificaron mediante la combinación de invasiones e influencias mutuas, cruzadas y colonialismo europeo, imperialismo norteamericano y nacionalismo endógeno que, con métodos afines y éxitos variables, cargaron contra las sociedades tradicionales gobernadas por primitivas oligarquías.
Aunque el desarrollo histórico es idéntico en todas partes, no ocurre simultáneamente. En los tiempos fundacionales, en Europa hubo regimenes tan autoritarios y despóticos como los del Oriente, sólo que esas fases forman parte de un pasado remoto que no emociona. No conozco un equivalente oriental del Circo Romano.
La democracia no nació de la democracia, sino del despotismo. En todas partes la civilización y la justicia hubo que imponerlas y en todas partes sus adalides tuvieron nombres: unos son venerados, otros demonizados. Esa dialéctica es la madre del relativismo, que hace inmoral para unos lo que otros tienen por correcto.
Es probable que la perenne violenta y repudiada intervención extranjera en el devenir político del Medio Oriente, haya generado una defensa a ultranza de la identidad y la tradición, favoreciendo la supervivencia de indefendibles instituciones y prácticas, que le otorgan perfiles arcaicos.
Dejados a su arbitrio, con sus líderes y sus reglas, algunos países orientales, como Turquía, Egipto, Argelia y otras excolonias asiáticas se inclinan hacia el establecimiento de instituciones y prácticas políticas de corte occidental, cosa que en ninguna parte se ha logrado por la fuerza, ni siquiera con las enormes presiones de Estados Unidos y Europa.
El único lugar del Medio Oriente donde el imperialismo logró edificar una democracia de estilo occidental por la fuerza, es en Israel, para lo cual entregaron Palestina a la Agencia Judía que, en connivencia con Gran Bretaña y el resto de las potencias, incluida la Unión Soviética, expulsaron a los árabes y vaciaron el territorio, repoblándolo con emigrantes europeos. La receta típicamente hitleriana no es reproducible en ninguna otra parte.
Estados Unidos no invadió y ocupó Irak porque Saddan representara un peligro para su seguridad, tampoco para expandir la democracia ni ser vector del progreso político, sino para cumplir aspiraciones geopolíticas y controlar sus reservas petroleras.
La estrategia norteamericana fue favorecida por la errática política de Saddan Hussein, que condujo a la guerra con Irán, a la provocadora anexión de Kuwait, a la derrota frente a Estados Unidos que, manipulando el clima creado por los sucesos del 11/S y nuevos errores invadió y ocupó el país, apresando a Saddan y condenándolo a muerte.
Aunque ninguna de las voces que se levantan contra la pena de muerte, lo hacen por Saddan Hussein, ojalá sean escuchadas y la farsa judicial escenificada en un país ocupado, donde alrededor de medio millón de inocentes han muerto a manos de los ocupantes que juzgan al ex gobernante, no conduzca a la horca.
Al margen de las responsabilidades de Saddan Hussein, que sin ingerencias externas los iraquíes pudieran juzgar, la vandálica acción de invadir a un país, capturar a su presidente y ahorcarlo, no puede devenir precedente jurídico.
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